martes 17 marzo, 2026

Regularizaciones: Felipe, Aprobado, y los Bufones Suspendidos en la Polis

En la Gran Regularización de 2026, mientras Ulises navega laberintos de papel y los sofistas suspendidos aplauden su propio teatro, los dioses del Olimpo se ríen: la política se declama, la ciudadanía se cuenta, y el espectáculo continúa, brillante por fuera, hueco por dentro, con héroes de papel y bufones que se creen estadistas.

Hoy, la política española no conduce al pueblo: lo aturde. No persuade: lo intoxica. Ha cambiado el ágora por el plató, la estrategia por el eslogan y el Estado por el marketing. Y en ningún tema se ve mejor esta decadencia que en el gran asunto estructural del siglo XXI: la inmigración, tratada aquí no como política de Estado, sino como munición electoral y teatro moral de saldo. España lleva décadas recurriendo a un mecanismo que escandaliza a los ingenuos y enfurece a los hipócritas: las regularizaciones extraordinarias.

España no ha sostenido su modelo económico sin inmigración. Lo que sí ha hecho, con disciplina suicida, es utilizar la inmigración con un enfrentamiento público falso, hipócrita y polarizado, sin sentido de Estado, lo cual revela que España carece de Estadistas desde que Felipe González dejó de ser presidente.

No se trata de un elogió a Felipe: las cifras, las normas, los requisitos, los procedimientos, los modos de aplicación, los discursos y el BOE son contundentes y desenmascaran a los sucesivos bufones que llegaron a la Moncloa y demás demagogos y chusma de todo el espectro ideológico.

La clase política española suspende con estrépito, han convertido lo que debería ser una Política de Estado sobre inmigración en una obra mediocre. España regulariza porque la realidad se impone como un martillo. Lo demás es teatro.

La conclusión es molesta pero indiscutible: España no ha sostenido su modelo económico sin inmigración. Lo que sí ha hecho, con disciplina suicida, es utilizar la inmigración con un enfrentamiento público falso, hipócrita y polarizado, sin sentido de Estado, lo cual revela que España carece de Estadistas desde que Felipe González dejó de ser presidente.

Felipe González y las Primeras Grandes Regularizaciones: pragmatismo en tiempos turbulentos

Felipe González, discípulo aventajado de Pericles, entendió antes que nadie que gobernar no es recitar virtudes en la plaza, sino construir poder con inteligencia, medida y sentido de Estado. No necesitaba gritar “democracia”: la administraba. Y mientras otros jugaban a ser héroes trágicos, él practicaba el arte ateniense más difícil: hacer posible lo necesario sin pedir perdón por ello.

Regularización de 1985–1986: el Estado despierta y pone orden

Felipe González llevó a cabo dos regularizaciones. Una correspondiente al periodo de 1985–1986, y la segunda se realizó en 1991-1992. Ambas supusieron un total de aproximado de 174.011 personas regularizadas.

La primera regularización de la democracia española (1985-1986) no fue un acto de propaganda ni un ejercicio de sentimentalismo administrativo. Fue, sencillamente, la respuesta inevitable del Estado. España acababa de entrar en la Comunidad Económica Europea y no podía permitirse gestionar la inmigración con improvisación, arbitrariedad o silencio estadístico.

El proceso se enmarcó en la Ley Orgánica 7/1985, de 1 de julio, sobre Derechos y Libertades de los Extranjeros en España (BOE núm. 158, de 3 de julio de 1985), primera gran ley orgánica de extranjería del periodo constitucional.

Conviene subrayarlo con claridad jurídica: no se trató de una regularización desplegada mediante un Real Decreto específico y cerrado, como ocurriría en regularizaciones posteriores. Su base fueron actuaciones administrativas y acuerdos gubernamentales, dictados al amparo de la ley orgánica y de su normativa de desarrollo. En términos materiales, los requisitos giraron en torno a dos criterios esenciales: arraigo temporal y control de orden público.

En primer lugar, se exigía acreditar la residencia efectiva en España con anterioridad al 24 de julio de 1985. Esa delimitación tenía una finalidad evidente: ordenar una realidad existente sin abrir la puerta a una avalancha oportunista. Era la forma de decir: “Regularizamos lo que ya está aquí; no invitamos a lo que aún no ha llegado”.

