El escritor José Bergamín falleció en agosto de 1983, en San Sebastián, donde se había mudado meses atrás. Las reacciones y declaraciones no variaron por lo general. Se destacó su “coherencia”, la vocación disidente del escritor, José Luis L. Aranguren afirmó en el diario El País que Bergamín había sido, desde los años de la República, “el intelectual más importante de España”. Fue Bergamín el “faro” conductor de la generación del 27, según José María Amado, el hombre que resucitó Litoral, la revista vinculada a la generación del 27. “Yo le creía inmortal”, sintetizó Carlos Gurméndez, filósofo y colaborador habitual de El País. Bergamín fue enterrado, por voluntad propia, en el cementerio de Fuenterrabía, entre puños en algo y gran despliegue de sus nuevos amigos políticos. Su ataúd fue envuelto en una ikurriña, con la anuencia de sus familiares, y se cantó, a modo de despedida, el “Eusko gudariak”.

Sevilla, 1927. Salinas, Guillén, Federico, Aleixandre, Bergamín con el torero Rafael Sánchez Mejías
Da la impresión de que algunos se sintieron obligados al elogio excesivo. Aranguren había chocado frontalmente con Bergamín en aquel coloquio sobre el realismo, celebrado en 1963, cuando decidió que se celebrara el encuentro internacional a pesar de las denuncias y presiones que había ejercido Manuel Fraga, señalando expresamente a Bergamín como firmante de un manifiesto que solicitaba aclaraciones sobre el maltrato a mineros asturianos. Amado debería saber, por su conocimiento de esa generación poética, que Bergamín brillaba como prosista a la vera de Juan Ramón o Salinas, sus mayores en autoridad y fama; pero nunca fue, como Juan Ramón, el “faro” de ninguno de ellos.

Los días felices. Alberti, Herrera Petere con fusil (combatirá con el quinto regimiento, y Bergamín con mono azul de miliciano
Desde 1979, cuando menos, Bergamín defendía la causa del independentismo vasco. Un miembro del FRAP, Blanco Chivite, condenado a muerte por el asesinato de un policía, luego de ser doblemente amnistiado, le ofreció formar parte de las listas electorales de Izquierda Republicana. IR era un grupo que nada tenía que ver con el que formó Manuel Azaña durante la República. Era, más bien, la cobertura política del PCE (m-l), un grupúsculo pro chino, ferozmente estaliniano, que había intervenido en la fundación de un grupo terrorista como el FRAP. Bergamín, sin pensárselo mucho, aceptó la oferta, publicó un artículo en el periódico de la organización, “El error monarquía”, desde luego, con mucha menos repercusión que el orteguiano “El error Berenguer”, e intervino en un mitin en el cine Europa de Madrid y desde la tribuna lanzó el grito: ¡Viva Euskadi! ¡Viva la República! (Vanguardia Obrera, 3 septiembre 1982) Más de quince mil votos tuvo la candidatura bergaminiano-estalinista. Blanco Chivite, bien relacionado con el ambiente abertzale, le sirvió a Bergamín como chófer en algún viaje al País Vasco e introductor con algunas figuras del mundo independentista.
Bergamín no se limitó a un apoyo romántico, ligeramente anacrónico, a los ideales republicanos, o a la defensa de lo que él interpretaba como resistencia vasca. Esa defensa coincidía con -digámoslo a las claras- la apología del terrorismo etarra. Sus primeros artículos en la prensa abertzale datan, precisamente, de 1979. Marcan el rumbo que seguirá todos sus escritos políticos hasta la fecha de su muerte. Podría decirse que todos ellos giran, de una manera o de otra, sobre el terrorismo. La tesis principal es esta: una cosa es la violencia y otra muy diferente el terrorismo. El verdadero practicante y ejecutor del terror es el Estado, a través de sus instrumentos policiacos y militares. Los que resisten y se oponen al terror estatal son resistentes, que ejercen la violencia legitimada por la voluntad de “todo un pueblo”. Bergamín, hombre de abundantes lecturas, pero de cultura exclusivamente literaria, suele citar las Reflexiones sobre la violencia de Sorel. Pero es una cita mal traída. Sorel tiene a la vista la lucha de clases y la violencia de masas, ejercida por un sindicalismo agresivo, guiado por el mito de la huelga general. Bergamín no conocía a Franz Fanon y su defensa de la violencia anticolonial; la violencia como medio de redención del oprimido frente al opresor. Sorel no tenía nada que ver con el terrorismo etarra y nunca figuró entre sus inspiradores, digamos, teóricos.

