martes 16 junio, 2026

Contra el europeísmo de salón

Por una verdadera política de izquierdas para la UE

Por mucho que se adorne con retórica solemne y referencias a Schuman, el artículo de Vicente Montávez Europa en su hora de la verdad, publicado en infoLibre es un perfecto ejemplo de la enfermedad que carcome el proyecto europeo: la fe vacía en un ideal abstracto que ya no toca el suelo de las calles, de los barrios obreros, de los campos de refugiados ni de los millones de hogares precarizados. Bajo la apariencia de un europeísmo sensato y regenerador, lo que en realidad se ofrece, desde esa nueva ideología autodenominada progresismo, es un recetario de frases bienintencionadas, inconcretas y a menudo peligrosamente complacientes con el statu quo.

Montávez repite, sin rubor político, que “el verdadero europeísmo no es la complacencia, sino la renovación”, pero lo hace desde una posición que reproduce todos los tics de la complacencia: una sobredosis de idealismo sin diagnóstico material, de fe institucional sin crítica estructural. No hay una sola mención en su texto al papel de la burocracia europea en la actual crisis de legitimidad. Ninguna referencia al secuestro del proyecto comunitario por las élites financieras, las grandes tecnológicas y los burócratas que legislan desde Bruselas mientras cenan con lobbies y asesores de BlackRock. Al contrario: nos invita a “imaginar lo necesario”, como si el problema de Europa fuera una cuestión de falta de imaginación, y no de voluntad política enfrentada a intereses reales.

Como advertía Perry Anderson, “el europeísmo es el último gran opio de las clases medias progresistas”. Lo que Montávez presenta como “una nueva voluntad política” es, en el fondo, un canto a la inercia disfrazado de audacia. Porque el artículo no dice nada que no hayamos oído ya miles de veces: que hay que renovar, que hay que cooperar, que hay que reforzar la democracia… pero ¿cómo? ¿Con qué mecanismos? ¿Frente a quiénes?
Burocracia y abismo democrático

Montávez no menciona en ningún momento la hipertrofia institucional que asfixia al Parlamento Europeo, ni el circo administrativo que convierte cada sesión en una danza de asistentes, traductores, asesores, community managers, consultores de imagen y fotógrafos, que orbitan en torno a eurodiputados con menos poder del que se nos quiere hacer creer. No hay ni una línea sobre el exceso legislativo que se convierte, muchas veces, en palabrería jurídica desconectada de la vida concreta de los ciudadanos.

Mientras tanto, el ciudadano medio percibe —con razón— que lo que se decide en Europa le resulta lejano, opaco y, en demasiados casos, contrario a sus intereses. ¿Y qué respuesta da Montávez a esta realidad? Un europeísmo moralizante que, al negarse a autointerrogarse, alimenta precisamente lo que dice combatir: el auge de la extrema derecha.

No es casual que Marine Le Pen, Meloni y Orbán estén ganando terreno. No es sólo por sus discursos de odio, sino por el desamparo político y social que ha dejado una izquierda institucional incapaz de plantar cara al neoliberalismo europeo. Porque mientras Von der Leyen y Macron pregonan la “autonomía estratégica”, los agricultores franceses se arruinan, los salarios reales alemanes caen, y los migrantes se ahogan en el Mediterráneo o son deportados con acuerdos sucios firmados por Bruselas con dictadores africanos.

Seguridad, pero ¿de quién?

Montávez afirma que “la seguridad no es un presupuesto, sino una política”. Pero no aclara de qué seguridad hablamos. ¿La de blindar las fronteras con drones, fosas comunes y acuerdos vergonzosos como el firmado con Túnez o Libia? ¿La seguridad energética que nos lleva a subsidiar con dinero público los combustibles fósiles en lugar de una transición social y ecológica real? ¿La seguridad militar, que implica cuadruplicar el gasto en defensa mientras se recortan derechos laborales y sociales?

No basta con decir que Europa debe “evitar tanto la subordinación como la ingenuidad” si no se denuncia la dependencia estructural del complejo industrial-militar estadounidense, ni la claudicación ante el FMI o los mercados financieros. Como dijo Rosa Luxemburg: “Quien no se mueve, no siente las cadenas”. Montávez, desde su escaño y su tribuna, parece haber olvidado que la verdadera audacia no consiste en repetir el catecismo europeísta con buena prosa, sino en romper sus moldes.

El europeísmo vacío y el ascenso del resentimiento

Es particularmente preocupante la frase con la que intenta cerrar con broche de oro su discurso: “Europa está llamada a ser, una vez más, un experimento de civilización”. ¿Qué significa eso, exactamente? ¿Otra manera de decir que debemos liderar el mundo desde nuestra presunta superioridad moral? ¿Otra reformulación de la idea de “soft power” que encubre la incapacidad para resolver los conflictos internos más básicos?

La ciudadanía no necesita más discursos sobre “solidaridad digital” o “neutralidad climática”. Necesita cambios reales: vivienda asequible, trabajo digno, soberanía alimentaria, justicia fiscal, regularización de migrantes, desmercantilización de los cuidados. Y esos cambios no vendrán de discursos elegantes en Bruselas, sino de luchas sociales organizadas, de sindicatos combativos, de alianzas transnacionales desde abajo.

Contra el barniz, la verdad

Montávez quiere convencernos de que Europa está ante su “hora de la verdad”. Pero ni su diagnóstico es verdadero ni su propuesta es hora. La verdad está en las huelgas invisibilizadas, en las pateras que no llegan, en los suicidios por desahucio, en los jóvenes sin futuro. Y la hora será la de Europa cuando rompa con su arquitectura neoliberal, no cuando la disfrace de cosmopolitismo amable.

Como escribió Walter Benjamin, “toda documentación de cultura es al mismo tiempo una documentación de barbarie”. Si queremos una Europa distinta, debemos empezar por desmontar esa cultura oficial que llama “visión” a la impotencia, “renovación” al maquillaje, y “proyecto civilizatorio” a una burocracia que legisla en nombre del pueblo, pero sin el pueblo.

La Europa que viene no necesita más discursos. Necesita menos Montávez y más audacia popular.

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