Hubo un tiempo —siempre hay un tiempo mítico— en que Real Madrid y el PSOE parecían instituciones bendecidas por los dioses de la historia. Ganaban casi por inercia. Tenían un estilo reconocible, una forma de estar en el mundo que despertaba adhesiones y, sobre todo, envidias. Uno coleccionaba Copas de Europa como quien acumula sellos; el otro administraba el poder con la solemnidad de quien se siente heredero legítimo de la modernidad española. Eran, cada uno en su campo, una religión civil.
Pero toda religión corre el riesgo de convertirse en liturgia vacía.
Hoy el Real Madrid salta al césped con la convicción íntima en sus jugadores de que el escudo gana los partidos. El PSOE comparece en el BOE con la seguridad de que el pasado absuelve cualquier presente. En ambos casos, la fe sustituye al juego y el relato suplanta a la gestión. Ya no se corre: se posa. Ya no se piensa: se declama.
Los paralelismos son, se me antojan a mí, inevitables. En el vestuario blanco abundan los jugadores convencidos de ser Balón de Oro por derecho divino; en el Consejo de Ministros proliferan dirigentes que se saben ministros antes de saber de qué. Un extremo que no defiende, que no baja, se parece mucho a un ministro que no gestiona, que sólo twitea: ambos levantan los brazos, miran al palco y esperan aplauso. Y lo obtienen. Porque el aplauso, cuando es endogámico, siempre llega.
El Madrid pierde control en el centro del campo y culpa al árbitro. El PSOE pierde control institucional y culpa a los jueces. En ambos casos, el silbato y la toga sirven de coartada perfecta para no mirarse al espejo. ¿El equipo no juega? Es el VAR. ¿La política se enreda? Es la judicatura politizada. Nunca es el banquillo, nunca es la dirección, nunca es la soberbia.
Hay algo especialmente enternecedor —por no decir cómico— en la manera de celebrar. El futbolista que no ha tocado balón durante noventa minutos festeja un gol como si no hubiera día siguiente, saltando desde el banquillo con una energía desconocida para el juego. El dirigente que ha fabricado una gaseosa propositiva—burbujeante, dulce y absolutamente prescindible— se felicita en rueda de prensa como si hubiera descubierto la penicilina. En ambos casos, la euforia no guarda relación alguna con el mérito.
Y aquí llegamos al punto delicado, al elefante en la habitación, al palco presidencial.
Porque cuando una organización deja de funcionar de manera sistemática, la responsabilidad nunca es coral: es jerárquica. En el Madrid, todas las decisiones conducen a Florentino Pérez: fichajes galácticos sin encaje, entrenadores de usar y tirar, una idea de club más financiera que futbolística. En el PSOE, todas las líneas confluyen en Pedro Sánchez: concentración extrema del poder, promoción del servilismo frente al talento, estrategia permanente de resistencia en lugar de proyecto de país.
Ambos mandan mucho. Demasiado. Y escuchan poco. Demasiado poco.
El problema no es perder partidos ni elecciones; eso entra dentro del juego democrático y deportivo. El problema es normalizar el mal funcionamiento, convertir la excepción en sistema, la improvisación en método y la lealtad ciega en virtud suprema. Cuando eso ocurre, ni los mejores escudos ni las siglas más históricas sirven de salvavidas.
Por higiene institucional —y también por puro sentido del humor histórico— quizá haya llegado el momento de aceptar lo evidente: a veces, para que un club vuelva a jugar y un partido vuelva a pensar, los presidentes tienen que irse. No como castigo, sino como revulsivo. No como derrota, sino como punto y aparte.
Porque ni el Real Madrid ni el PSOE nacieron para sobrevivir eternamente a sus dirigentes. Al contrario: nacieron para demostrar que las instituciones (Real Madrid y PSOE) son más grandes que quienes las ocupan. Y cuando eso se olvida, el resultado siempre es el mismo: mucho ruido, pocos goles y la gaseosa caliente que ya no refresca a nadie.
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