En segundo lugar, se aplicó el filtro clásico que toda política migratoria mínimamente seria debe mantener: la exclusión por razones de orden público y seguridad del Estado, en coherencia con el espíritu de la Ley Orgánica 7/1985. En la práctica administrativa, se exigió también la ausencia de antecedentes penales , no siempre formulada como requisito explícito en un artículo único, pero sí aplicada como criterio de exclusión conforme a la lógica de policía migratoria y a la potestad discrecional reglada de la Administración en materia de extranjería.

Regularización de 1991–1992: la regularización vinculada al trabajo real

El proceso se articuló mediante Acuerdo del Consejo de Ministros, ejecutado por vía administrativa y desarrollado mediante instrucciones internas, en aplicación de la normativa de extranjería vigente entonces: la propia Ley Orgánica 7/1985, de 1 de julio, y su normativa reglamentaria de desarrollo.

En este proceso, el requisito central fue la acreditación de una relación con el empleo: se exigía actividad laboral continuada, o bien la existencia de una oferta de empleo regular y estable. Se trató de un mecanismo para trasladar al circuito legal a quienes ya participaban en la economía real.

El solicitante debía acreditar que se encontraba empleado en el mercado laboral irregular y según los casos, también se evaluaba la viabilidad de continuidad en la actividad lucrativa, reforzando el principio de integración económica como elemento legitimador del procedimiento. España comprendió que la economía sumergida no es solo un problema laboral, sino un problema de Estado; y que tolerar la irregularidad estructural equivale a renunciar a la soberanía administrativa.

Felipe parecía venir del Liceo del Olimpo democrático, con Pericles corrigiéndole los discursos y diciéndole: “menos épica, más Estado”. Y por eso destaca tanto: porque en España, después de Felipe, la política se llenó de bufones… pero se quedó sin estadistas.

Felipe no era un santo —nadie gobierna un país siendo santo, salvo que lo gobierne mal—, pero tenía lo que Pericles exigía a un dirigente: tono, cálculo, estrategia y dominio del relato sin necesidad de convertirlo en circo. Gobernaba como quien manda una flota: con pragmatismo, con mando, con disciplina. Y cuando hablaba, no parecía que estuviera pidiendo likes: parecía que estaba dictando el rumbo. Pericles le puso matrícula de honor y premio extraordinario, y probablemente le ha dejado usar el Partenón como despacho.

Pericles lo aprobó con matrícula de honor, le ciñó la corona de laurel, y le dijo al oído, con media sonrisa ateniense: “Felipe, tú no has venido a aprender a hablar: has venido a aprender a gobernar. Los demás recitan discursos para el aplauso; tú has entendido que el poder se ejerce, no se declama. Vete ya: funda tu Atenas. Y cuando los sofistas te llamen tirano, sonríe… es el precio de hacer historia.”

Después de Felipe llegaron los charlatanes y bufones de la plaza

En la Atenas clásica, al menos, los sofistas cobraban caro, pero enseñaban bien. En España, en cambio, la política parece una academia nocturna de retórica barata, donde cada líder ha tenido su maestro sofista particular… y todos, excepto Felipe, han acabado suspendiendo con estrépito en la política migratoria, provocando que sus maestros se replanteen la cicuta como salida profesional y vital digna.

No es difícil lo que es difícil: es difícil lo que no se hace. Y aquí llevamos años convirtiendo la gobernanza de la inmigración en un problema insoluble por una razón muy simple: porque nadie quiere hacer política de Estado. Gobernar la inmigración exige política de Estado, justo lo único que aquí se evita con disciplina suicida No es complejidad es cobardía. Y la cobardía, cuando se disfraza de debate, se llama ingobernanza.

Aznar y sus tres Regularizaciones: Discurso duro y BOE blando y generosidad en los números

José María Aznar fue discípulo de Trasímaco, pero con especialización en sofística imperial: dureza verbal, gesto marcial y doctrina de hierro… mientras por debajo el sistema seguía regularizando con la discreción del notario. Su arte consistía en decir “mano dura” con voz de general romano, mientras firmaba “mano práctica” con pluma administrativa.

En las tres Regularizaciones Extraordinarias llevadas a cabo por Aznar en1996, 2000 y 2001, se dieron al menos 524.621 autorizaciones de residencia y trabajo a inmigrantes en situación irregular. Es decir: Aznar prometía cerrar la puerta… pero acabó repartiendo llaves. Eso sí: con sello oficial, membrete solemne y Real Decreto.