En el congreso de Valencia, 1937, Foto de Gerda Taro
El otro asunto, la otra obsesión podríamos decir, es la republicana. La república entendida como esencia metafísica de España, no como una mera forma de gobierno. Suele presentarse a la figura de Bergamín como un republicano sin tacha, lo que proporciona coherencia a su trayectoria política. Pero nada más lejos de la realidad. Bergamín fue muy crítico con el régimen republicano, crítico feroz y constante desde el primer bienio. Crítico de la represión -el terror- ejercido por el gobierno Azaña frente a los repetidas insurrecciones anarquistas. Crítico aún más resuelto ante la represión de la “comuna” asturiana, en 1934. Su revista Cruz y Raya solía dedicar un apartado, “Cristal del tiempo”, a realizar breves valoraciones de la situación política. La distancia frente a la república marchó en paralelo con la aproximación de Bergamín al partido comunista, bien o mal aconsejado por sus amigos Rafael Albertí y María Teresa León, que le precedieron en la dura disciplina estalinista. Bergamín formará entre los compañeros de viaje entre, digamos, 1935 y 1960, entre aquellos que defendían a machamartillo las ideas estalinianas y la política de la URSS. pero sin figurar en la nómina de los afiliados. “Con los comunistas hasta la muerte, pero ni un paso más”. Una frase que solía emplear para defender su aparente independencia política y que ha sido con frecuencia malinterpretada.
Bergamín se distinguió durante la guerra civil como presidente de la Alianza de Escritores Antifascistas. A título de tal, encabezó en el Congreso de Valencia (julio 1937) la condena a las moderadas críticas de André Gide, tanto en su Retour de l´URSS como en los retoques posteriores) y, mucho peor, en la condena descalificación de los hombres del POUM, en el prólogo a un infame panfleto, fabricado por la propaganda soviética, que precedió al proceso a sus militantes en Barcelona, y siguió al asesinato de Andrés Nin. Bergamín sabía de esa modalidad de terror. La ignorancia no es excusa. Su amigo Rafael Alberti cuenta cómo, en la Valencia republicana, él y Bergamín se interesaron por el paradero del traductor de John dos Passos, José Robles Pazos, visitando autoridades que no concreta. Alberti habla que los comentarios sobre esas desapariciones misteriosas eran la comidilla de algunas tertulias de los cafés de la retaguardia valenciana. Unas andanzas que, ya fuera de contexto, servirían al ministro Fraga para descalificar al conjunto de los firmantes de aquel manifiesto de 1963, un manifiesto en el que Bergamín era uno más, no encabezándolo como por error se ha dicho en ocasiones.
Ni siquiera después de la guerra defendió Bergamín al régimen caído. En un artículo publicado en Foreign Affairs, en octubre de1944, cree en el fin inminente del régimen de Franco, pero que la sucesión no ha de ser una restauración del régimen caído sino una república diferente, the third republic, vinculándola a las repúblicas renacidas de Francia e Italia. De paso, hace una referencia favorable a la Junta Suprema, impulsada por el PCE. Nada de ser legitimista. Lo que España necesitaba era una tercera república verdaderamente representativa del pueblo genuino y analfabeto que defendía en sus ensayos anteriores.
Tampoco parece que el movimiento independentista vasco, así como el nacionalismo del PNV, tuviera como meta preferente la instauración de una república. Podrían defender la restauración en su integridad de la ley vieja, una especie de recuperación de un idealizado pacto foral, defendida por un Telesforo Monzón, muchas veces elogiado por Bergamín. O en sus alas extremas, la implantación de una sociedad socialista y euskaldún que, de manera consecuente, viviría bajo un régimen reñido con la monarquía.
Tampoco puede decirse que la causa de la independencia hiciera mucha fuerza en Bergamín. En el asunto de la organización estatal, el literato madrileño mantiene una postura parecida a la de Pi y Margall. España es un país unido a la fuerza por la monarquía desde tiempo atrás. Es necesario volver a fundarlo desde la independencia de sus unidades vascas, catalanas, etc., para alcanzar una verdadera unión fraternal. Entones, si no era la independencia, ni la república, ¿qué es lo que atraía a Bergamin, qué es lo que servía de imán en aquella guerra vasca?
