lunes 15 junio, 2026

Tierras raras

Los raros somos nosotros

Tierras raras, ya de por sí, es difícil pronunciarlo. Tierras raras de un país que no es el suyo quería un dirigente, que se cree con derecho a exigir lo que pretende, que alarga su mano allá dónde nadie le ha dado permiso. Manos o garras. Se convierte en coloso, en gigante al que hay que temer, y nosotros buscando un sastrecillo valiente, un David de honda certera, un justiciero sin enmascararse. 

Y todo esto nos suena a distopía, pero está más cerca de nuestro presente que de un futuro por conocer. Sería ese Mundo feliz de Aldous Huxley, ese Panorama desde el puente que no acepta que vengan de fuera a quitarnos el pan y la sal, el territorio y las costumbres, la primavera, porque ya todo es verano. 

Asistir a Tierras Raras, el texto escénico que Julio Talavera orquesta con batuta eficiente,y que Susana Inés Pérez junto a María Isasi interpretan con una veracidad casi biológica, no es un acto de entretenimiento; es una autopsia, una disección, un análisis sin datos estadísticos. El título no está puesto porque sí. Es el nombre de la codicia invisible que alimenta la situación actual geopolítica, que aísla a la humanidad mientras prometen conectarla. La obra se despliega como un tríptico distópico, tres certeros bisturís poéticos o teatrales a la autocondescendencia contemporánea, donde la escena deja de ser un espejo para convertirse en una navaja que abre las carnes.

El porvenir que ya ha comenzado. Los raros somos nosotros. En la primera historia, las actrices se sumergen en la desolación del despojo y la necesidad de un, otro, redentor. La tecnología ha dado paso a la ausencia de sentimientos. Susana Pérez y María Isasitransitan en este chapoteo con una fisicidad agónica. Lo importante es la autobiografía y lo que se espera de nosotros, aunque no estemos preparados para ello.

La segunda pieza gira en el duelo interpretativo entre Pérez e Isasi alcanzando su punto más ácido. No hay espacio para la condescendencia ni para la lágrima fácil; hay rabia sintetizada. Sus cuerpos se convierten en cables, engranajes de una maquinaria que ha acabado con la vida humana para provocar las disonancias que nos chirrían hoy en día, pero que no están tan lejos de que sucedan.

El cierre del tríptico es el colapso definitivo, la distopía instalada en el salón de casa. La tercera historia aborda la alienación urbana, el triunfo del algoritmo sobre el latido y las acciones cotidianas. Las protagonistas se convierten en autómatas, prisioneras de un entorno donde los sentimientos se miden en gigabytes y la empatía es un software obsoleto. 

La dirección de Julio Talavera extrae la buena comunicación de las dos intérpretes, capaces de pasar de la rigidez mecánica a la vulnerabilidad más desgarradora en un parpadeo. Hay una poesía feroz en sus diálogos, una belleza enferma que retrata la muerte de la intimidad.

Tierras Raras es la disonancia de las promesas y la tecnología que nos quieren hacer creer que es beneficiosa. Al apagarse las luces, uno teme volver a desactivar el modo avión y que todos los mensajes en cola entren aturdiéndonos en las cañas que nos tomaremos luego, de momento. Mientras existan los bares. Con esas Tierras Raras, sí que me quedo.

INFORMACIÓN

TIERRAS RARAS

Escrita y dirigida por Julio Talavera

Elenco: Susana Inés Pérez y María Isasi

Espacio: Sala Komodia

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