UNO. – Fiesta en un pueblo de la retaguardia franquista del norte de España. Una orquestina ensaya un pasodoble. Los vecinos se acercan, iniciándose en el saludo romano. Ondean las banderas rojigualdas. La guerra civil. Arranca la música:
Soldadito español
soldadito valiente
el orgullo del sol es besarte en la frente
De repente se escucha ruido de aviones que descargan sus bombas sobre el pueblo. Por error al parecer. Los aparatos son italianos. Masacre terrible. Este es uno de los tres momentos claves de la película. Sirve para presentar a Sebastían, un trompetista malo y sentimental que llora sin cesar. Huye del pueblo. Atraviesa una iglesia en escombros. Trepa por una estatura gigantesca, como de escayola. ¿De Cristo? No, De su santo epónimo, San Sebastián, las flechas del martirio clavadas en el torso. La imagen anticipa la tragedia. El personaje se ira descubriendo como homosexual en una sociedad poco tolerante.
DOS. – Lo que parece ser un destartalado hospital de campaña. Llega un camión del frente cargado de muertos y heridos. Una enfermera sube a la caja y hace lo que ahora se llama un «triaje»: este al hoyo, este para rematar de un disparo y este otro, todavía vivo, al quirófano porque es oficial. La escena es espeluznante, aunque de dudosa verosimilitud. Los cadáveres del enemigo no suelen enterrarse en la retaguardia del frente. Eso es perder el tiempo.
TRES. – Un local de pueblo, acaso un cine, improvisado para festejos. Una compañía de cómicos. La estrella del grupo, envuelta en un moaré blanco, canta un par de canciones. La segunda, el magnífico cuplé de Lilian de Celis, provoca el delirio de los soldaditos presentes, entre ellos Sebastián, que en la vida civil se hace llamar guitarricadelafuente.
Batallón de modistillas
de lo más rete bonito
y lo más jacarandoso
que pasea por Madrid.
(…)
Un dos, tres, ahora va bien
Un dos, tres, ahora va bien.
Para mí, es el momento cumbre. La escena es genial, con una deslumbrante Penélope Cruz en plan estelar. Cierto que esa escena la hemos visto otras veces, en otras películas y trae recuerdos de La corte del Faraón. La cupletista dice picardías, se mete entre los concurrentes y espanta con gracia a los moscones. Pero es espléndida, emocionante.
La Bola negra está, en parte, narrada con ritmo frenético. Son tres historias que se desarrollan en tiempos distintos, hasta llegar a los años cercanos. Se pasa de una a otra sin interrupción y casi sin notar. Es película españolísima. No es cierto eso de que trata de temas universales, la homosexualidad escondida, reprimida, trágica; el amor y la guerra. No, nada de eso. Los que no conozcan algo de la guerra civil, del cuplé y un poquito, solo un poquito, de la vida de Lorca, no se enterarán. Aplaudirán. Pero será como aquellas colas ante los cines de París para ver una película de Almodóvar, la representación de la España romántica, sangre, pasión y muerte, lo que ya conocían desde Merimée y Barrès. Almodóvar o el casticismo de toda la vida. Reafirmación de los viejos tópicos y prejuicios.
Dicen que es una película sobre Lorca. Pero el poeta y su amante Rafael Rodríguez Rapún me parecen un pretexto. Lorca fija la atención del público. Lorca vende. ¿Quién lo duda? Su muerte trágica ha evaluado su obra -injustamente- por encima de los poetas de su generación. Ha servido también para destacar la represión ejercida por el bando franquista, indudable, terrible, utilizada por políticos de pocos escrúpulos para silenciar o disminuir las salvajadas cometidas por el bando republicano. Dos poetas, amigos de Federico, fueron asesinados en el verano de 1936. Uno fue Joaquín Amigo Aguado, profesor de Filosofía, católico y conservador, recordado hace poco por mi colega Juan Sisinio Pérez Garzón, fue arrojado en julio por el Tajo de Ronda por milicianos de la República. El otro se llamaba José María Hinojosa, editor con Emilio Prados de la revista Litoral, frecuentada por la generación del 27, amigo de José Bergamín, políticamente cercano a la CEDA, asesinado en una saca de la cárcel de Málaga en agosto. Dos literatos menores, si se quiere, que no han tenido la fortuna de la publicidad lorquiana.