Los gobiernos de José María Aznar (PP) fueron un ejercicio magistral de esa vieja tradición política española: predicar una cosa en el atril y firmar la contraria en el BOE. En público, firmeza. En privado, pragmatismo. En campaña, “control”. En la realidad económica, regularización. Y cuando la economía aprieta, la ideología se vuelve flexible, como goma de borrar.

La Regularización Extraordinaria de 1996 firmeza retórica, pragmatismo administrativo. El procedimiento se articuló mediante el Real Decreto 155/1996, de 2 de febrero, por el que se estableció el procedimiento para la regularización de extranjeros en situación irregular en España (BOE correspondiente a febrero de 1996).

La Regularización de 2000 se caracterizó por los malabares legales y un pragmatismo calculado. El instrumento normativo fue el Real Decreto 239/2000, de 18 de febrero, por el que se establecía el procedimiento para la regularización de extranjeros previsto en la Disposición Transitoria Primera de la Ley Orgánica 4/2000, de 11 de enero, sobre derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración social.

Los requisitos principales, conforme al artículo 1 del Real Decreto, giraban en torno a cuatro elementos esenciales:

La Regularización extraordinaria de 2001 fue un ejercicio de extensión táctica y equilibrios legales. El procedimiento se articuló mediante el Real Decreto 142/2001, de 16 de febrero, aprobado para completar el proceso anterior y permitir la regularización de solicitantes que habían quedado excluidos fundamentalmente por no cumplir estrictamente el criterio de fecha de estancia fijado en el Real Decreto 239/2000.

La economía exigía brazos, la política ofrecía discursos, y el BOE —ese lugar donde la realidad derrota a la propaganda— terminó firmando lo inevitable.

Trasímaco lo suspendió por contradicción elegante: “buen halcón en el discurso, pero en la ley ha sido usted más zorro que legionario”.

Zapatero, el Sofista de los Aromas: incienso humanitario y cifras de anfiteatro

Con Zapatero, discípulo de Gorgias, todo huele bien. Todo suena dulce. Todo parece moralmente impecable. Pero cuando uno rasca el mármol, descubre que debajo no hay estatua: hay niebla. Zapatero fue pupilo de Gorgias, el encantador supremo, el sofista capaz de convencer a una piedra de que era poeta y a un auditorio entero de que la emoción equivale a la verdad. Y Zapatero, con su sonrisa de oráculo amable, convirtió la política en un recital de buenas intenciones, como si gobernar fuera escribir prólogos para libros que nadie ejecuta.

Un documento oficial del Gobierno, en el resumen de regularizaciones publicado en La Moncloa, sitúa la regularización de 2005 en 576.506. Una cifra colosal, casi homérica, como si se hubieran abierto las puertas de Troya y entrara la ciudad entera.

El procedimiento, eso sí, se presentó con toga jurídica y apariencia solemne: se articuló sobre el Real Decreto 2393/2004, de 30 de diciembre, publicado en el BOE en 2005; se desarrolló mediante la Orden PRE/140/2005, que detallaba empleo, contratación y obligaciones del empleador; y se exigía la ausencia de antecedentes penales en España y en países de residencia previos, conforme al artículo 53 del propio decreto. Y sin embargo, la política no se juzga solo por su legalidad: se juzga por su efecto en la mente colectiva. Porque en inmigración, lo decisivo no es lo que dice el decreto: es lo que entiende la multitud. Y ahí es donde Zapatero cae.

Primero, por el efecto llamada: aquella regularización —por muy reglada que estuviera— pudo consolidar una expectativa peligrosa y casi pedagógica: “entra primero, regulariza después”.

Segundo, porque fue una política reactiva, no estructural. Regularizar a más de medio millón resolvió un problema inmediato —economía sumergida, afiliaciones, cotizaciones, estadísticas más limpias—, pero no arregló el problema de fondo: control real de flujos, cooperación eficaz con países de origen, retornos ejecutables y una inspección laboral sostenida que evitara que el sistema volviera a pudrirse.

Tercero, por el mensaje contradictorio. El relato público fue percibido como una amnistía migratoria, más simbólica que técnica. Y cuando el pueblo percibe “amnistía”, la norma deja de ser derecho y pasa a ser mito.

