«Un tal Blázquez»: así llamó en 1995 X. Arzallus a Ricardo Blázquez, recién nombrado obispo de Bilbao. Acaso pensó que el apellido maketo merecía el término despectivo. El apellido castellano adorna ahora otro nombre, nada menos que el del lehendakari vasco, que acaba de visitar al presidente del gobierno de España. Los dirigentes del PNV tienen una particularidad: cada vez que vienen a Madrid, a la chita callando, se llevan un trocito de Estado entre las manos. Ahora tocaba hablar de puertos, aeropuertos -¡ay, el presupuesto!, ¡ay la soberanía nacional! – y también tratar del cuadro famosísimo, el que Pablo Ruiz Picasso pintó en 1937, el Guernica. Hablar de él por si las moscas, por si sonara la flauta, aprovechando la palmaria debilidad gubernamental.
El lienzo, como es sabido, fue pintado para el pabellón español de la exposición de Paris de1937, encargado y pagado por representantes del gobierno republicano. Picasso recibió ciento cincuenta mil francos franceses de la mano de Max Aub, agregado cultural de la embajada española en París. El pintor, independientemente de su simpatía por la República, fue siempre un lince para los negocios. La carta que Luis Araquistáin -antiguo embajador en París en aquel momento- envió a Picasso en 1953, sirve de testimonio fehaciente. El cuadro, de inmediato, fue empleado por la propaganda republicana y viajó, se movió en exceso, fue de aquí para alla: Oslo, Copenhague, Estocolmo, Gotemburgo. Luego, entre 1938 y 1939, se expuso en Londres, Leeds, Liverpool y Manchester. Defensa de la causa republicana y recaudación de fondos.
Picasso decidió, en vista de la situación europea, que el cuadro quedara custodiado en el MoMA de Nueva York. Pero tampoco pudo soportar el reposo, y volvió a viajar a Chicago, Ohio y, de allí, en la posguerra europea, saltó el Atlántico para ser exhibido en Milán y, de allí, a la Bienal de Sao Paulo. Cuando el cuadro pudo por fin reposar en Nueva York, los responsables del museo advirtieron un evidente deterioro, manchas, grietas de tanto enrollar el lienzo, y decidieron no moverlo en adelante. El que quiera seguir las vicisitudes del cuadro y su conversión en un símbolo casi universal puede consultar el excelente libro de Van Hensberben.

Picasso sostenía que el cuadro solamente podría ser devuelto a España cuando su régimen político fuera republicano. En la carta que publico, Araquistáin, de vuelta de sus radicalismos, ya sostenía que el cuadro podría regresar cuando España disfrutara de un régimen de libertad que, mira por dónde, identifica con una monarquía parlamentaria, Asombrosa pirueta la de este político y periodista prolífico: director de la revista España y agente inglés durante la Gran Guerra, impulsor de la bolchevización del PSOE a partir de 1933 y demócrata después de la guerra. Y patrón del Guernica, como mérito mayor, luego de tan alborotada carrera.
Polémicas hubo a porrillo, después de la muerte de Franco. Decidióse el traslado a España, vigente nuevo régimen representativo; un traslado en que mi colega Javier Tusell -brillante historiador ya fallecido-, a la sazón director general del patrimonio artístico, tuvo mucho que ver. Entonces ya hubo reclamaciones y peticiones más o menos fundadas o disparatadas. Algunos dijeron que el cuadro debería posar en el País Vasco, pues el bombardeo de una de sus ciudades era el motivo inmediato de su pintura. Otros, como el escritor José Bergamín, condenó el traslado a España como una traición a sus vetustos ideales republicanos. Por fin, en 1981, el cuadro fue instalado en el casón del Buen Retiro, protegido por una coraza transparente. De allí, al reina Sofía, donde la prudencia recomienda que no se mueva más, ni siquiera para una exposición temporal en Bilbao. Y esa misma prudencia dicta, según creo, que no se haga el menor caso a la sugerencia del señor Pradales.
El cuadro genial de Picasso sugiere el horror de la guerra, el mismo que retrató Goya en sus Desastres; pero va más allá del motivo que ofreció la ciudad bombardeada. Bombardeos crueles de la guerra civil que también sufrieron Madrid, Barcelona o Valencia. Pero el nacionalismo es insaciable y suele utilizar el pasado a su conveniencia. Si no tiene motivos de fricción, suele inventarlos o traerlos por los pelos, como ahora el tema del Guernica. «Una reparación simbólica hacia el pueblo vasco», ha dicho el tal Pradales. Como si la democracia española, en lugar de la Legión Condor alemana, hubiera sido responsable del bombardeo funesto y tuviera que hacerse disculpar. Pedir perdón por lo pasado, ofrecer excusas por acontecimientos sin remedio está de moda. Siempre con cierto objetivo político. La finalidad consiste, antes y ahora, en alimentar la eterna confrontación con «Madrid» y el imaginario agravio -el «contencioso» se decía antes- que el «pueblo vasco» (metonimia que suele tomar el todo de los ciudadanos por la parte nacionalista de ellos) libra contra sus enemigos seculares. Nacionalismo que se junta con la paletería castiza que ha alimentado, que ha exacerbado el régimen de autonomías, unos reclamando el traslado de la Dama de Elche a la población alicantina, otros pleiteando por la devolución de las pinturas de Sijena. Déjense estar los objetos artísticos donde se encuentran, con tal de que estén bien custodiados, bien conservados y sean de fácil acceso para la gente. ¿Estarían mejor los frescos de Sijena en un apartado monasterio que en el soberbio museo de Barcelona, abrigados por otras pinturas románicas? El patrimonio es de todos los españoles, independientemente de donde se hallen. Sería «un error político», ha afirmado Pradales, no acceder a un traslado que califica de «temporal». El error sería seguirle la corriente. Un pecado contra el arte y un disparate político mayúsculo.


