miércoles 17 junio, 2026

Yo me he llamado Mario, Mario Vargas Llosa

Yo me he llamado Mario, Mario Vargas Llosa. Así empezaría la historia si la vida tuviera el pudor y la decencia de los buenos cuentos: con una frase clara, que anuncie el destino. Pero la vida no es literatura, aunque uno, testarudo, haya vivido como si lo fuera. Hoy que he muerto —permítanme la licencia de seguir narrando—, el escritor que fui echa una mirada final a la novela más extensa y confusa que escribí: la vida.

Nací en Arequipa, bajo el cielo blanco del sur peruano, pero me crie en Cochabamba, Piura y Lima. Fui un niño desbordado por los libros, por las aventuras de Dumas y las tristezas de Flaubert. Antes de conocer a mi padre, conocí a Víctor Hugo; antes de entender la política, entendí la injusticia leyendo a los escritores rusos. Quizá por eso elegí ser novelista: porque entendí que, en la ficción, uno puede ajustar cuentas con la realidad.

El paraíso perdido de la infancia

Mi primera novela fue una herida hecha con tinta. La ciudad y los perros nació como un puñetazo a la institución castrense, pero también como un acto de rebeldía contra el país que formaba a sus hombres a golpes. “¿Quién mató al poeta?”, preguntábamos en sus páginas, y la respuesta era una metáfora: lo mató un sistema que desprecia la sensibilidad y premia la brutalidad.

Después vino La casa verde, y con ella descubrí que el lenguaje era selva y música, prostíbulo y monasterio. No escribía para adornar la realidad, sino para desentrañarla. “Escribo para que no me maten”, diría años después, aunque en realidad escribía para entender por qué matan los hombres, por qué aman, por qué traicionan, por qué inventan dioses y se matan en su nombre.

El demonio de la política

Me dolía el Perú. Me dolía como una úlcera en el alma. En Conversación en La Catedral traté de responder la pregunta que nos atormentaba a todos: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. La respuesta, por supuesto, era inasible, pero escribirla me hizo recorrer los pasillos de la corrupción, el cinismo, el miedo. No era un diagnóstico, sino una elegía.

En algún momento creí que la política podía cambiar las cosas. Me lancé a la arena pública, fui candidato, enfrenté al fujimorismo, y perdí. Perdí como se pierde en las novelas: con dignidad, pero también con desgarro. Aprendí que el poder corrompe incluso cuando uno no lo tiene, que la política exige renuncias que la literatura no perdona. Por eso volví a mis cuarteles de invierno: los libros.

América Latina como novela

Fui un escritor latinoamericano antes de ser un escritor peruano. Porque lo que nos unía no era un pasaporte sino una lengua, un destino compartido, una historia de sangre, belleza y barbarie. Me leí en Borges y en Rulfo, me sorprendí con Carpentier, discutí con García Márquez (más de lo que me habría gustado), admiré a Onetti. Cada uno de nosotros fue una provincia del continente literario, pero todos escribíamos en la misma lengua en llamas.

A Macondo lo visité con respeto, aunque nunca me sentí del todo parte de ese realismo mágico. Yo era, como decía Cortázar, más de cronómetro que de brújula. Prefería la estructura de Flaubert al vértigo de Asturias. Pero en La guerra del fin del mundo, me permití mi propio carnaval trágico. Reescribí la locura de Canudos como si fuera nuestra, porque lo era. Era la América pobre, mística y rebelde, que se inmola en nombre de los redentores.

Los maestros invisibles

Fui un discípulo devoto. Leí a Faulkner con la reverencia de un monje, y aprendí de él que el tiempo podía quebrarse como un espejo. Admiré a Sartre hasta que lo reemplacé por Camus. Aprendí la precisión de Stendhal, la elegancia de Henry James, la ambición de Balzac. De ellos robé sin pudor: todo escritor verdadero es un ladrón.

Pero el mayor de mis maestros fue Gustave Flaubert. Le dediqué un ensayo —La orgía perpetua— como quien escribe una carta de amor. Su Emma Bovary era la mujer que no fui pero habría podido ser: víctima de sus fantasías. En Flaubert entendí que el estilo es moral. Y en El pez en el agua, cuando narré mi infancia, mis miedos y mis derrotas, lo hice como él: sin adornos, con la sangre en la página.

La pasión y sus máscaras

No fui un hombre fácil. Amé con intensidad, me casé dos veces, me divorcié otras tantas veces del amor idealizado. De Patricia aprendí la paciencia, de Isabel la reinvención. En Travesuras de la niña mala, exorcicé las pasiones que uno no confiesa ni al psicoanalista. Allí comprendí que los amores imposibles son los únicos que duran.

Viví en Londres, en París, en Madrid, en Barcelona. Me exilié por gusto y por necesidad. En cada ciudad escribí un país, pero el Perú me seguía como una sombra pegada al talón. Nunca fui del todo peruano, pero nunca dejé de serlo. Serlo era una condena, pero también una gracia. Como escribió Vallejo, “me moriré en París con aguacero”, aunque yo haya muerto en Lima bajo el sol.

Premios, disputas y otras vanidades

Me dieron premios. Todos, o casi todos. El Nobel llegó tarde, pero justo. Me sorprendió y no me sorprendió. Lo acepté con gratitud, y en mi discurso —ese Elogio de la lectura y la ficción— defendí la libertad con la obstinación del viejo liberal que fui. Porque creí siempre que sin libertad no hay literatura, ni crítica, ni amor.

Tuve enemigos —los tuve por ideas, no por rencores—. Me enfrenté a las dictaduras de derecha y de izquierda, al dogmatismo, al populismo, al cinismo. Defendí la democracia liberal con la tozudez de un personaje de mis novelas. Algunos me acusaron de converso. No lo fui. Solo evolucioné. Y no me arrepiento.

Un testamento en papel

Lo que dejo no es un cuerpo —ya se encargarán los gusanos y los médicos forenses—, sino un cuerpo de obra. Desde Los cachorros hasta Tiempos recios, mi literatura fue un espejo y una espada. Un espejo para mirarnos con vergüenza y ternura. Una espada para hendir la hipocresía.

No hay escritor sin país, sin lengua, sin lectores. A ustedes —lectores del futuro— les dejo mis ficciones como quien deja cartas escondidas en una casa en ruinas. Tal vez algún día las abran, las lean, y entiendan que no escribí por vanidad, sino por necesidad. Que el mundo, sin las novelas, sería insoportable.

Y sin embargo… la vida fue bella

He muerto, sí. Pero qué importa eso si he vivido con intensidad. Viví escribiendo, soñando, discutiendo, amando. Viví en mis libros y en los libros de otros. Y si la eternidad existe, es solo en eso: en que alguien, un día cualquiera, abra una vieja edición de La tía Julia y el escribidor y se ría, o se emocione, o diga: “Este tipo entendía algo de la vida”.

Me he llamado Mario. Mario Vargas Llosa. Y si he tenido alguna virtud, fue la de no haber dejado de creer nunca en el poder de la ficción para hacernos más humanos. Porque como decía un personaje mío, “la realidad no es la vida, la vida es la ficción”

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