Cuarto, por la dependencia del empleador. El modelo descansaba en que el empresario ofreciera contrato, lo que abrió una puerta oscura: abusos, chantajes, contratos ficticios, compraventa de papeles. En vez de liberar al trabajador irregular, podía atarlo más fuerte a quien tenía el sello.

Y quinto —el pecado más grave ante cualquier griego serio— porque una regularización masiva exige después un Estado musculado: inspección, fronteras, expulsiones efectivas, integración y control administrativo constante. Y se le reprocha que no blindara el sistema con suficiente fuerza institucional para evitar que el ciclo se repitiera.

Por eso Gorgias lo suspendió sin pestañear. No por falta de humanidad, sino por exceso de estética. Y dictó sentencia con desprecio académico: —Tu retórica es sublime, Zapatero… pero gobiernas como quien vende colonia: mucho aroma de bondad y cero en arquitectura de Estado. Hermoso discurso, sí; pero en inmigración, la belleza sin estructura es perfume… y el perfume no detiene mareas.

Rajoy, el Archivero de la Polis

Rajoy fue alumno de Antifonte, sofista de la norma y el procedimiento, el arte de que la ley exista, aunque nadie sepa qué demonios está pasando. Rajoy no discutía: administraba. No arengaba: archivaba. Antifonte le puso un notable en burocracia, pero lo suspendió por falta de épica: “buen escribano, pésimo general”.

Los datos oficiales del Observatorio Permanente de la Inmigración (OPI, Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones) indican una estimasión entre 150.000 y 250.000 personas.

Mariano Rajoy llevó a cabo una regularización silenciosa, de aparente firmeza en el discurso y discreción en el BOE que nunca miente.

Durante los gobiernos de Mariano Rajoy (2008–2018), España entró en un escenario marcado por la crisis económica global, el estallido inmobiliario y la presión de un mercado laboral debilitado. A diferencia de gobiernos anteriores, no se llevó a cabo ninguna regularización extraordinaria masiva. No fue por ausencia de realidad ni por principios doctrinales: la inmigración irregular continuaba presente y el volumen de personas afectadas seguía siendo significativo.

El Ejecutivo optó por una regularización continuaba de forma individualizada bajo los mecanismos ordinarios previstos en la legislación vigente. La gestión de Rajoy se sustentó jurídicamente en la Ley Orgánica 4/2000, de 11 de enero, sobre derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración social, y en el Reglamento de Extranjería aprobado por Real Decreto 557/2011, que desarrollaba los procedimientos de residencia, trabajo y arraigo.

La sentencia del suspenso fue seca, administrativa y cruel, como un sello en tinta negra sobre una epopeya frustrada: —Rajoy: domina usted la ley como un monje domina el pergamino. Pero en política migratoria no basta con que el procedimiento exista: hay que dirigirlo. Usted no gobierna: usted tramita. Notable en norma… suspenso en Estado.

Y Antifonte remató, ya con desprecio académico: Buen escribano, sí. Pero pésimo general: cuando la Historia llama, usted le responde con un formulario.

Santiago Abascal, el Antisténico de cartón-piedra

Santiago Abascal, para esta tragicomedia política, es alumno de Antístenes, el sofista proto-cínico, que enseñaba a despreciar la moderación, exaltar la dureza y convertir cada principio en arma contra el prójimo. Con él, Abascal aprendió a transformar la inmigración en amenaza apocalíptica, a gritar más que argumentar, y a vestir el populismo como virtud moral.

Pero, fiel a la tradición del Olimpo sofista, Antístenes lo suspendió: Muy ruidoso, muy valiente… pero la polis no se conquista con miedo, solo con fundamento. Nota final: suspenso por exceso de histrionismo y déficit de Estado.

Ayuso, la Trasímaca del Circo de Calcedonia

Ayuso es discípula aventajada de Trasímaco de Calcedonia: para ella la política no es gobierno, es combate; no es verdad, es dominio. La justicia, como enseñaba su maestro, no es más que el interés del que grita más alto. En este Olimpo ibérico convertido en circo, Ayuso, cabalga su quadriga política como una amazona temeraria: cada debate es una carrera vertiginosa, cada intervención un embiste calculado, cada titular un golpe de látigo que hace girar a los demás competidores en el aire. Hay que concederle dos méritos indiscutibles: primero, no se deja arrebatar ni un solo voto por Vox; segundo, aprovecha cualquier instante para dejar a Feijóo expuesto y arrojar a toda la izquierda a los pies de sus caballos, como quien domina el circo del Circo Máximo.

