En mi reciente paso por Berlín, visité un museo dedicado a la Segunda Guerra Mundial y al Holocausto. No era simplemente un museo, era una herida abierta en el cuerpo del siglo XX. Fotografías, documentos, mapas, películas, voces, rostros detenidos para siempre en el instante anterior a la muerte. Las imágenes de la destrucción, el humo de los campos, los restos de las bombas, las ciudades convertidas en ruinas, los soldados avanzando entre los escombros; unos caminando hacia la muerte, otros regresando de ella y otros buscando inútilmente el camino de vuelta.
El museo cuenta la historia de la guerra con minuciosidad. La Unión Soviética, que pagó un precio humano terrible en la batalla de Berlín; Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia; las grandes batallas europeas, las fechas, los nombres caídos, las cifras.. Una historia de sangre cuidadosamente conservada para que las generaciones futuras no olviden.
Salí del museo con una pregunta que, cuanto más caminaba, más crecía dentro de mí:
¿Dónde están los marroquíes?
De regreso al hotel encendí el ordenador y busqué. Quise encontrar a aquellos marroquíes que también estuvieron allí, en aquella guerra contra el fascismo y el nazismo, y los encontré.
Decenas de miles de marroquíes participaron en la Segunda Guerra Mundial integrados en las fuerzas francesas y aliadas. Los goumiers marroquíes combatieron en Italia, Córcega, Francia y en el avance hacia Alemania. Estuvieron en Monte Cassino, en el Garigliano, en Marsella, en los Vosgos y en otras batallas decisivas de la liberación de Europa. Algunas fuentes oficiales estiman alrededor de setenta mil marroquíes estuvieron en los frentes de primera línea, casi la mitad han caído en aquellas batallas, otros regresaron heridos, y muchos quedaron para siempre en tierras europeas.
Entonces me acorde de una imagen triste y dolorosa, la del “moro”reclutado —muchas veces engañado, otras veces obligado por las circunstancias coloniales— para combatir en las filas de Franco durante la Guerra Civil española. El «moro» convertido en soldado de una guerra que no era la suya, utilizado para defender una causa que terminaría formando parte de la historia europea del fascismo.
Pero afortunadamente la historia certifica otra imagen, la del marroquí que cruzó el Mediterráneo para combatir contra el fascismo y contra el nazismo, integrado en las fuerzas aliadas, luchando por la liberación de Francia y de Europa.
Dos imágenes. Dos guerras. Dos memorias.
Sin embargo, ambas pertenecen a la misma historia colonial.
Los hombres que Francia enviaba al frente no eran franceses en igualdad de derechos. Eran súbditos de un territorio colonizado. Cuando se trataba de la libertad, no eran suficientemente franceses; cuando se trataba de morir, su sangre parecía adquirir de repente la nacionalidad de la metrópoli.
Esa era una de las paradojas más crueles del colonialismo.
El marroquí podía morir por Francia, pero no podía vivir plenamente como francés.
Podía derramar su sangre por la libertad europea, pero su nombre no podía aparecer después en la fotografía de la victoria.
Quizá por eso me resultaba tan difícil encontrar al marroquí dentro del museo. No porque no hubiera estado allí, sino porque su presencia había quedado relegada a los márgenes de la memoria.
Busqué nombres, monumentos, placas, calles. Busqué alguna señal que dijera “aquí también se recuerda a los hijos de Marruecos que ayudaron a liberar Europa del fascismo y del nazismo”.
Encontré algunas excepciones, especialmente en Francia. Pero no esperabauna simple placa aislada, ni un homenaje local, sino un lugar destacadodentro de la memoria europea.
No quería encontrar al marroquí como «goumier», como número de un archivo militar o como soldado colonial.
Quería encontrarlo como ser humano que combatió contra el nazismo.
Y entonces la pregunta dejó de ser solamente marroquí. Se convirtió en una pregunta sobre la manera en que Europa construye su propia memoria.
¿Quién tiene derecho a ser héroe? ¿Quién entra en los museos? Y ¿Quién merece un monumento?
¿Quién decide qué sangre debe ser recordada y cuál puede desaparecer al pie de una página?
Europa hizo bien en juzgar el nazismo, en conservar la memoria del Holocausto y en construir museos y monumentos para impedir que la barbarie vuelva a repetirse. Pero una memoria verdaderamente universal exige también mirar de frente el rostro colonial de esa misma historia.
Porque no puede ser completamente justa una memoria que recuerda al soldado europeo y olvida al soldado procedente de la colonia.
Tampoco puede hablarse plenamente de la libertad sin recordar a quienes – aunque no disfrutaban de ella en sus propios países – murieron para defenderla en otros.
Quizá la tragedia no sea que los marroquíes estuvieran ausentes de la liberación de Europa.
La tragedia es que estuvieron allí y después desaparecieron de la fotografía.
El marroquí no estuvo ausente de la historia europea. Estuvo ausente, demasiadas veces, de la imagen que Europa decidió conservar de sí misma.
Y esa puede ser una de las formas más silenciosas de borrar a un ser humano; no negar que existió, sino simplemente dejar de pronunciar su nombre.
Al cerrar el ordenador pensé de nuevo en aquellos otros marroquíes que, pocos años antes, habían sido enviados a España para combatir en las filas de Franco. La historia había colocado a unos y otros en trincheras distintas, pero detrás de ambas historias estaba la misma condición colonial.
Por eso no se trata una memoria que sustituya una imagen por otra.
Se trata de buscar una memoria completa, una memoria capaz de decir que hubo marroquíes que combatieron en España en las filas del fascismo, pero también que hubo decenas de miles de marroquíes que combatieron contra el fascismo y el nazismo en Europa; que hubo quienes murieron bajo banderas que no eran las suyas, y que miles dejaron sus vidas en aquella guerra por la liberación europea.
No se trata de una limosna de memoria, ni gratitud tardía, solo que se cuente la historia entera.
Que cuando Europa luchaba por su libertad, también había sangre moraen las trincheras de esa libertad.


