La Política con Mayúsculas
Juan de Justo Rodríguez
La mañana de hoy en Madrid no fue una mañana cualquiera. El Senado, en el precioso y austero marco de su antigua Sala de Plenos, acogía el merecido homenaje a un gran compañero, Javier Lambán. Pero lo que se esperaba como un acto de justicia y recuerdo se convirtió, por arte de la voluntad compartida, en un precioso oasis de la política en su versión más noble y necesaria: la maravillosa conjunción del consenso.
Este encuentro nos permitió disfrutar de la Política con mayúsculas. De ese arte maravilloso y en extinción donde se sabe distinguir con claridad al adversario del enemigo, donde la mira se eleva por encima de las mezquindades tácticas y donde lo único que cuenta es el interés de nuestro pueblo.

La jornada en el Senado fue la antítesis de la política de la confrontación que hoy nos ahoga. Frente al arte de la dedicación a la nación, prevalece la política de las batallas absurdas, creadas desde el artificio, cuyo único fin es ayudarnos a soportar el poder sin otro interés que el propio, sin más horizonte que el sillón que se ocupa. La confrontación es el camino fácil, pero el consenso, tal y como se respiró en el homenaje, es la única vía para que el país avance.
El acto fue inaugurado por el anfitrión, el presidente del Senado, Pedro Rollán, miembro del Partido Popular. Su discurso, cargado de sensibilidad y sentido institucional ante la viuda de Lambán y la nutrida asistencia, fue un elogio certero y hermoso. Fue allí donde comenzamos a saborear una jornada que Javier Lambán, hombre de principios y diálogo, habría deseado: una mañana en la que la concordia vencía al ruido de la disputa estéril.

El Deterioro y el Encargo Sagrado
Sin embargo, tras la nobleza del inicio, la reflexión obliga a contrastar este consenso con el deterioro generalizado. Las «manchitas» de antaño se han convertido en «borrones» que hemos de limpiar sin dilación, acelerados por turbios intereses que desvían el foco de los verdaderos problemas de la nación.
La presentación del acto corrió a cargo de mi antiguo y sabio profesor, el que fue gran ministro y es grandísimo jurista Virgilio Zapatero, quien situó la figura de Javier Lambán en el nivel de altura que le corresponde a un hombre de Estado.
Pero el corazón del debate y la alarma provino de las intervenciones estelares de aquellos que un día lograron sacar a España de la oscuridad, entre ellos Javier Fernández, magnífico orador y expresidente del Principado de Asturias, Cándido Méndez y, por supuesto, Alfonso Guerra y Felipe González.
Alfonso Guerra, con su intervención plena de sabiduría, nos dejó un mensaje, más bien un encargo ineludible: llevar el mensaje de la Transición a los jóvenes, a las aulas. Es imperativo transmitir el iter de aquel periodo fundacional que hoy unos miserables tratan de destrozar y desprestigiar. Esta destrucción es la máxima expresión de la confrontación, pues intenta borrar el pacto fundacional de nuestra democracia.
El blanco de su lúcida crítica fue, sin tapujos, el actual presidente del Gobierno de España, y los cómplices que le rodean. La verdad histórica y la dignidad política se ven denigradas por maniobras burdas y por la inestimable ayuda de personajes que han transmutado de justicieros a adalides de los antisistema, como ese exjuez hoy abogado millonario. Nuestro compromiso es transmitir el mensaje que nos legaron: la realización de la política desde el pensamiento y la dedicación, primero a la Nación y a sus ciudadanos, y después al partido.
La Lección de los Fundadores y la Historia
Tras Guerra, intervino Felipe González, quien recordó la dependencia de este Gobierno de un delincuente perseguido por la justicia. Este hecho es un síntoma claro de cómo la confrontación interna, al fragmentar la gobernabilidad, obliga a la sumisión ante intereses particulares, debilitando el interés general.
González nos recordó que la política es, ante todo, el arte de dar satisfacción a los ciudadanos y de emanciparlos. Y, al igual que yo sostengo desde hace años, recordó una lección histórica fundamental: la noche de España no comienza en 1936 con el golpe de Estado, sino que se gesta tras la Constitución de Cádiz de 1812, la Pepa. La Ilustración no pudo progresar en España porque las fuerzas oscuras se encargaron de destrozar toda ilusión de progreso liberal. El conocimiento es la luz, y la luz es lo que debemos preservar contra la ignorancia que alimenta la confrontación.
El Gesto del Hombre de Estado
Pero sin apartarme de la crónica de este día, no puedo dejar de mencionar algo que me causó una enorme alegría y que es un verdadero indicio de esperanza en el futuro del consenso: al acto se sumó el líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo.
Es de obligado cumplimiento que le muestre mi más profundo agradecimiento en nombre de todos aquellos que entendemos la política no como una batalla a vencer, sino como un arte a perfeccionar. La política real es el arte de entenderse para mejorar la vida de los ciudadanos; es el arte de colocar tus ideas sobre las del adversario desde el respeto y la convicción, no por la fuerza bruta de la imposición. Es el arte de convencer.
En mi modesto entender, Alberto Núñez Feijóo merece un aplauso por su gesto integrador y de consenso, un acto de altura propia de un hombre de Estado que se erige en contraste con el ambiente que hoy fomenta la ruindad. La política debe buscar la calidad y el convencimiento, no la confrontación de taberna. Es el contraste entre la altura institucional y la ruindad.
Como sombra que planea sobre este día de esperanza, he de referirme a ese desagradable acontecimiento de hoy mismo: la entrada en prisión de personajes ligados al círculo más cercano del actual inquilino de la Moncloa. Desde el punto de vista jurídico, cabría analizar lo que se llama la culpa in vigilando, al menos. Pero el tiempo, y la justicia, nos dirán.
El homenaje a Javier Lambán nos ha dejado un legado más importante que el recuerdo: un claro mandato de regeneración. La esperanza está en volver a ese arte de la política con mayúsculas, aquella que prioriza a la nación y a sus ciudadanos, y que honra la memoria de quienes, como Lambán, supieron que la grandeza política reside en la capacidad de tender puentes, no en la de quemarlos. Es hora de cumplir el encargo y de restaurar la dignidad perdida.

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