En abril de 2024, Ayuso, siendo aún discípula de Gorgias de Leontini, aquel maestro del discurso que hacía que lo imposible sonara posible, enfrentó la ILP de regularización con una sonrisa calculada. En declaraciones que parecían escritas en hexámetros dactílicos, dijo que no se podía ignorar a quienes “viven y trabajan en España sin papeles” y que se debía “atender su realidad” mientras se preservaba el “orden jurídico”. Fue una danza de palabras que prometía empatía sin perder firmeza, como si Atenea y Ares compartieran atril: “hay que escuchar, pero también entonar la ley.”

Ese mismo día Ayuso defendió la idea de “buscar soluciones dentro del marco legal”, y aunque no dijo que apoyaba la regularización automática, su tono sugería una apertura a debatir la inclusión de quienes ya trabajan y aportan. Su retórica parecía invocar a Démos (el pueblo) y a Nomos (la ley) en un abrazo regulado, no en una contienda.

Pero, oh cruel giro del destino… en febrero de 2026, en otra ágora política distinta, Ayuso decidió que la regularización extraordinaria —esa idea vagamente admitida como tema de discusión hace dos años— era ahora algo que “no se puede permitir sin control absoluto”. En el nuevo guion, su voz retumba más cerca de Hermes Trismegisto: mensajes multiplicados, sentidos elásticos. La regularización pasó a sonar como amenaza a la seguridad y al orden público, con una advertencia solemne de que no sería aceptable “sin garantías totales” y que hay que “poner el imperio de la ley por encima de cualquier ilusión de generosidad”.

Así, Ayuso transita del diálogo griego de razones (en el que nadie niega la realidad humana de los migrantes) a la cruzada moderna del orden sin concesiones, como si hubiera consultado a Apolo en Delfos y recibido una respuesta que dice: “Protege la frontera, no la emoción.”

Trasímaco la expulsa y la suspende con desprecio porque su discurso no busca persuadir con lógica, sino aplastar con ruido, y porque cambia de criterio según convenga al aplauso del día.Y el veredicto es brutal: Tienes talento para la guerra, pero no para el pensamiento: eres más gladiadora que sofista.

Feijóo, el Oráculo de la nada

Feijóo estudió con Pródico de Ceos, el gran especialista en distinguir palabras casi iguales… y en no comprometerse con ninguna. De ahí su arte supremo: hablar de inmigración como quien camina por un suelo de mármol enjabonado. Un día es “orden y control”, al siguiente “humanidad y acogida”, y al tercero “ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario, pero matizado”.

En abril de 2024, Feijóo apareció en el ágora como discípulo aplicado de Pródico de Ceos, el filólogo supremo que distinguía matices con bisturí. Ante la ILP de regularización, pronunció su fórmula de compasión medida, casi como si Atenea le dictara al oído y en los micrófonos de COPE sentenció:

Somos sensibles con los migrantes que viven y trabajan en España y no tienen papeles… pueden estar tranquilos… buscaremos soluciones para una inclusión social correcta y legal.

Pero llegó febrero de 2026, y en Calatayud el mismo orador subió al estrado con otro peplo, otra máscara y otra música de fondo. Allí ya no habló el Feijóo de Atenea, sino el Feijóo que consulta a Apolo cuando sopla viento electoral: —No a la regularización masiva sin garantías.—Esto no es humanidad, es electoralismo; no es ayudar, es intentar comprar votantes.

Pródico lo examinó y lo suspendió con desprecio académico, como quien reprueba a un sofista de segunda:—“Usted no puede aspirar a gobernar como un redactor de instrucciones de lavadora: mucho programa de lavado… pero al final no centrifuga nada.”

Los Sofistas del Censo: Feijóo, Ayuso y Abascal Transforman a los Regularizados en españoles… y Votantes al Instante

Según Feijóo, Ayuso y Abascal, en la Gran Regularización de 2026 España no solo otorga papeles: concede el voto inmediato, como si Zeus hubiera bajado al BOE a firmar decretos con rayos. Pero entonces aparece Sócrates —el viejo verdugo de embustes— y les pregunta, con una ceja levantada: “¿Dónde está escrito, ilustres tribunos? ¿En qué ley? ¿En qué artículo?” Y, como siempre, el milagro se desvanece: no era Zeus… era humo.

