Las reflexiones que periódicamente publica Juan de Justo en Ladiscrepancia.com no son para todos. Son para gentes justas y cabales, para quienes aún creen en el poder de la empatía, la amistad y la razón. Son un grito de esperanza, una brújula en un mundo fragmentado que nos invita a regresar a lo esencial: la humanidad que nos habita.
Desde Madrid para la Humanidad Perdida: un viaje de regreso al pueblo
Juan de Justo nos ofrece una profunda reflexión que no solo nos transporta a una realidad tangible, sino que también nos invita a cuestionar el rumbo de nuestra sociedad. Este artículo es una súplica, una llamada de atención para volver a lo esencial y recordar que el verdadero sentido de la vida no reside en las prisas de la ciudad, sino en la calma y el calor humano de un pueblo. Es una lectura imprescindible para quienes anhelan reconectar con los valores que nos hacen verdaderamente humanos.
El laberinto habitacional de España: la brecha de la asequibilidad
En esta pieza nos invita a adentrarnos en un complejo laberinto que define la crisis de la vivienda en España. Más allá de las cifras, este artículo nos desvela los errores históricos y las decisiones políticas que han forjado un mercado inalcanzable para muchos. Al leerlo, entenderemos por qué el derecho a una vivienda digna sigue siendo una quimera y por qué es urgente replantear el modelo para que las nuevas generaciones no queden atrapadas en este laberinto sin salida.
El desprecio a la ciudadanía: una puerta abierta al populismo
En esta tercera reflexión, Juan de Justo nos alerta sobre los peligros de una política que se aleja de la razón y del respeto institucional. La inasistencia de políticos a actos protocolarios no es un simple gesto, sino un síntoma de una enfermedad que corroe nuestra democracia: el populismo. Esta lectura nos muestra cómo el desprecio a las instituciones abre las puertas a discursos polarizadores, minando la confianza de la ciudadanía y debilitando los cimientos de nuestra convivencia. Es una llamada a la reflexión para no sucumbir ante el espectáculo de la política y recordar el verdadero valor de la democracia.
- Desde Madrid a la Humanidad Perdida: Un viaje de regreso al pueblo
Juan de Justo
A lo largo de mi vida, he cultivado la curiosidad por las personas que me rodean, acercándome a individuos de todas las edades, estratos sociales, culturas e ideologías. Este ejercicio me ha llevado a una conclusión que, aunque pueda parecer simple, ha sido el fruto de un largo y costoso proceso de reflexión: la existencia de la igualdad dentro de la diversidad. En un punto de mi vida, creí que el ser humano se hacía, no nacía, pero la experiencia me demostró lo contrario, revelando que cada persona llega al mundo con una esencia, una carga que lo define.
En este camino de vida, he regresado a Madrid, y la sensación de una ciudad hostil se ha repetido. Aquella metrópoli que una vez fue la más hospitalaria de Europa parece haberse transformado en un lugar donde sus habitantes no solo se mueven sin rumbo, sino que se miran con desprecio, incluso con odio. El Madrid que rezumaba casticismo y calidez ahora emana extrañeza e individualismo. La vida en la ciudad se ha convertido en una carrera perpetua, donde la prisa por llegar a alguna parte anula la posibilidad de una conexión genuina. El ruido constante, la mala planificación urbana y el exceso de visitantes, resultado del afán avaricioso de unos pocos, han corroído el espíritu de la ciudad y han dejado un vacío en el alma de sus habitantes.
