Miguel Henrique Otero
Primera: “Chavez vive, la patria sigue”.
No me refiero, por supuesto, a la ausencia física de Hugo Chávez, supuestamente fallecido el 5 de marzo de 2013, de acuerdo con la declaración oficial emitida ese día. Como sabemos, distintas personas -muchos de ellas, exfuncionarios entonces muy próximos a él- han denunciado que Chávez no murió en Caracas, sino en La Habana, ni tampoco en la fecha señalada, sino unos días antes, a finales de febrero. Por cierto que, en estos días donde la crisis en Cuba se hace, hora a hora, más profunda y peligrosa, y se advierte que el fin del castrismo es inminente, el tema comienza otra vez a debatirse. Voces del exilio cubano sostienen que, entre muchas otras materias que permanecen ocultas, pronto conoceremos los hechos reales y verificados en relación con la muerte de Chávez.
Cabe preguntarse si la figura de Chávez ha logrado mantener alguna vigencia después de su fallecimiento. Mi respuesta a la pregunta es un rotundo no. Durante el 2013, Maduro (ahora reo) y otros integrantes de su banda (próximos reos), organizaron actos públicos y ceremonias en menor escala, para loar al fallecido. Intentaron establecer en la opinión pública la existencia de un legado, y así lograr que Chávez adquiriese un estatuto histórico y político del que sacar provecho.
Pero el intento no tuvo resonancia ni continuidad. Rápidamente ocurrieron dos fenómenos, solo contradictorios en apariencia: el país harto, lo dejó atrás rápidamente. Chávez ingresó en los engranajes del olvido. Al mismo tiempo, ocurrió que el madurismo, y lo sugirieron en algunos de sus discursos, ‘descubrió’ que la podredumbre era mucho peor de lo anunciado, que las arcas habían sido arrasadas, y que la parte del botín que les habían dejado era menor a lo esperado. No había legado sino una nación destruida por sus cuatro costados: ni Chávez vivía y la patria estaba por producir la más grande operación de huida y exilio en la historia de América Latina, que se intensificó a partir del 2014, y que ha conducido a la migración de más de 8 millones de venezolanos.
Segunda: “Maduro ha sido secuestrado y será liberado”.
El delincuente Nicolás Maduro Moros, registrado con el número 83232-054 en el Buró Oficial de Prisiones -BOP-, una vez capturado por las autoridades estadounidenses, encarcelado en New York y próximo a ser enjuiciado, no será liberado. No existe esa posibilidad. La envergadura y gravedad de las acusaciones -Conspiración de narcoterrorismo, Conspiración para exportar cocaína a Estados Unidos, Posesión de armas de destrucción, y Conspiración para poseer dichas armas- hacen inviable que se le declare inocente o que reciba un mínimo castigo por sus fechorías. Las penas para estos delitos oscilan entre un mínimo de veinte años y la pena mayor, que no es otra que cadena perpetua.
Cilia Flores por su parte, presa conocida como “la primera combatiente» Miguel Henrique , tía de los delincuentes conocidos como ‘narcosobrinos’, registrada con el número 83233-054 del BOP, tiene también por delante un panorama de extrema adversidad: se le acusa de Narcoterrorismo y Conspiración para el Tráfico de Drogas, Corrupción y Soborno, y Participación en Actos Violentos. ¿Las penas posibles? Las mismas: entre 20 años y prisión a perpetuidad.
Los expertos han sido unánimes: no hay posibilidad alguna de que ambos no reciban el castigo carcelario que merecen.
Tercera: “Venezuela no recibe órdenes de potencias extranjeras”.
Después de la aprobación de la reforma a las leyes que rigen la explotación del recurso petrolero en Venezuela, es legítimo introducir una variante en la frase más reciente de la retórica antiimperialista de la narco dictadura: en vez de “Venezuela no recibe órdenes de potencias extranjeras”, hay que establecer como la frase que resume el tema, la siguiente: “Venezuela solo recibe órdenes de Estados Unidos”.
Este radical giro, discursivo y contractual, que se ha producido a partir de la captura del capo Maduro el 3 de enero, debe ser uno de los más grotescos, patéticos y vergonzosos capítulos de la historia del chavismo-madurismo, su rendición genuflexa, sin fisuras ni atenuantes, que ha sumido en la perplejidad y el silencio a las izquierdas del planeta, siempre listas para justificar cada movimiento de los gobiernos de Chávez y Maduro. ¿Acaso se atreverán a leer y comentar los contenidos de la recién aprobada ley por la Asamblea Nacional madurista? ¿Contrastarán sus contenidos con la retórica de la lucha antiimperialista?
Cuarta: “En Venezuela manda el pueblo”.
Esta falacia guarda un especial descaro: no gobierna el pueblo, ni los venezolanos, sino un grupo de funcionarios y enchufados, que comparten esta característica: la mayoría vive en el municipio Chacao y en urbanizaciones aledañas. ¿Recuerdan los lectores las expresiones de desprecio hacia Chacao, emitidas por el mismísimo Chávez, por Cabello y por otros de los integrantes de la banda?
La oligarquía roja, la roja y pesuvista oligarquía que constituye la dictadura, en medio de la portentosa crisis económica que se ha establecido en Venezuela desde hace más de una década, ha encontrado los recursos financieros y legales, y ninguna dificultad para adquirir la propiedad de casas, apartamentos, comercios, restaurantes, vehículos de lujo y más. La revolución ladrona, como todas las de su género, ha servido para que un pequeño grupo se enriquezca, al costo de una sociedad cada vez más empobrecida y debilitada. Las pruebas de esta afirmación están a la vista, son irrebatibles, como irrebatibles son las imágenes de los altos funcionarios que llevan un nivel de vida que solo puede explicarse como fruto de la corrupción.
En estas cuatro falacias -Chávez vive, maduro será liberado, Venezuela no recibe órdenes y en Venezuela gobierna el pueblo- se resumen las argucias del régimen para justificar su política y desesperado esfuerzo por mantenerse en el poder. Sin embargo, como cualquier lector puede concluir, son todas afirmaciones sin sustento, frágiles, evidencias que el cambio político está cada día más cerca.