Sócrates desenmascara a los Charlatanes del Censo. No grita. No insulta. No hace gestos para las cámaras. Solo pregunta.Con esa voz tranquila que aterra más que un ejército.

Decidme, ilustres tribunos: ¿cuándo vota un extranjero en España? Ellos abren la boca como si fueran a declamar una tragedia. Pero Sócrates levanta la mano y dicta el método: no discursos, datos.

¿Puede votar quien solo tiene permiso de residencia? Silencio. —No. Para votar en generales hay que ser español. Y para ser español hay que cruzar un laberinto que ni Minos diseñó con tanta crueldad.

Entonces Sócrates toma una tablilla y escribe, como quien redacta una sentencia: Este es el laberinto real y no el inventado por vosotros_

El inmigrante “general” —marroquí, senegalés, pakistaní, argelino— necesita diez años. Diez. No dos semanas, no un decreto, no un truco electoral. Si llega hoy, solicita la nacionalidad en 2036… y si los dioses de Extranjería están de buen humor, la obtiene entre 2037 y 2039.

Sócrates sonríe: —¿Dónde está el voto inmediato, oh profetas del apocalipsis?

Los iberoamericanos: dos años, sí… pero no magia—El iberoamericano —argentino, colombiano, peruano, ecuatoriano— tiene dos años, cierto. Pero incluso aquí, la nacionalidad no cae del cielo como un racimo de uvas.Solicita en 2028, obtiene entre 2029 y 2031.

Y Sócrates clava el dardo: —¿Veis? Ni siquiera en el caso favorable hay “voto instantáneo”. Solo hay ley… y tiempo. Lo vuestro no es prudencia: es teatro de malo.

Sócrates prosigue: En otros casos el oráculo repite lo mismo: —Portugués, filipino, andorrano o guineano: dos años. Solicitud en 2028, concesión entre 2029 y 2031.

Sócrates vuelve a preguntar: —¿Y el rayo de Zeus? ¿Y el voto automático? ¿Dónde lo habéis visto? ¿En qué artículo? ¿En qué pergamino?

Sócrates continua: Los refugiados necesitan cinco años de peregrinación: —Los refugiados necesitan cinco años. No porque el Estado sea generoso, sino porque la vida ya los ha castigado bastante.Solicitan en 2031, obtienen quizá entre 2032 y 2034.

Y Sócrates remata: —Estos no vienen por voto. Vienen por sobrevivir. Y vosotros, con vuestra propaganda, los convertís en ficha de tablero.

El maestro de maestros sigue quitando las máscaras de los mentirosos:¿ Y Los “casos prodigiosos”? : un año, pero tampoco milagro —Casados con español o nacidos en España.

Entonces Sócrates ya no necesita más. Los mira cómo se mira a tres actores mediocres que han olvidado el texto.

—Feijóo, Ayuso, Abascal: habéis gritado “fraude electoral” mintiendo, negando la ley, escondiendo los plazos, haciendo creer que residencia es nacionalidad y derecho al voto instantáneo. Y lo peor: habéis usado la ignorancia como instrumento político.

Se gira hacia el público y sentencia: —Estos no son guardianes de la polis. Son charlatanes del censo, mercaderes de alarma, alquimistas de titulares. Venden “voto inmediato” como otros venden elixires contra la muerte.

Sócrates remata: –Confundís deliberadamente papeles con ciudadanía, y ciudadanía con urnas, para fabricar indignación en masa. Necesitáis mentir para defender vuestra postura y por ello vuestra postura ya está condenada.  Y se marcha. Sin aplausos. Porque cuando Sócrates habla, la polis no aplaude: se incomoda. Y ahí empieza la verdad.

Academia del Fraude: Podemos, Sumar, Bildu, ERC, Compromís y Junts

Irene Montero y Belarra conocidas como las arpías del panfleto, son alumnas de Hipias, sofista enciclopédico que sabía de todo y creía ser moralmente superior a todo y a todos. Les enseñó el arte supremo del activismo: hablar como si gobernar fuese redactar pancartas para el fin del mundo.

Hipias les enseñó el arte supremo del activismo: hablar como si gobernar fuese redactar pancartas, como si el BOE fuera un mural universitario y el Parlamento una asamblea eterna con megáfono. Y ellas lo aprendieron con fervor sacerdotal: en los mítines no argumentan, excomulgan. No proponen, se indignan. No gestionan, se purifican en público.