Tratar de Lorca siempre trae beneficios. Comenzando por su familia, tan celosa siempre de la exclusividad y de los derechos de autor. Este enojoso asunto se remonta a 1940, momento en que José Bergamín publicó Poeta en Nueva York, en Séneca, la editorial que fundó en el exilio mexicano. Su intención era dar relieve a la figura de su amigo y, de paso, hacer propaganda de la República derrotada, representada por el poeta muerto. Pero ¡ay!, apareció la figura del hermano del poeta y dramaturgo desaparecido que, desde Chile, había llegado a un acuerdo de editar sus Obras Completas con Losada. Los derechos de autor correspondían a los herederos, no a Bergamín, a quien Lorca hizo depositario del manuscrito antes de su último viaje a Granada.
De Lorca aparecen, de cuando en cuando, una carta inédita, una biografía que narra amoríos desconocidos, una nueva versión sobre las causas de su fusilamiento, conjeturas sobre el paradero de su cadáver. Hacer comparecer a Lorca, eso creen algunos políticos de izquierda, reporta beneficios electorales. Si el PP y Vox ganaran las elecciones generales, ha dicho la improvisada portavoz del PSOE, lectora de argumentarios, La bola negra estaría censurada. La bola negra ha sido recomendada por Pedro Sánchez, trabucándose al citar a un tal “Ranpún”. Zapatero a tus zapatos. Esto de la literatura no parece lo suyo.
Lo cierto es que la película no tiene mucho que ver con la biografía lorquiana. Es verdad que los autores de una ficción cinematográfica o literaria no están obligados a ser fieles al relato histórico. Pero son demasiadas licencias, demasiadas tergiversaciones. Ian Gibson ha dicho con razón que a Lorca no lo mataron por ser homosexual, aunque ello contribuyera a su final. El presunto doble literario del Lorca joven, que se llama en el guión Carlos: un señorito “granaíno” sin inquietudes intelectuales, que quiere formar entre los notables de su pueblo perteneciendo al casino. Le sacan bola negra y lo rechazan por “invertido” ¿Autobiográfico? A no ser por las vistas de Granada, nada lo relacionaría con el autor de Yerma. Un Rapún de ficción (pero de gran parecido con el original), amante del poeta, acaba usurpando su lugar ante el pelotón de fusilamiento como remate espectacular de la película. Tanto que es su amante el que lo mata. En realidad este hombre, Rapún, culto, socialista, murió en un bombardeo. Una hispanista, Glenn Close, acaso trasunto de Gibson, que dice estupideces en una escena rodada en el Ateneo de Madrid, relacionando no, haciendo depender la orientación sexual de Cernuda o de Lorca con su obra poética. Filología para homosexuales. Lorca entraba en una reunión y, de repente, toda ella vibraba de alegría, de gracia, salero e inteligencia. Improvisaba poemas, leía trozos de sus obras. Tocaba el piano, cantando canciones populares. Decía maldades, ocurrencias. La decía, no porque fuera marica sino porque tenía ángel y era un personaje arrollador.
Como pretexto es la exhibición de cuerpos masculinos desnudos, perfectos, danzando al compás en una playa del norte. Un ejército franquista compuesto de sarasas. Lo son Lorca, su amante, el amante de su amante, y el personaje contemporáneo, el simpático autor teatral frustrado que descubre el manuscrito lorquiano; un personaje y su madre drogata y medio ida que deben mucho a Almodóvar. La película es tragedia y es farsa y, a veces, no se advierte dónde empieza una y acaba otra.
Y sobra, sobra mucho metraje en La bola negra. Escenas oníricas, surrealistas: catástrofes, explosiones que acaso pretenden ilustrar la destrucción de una sociedad opresiva y discriminatoria, pero que cortan el hilo del relato y, en ocasiones, lo vuelven tedioso. Mucha nieve inútil. Figuras que suben por una ladera blanca interminable. Dos horas y media son muchas horas.
Ojalá que el óscar sea para La bola negra. Pero sin argumentar estupideces. No es una historia de rojos y falangistas. No es una obra de interés mundial. No es un clásico. La película se ve con interés, emoción a ratos y un punto de tedio. Los «javis» podían haberlo hecho mejor, sin tanta propaganda homoerótica.