Pudiera figurar entre sus motivos el de una duradera hostilidad al Estado. Bergamín suele referirse a sus lecturas juveniles de autores anarquistas que, ciertamente, dejaron algún poso en su mentalidad. La defensa de un pueblo espiritual, espontáneo, analfabeto, depositario de la sabiduría humana y divina, en oposición a las cultura letrada, encarnada en el estado parece marchar en esta línea. Vox populi, vox dei. Un adagio clásico que no se cansa de repetir. Esto quedará plasmado en uno de sus ensayos más conocidos entre los publicados en Cruz y Raya: La decadencia del analfabetismo. Buena parte de la generación que alborea durante la república, la generación que encontrará expresión durante la guerra civil en la revista Hora de España, es una generación populista. Las misiones pedagógicas, los misioneros de la cultura que “iban al pueblo” para mostrarle las imágenes idealizadas, pictóricas, teatrales o musicales de lo popular, participaban de este espíritu. Serrano Plaja, María Zambrano, Rosa Chacel, Herrera Petere, presididos por Antonio Machado, todos ellos no cesan de exaltar una suerte de metafísica popular, que habría inspirado o guiado inconscientemente las creaciones más elevadas de la cultura española: de Lope a Goya, de Becquer a Picasso.
Otro factor puede ser el terror. La fascinación bergaminiana por el terror, prólogo o instrumento de la revolución apocalíptica. Bergamín es católico. Nunca dejará de declarar su catolicismo. Es un católico, digamos, de filiación francesa. En Francia, desde el siglo XIX, se había dado la figura del católico hostil a la iglesia establecida. Católicos que exaltaban la figura del Jesús liberal o revolucionario. Una flor rara en España. En el siglo XX esa corriente tendrá expresión en filósofos como Jacques Maritain o Emmanuel Mounier y la revista Esprit. Católicos anticapitalistas, “le desordre établi”, desconfiados del liberalismo incluso, moderadamente cercanos al movimiento comunista, partidarios de una especie de tercera vía superadora del individualismo liberal -horror de los horrores- y del colectivismo marxista. Católicos de izquierda, aunque hay quien discrepa de esta clasificación (Zeev Sternhell) y prefieren clocarlos en la nómina numerosa de los antiliberales de los años treinta, en abierta vecindad con la derecha. Bergamín forma entre los simpatizantes de ese grupo francés, colabora en la revista, tiene relaciones particulares con sus fundadores. Pero es más radical. Los personalistas franceses no deseaban ninguna revolución, “de fond en comble”. Bergamín la añora, aunque sus colegas franceses no parecen darse cuenta del abismo que les separa del español, ansiosos de encontrar en España, en la ortodoxa y confesional España, un alma gemela.
Por lo pronto, Bergamín es un católico de una notable exaltación anticlerical. Bueno, se dirá. De ese linaje, con mayor o menor intensidad, ha habido muchos liberales en España: Valera, Galdós, Giner de los Ríos. No como Bergamín. Condena de manera rotunda el catolicismo que llama folclórico, creyente en milagros y santerías, como una religión blasfema. Es curiosa la contradicción. Exaltar al pueblo en abstracto, divinizarlo, para condenarlo a continuación, al pueblo real, como practicante de una religiosidad supersticiosa y diabólica. El incendio de iglesias y edificios religiosos fue disculpada y aun defendido por Bergamín. Incluso se permitió mentir a sus amigos de Esprit al describirles el incendio devastador que sufrí la iglesia de San Luis, en la calle de la Montera, en marzo de 1936. Bergamín tenía que saber de sobra que no fueron elementos falangistas los que prendieron la mecha -la versión gubernamental-, sino partidarios del Frente Popular, manifestantes por la muerte del escolta de Luis Jiménez de Asúa que, poco antes, habían incendiado los locales del diario derechista La Nación. Interpreta Bergamín la matanza de religiosos posterior al 18 de julio como si fuera una purificación, una especie de reparación debida a los muchos crímenes y desatinos de la iglesia oficial. Su concienzuda labor de propagandista de guerra, haciendo centro en París, con viajes a Suiza, Moscú y EE.UU., estuvo dedicada a ganar a la opinión católica: ¿Persecución religiosa? Cifras abultadas por la propaganda facciosa. Los nacionalistas también fusilan a curas. Para desmentir esa idea de persecución, ahí estaban Bergamín y algunos amigos como el padre Lobo, Ossorio y Gallardo (del maurismo a la revolución), Alfredo Mendizábal y algún otro al que resulta difícil nombrar.