Porque su política no consiste en resolver problemas, sino en fabricar culpables: “fascistas”, “ultraderecha”, “machismo estructural”, “odio”. Todo explicado con el mismo rosario, repetido como un conjuro, como si cada crisis nacional se solucionara invocando demonios abstractos y señalando al enemigo con el dedo tembloroso de virtud.

Hipias, que al menos tenía vanidad intelectual, las examinó y se llevó las manos a la cabeza: esperaba sofistas brillantes y le salieron sacerdotisas del eslogan, capaces de citar diez causas universales sin saber arreglar una sola calle.

Y dictó sentencia con desprecio académico: —Tenéis biblioteca, pero no tenéis ciudad. Mucho catecismo, poca polis. Habéis confundido la política con la liturgia y el gobierno con una terapia colectiva. Suspensas: sois predicadoras… no estadistas.

Yolanda, la Relativista de Éfeso estudió con Protágoras, el gran relativista, maestro de la medida humana: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Díaz lo llevó al extremo: en sus manos, cada conflicto se transforma en taller emocional, cada problema en caricia institucional, cada ley en proyecto de coaching colectivo. La normativa y el procedimiento no son límites: son sugerencias, pergaminos flexibles, casi poesía.

En los mítines y entrevistas, Yolanda no debate: navega. No propone soluciones: modula percepciones. No enfrenta la crisis económica, laboral o migratoria: la reinterpreta. Cuando la política es medida de la realidad, Yolanda mide demasiado bien… todo menos la realidad misma.

Protágoras, que admiraba la agilidad mental pero no la confusión deliberada, la examinó y suspiró con ternura burlona. Su dictamen fue claro: —Señora Díaz, reconocida sensibilidad y destreza verbal… pero confunde la política con una sesión de mediación de recursos humanos. Su talento es admirable para motivar corazones, pero inútil para gobernar ciudades. Suspensa: sus talleres no construyen Estado, su relativismo no genera ley.

Los Bildu son pupilos tardíos de León de Tracia, el sofista del poder y la espada bajo la toga. Habla de autodeterminación y justicia histórica con pasión, pero León los suspende: —Mucho canto épico, poca ciudad. Dominan la furia, pero ignoran la ley y la administración.

Los ERC son discípulos de Calicles de Siracusa, que enseñaba que la fuerza y la influencia son la medida de la política. ERC gesticula, amenaza con referéndums y se emociona con banderas, pero Calicles los suspende con risa contenida: —Crees que ser audaz basta para gobernar; en política, la audacia sin estrategia es teatro barato.

Los Compromís y las demás siglas de la sopa son aprendices de Eubúlides de Mileto, maestro de las paradojas. Hablan y debaten hasta que nadie entiende nada, generan confusión como arte, convierten cada propuesta en un laberinto de contradicciones. Eubúlides los suspende sin contemplaciones: —Vosotros no creáis política, creáis acertijos. Vuestro arte no persuade, confunde; vuestro método no administra, distrae.

Los Junts, conocidos como los tarenteninos y malabaristas del engaño son alumnos exclusivos de Lisis de Tarento, que les enseña a reclamar competencias como si fueran joyas del Olimpo, combinando identidad tribal con beneficio económico. La estrategia es un malabarismo político: fronteras rígidas para la identidad, puertas abiertas para la economía. Lisis los suspende y los expulsa: —Ingeniosos en espectáculo y estrategia, traición a la polis. Suspenso final: en la polis no hay independencia, ni control identitario; solo ciudadanos que observan vuestro juego de manos.

Pedro Sánchez: Ambición y Poder, el Calicles de la Tragedia Electoral

Pedro Sánchez, discípulo de Calicles, gran maestro de la ambición sin escrúpulos, y con diploma avanzado de Eutidemo y Dionisodoro en malabares dialécticos, no gobierna: orquesta el caos.

