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domingo 15 febrero, 2026

En defensa de Europa

No puede decirse que la concentración que hubo en Madrid en defensa de Europa el domingo 11 de abril fuera un éxito. Mil personas, según la Delegación del Gobierno. Compárense con las 25.000 que se concentraron contra Pedro Sánchez el día anterior. Se podría deducir que es más fácil congregar a gente contra alguien que a favor de algo. Siendo optimistas, podemos pensar también que muchas personas no ven la necesidad de defender instituciones que siempre han estado ahí. Es como si pidiéramos manifestarse a favor de la democracia o del divorcio. ¿Por qué habríamos de hacerlo si —especialmente para las generaciones más jóvenes— se trata de derechos que ya están conseguidos y que nadie va a suprimir?

Ese es para mi el meollo del asunto, que no se ha generalizado todavía la percepción de que Europa, y más en concreto la Unión Europea (UE), están en peligro y se encuentran amenazadas por un triple frente. Ante tan numerosos y poderosos enemigos, nada se puede dar por conquistado para siempre. La historia nos ofrece abundantes ejemplos de que la humanidad no siempre camina hacia delante. Hace tan solo un siglo, asistió al ascenso del fascismo en Alemania e Italia y a  los horrores del estalinismo en la Unión Soviética.

Por el Este, el expansionismo ruso, nostálgico del imperio de la época soviética, pretende volver a los tiempos en que cada bloque —el comunista y el capitalista— tenía sus respectivas áreas de influencia y ha decidido que Ucrania pertenece a la suya, como de hecho lo hacen hoy Bielorrusia y Georgia. Es fácil imaginar que, de conseguirlo, Rusia no se parará ahí y que los siguientes en la lista serían los países bálticos, Finlandia y Polonia, todos ellos miembros de la UE y la OTAN. Tal vez no sería posible una invasión como la de Ucrania, pero sí conspirar para manipular sus elecciones y favorecer la formación de gobiernos títere, tal como está haciendo en Rumanía.

Por el Oeste, los Estados Unidos están sufriendo un proceso de “putinización” de la mano del autócrata Trump y sus “tecnobros”, que no sabemos dónde parará o si alguien lo parará. De momento, muchas de sus decisiones han ido en contra de Europa, bien sea su desentendimiento de la guerra de Ucrania, donde parecen querer una paz del gusto del agresor, bien su amenaza de dejar de apoyar a la OTAN, bien su guerra comercial contra las importaciones de bienes europeos. La UE haría bien en asimilar que, en estos momentos, los EE.UU. se han convertido, por decisión propia, en un adversario.

El tercer frente es el interno. En todos los países miembros de la UE, y adicionalmente en el Reino Unido, han crecido mucho los partidos de la ultraderecha. En algunos, como Hungría, Eslovaquia e Italia, están ya en el gobierno. Los dos primeros, además, apoyan a Putin. En las dos locomotoras de la UE, Francia y Alemania, la ultraderecha ha obtenido respectivamente el 33% y el 20% de los votos en sus recientes elecciones. Los grupos de ultraderecha ocupan el 22% de los escaños en el Parlamento Europeo. Les unen sus deseos de acabar con el proyecto de la UE y de volver a los nacionalismos del siglo pasado.

Curiosamente, los tres frentes actúan de forma sincronizada y se apoyan mutuamente. Así, mientras Putin utiliza las redes sociales para favorecer a los partidos ultraderechistas europeos, los tecnobros de Trump hacen exactamente lo mismo desde el frente Oeste, aunque más abiertamente y en nombre de la libertad de expresión, tal como hemos visto en las declaraciones de Elon Musk y James Vance.