Estella, 1983
Bergamín defendió la lucha de guerrillas inspirada por el Partido Comunista. Participó activamente en el llamado movimiento por la paz inspirado por la URSS. Se desplazó a uno de sus congresos, el celebrado en Varsovia, en 1948, en compañía de Neruda y Alberti. Justos se retrataron junto a una piel de oso, celebrando el placer de volver a encontrarse. Pero se fue distanciando. La política de reconciliación nacional, declarada por el PCE a partir de 1956 no fue de su agrado. La ruptura más o menos publica esperó a 1968. En el exilio parisino de 1968, sea testigo de las barricadas estudiantiles, podrá exclamar; ¡la revolución!, ¡la revolución! Y como contrastaba ese ansia de revolverlo todo con la moderada política del PCF o del PCE. La reconciliación será uno de los blancos sobre los que dispare con frecuencia el Bergamín que vive en directo desde España la transición a la democracia. ¿Democracia? España, según él, era una nación de cobardes, de gentes que no querían darse cuenta de que la monarquía sin rey, primero, o la monarquía ya instaurada, era la continuación del franquismo sin Franco: un cadáver putrefacto, comido por los gusanos. Una nación al parecer acabada, sin vida intelectual digna de interés.
Sus posiciones cada vez más extremosas le fueron restando crédito en los medios madrileños. “Me han dejado solo, como al torero en la plaza”. Había alquilado un altillo estrecho, pero con vistas estupendas a la plaza de Oriente. A veces le cortaban al teléfono por falta de pago. Solía vérsele rodeado de una corte de admiradoras jóvenes, en una especie de donjuanismo sin filo, coqueteo sin resultados más allá de halagar la vanidad del escritor. Siempre tuvo dificultad para ganarse la vida. Tenía, podríamos decir, los hábitos del señorito, del que vivió sin ocuparse de bajos menesteres. Decía que hasta 1936 había llevado una vida de burgués. Hijo de un ministro de Alfonso XIII, cacique conservador malagueño, negocios varios, abogado de grandes y lucrativos pleitos, no había padecido por ganarse el pana. Cruz y Raya, como era público y notorio, perdía dinero número tras número, pese a contar con firmas importantes. Pero Cruz y Raya era financiada por el capital católico, vinculado al Banco Urquijo. Los problemas comenzaron en el exilio mexicano, cuando el dinero del SERE no fue capaz, como el de Ruiz Senén, de seguir financiando la editorial Séneca o la revista España Peregrina, una iniciativas de ediciones primorosas pero minoritarias, disparatadas desde el punto de vista empresarial, poco o nada vinculadas con el mercado o el mundo intelectual mexicano. Tuvo Bergamín la mala costumbre, no desacostumbrada, de suscitar enemigos por doquier, exiliados y lugareños. Un carácter esquinado. Murió su esposa, Rosario Bergamín, hija del comediógrafo, y quedó con tres hijos a cargo. El fracaso económico e intelectual le debió pesar en exceso. Poco tiempo paso en Caracas, ciudad en la que residía exiliado uno de sus hermanos, Rafael, notable arquitecto que se enriqueció con su oficio. Tuvo Bergamín un prejuicio acentuado contra los países tropicales, como si el calor habitual fuera una fuente de corrupción moral. Lo único que sacó en limpio fue una colaboración duradera con el diario La Nación, que le sirvió para ir tirando. Algo mejoró su vida en el exilio uruguayo, con las clases y seminarios en la nueva Facultad de Humanidades. Pero todo se fue al traste, y empezó un constante vivir en la estrechez, de la protección parisina de André Malraux o de expedientes como la subasta de cuadros de pintores amigos. “Estoy vivo porque no tengo dónde caerme muerto”, dijo en una entrevista en Cuadernos para el diálogo (17.12.1977)