Este escenario me llevó a tomar una decisión crucial. Siempre anhelé vivir en la Puerta del Sol, pero al final de mi camino, opté por un destino diferente y estoy inmensamente agradecido por ello. Mi esposa, mi hijo y yo encontramos la paz en Tresjuncos, un pequeño y bendito pueblo de la provincia de Cuenca. Aquí, la tranquilidad y la sociabilidad perdidas han sido recuperadas. En contraste con la hostilidad de la ciudad, en Tresjuncos todos nos saludamos, nos conocemos, nos solidarizamos y compartimos tanto las risas como las penas. La vida en el pueblo se desarrolla a un ritmo humano, donde el tiempo no es un recurso escaso, sino un aliado para el encuentro y la relación. Es como volver a la infancia, a ese lugar grandioso donde la calle era un bullicioso punto de encuentro, donde un tropiezo se devolvía con una sonrisa y donde extraños se convertían en amigos al inicio de una conversación. La vida del vecino no era un secreto, sino un hilo que tejía la comunidad, fortaleciendo los lazos entre personas.
Esta sinfonía de bienestar y camaradería vecinal es una lección de vida que la ciudad nos hizo olvidar. Ana, nuestra vecina, se ofrece a que usemos su cocina; Manuel y Angelita nos traen uvas de su vendimia; Poli, el bueno de Poli, nos regala melones. Son gestos cotidianos que demuestran la solidaridad y la calidez que define la vida en el pueblo. Este lugar es un paraíso olvidado, y creo que es aquí donde reside el verdadero significado de la existencia. Lo demás es un ambiente de guerra, de enfrentamiento, envidia e individualismo que parece dominar el mundo actual.
Regresar al pueblo es un llamado a la humanidad, un acto de resistencia contra la inercia de la inteligencia artificial, que amenaza con suplirnos incluso en nuestros valores. No podemos hablar de humanidad si aceptamos el actual desorden mundial, un caos en el que el odio y los intereses económicos enfrentan a hermanos. El panorama es sombrío, y nos hace cuestionar qué tipo de civilización hemos construido, una en la que la inteligencia nos hace avanzar, pero la falta de empatía nos hace retroceder. En un mundo donde la tragedia de lugares como Gaza e Israel se convierte en un titular más en los noticieros, el ser humano parece perder su esencia. La ausencia de empatía por parte de aquellos que nos gobiernan, más preocupados por sus ambiciones personales que por la vida de sus ciudadanos, es la prueba de que el ser humano está en peligro. La solución no es la revolución, sino el retorno a lo esencial, a la empatía, a la humanidad que hemos olvidado.
Volvamos al pueblo, no como un acto ingenuo, sino como una decisión consciente de recuperar la lealtad, la amistad y la sonrisa. Dejemos de ver a nuestro vecino como un enemigo y entendamos que es nuestro complemento. Comprendámonos, ayudémonos, y entreguemos lo mejor de nosotros mismos a quienes nos rodean. Abramos nuestra mente a las ideas de los demás y recordemos que la finalidad de esta vida es recuperar al ser humano que nos habita. Volvamos a ser humanos.
Este ensayo es una súplica, una reflexión y un canto de esperanza. En un mundo cada vez más fragmentado, el pueblo representa un faro de luz que nos recuerda que la verdadera riqueza no reside en el brillo del dinero, sino en la calidez de un hogar compartido, en la sonrisa de un vecino y en el abrazo de una comunidad unida.
El Laberinto habitacional de España:
- Un análisis del mercado de la vivienda y la brecha de la asequibilidad.
- La vivienda en España, desde la restauración de la democracia, ha navegado por un complejo y a menudo contradictorio camino. Si bien en los albores de este período se sentaron las bases para una política pública que priorizaba la propiedad, el resultado a largo plazo ha sido la creación de un laberinto de asequibilidad que hoy se erige como uno de los principales problemas sociales del país. El parque de vivienda, la relación entre salarios y costes, y las políticas públicas se han entrelazado para forjar un mercado que, a pesar de su magnitud, ha dejado a una parte creciente de la población en una situación de vulnerabilidad.
