domingo 14 junio, 2026

Una propuesta  irrefutable que beneficia a Andalucía

Los trece volúmenes de Los Elementos de Euclides (siglo III a.C.) parten tan solo de cinco sencillos postulados —es decir, de verdades que se aceptan sin demostración— y deduce de ellos 465 proposiciones, cada una de ellas con su demostración correspondiente. En política, para hacer deducciones fiables, también hay que partir de algunos principios que todos acepten sin demostración. Sin ellos, el entendimiento es imposible. Por eso, voy a establecer primero algunos principios básicos, para luego argumentar una propuesta que veo de difícil refutación, salvo que se desee violar esos principios.

El primer principio es que la política —hablamos, por supuesto, de sociedades democráticas— ha de estar al servicio de los ciudadanos y no de los partidos. Estos son tan solo sus representantes. En una sociedad moderna, los distintos intereses presentes en la sociedad se articulan a través de corrientes de opinión, que son las que encarnan los partidos. Las elecciones permiten visualizar cuánto apoyo tiene cada una de dichas corrientes en el momento de la elección.

Y, segundo principio, una vez efectuada la elección, la obligación de los partidos es tratar de formar un gobierno lo más estable posible. Como es muy probable que ninguno alcance por si solo la mayoría de la cámara, la obligación de todos ellos es conformar coaliciones o pactos de investidura para alcanzar dicha mayoría. El recurso a la repetición electoral debería ejercerse tan solo en caso muy extremos. En primer lugar, porque equivale a decirles a los ciudadanos que se han equivocado; en segundo, porque dilata la interinidad del gobierno en funciones y genera inestabilidad; y, por último, porque es muy probable que el nuevo resultado no difiriera mucho del anterior.

En las recientes elecciones de Andalucía, hay un partido —el Partido Popular, presidido por el señor Moreno Bonilla— que representa a la derecha, que ha quedado a dos escaños de la mayoría absoluta y que suma más escaños que los tres partidos de la izquierda juntos —53 frente a 41—. Hay otro partido —Vox, que representa a la extrema derecha— con 15 escaños, al que todos hacen ascos. La izquierda, porque le considera antidemocrático y con propuestas fascistoides inasumibles y, la derecha del señor Bonilla, porque rechaza gran parte de esas propuestas por las mismas razones. Se puede interpretar el resultado electoral afirmando que los andaluces han preferido en esta ocasión que les gobierne la derecha en lugar de la izquierda.

Si el señor Bonilla se viera forzado a asumir algunas de las propuestas de Vox para que este le cediera sus votos, es fácil deducir que los intereses de la inmensa mayoría de los ciudadanos andaluces se verían perjudicados, porque el 86% de ellos no ha votado a la extrema derecha. Su discurso contra la inmigración, el aborto, el feminismo, etc. solo ha recabado el 14% de los votos y, según muchos analistas, ni siquiera todos esos votantes comparten el discurso, porque tan solo han querido expresar su cabreo con el sistema. Todos los partidos del restante 86% rechazan ese discurso.

Si se acepta lo anterior y el principio de que la política ha de buscar en primer lugar el beneficio de los ciudadanos, ni el señor Bonilla ni los partidos de izquierda deberían permitir que las propuestas de Vox se abrieran camino, ni mucho menos que algunos de sus miembros formaran parte del gobierno. Es lo que se conoce como “cordón sanitario”, estrategia que se ha practicado con bastante frecuencia en el resto de Europa: si se quiere desanimar el voto a la extrema derecha e impedir que sus mensajes de odio se extiendan, hay que evitar que ese voto les sitúe en posiciones de gobierno o que impongan a las derechas tradicionales una parte de su programa.

En esa tesitura, al señor Bonilla solo le quedan dos caminos: o encuentra apoyo en los otros partidos o, tras sucesivas investiduras fallidas, se vería abocado a repetir elecciones lo que, según el segundo principio, también sería perjudicial para los ciudadanos.

Es en este punto donde deduzco que la única salida posible que beneficie a los andaluces es que el PSOE facilite la investidura del señor Bonilla a cambio de algunas contrapartidas. Digo el PSOE porque es el partido de los tres de la izquierda con más sentido de estado por haber gobernado muchas veces, tanto en las comunidades autónomas como en la nación. Esta es mi propuesta irrefutable y afirmo que no solo es buena para los andaluces, sino para el país en general y también para el PSOE.

Para los andaluces y el país, porque los ciudadanos están hasta los pelos de la polarización. Si el señor Bonilla fuera investido con los votos de Vox, escucharíamos al PSOE y al resto de la izquierda afearle la  conducta, proclamar que son lo mismo que Vox, que solo quieren el poder a costa de lo que sea y el resto de la retahíla habitual de reproches. También veríamos cómo Vox se felicitaría exultante por haber hecho pasar al PP por el aro. En cambio, una investidura sin contrapartidas estridentes y con el apoyo de la oposición para esquivar a Vox transmitiría un mensaje de responsabilidad de la izquierda y de alivio momentáneo en el crispado ambiente patrio.

Las contrapartidas serían para el señor Bonilla más fáciles de asumir que las de Vox: por ejemplo, acordar una inversión mínima en los servicios públicos de sanidad y educación y comprometerse a no aprobar ninguna de las propuestas estrambóticas de Vox, aun teniendo los votos suficientes para hacerlo. Los presupuestos, en cambio, se negociarían año a año. La forma de implementar la investidura sería que cuatro diputados del PSOE elegidos por sorteo se abstuvieran, lo que transmitiría el mensaje de que se trataría del préstamo mínimo necesario para no repetir elecciones y de ningún modo un acuerdo con la política del PP.

El cordón sanitario que frecuentemente el PSOE ha reclamado al PP no solo depende de lo que haga este partido, sino que también tiene contrapartidas para la oposición, como facilitar en algunos casos los gobiernos de su oponente cuando este tiene mayorías claras y se comporta con moderación. Acusar al adversario de pactar con la extrema derecha y no dejarle otra salida que hacerlo es un ejercicio de cinismo.

La imagen del PSOE ganaría bastante con un paso así. Es más, debería ser él quien propusiera el pacto. Si lo hiciera, tal vez los obstáculos vinieran de la calle Génova y no del señor Bonilla. Si así fuera, quien quedaría en muy mal lugar sería la cúpula del PP y no el PSOE. Como se ve, todo son ventajas.

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