Las razones por las que Europa es amenazada con tanto empeño hay que buscarlas en lo que Europa tiene que es, a la vez, lo que sus acosadores no tienen. De las 25 democracias plenas reconocidas por The Economist Intelligence Unit en 2024, 17 son europeas. El resto de países europeos son también clasificados como democracias, aunque imperfectas. Los europeos hemos sabido combinar un desarrollo material muy alto con un sistema de bienestar social avanzado que protege a sus ciudadanos en la enfermedad y en la vejez, al tiempo que les proporciona una educación pública de calidad. Eso se ha logrado gracias a un sistema impositivo y regulatorio que evita los peores abusos del capital monopolista y trata de mantener la desigualdad en niveles aceptables.

Ese sistema impositivo y regulatorio es el que desespera a Trump y los suyos, porque las grandes corporaciones tecnológicas estadounidenses se ven afectadas por él, si quieren operar en Europa. A veces, estas han sido objeto de cuantiosas multas por no respetar las reglas de la competencia. Su objetivo es maximizar sus beneficios, eliminar toda regulación y minimizar los impuestos que pagan, no solo en EE.UU., sino en todo el mundo. En cuanto a Putin, todas las democracias son sus enemigas porque representan un espejo en el que sus oprimidos ciudadanos pueden ver que una vida en libertad es posible. Y, en referencia a las ultraderechas, todas ellas buscan llegar al poder para acabar con la mayoría de las libertades e imponer su pensamiento único, tal como han hecho Trump en EE.UU. y Orbán en Hungría. Solo dejarían las elecciones cada cierto tiempo y siempre que pudieran manipularlas, como hacen Putin en Rusia, Maduro en Venezuela y Erdogán en Turquía.

Por todo ello, no solo es necesario movilizarse en defensa de la Europa actual, sino también presionar para que se aceleren las reformas que la UE necesita para defenderse adecuadamente. Una de ellas es profundizar su integración política y mejorar sus mecanismos de toma de decisión en la perspectiva de una Unión Federal. Con la regla actual de la unanimidad, no es posible llegar muy lejos.

También debe mejorar su autonomía estratégica. La UE depende en muchas áreas de la tecnología estadounidense y se ha desindustrializado bastante en favor de China, que le suministra muchos de los productos que consume. Recientemente, la UE ha aprobado un ambicioso plan para mejorar ambos aspectos.

En el aspecto de la defensa, no es tan importante aumentar el gasto militar como el poner las capacidades individuales en común. La UE no tiene un presupuesto militar conjunto pero, sumando los presupuestos nacionales, se alcanza un 1,9% del PIB total, que son 326.000 millones de euros. Por contraste, Rusia gasta el 6% de su PIB, pero eso equivale tan solo a 119.000 millones de euros, la tercera parte que la UE. Es decir, la UE podría perfectamente, con su gasto actual, disuadir a Rusia de cualquier aventura, si dedicara una buena parte del mismo a poner en pie un ejército europeo con un mando único y con sistemas de armas compatibles.

La UE tiene que estrechar sus lazos con otras democracias amenazadas, como Reino Unido, Canadá, Japón, Corea del Sur y Australia, y diversificar su comercio estableciendo más acuerdos con India, China y América del Sur. Debe apoyar a Naciones Unidas y a la Corte Penal Internacional y ocupar el hueco que ha dejado EE.UU. en la ayuda al Tercer Mundo. Asimismo, debe oponerse a la ocupación de Gaza por Israel con la misma firmeza con que se opone a la agresión de Rusia en Ucrania.

Por último, el Partido Popular Europeo y las fuerzas nacionales que lo integran deben cortar toda alianza con los partidos de ultraderecha alineados con Trump y Putin. Los partidos europeos de centro derecha tienen que volver a las alianzas tradicionales con los socialdemócratas, liberales y verdes para hacer un frente común contra las amenazas arriba enumeradas. Si el cordón sanitario fue necesario anteriormente por imperativo democrático, ahora forma parte de la defensa de Europa. Si ellos se alinean con los enemigos de Europa, el centro derecha no puede compadrear con ellos.

En España, esa va a ser la prueba de fuego del próximo Congreso del Partido Popular: ¿van a seguir sus alianzas con Vox en autonomías y ayuntamientos o van a ponerse del lado de la democracia y de Europa?

Ricardo Peña

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