En el Madrid de los setenta solamente le quedaban los artículos de la revista Sábado Gráfico. Hasta que fue rechazada su colaboración al aumentar sus críticas y dicterios contra el rey Juan Carlos. Bergamín siguió abogando por una revolución que era menos terrena que celestial, mezclando lo divino y lo humano: “La maravillosa violencia […] Solamente por la fuerza viva de la violencia se gana el cielo, se nos dice en los Evangelios del Cristo”. (Egin, “Nacionalismo vasco”, 11.05.1983). Desde entonces, la causa independentista podía ofrecerle alguna satisfacción. Una recompensa espiritual, no económica, porque nunca cobró de los artículos publicados en Egin o Punto y Hora de Euskalherria. Espiritual: el verse rodeado de un núcleo de personas que le dedicaban atención y amistad. La de la sociabilidad vasca, con frecuentes comidas y cenas opíparas, siempre invitado, el igualitarismo que podía satisfacer a un populista impenitente. Naturalmente, se valoraban sus servicios a la causa. Descontando a Alfonso Sastre, pocos fueron los que abrazaron sin dudar la causa abertzale. ¡Un escritor de la famosa generación del 27! Pocos cruzaron la frontera del terror, pero bastantes fueron los que “comprendieron”, trataron de explicar sus causas “objetivas”, o disculparon por distintos motivos el terror de ETA. “Esos chicos”, cuyo extravío no aprobaba, llegó a escribir Aranguren. Los intelectuales, la mayoría, se apresuraron a condenar las presuntas torturas policiacas, o la muerte de un manifestante pro amnistía antes de condenar de manera rotunda y tardía el terrorismo etarra (Santos Juliá: “Intelectuales ante el terrorismo”, Grand Place, 5, 2016). Bergamín era un escritor que tenía fuero para defender abiertamente el terrorismo etarra sin sufrir la respuesta del gobierno y de los jueces. Alguna vez fue llamado a declarar. Solamente eso, En otra ocasión asumió como propios los escritos de José Félix Azurmendi, director de Egin, que firmaba con el barojiano nombre de Aviraneta. La amistad con el director de Punto y Hora, Sánchez Erauskin, fue sincera, sin que mediara el cálculo político. Erauskin acabó dedicándole un libro y coleccionando retales literarios y gráficos de su amigo. Antiguo sacerdote, capellán de navíos de altura, que sabía tocar el acordeón y el chistu, de cierta cultura, Erauskin -fallecido este año de 2026- era un personaje singular. Como director de Punto y Hora padeció prisión por un artículo en que se burlaba de Juan Carlos durante su visita tumultuosa a Guernica. Su amigo Bergamín podía ensalzar a los terroristas disfrazándolos de resistentes y salir impune. Jamás hizo referencia a los efectos mortíferos del terror cotidianio que practicaban sus resistentes. Solía presentar la situación vasca, al modo abertzale, como la de una sociedad ocupada por el ejército y la policía. A sus héroes, siempre como víctimas de la represión y las torturas. Asumió, como bien señala Erauskin, hasta los aspectos más sectarios de la izquierda radical vasca, como la crítica acerba al PNV.
El último de sus actos públicos consistió en figurar, porque ya no tenía fuerza para más, en un mitin de HB en Estella, en la campaña para las municipales, a finales de abril de 1983. Aparece Bergamín, muy acabado, con la cabeza metida en el tronco por la cifosis muy avanzada. Antes de su traslado al País Vasco se había fracturado el cuello del fémur al entrar en el hotel Palace. Usaba bastón. Tenía sordera. “No hay que acabarse antes de morirse, sino morirse antes de acabarse. Que es todo lo contrario”, fue uno de sus últimos aforismos -el punto fuerte de su literatura- a los que fue infiel. A su izquierda levanta la voz Eva Forest, condenada y amnistiada -como Blanco Chivita- por su participación en el mortífero atentado de la calle del Correo. Autora de Operación Ogro, el libro que narra el asesinato de Carrero Blanco y las andanzas del comando al que facilitó su tarea. Iñaki Aldecoa, recién salido de la cárcel, uno de los interviniente. Catorce semanas después, falleció Bergamín, en medio de un clima apocalíptico de inundaciones catastróficas. No era el género de catástrofes que había imaginado.


