En la medida que avanza el siglo XXI y en particular desde la llegada de Trump a la Presidencia de Estados Unidos de America, se desmoronan algunos elementos básicos de la convivencia internacional y del funcionamiento de las democracias occidentales. Sin ánimo catastrofista, es posible poner de manifiesto algunas señales inquietantes relativas a comportamientos o hechos preocupantes respecto a lo que hasta ahora se consideraba habitual y mayoritariamente aceptado en el ámbito occidental. “Es sabido que uno de los primeros objetivos de los regímenes autoritarios es ir contra la educación superior.” (Steven Levitsky, 2025)
La administración norteamericana ha desencadenado toda una ofensiva contra Harvard, la más antigua y principal de las universidades de Estados Unidos, que representa, en muy buena medida, el mascarón de proa, desde el punto de vista de la ciencia, por su importancia en la investigación y el conocimiento. En efecto, la Universidad de Harvard ha sido objeto de una minoración sustantiva de las subvenciones del Estado de hasta 2.200 millones de dólares, que sólo puede eludir si se pliega y realiza importantes cambios en los sistemas de docencia e incluso de admisión de sus alumnos. La reserva patrimonial de Harvard asciende a 53.000 millones de dólares. Tiene margen para resistir.
En realidad, la actual administración norteamericana acusa a la universidad de ser valedora de la ideología woke o progresista y ser vehículo de defensa de la causa palestina y de ataque a la causa judía en Israel. Trump «solo quiere sustituir la ortodoxia woke por la suya propia y a la fuerza.» (Jahel Queralt ,2025)
Una larga batalla judicial ha comenzado, después de que una jueza paralizó alguna de las medidas. El combate puede complicarse además en el Tribunal Supremo, formado por un presidente y ocho jueces vitalicios, de los cuales cinco han estudiado en Harvard. «Harvard es un símbolo, para muchos, más que los recortes de dinero, les preocupa su carácter de universidad internacional.» (Sandel, 2025).
Otras de las decisiones relevantes e insólitas se refiere a la paralización del sistema de admisión de estudiantes extranjeros en las universidades norteamericanas, que puede suponer no sólo una merma considerable en los ingresos de las universidades sino, lo que es más importante, el abandono por parte de miles de estudiantes brillantes y de doctorandos que pueden dirigir sus pasos hacia otros países, especialmente a Europa. Estas decisiones pueden “llevar a que el liderazgo de Estados Unidos sea reemplazado, progresivamente y por primera vez, por un liderazgo europeo.” (Patxi Aldecoa, 2025).
De hecho, en la Unión Europea han comenzado ya las actuaciones para favorecer esta circunstancia. Solo desde una miopía contracultural pueden impulsarse medidas para que las mentes más inteligentes del mundo occidental dejen de desear estudiar en prestigiosas universidades norteamericanas. La medida alcanza a estudiantes procedentes de 140 países, aunque una jueza federal de Boston decretó de inmediato la suspensión cautelar de la medida, dictada por la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem.
Simultáneamente, se ha producido un hecho de consecuencias profundas para la actuación humanitaria en el mundo. Después de liquidar prácticamente USAID, en la franja de Gaza, la ayuda humanitaria para combatir la hambruna existente deja de ser prestada por las organizaciones de Naciones Unidas y pasa a realizarla una empresa privada norteamericana, Safe Reach Solutions (SRS), auxiliada por el ejército israelí. Los primeros compases han dado como resultado muertos y heridos. Más allá del éxito o fracaso de la iniciativa, ha de denunciarse que la retirada de Estados Unidos pone en especial dificultad en el mundo la actuación de la ONU, que tiene en la cuestión de la ayuda humanitaria uno de sus pilares básicos.
La solidez de las instituciones democráticas norteamericanas, de tan inmediata repercusión en el mundo, se ha mostrado de nuevo con la decisión del Tribunal de Comercio Internacional que declara ilegales y anula la gran mayoría de los aranceles decretados por la administración Trump.
Junto a ello, Elon Musk ha anunciado su salida del Departamento de Eficiencia Gubernamental donde ha obtenido un sonoro fracaso, comparable con la situación de sus negocios, que parece que le están pasando factura por la impopularidad de las medidas adoptadas durante su etapa al servicio de la administración Trump. Los ahorros de gasto público no han sido tan cuantiosos como se anunciaron, aunque los despedidos, muchos de ellos litigantes contra el gobierno, son numerosos y, en consecuencia, la prestación de servicios a los ciudadanos se resentirá.
Las instituciones resisten, porque muchas de las medidas adoptadas parecen obedecer más a decisiones irreflexivas o retribución de favores a empresas que al conjunto del país no benefician. Sin duda, es el comienzo de una larga batalla, que puede extenderse a otros países, entre los que desean el fortalecimiento de las instituciones que protegen a los ciudadanos y quienes optan por reducir los Estados a su mínima expresión, como reza el clásico modelo neoliberal.
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