En los años posteriores a 1979, la política de vivienda se centró en el fomento de la propiedad a través de la Vivienda de Protección Oficial (VPO). Este esfuerzo alcanzó su punto álgido en 1985, con la finalización de 114.067 unidades protegidas, según datos del Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana . Durante cuatro décadas, el gobierno central invirtió más de 200.000 millones de euros en políticas de vivienda, de acuerdo con un informe de CCOO, gran parte de los cuales se canalizaron a través de desgravaciones fiscales, como señala el mismo informe. Si bien se construyeron 2,7 millones de VPO entre 1980 y 2023, según el informe de CCOO, el modelo permitió la «descalificación» de estas viviendas, tal como recoge un informe del Defensor del Pueblo, lo que les permitió integrarse en el mercado libre. Este fallo estratégico impidió la consolidación de un parque de vivienda social permanente, dejando a España con tan solo unas 275.000 viviendas sociales en 2018, de acuerdo con el Defensor del Pueblo, muy lejos de los casi 5 millones de viviendas asequibles que el mismo gasto podría haber generado si hubiesen mantenido su carácter protegido, como se concluye en un estudio de CCOO.
La liberalización de la Ley del Suelo en 1998, que fue criticada por seguir una lógica económica que buscaba privatizar el mercado de suelo para convertirlo en un negocio rentable, según el medio Rebelión , marcó un punto de inflexión. Esta medida coincidió con la «burbuja inmobiliaria». La construcción se disparó, alcanzando un récord de 865.000 visados de obra nueva en 2006, tal y como señala el Banco de España. Durante el periodo 2000-2023, la vivienda libre representó un abrumador 88% del total de las construcciones, mientras la producción de vivienda protegida languidecía, según datos del Observatorio de Vivienda y Suelo del Ministerio de Fomento. El resultado fue una brecha insostenible entre el coste de la vivienda y los ingresos de los hogares. Si bien entre 1986 y 2000 el esfuerzo financiero para una hipoteca de 20 años era del 25% de un salario medio, esta cifra ha aumentado al 32% en el periodo 2014-2023, según CCOO, alcanzando un 34,4% a finales de 2024, de acuerdo con el portal Fotocasa. La divergencia es evidente: entre 2021 y 2024, el precio de la vivienda de compra creció un 25,3% mientras los salarios solo lo hicieron un 7,4%, según un estudio de Fotocasa e Infojobs.
Tras el estallido de la burbuja en 2008, el mercado se reconfiguró por completo. La demanda, expulsada del mercado de compra por la precariedad y la dificultad de acceso a la financiación, como indica CCOO, se desplazó masivamente hacia el alquiler. El porcentaje de hogares en régimen de alquiler subió del 13,5% en 2011 al 18,7% en 2023, un aumento que, según el Banco de España, supera el crecimiento de la eurozona. La ausencia de un parque público para absorber la demanda disparó los precios del alquiler, que han subido un 94% en la última década, según el blog de Fotocasa. Hoy, la tasa de esfuerzo para el alquiler es del 36%, 13 puntos porcentuales más que para la compra, según un estudio de Idealista.
Este desequilibrio se ve agravado por un cambio demográfico estructural. La población ha crecido en 1,1 millones de personas entre 2021 y 2024, según Newtral, impulsada en gran medida por la inmigración, que se concentra en las zonas urbanas y el mercado del alquiler, como indica el Banco de España. De hecho, en 2021, el 56,4% de los hogares formados íntegramente por extranjeros residía en régimen de alquiler, frente a solo el 10,5% de los hogares españoles, según el INE. A su vez, el tamaño medio de los hogares ha disminuido de casi 4 personas a menos de 3 en treinta años, según datos del INE, lo que significa que se necesita un mayor número de viviendas para el mismo número de habitantes. Este crecimiento de la demanda choca con una oferta anémica, resultando en un déficit estructural de vivienda, según el Banco de España. Se estima que a pesar de la existencia de casi 4 millones de viviendas vacías, según el Banco de España y Esade, el país tendrá un déficit de 600.000 viviendas para 2025, concentrado en Madrid, Cataluña, Valencia y Andalucía.
