jueves 22 enero, 2026

Trump, desde Davos, sitúa a Groenlandia en el centro del escenario mundial

La reivindicación del control estadounidense sobre la mayor isla del planeta, formulada por Donald Trump en el Foro Económico Mundial, reactualiza viejas ambiciones geopolíticas, tensiona el vínculo con Europa y reabre el debate sobre el equilibrio de poder en el Ártico y el futuro de la Alianza Atlántica.

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El discurso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el Foro Económico Mundial de Davos no fue una intervención económica en sentido clásico, sino una declaración de principios geopolíticos. Bajo la apariencia de una reflexión sobre seguridad y prosperidad global, Trump colocó a Groenlandia en el centro de su visión estratégica, vinculándola de manera directa con el futuro de Europa, la OTAN y el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. La contundencia del mensaje —y su tono abiertamente transaccional— obliga a un análisis que trascienda la coyuntura y se adentre en las raíces históricas y en las consecuencias estratégicas de una pretensión que muchos creían desterrada del lenguaje político occidental: la adquisición de territorio soberano entre aliados.

La idea de Groenlandia como pieza estratégica para Estados Unidos no es nueva. A mediados del siglo XIX, Washington ya había explorado la posibilidad de adquirir la isla a Dinamarca, y tras la Segunda Guerra Mundial la presencia militar estadounidense se consolidó con la instalación de la base aérea de Thule, hoy integrada en el sistema de alerta temprana y defensa antimisiles. En la lógica de la Guerra Fría, Groenlandia fue concebida como un bastión avanzado frente a la Unión Soviética, una posición clave en el control del Atlántico Norte y del acceso al Ártico. Trump recupera esa tradición estratégica, pero lo hace despojándola del ropaje multilateral que caracterizó a la política estadounidense durante décadas.

En Davos, el presidente no habló de cooperación reforzada ni de nuevas fórmulas dentro de la OTAN, sino de propiedad y control. Al afirmar que para defender Groenlandia “hay que ser su dueño”, Trump introdujo una lógica patrimonial en un sistema internacional que, al menos en su discurso formal, se rige por el respeto a la soberanía y la integridad territorial. Esta afirmación no solo desafía a Dinamarca y a las autoridades groenlandesas, sino que interpela directamente a Europa en su conjunto, al sugerir que el continente carece de capacidad real para garantizar su propia seguridad en el extremo norte.

Desde el punto de vista estratégico, Groenlandia ocupa una posición singular en el nuevo escenario global. El deshielo progresivo del Ártico abre rutas marítimas antes inaccesibles, reduce distancias entre Asia, Europa y América del Norte y expone vastos recursos naturales, desde tierras raras hasta hidrocarburos. En este contexto, el control de la isla implica influencia directa sobre el Atlántico Norte, sobre las rutas polares emergentes y sobre la arquitectura de defensa del hemisferio norte. Trump lo expresó con crudeza: para él, Groenlandia no es un territorio periférico, sino una plataforma central desde la cual proyectar poder frente a Rusia y China.

La dimensión histórica del planteo resulta clave para entender su alcance. Durante la posguerra, Estados Unidos construyó su liderazgo global combinando poder militar con un entramado de alianzas y normas multilaterales. La OTAN fue el pilar de ese sistema en Europa, y Dinamarca, como miembro fundador, formó parte de ese consenso. Al cuestionar implícitamente la capacidad de la alianza para proteger un territorio estratégico sin que este pase a manos estadounidenses, Trump erosiona uno de los fundamentos simbólicos de la OTAN: la defensa colectiva entre iguales.

Esta tensión se refleja en la reacción europea. Líderes como Emmanuel Macron y Ursula von der Leyen interpretaron las palabras de Trump no solo como una amenaza territorial, sino como un intento de redefinir la relación transatlántica en términos de subordinación. El mensaje implícito es claro: Estados Unidos garantiza la seguridad, pero exige contrapartidas que ya no se limitan al gasto militar o a concesiones comerciales, sino que alcanzan cuestiones de soberanía. En este marco, la propuesta de Trump funciona como un catalizador de un debate más amplio sobre la autonomía estratégica europea, una aspiración largamente discutida y hasta ahora difícil de materializar.

El caso de Groenlandia también plantea interrogantes sobre el derecho internacional y el precedente que podría sentar. Si una potencia occidental legitima la idea de adquirir territorio de un aliado por razones estratégicas, ¿con qué autoridad moral podrá oponerse a movimientos similares en otras regiones del mundo? Esta pregunta recorre las cancillerías europeas y alimenta la inquietud de que el discurso de Davos marque un punto de inflexión en la narrativa occidental sobre el orden internacional.

Desde la perspectiva estadounidense, el planteo de Trump responde a una visión realista y unilateral del poder. La seguridad nacional, en su discurso, no admite zonas grises ni soluciones compartidas cuando están en juego intereses vitales. Groenlandia aparece así como una extensión natural del perímetro defensivo estadounidense, un territorio cuya pertenencia formal debería alinearse con una realidad estratégica que, según Trump, ya existe de facto. Esta lectura ignora deliberadamente la dimensión política y cultural de Groenlandia, así como el derecho de sus habitantes a decidir su futuro.

Las implicancias estratégicas de este enfoque son profundas. En el corto plazo, la controversia debilita la cohesión de la OTAN y alimenta la desconfianza entre aliados. En el mediano plazo, puede acelerar los esfuerzos europeos por reducir su dependencia de Estados Unidos en materia de defensa, aun cuando esa autonomía sea difícil de concretar. Y en el largo plazo, contribuye a normalizar una lógica de competencia territorial entre grandes potencias, incluso dentro del mundo occidental.

El discurso de Trump en Davos, lejos de ser un exabrupto aislado, se inscribe en una reconfiguración más amplia del orden internacional. Groenlandia se convierte así en símbolo y en síntoma: símbolo de la creciente centralidad del Ártico en la geopolítica del siglo XXI y síntoma de una ruptura en la forma en que Estados Unidos concibe su relación con Europa. En un foro pensado para el consenso y la cooperación, Trump dejó claro que su visión del mundo se rige por el control, la fuerza y la primacía nacional. Las consecuencias de ese mensaje, como el hielo del Ártico que lentamente se derrite, apenas comienzan a hacerse visibles.

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