Leí en cierta ocasión la anécdota que se contaba de un profesor universitario que, antes de meterse en complicadas fórmulas matemáticas, escribió en la pizarra de la clase de los alumnos de primero de la rama de matemáticas lo siguiente: 9×1=9. 9×2=18. 9×3=27. 9×4=36. 9×5=45. 9×6=54. 9×7=63. 9×8=72. 9×9=81. 9×10=91. Toda la clase estalló en una carcajada. “¿De qué se ríen ustedes?” preguntó el profesor. “Ha escrito usted que 9×10=91”, le respondió un alumno desde la primera fila del aula. “Bueno, ustedes me critican y se ríen de mí por haberme equivocado en un dato. Sin embargo, no han tenido en cuenta que en una serie de diez he acertado en nueve”. “Lo lógico hubiera sido que yo hubiera recibido una felicitación por mis nueve aciertos y no la estruendosa carcajada por un error”.
Lo que le pasó al profesor de matemáticas se repite con mucha frecuencia en la vida corriente de cada uno de nosotros, incluidos aquellos que tienen mayores responsabilidades en sus oficios, en sus dedicaciones o en sus vivencias. Estamos mucho más predispuestos a censurar los errores que a aplaudir los aciertos. Y en esa tesitura se ha visto envuelto el Rey Juan Carlos I.
Nadie puede negar los errores que ha cometido este Rey en los últimos años. Y por eso se ha ganado a pulso la censura de los españoles. Pero, como al profesor de matemáticas, no estaría mal que aplaudiéramos los aciertos que, de lejos, son incomparablemente mucho más beneficiosos para los españoles que los errores. Solo para no hacer interminable este artículo, me limitaré a tres de esos aciertos que, de no haber acertado, podrían haber cambiado el destino de España. El primero, fue su relevante papel en la transición española. No sé cuántos ciudadanos, que se hubieran encontrado con todo el poder que le trasfirió el dictador Franco a su muerte, hubieran decidido renunciar a los mismos y transferirlos a los españoles. Gracias a ese gesto, los españoles cambiamos nuestra condición de vasallos para adquirir la condición de ciudadanos. Nada ni nadie tenía el suficiente poder o peso para obligar al Rey Juan Carlos a apostar por la democracia. Fue su firme decisión la que contribuyó a acabar con un régimen en el que él había sido educado, dando paso a la Constitución de 1978.
El segundo éxito fue su decisivo papel en el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Yo estaba allí como diputado y viví las vicisitudes por las que pasamos en esas 18 horas en las que el Teniente Coronel Tejero tomó el Congreso de las Diputados y secuestró a los parlamentarios y al gobierno en pleno. Las muchas leyendas que se han articulado no han sido capaces de desacreditar a quien paró ese golpe. Si Juan Carlos I hubiera estado implicado, el golpe no lo hubiera parado nadie. El gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo lanzó una minúscula investigación posterior de los hechos. Cuando se llamó al General Quintana Lacaci,Capitán General de Madrid, entró en el despacho de Alberto Oliart y dijo textualmente: “Ministro, antes de sentarme tengo que decir que soy franquista, que admiro la memoria del general Franco, he sido ochos años coronel de su regimiento, llevo esta medalla militar que gané en Rusia, hice la guerra civil, por tanto, ya te puedes figurar lo que pienso. Pero, el Caudillo me dio orden de obedecer a su sucesor y el Rey me ordenó parar el golpe del 23/F. Y yo lo paré. Si me hubiera mandado asaltar las Cortes, las asalto”. Lacaci fue asesinado años después por la banda terrorista ETA.
Y un tercer servicio a la estabilidad democrática lo propició la abdicación de la Corona el 18 de junio de 2014. Podía haber salido mal y haber provocado una gran inestabilidad en España. Pero salió bien. Y algo tuvo que ver su decisión y el momento en el que la adoptó.
Parece mentira que Juan Carlos I, con su libro de memorias, demuestre que no ha llegado a conocer bien la forma de ser de los españoles. Sigue sin enterarse de que, en España, lo que se lleva es hacer leña del árbol caído.
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