Las soluciones propuestas desde el ámbito político reflejan visiones opuestas. Desde una perspectiva socialdemócrata, el diagnóstico es claro: el mercado ha fracasado en garantizar el derecho a la vivienda. Las propuestas se centran en la intervención estatal, con la creación de una empresa pública de vivienda para la construcción masiva de un parque de alquiler asequible, siguiendo modelos exitosos como los de los Países Bajos y Viena, según Diario Socialista. También se plantea la regulación de precios en zonas tensionadas, según el diario Qualis Optima, el aumento de la fiscalidad de los pisos turísticos y la movilización de vivienda vacía, según una proposición de ley del Grupo Socialista. En contraste, el enfoque liberal se basa en la desregulación, la liberalización del suelo, según la plataforma Qualis Optima y un estudio de CCOO, las rebajas fiscales a la compra y la promoción de la vivienda protegida en propiedad, según Idealista.
La historia reciente de la vivienda en España demuestra un fracaso sistémico. El gasto público masivo no se tradujo en un bien público duradero, y el mercado ha priorizado la especulación sobre la función social de la vivienda. La crisis actual no es un problema coyuntural, sino el resultado de un modelo que ha beneficiado a unos pocos a costa del bienestar de la mayoría. A menos que se adopte una política de estado que reconozca la vivienda como un derecho fundamental y se apueste por una infraestructura social permanente, el laberinto de la asequibilidad continuará atrapando a las nuevas generaciones y a los colectivos más desfavorecidos.
El desprecio a la ciudadanía.
Una puerta abierta al populismo
La inasistencia de representantes políticos a la inauguración del año judicial no es un simple acto protocolario sin consecuencias, sino un síntoma preocupante de una dinámica que, en la última década, se ha convertido en una constante: el desprecio a la ciudadanía y el menoscabo a las instituciones democráticas. Este tipo de gestos, lejos de ser meras muestras de protesta, se transforman en combustible para los populismos que se alimentan de la polarización y de la erosión del respeto institucional para legitimar sus discursos de antisistema y anti-convivencia. Es un lamentable espectáculo que demuestra que los políticos españoles a menudo no comprenden su verdadera función como representantes de todos y cada uno de los ciudadanos, ejerciendo su labor no de modo personal, sino como representantes del pueblo.
Aunque un análisis exhaustivo de la normativa interna y de los protocolos de Estado nos lleva a la conclusión categórica de que no existe una obligación legal explícita para que los legisladores asistan a la apertura formal del año judicial, su presencia es una cuestión de cortesía institucional y de alto valor simbólico. La invitación a los presidentes del Congreso y del Senado no es una citación que requiera cumplimiento, sino un gesto de colaboración y reconocimiento mutuo entre los poderes del Estado. El protocolo oficial español, aunque no les exige asistir, les asigna un «lugar adecuado y preferente», lo que sugiere que su asistencia es una expectativa basada en la tradición y el respeto institucional. La decisión de asistir o no a este evento es un acto de alto valor simbólico y político, que comunica el estado de las relaciones interinstitucionales sin que medie una coacción legal.
Este desaire es un acto de protesta política. El caso más reciente es la decisión de Alberto Núñez Feijóo de ausentarse en protesta por la presencia del Fiscal General del Estado, quien había sido procesado. Los medios de comunicación, al informar sobre estas decisiones como un «plantón» o una «protesta», confirman que la no-asistencia no es una falta legal, sino una noticia política de primer orden. Esto evidencia que el acto de no asistir es una herramienta de comunicación política que permite a los actores expresar su posición sin incurrir en una falta legal. Incluso la asociación «Jueces para la Democracia» decidió no acudir al acto en señal de disconformidad con la situación de la administración de justicia. La protesta, sin embargo, parece olvidar un importantísimo detalle: la presunción de inocencia, que debe ser mantenida intacta, como en el caso de la hermana de Pedro Sánchez o el novio de la señora Ayuso. A su vez, se escudan en la supuesta inaceptabilidad de las declaraciones del presidente del Gobierno, cuando el foro para dirimir estas cuestiones está perfectamente definido en la Constitución y no es otro que las Cortes Generales.
