sábado 20 junio, 2026

Soberanía en coma


Hace casi un siglo tuvo lugar en Munich uno de los momentos más vergonzosos de la historia. Que ya es decir. En concreto los días 28 y 29 de septiembre de 1938, cuando los primeros ministros del Reino Unido y Francia, Neville Chamberlain y Édouard Daladier, decidieron calmar el apetito de Adolf Hitler ofreciéndole el territorio entonces checoslovaco -aunque ciertamente habitado mayoritariamente por población de habla alemana- de los Sudetes. Y esto, sin contar con el permiso de los checoslovacos, a quienes nadie se tomó la molestia de invitar. A diferencia, para colmo, de Mussolini, que interpretó en aquella parodia el papel de «árbitro imparcial».

No es cierto que pocos días después Churchill dijera aquello de “elegisteis el deshonor para evitar la guerra; tendréis el deshonor y también tendréis la guerra”, pero sí lo es que exclamó en la Cámara de los Comunes: “lo máximo que ha sido capaz de conseguir para Checoslovaquia […] ha sido que el dictador alemán, en lugar de agarrar la comida de la mesa, se conformase con hacer que se los sirvieran plato por plato”. Y esto, mientras los parlamentarios de su propio partido le interrumpían gritando: “¡paz, paz!”.

Pero no es eso de lo que quiero escribir. Ni del impacto que tuvo en la España republicana, a la que le quedó por fin meridianamente claro que por ella tampoco moverían un dedo en su guerra civil. Lo que me interesa de aquella historia es que tanto Chamberlain como Daladier eran los legítimos representantes electos de sus naciones. Y que, por tanto, una vez firmado el acuerdo, hubieron de presentarlo ante sus parlamentos, en los que ambos obtuvieron un amplísimo consenso. Y aunque ciertamente luego, con los años, fueron criticados, no lo fueron en ese momento.

¿Alguien puede decirme qué electorado ha votado al secretario general de la OTAN, señor Mark Pieter Rutte, para que represente los intereses de Dinamarca y Groenlandia ante el líder de los Estados Unidos, señor Donald John Trump, hace unos días, durante el Foro Económico Mundial? Y, en consecuencia, ¿ante quién o qué parlamento va a rendir cuentas ahora?

La cesión de los Sudetes envió un mensaje: hay potencias de primera y naciones de segunda. Nada nuevo, por otra parte. En cambio, esta reunión en Davos, va más allá: ya no es que haya naciones de segunda, es que algunas no tienen ni el derecho a que su soberanía nacional sea protegida por potencias de primera. Da igual que se trate del derecho de los ucranianos a unirse a la Unión Europea, de los venezolanos o mexicanos a llevar a cabo su guerra contra el narcotráfico, o de los taiwaneses a vivir al margen de China. Ahora, dos, tres o seis dirigentes, algunos no elegidos por sus naciones, otros ni siquiera representantes de ninguna nación, parece que pueden sin ningún disimulo y sin rendir cuentas ante nadie disponer de las vidas y haciendas de los ciudadanos del mundo como sucedía en los tratados de paz de los siglos XVII o XVIII.

Y si esto es así, y parece que así empieza a ser, ¿qué sentido tienen los Estados nación si no hay soberanía nacional ni nadie presto a defenderla?

No se trata únicamente de que Trump, Putin, Xi o quien sea, puedan presionar sin miedo a naciones y nacionales a sabiendas de que nadie les va a parar los pies. Es que todo lo que significa un Estado nación deja de tener sentido. ¿Qué sentido tiene, por ejemplo, desarrollar políticas sociales si, por ejemplo, desde la OTAN nos van a decir lo que se puede gastar en ellas y lo que se debe gastar en «defensa»?

Tal vez sólo haya dos respuestas. Una pasa por plantar cara a las imposiciones y marcar unos límites. Unos límites que son los mismos que la socialdemocracia europea ya marcó tras la Segunda Guerra Mundial: soberanía, europeísmo, solidaridad y respeto. Unos límites hoy compartidos con la democracia cristiana o el liberalismo, y que por alguna razón difícil de comprender, aborrecen y temen a partes iguales los nuevos salvadores surgidos a babor y estribor. Ellos sabrán por qué. Una respuesta, en fin, moderada, fruto del consenso, pero valiente.

¿Y la otra? Me temo que aquella que Churchill denunció: servir plato por plato el banquete que nos exijan, para evitar ver cómo agarran la comida de la mesa.

C.A.Yuste

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