Pedro Sánchez le arrebató al PSOE la iniciativa de la Regularización de 2026 no para gobernar mejor, sino para reanimar al moribundo Podemos, como quien roba fuego sagrado del templo no para iluminar la polis, sino para calentar a una secta en ruinas. Y en cada elección autonómica repite el mismo rito oscuro: vacía al PSOE de socialdemocracia, lo deja reducido a siglas y obediencia, y entrega regiones enteras al PP como ofrenda inevitable; ahí están Extremadura y Aragón, testigos recientes de un desastre que ya roza lo mitológico. Pedro no es un estratega: es un recaudador de votos para Vox, un alquimista que transforma gobierno en resentimiento y poder en reacción, con disciplina de legionario… aunque el beneficio caiga en manos del enemigo. Resucitador oficial de cadáveres políticos, ha devuelto incluso al prófugo de Waterloo al centro del escenario, como si la política española fuera una necrópolis donde él oficia ceremonias. Y así sigue, convencido de que la épica está en la pose y no en la batalla, como si gobernar fuera declamar ante el coro y no mandar sobre la tormenta.

En la Gran Regularización de junio de 2026, los dioses de Extranjería y el BOE observan su paso con ceño fruncido, porque cuando los requisitos de trabajo y antecedentes penales se convierten en la prueba suprema, el humanitarismo deja de ser eslogan y se vuelve laberinto: un ritual de papel donde la realidad y la buena intención chocan como Atenea contra Ares.

Y, para colmo, en su artículo de estadista internacional, Sánchez no engañó al New York Times como lo haría un mentiroso vulgar, sino como lo haría un sofista refinado: tomó un informe europeo, lo filtró por el tamiz de su conveniencia y lo presentó como si el Oráculo de Delfos hubiese hablado con voz de la Moncloa. Lo que era matiz lo convirtió en dogma; lo que era advertencia lo vendió como aplauso; lo que era duda lo disfrazó de certeza. Así fabricó una Atenas de papel para consumo extranjero: brillante por fuera, hueca por dentro, sostenida por columnas de propaganda y no por piedra de Estado.

El requisito del trabajo se presenta como prueba de virtud cívica, pero se convierte en un laberinto digno de Dédalo. Cada aspirante es un Ulises que navega hoy mismo entre contratos fantasma, nóminas que desaparecen como humo de sacrificio, empresarios mercenarios que venden altas como pergaminos sagrados y empadronamientos alquilados que transforman la ciudad en un escenario teatral absurdo.

Quien carece de empleo formal inventa héroes invisibles: ingresos familiares milagrosos, ayudas improbables, ahorros que surgen por arte de magia… todo bajo la mirada indulgente de los oráculos administrativos. Los intermediarios trafican con esperanza: rellenan formularios, consiguen firmas, venden ilusiones… y cobran como si la ciudadanía pudiera embotellarse.

El filtro laboral que debía garantizar seriedad y sostenibilidad se ha convertido en mercado negro de contratos, declaraciones y trámites.

En cuanto a los antecedentes en el país de origen, Pedro y sus pupilos de Podemos muestran su desprecio por la realidad: la corrupción administrativa de algunos países permite que certificados se compren, y los que no los tienen pueden declarar juradamente que son inocentes. Cada declaración jurada es hoy un pergamino sagrado y un espejo cruel: refleja la incapacidad del Estado mientras ellos lo presentan como “gestión moderna y sensible”. Los antecedentes en España no son milagro olímpico: los graves bloquean la regularización; los leves condicionan la residencia o generan restricciones.

En esta polis de papel, la regularización se convierte en espectáculo épico: la burocracia es oráculo, la ciudadanía un premio incierto. Mientras tanto, los sofistas suspendidos —Pedro y Podemos— continúan con aplausos, discursos y promesas, como héroes de tragedia que olvidan que en política, la palabra hueca pesa menos que el BOE y más que la realidad.

Y la sentencia final de los maestros clásicos es inmediata y tajante:

—Pedro, Podemos… habéis confundido la política con recital de oráculo y la ley con poesía. Mucha retórica, poca acción; mucho espectáculo, poca polis. Suspendidos: vuestros talleres de empatía no construyen Estado, vuestra flexibilidad no genera ciudadanía.

Desde la cátedra etérea, Calicles suspende a Pedro en este mismo instante: Maestro del teatro tosco y bufón, sí. Estadista, nunca. Tu arte reside en el espectáculo, no en la polis. Admirable audacia, ética nula, suspenso final… con honores por ambición sin límite.

Y mientras los dioses del Olimpo se ríen desde el palco, queda claro para todos los ciudadanos presentes: esto sucede ahora, y el espectáculo continúa ante nuestros ojos; la política se declama, la ciudadanía se cuenta y el poder se representa.

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