Cuando la política sucumbe a los gestos y a los intereses personales, se abre una peligrosa puerta para el florecimiento de grupos populistas y de extrema política. Estos movimientos se alimentan de la dejadez y de los errores de las fuerzas democráticas, y sus discursos, a menudo carentes de argumentos sólidos, resuenan en una ciudadanía que desconoce nuestro pasado y el de Europa. Estos discursos antisistema, anti-convivencia e incluso anti-cultura se atreven a asomarse porque el rechazo que antes imponían los ciudadanos, hoy se ha diluido, permitiendo que la política se aleje de la senda de la razón y del consenso. Los grupos minoritarios se atreven a asomarse al escenario político, y las fuerzas democráticas sucumben ante ellos, sin tener argumentos reales más allá de estas palabras de las que trae causa este acto y de la propia ignorancia que les hace olvidar sus verdaderas obligaciones en aras de sus intereses personales.
En este contexto, las encuestas actuales reflejan un panorama alarmante. La extrema derecha en España ha alcanzado su mejor dato en estimación de voto desde las últimas elecciones, superando el 17% y ganando terreno sobre todo entre la juventud. Este ascenso no es casual; es una consecuencia directa de la erosión de la confianza en las instituciones. Cuando los representantes políticos, en lugar de utilizar las vías democráticas para dirimir sus diferencias, optan por el «plantón» y el desprecio a un poder del Estado, la ciudadanía percibe la política como un espectáculo de necedades y gestos errantes. Esta percepción de ineficacia y falta de respeto institucional crea un vacío que es ocupado rápidamente por discursos simplistas y polarizadores, que prometen soluciones radicales y que, a su vez, contribuyen a la desconfianza en el sistema democrático.
En conclusión, la inasistencia a la apertura del año judicial va mucho más allá de una simple protesta: es un reflejo de una política que ha olvidado sus verdaderas obligaciones, entorpeciendo el camino hacia un futuro de estabilidad y respeto mutuo. La falta de una obligación legal no es una debilidad del sistema, sino una característica que fortalece la separación de poderes, haciendo del evento un termómetro de las relaciones interinstitucionales. El simbolismo de la asistencia, por lo tanto, supera con creces cualquier consideración legal y es un reflejo de la salud democrática, la confianza institucional y el respeto mutuo entre los poderes del Estado. La decisión de participar en estos eventos no se basa en el cumplimiento de un deber, sino en la convicción de honrar las tradiciones republicanas y de reconocer la labor de una rama fundamental del gobierno.

- 18 de julio de 1936. El día que nunca debió existir
por Fernando MoraLe pareció que resonaba a lo lejos el galope de los cuatro jinetes apocalípticos atropellando a los humanos. Vio al mocetón brutal y membrado con la espada - Nuestros queridos amnistiados
por Juan Carlos Rodríguez IbarraEl acuerdo de futura financiación “singular” para Cataluña fue el resultado de una negociación entre socialistas y republicanos. Toda negociación requiere un proceso de exigencias y renuncias - No dude: hijos de la transición
por Carlos MirandaSi le preguntan si es hijo de la Transición o nieto de la Guerra Civil que ahora hace 90 años que empezó, casi un siglo, responda que, - El largo crepúsculo del capitalismo
por Lluís RabellContempladas desde una perspectiva histórica, las últimas décadas de globalización neoliberal posiblemente serán consideradas algún día como el canto del cisne del capitalismo. Durante ese período, pareció - ¿Qué hicisteis aquel verano?
por Lluís Rabell“El deber de memoria es transfronterizo. Aquello que nosotros, franceses, quisimos para nuestros primos del otro lado del Canal de la Mancha nos define en el arco







