miércoles 15 abril, 2026

Yira, yira

“Verás que todo es mentira
Verás que nada es amor
Que al mundo nada le importa
Yira, yira…”

La estabilidad de un gobierno no se mide por los discursos ni por la posesión del poder, sino por su capacidad para materializar su programa en actos legislativos concretos. Y entre todos, los Presupuestos Generales del Estado son el termómetro supremo, el acto parlamentario que constata y garantiza la gobernanza. Como afirmó el jurista y politólogo Norberto Bobbio, “la soberanía, en un sistema pluralista, se ejerce en la capacidad de darle forma financiera al proyecto político”. Hoy, esa capacidad ha sido dinamitada en una reunión en Perpiñán que ha tenido más de consejo de guerra que de negociación. La decisión de Carles Puigdemont, refrendada por Junts, de romper “el pacto de investidura”, ha dejado al gobierno de Pedro Sánchez navegando en la más absoluta intemperie. Un ejecutivo sin Presupuestos es un barco a la deriva, condenado a la gestión líquida de la prórroga y la decrepitud progresiva de los servicios públicos. Es la paradoja de un poder que existe formalmente, pero se desvanece en su capacidad de acción, un fantasma atrapado en los pasillos de La Moncloa.

Este terremoto no fue imprevisto. Era un temblor latente en la falla geológica de una legislatura que nació con un pecado original: la dependencia de fuerzas cuyos objetivos nacionales son, en esencia, incompatibles con la integridad constitucional del Estado. Los barómetros del CIS para Extremadura —que celebrará elecciones el 21 de diciembre—, Aragón, Baleares, Andalucía y las Castillas, no muestran una mera alternancia, sino la pulverización del centro y el auge de los extremos y los nacionalismos periféricos. Sánchez, el gran funámbulo de la política española, ve cómo el cable por el que avanza pierde tensión a ambos lados. Su audacia política, que tantas veces le salvó, choca ahora con el muro, que él dijo en su discurso de investidura venía a construir, de una realidad tozuda: gobernar para todos es imposible cuando tu socio fundamental solo gobierna para una parte.

Mientras, el Partido Popular, presuntamente presidido por Alberto Núñez Feijóo, asiste al espectáculo con la complacencia del que cree que el hundimiento ajeno es su victoria propia. Aquí yace la primera gran crítica: la falta absoluta de visión de Estado de una oposición que se limita a ser notario de la decadencia. El PP confunde táctica con estrategia. Se regodea en cada encuesta favorable, en cada crisis del rival, pero es incapaz de articular un relato creíble para un país sumido en una encrucijada histórica. Su discurso se agota en la denuncia, carente de una propuesta sólida sobre el modelo de Estado, la financiación territorial o la regeneración democrática. Esperan que el desgaste del PSOE los lleve al poder por gravedad, pero un país no es un juego de sillas musicales. Necesita soluciones, no espectadores cínicos.

El ejemplo paradigmático de esta política de «ruido y nueces» es la Comunidad de Madrid. Gobernada por Isabel Díaz Ayuso bajo su mantra que se resume en un «comunismo o libertad», ha construido una marca basada en la confrontación y la espectacularización de la gestión. Sin embargo, detrás del relato de la «libertad» y los récords macroeconómicos, se esconde una realidad de servicios públicos estrangulados. La sanidad pública madrileña, sometida a un proceso de desmantelamiento encubierto mediante la externalización y la precarización, es el caso más elocuente. Hay ruido mediático, sí, un constante pulso contra «lo político correcto»; pero las nueces de una gestión que priorice el bienestar común y no la anécdota confrontacional, están podridas por dentro. Es el reino del eslogan sobre la sustancia, donde gobernar se confunde con tuitear.

Y en este panorama desolador, ¿qué percibe el ciudadano? Lo esencial: el deterioro tangible de su vida cotidiana. Esperas interminables en los hospitales, aulas masificadas, la vivienda convertida en un bien de lujo inalcanzable, la justicia languideciente. Mientras, la clase política parece encerrada en una burbuja de narcisismo donde lo único importante es la conservación del cargo. Unos se aferran al poder con uñas y dientes, otros solo anhelan arrebatárselo para colocar a los suyos en los mismos sillones. Es una danza macabra en la que el bien común está siendo la primera baja. El filósofo José Ortega y Gasset ya advirtió en La rebelión de las masas sobre el peligro de que «el hombre-masa» se apodere de las instituciones, no para servirlas, sino para servirse de ellas. Hoy, esa advertencia suena a profecía cumplida. La ciudadanía no es tonta: huele la desconexión, la hipocresía de una lucha por el poder que ignora olímpicamente el poder servir.

