En los últimos años, España ha experimentado un alarmante aumento en las bajas laborales, especialmente aquellas relacionadas con la salud mental.
Según el informe anual del Banco de España, el porcentaje de trabajadores de baja por incapacidad temporal (IT) ha pasado del 2,7% en 2019 al 4,4% en 2024, lo que traducido en Euros, supone que el gasto en prestaciones alcanzó los 15.000 millones de euros, representando casi el 1% del PIB. ¿Se imaginan que este gasto no fuera necesario y que pudiéramos incrementar en un 1% del PIB en gasto en sanidad?
Este dato no solo refleja un deterioro general de la salud tras la pandemia, sino también una sobrecarga del sistema sanitario que ha llevado a priorizar lo urgente sobre lo importante, siendo en este caso lo importante, esas políticas preventivas, que siembran hoy, aunque recogerán mañana. Una perspectiva que parece no encajar con los tiempos que corren, que parecen estar regidos por la ansiedad cortoplacista, y como si de adolescentes se tratara, se toman decisiones que puedan tener impacto inmediato, pero sin reflexionar, ni mucho menos medir, el impacto a medio o largo plazo.
Ya antes de la pandemia, digamos que se le veían las costuras al sistema sanitario español, que mostraba signos de agotamiento, funcionando gracias al esfuerzo de profesionales altamente motivados, pero con recursos y retribuciones limitadas. La crisis sanitaria exacerbó estas deficiencias, llevando al sistema a una saturación que aún estamos tratando de digerir, al menos en lo que a la salud mental se refiere. Al tiempo, que el agotamiento de los profesionales, la manifiestamente mejorable planificación y los cambios generacionales, están desembocando en una creciente demanda de mejores condiciones laborales por parte de un personal sanitario cansado y significativamente menos comprometido y motivado, que como decíamos, venía sosteniendo el sistema. Lo que derivó en fugas de talento, cambios y renuncias. La escasez de personal, especialmente en atención primaria, ha dificultado una implementación de programas preventivos, afectando directamente la capacidad del sistema de absorber la demanda que, como vasos comunicantes, termina desbordando en todos los niveles asistenciales, tanto públicos, como privados.
Esta sobrecarga del sistema, posiblemente, sea una de las consecuencias del incremento de las bajas por salud mental. Un sistema tensionado encuentra que la baja laboral se convierte en una vía paliativa, aunque no una solución, incluso no pocas veces está decisión puede contribuir a la cronificación del problema. Es lo que conocemos como el fenómeno de indefensión aprendida, que explicado en roman paladino, sería un invitar a bajar los brazos, dando el mensaje a los pacientes de que nada pueden hacer para afrontar su situación o mejorar su salud, salvo sentarse en casa y esperar. Esto se traduce en que las bajas por salud mental tienen una duración media más prolongada que otras, lo que, a su vez, tiene un importante impacto social y también económico. Estas bajas duran más del doble que el resto, lo que representa una carga significativa para el sistema y las empresas, lo que ameritaría hacer algo, ¿verdad?.
El sistema en su estado actual actúa más como un actor reactivo que proactivo ante el deterioro psicosocial de la población. La falta de un diagnóstico científico-técnico de la situación, alejado de pragmatismos ideológicos y la carencia de acciones preventivas y psicoeducativas, ha dejado a muchos trabajadores sin los recursos necesarios para afrontar el estrés y la ansiedad actuales. Obviando que el equilibrio emocional se sostiene en diferentes aspectos y donde lo laboral sería solo una de las patas, aunque eso lo dejaremos para otro día. Por ejemplo, dudo mucho que la reducción de 30 minutos en la jornada laboral tenga un impacto real sobre la salud emocional de las personas, quizás invertir esa media hora en promoción de la salud, no solo mental, podría tener un impacto real en la calidad de vida de la gente.
En contraste, otros países han implementado modelos de intervención proactiva que han demostrado ser efectivos. Por ejemplo, en países como Alemania y los Países Bajos, se han establecido programas de salud mental en el trabajo que incluyen apoyos, formación en gestión del estrés y promoción de un equilibrio entre la vida laboral y personal, lo que ha contribuido a reducir las bajas laborales por causas psicológicas.
Para abordar esta problemática, es esencial activar programas preventivos que involucren tanto a las instituciones públicas como al sector privado. Las empresas tienen en su mano implementar políticas de prevención de riesgos psicosociales, ofrecer formación en salud emocional y promover un ambiente laboral saludable, con el consiguiente impacto sobre sus empleados, que a su vez percibirán a sus empresas más implicadas en su bienestar, y eso tendrá su traducción en el clima laboral, que redundará positivamente en otros aspectos de sus vidas.
El aumento de las bajas laborales es un síntoma de un problema estructural que requiere una respuesta integral. Es necesario recuperar la prevención como pilar fundamental, tanto desde los sistemas sanitarios como laborales, implementando acciones que aborden las causas subyacentes del deterioro de la salud mental. Sin estas medidas, existe el riesgo de cronificación del problema, con consecuencias negativas tanto para la salud de los trabajadores como para la productividad y sostenibilidad de las empresas. Invertir en salud mental solo tiene ventajas.