Este desencanto, esta brecha abismal entre la política y la gente, no es un fenómeno exclusivamente español. Basta mirar al otro lado del Atlántico para encontrar un espejo distorsionado, pero revelador. La victoria de Javier Milei en Argentina no es, en esencia, un triunfo de la derecha disruptiva y reaccionaria. Es, sobre todo, el síntoma de un vacío colosal dejado por una política moderada y propositiva que ha abdicado de su función. Los datos de la prensa argentina son elocuentes: el peronismo, anquilosado en un relato populista y clientelar, y la oposición tradicional (Juntos por el Cambio), fragmentada y sin un rumbo claro, generaron el caldo de cultivo perfecto para el advenimiento de un «loco» que prometía dinamitarlo todo con una motosierra. También es un dato, nada despreciable, que estas elecciones que ha ganado Milei ha sido con una abstención récord de baja del 33%.

La ciudadanía argentina no votó mayoritariamente a favor de las extravagantes teorías económicas de Milei o su fundamentalismo moral; votó, desesperada, en contra de una casta política que había convertido un país próspero en un laboratorio de miseria e inflación crónica. La socialdemocracia teñida de un progresismo a veces más retórico que real —y en el caso argentino, teñida también de una corrupción estructural—, y el liberalismo conservador desnortado y sin proyecto creíble, crearon el vacío que los extremismos llenan con facilidad.

Allí y aquí, la ultraderecha no crece por sus méritos intelectuales o su solvencia ética; crece como un hongo en la podredumbre de un sistema que ha perdido el contacto con la realidad de quienes debería servir. No es un avance orgánico; es el fracaso en toda regla de la política tradicional.

España no es Argentina, pero los ecos son inquietantes. El ruido de volverse al monte en Cataluña, la inestabilidad crónica del gobierno, la oposición estéril y el deterioro palpable de los servicios públicos son los ladrillos con los que se construyen los escenarios de ingobernabilidad.

Cuando la política se convierte en un fin en sí misma y abandona su vocación de servicio, abre la puerta a los monstruos. La lección es clara para el socialismo de Sánchez y el popular de Feijóo: o la política moderada, tanto de derechas como de izquierdas, recupera la brújula de la proposición, la gestión competente y el bien común, o el vacío que dejen será ocupado por fuerzas que no creen en la política misma, sino en su destrucción. La motosierra argentina es un aviso para navegantes en aguas turbulentas.

Como escribió Rabindranath Tagore, “no es tarea fácil dirigir a los hombres; empujarlos es más sencillo”. Nuestra clase política, en su conjunto, ha elegido el camino fácil durante demasiado tiempo: empujar al rival, empujar al votante con miedo, empujar hacia el abismo de la polarización. El desafío ahora es si alguien tendrá la voluntad, la inteligencia y la altura de miras para, por una vez, dejar de empujar y empezar a dirigir, se echa de menos un proyecto común de país, de unos y de otros. Hay que albergar la esperanza de que la propia sociedad empiece a demandarlo. De lo contrario, solo nos quedará contemplar, impasibles, el reflejo cada vez más quebrado de nuestra propia democracia.

Yira! Yira!

Canción de Carlos Gardel

Cuando la suerte que es grela

Fallando y fallando

Te largue para’o

Cuando estés bien en la vía

Sin rumbo, desespera’o

Cuando no tengas ni fe

Ni yerba de ayer

Secándose al sol

Cuando rajes los tamangos

Buscando ese mango

Que te haga morfar

La indiferencia del mundo

Que es sordo y es mudo

Recién sentirás

Verás que todo es mentira

Verás que nada es amor

Que al mundo nada le importa

Yira, yira

Aunque te quiebre la vida

Aunque te muerda un dolor

No esperes nunca una ayuda

Ni una mano, ni un favor

Cuando estén secas las pilas

De todos los timbres

Que vos apretás

Buscando un pecho fraterno

Para morir abraza’o

Cuando te dejen tira’o

Después de cinchar

Lo mismo que a mí

Cuando manyés que a tu lado

Se prueban la ropa

Que vas a dejar

Te acordarás de este otario

Que un día, cansado

Se puso a ladrar

Verás que todo es mentira

Verás que nada es amor

Que al mundo nada le importa

Yira, yira

Aunque te quiebre la vida

Aunque te muerda un dolor

No esperes nunca una ayuda

Ni una mano, ni un favor

Compositores: Luis Cesar Amadori, Enrique Santos Discepolo.

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