miércoles 22 julio, 2026

La monarquía del siglo XXI

De la monarquía I

MONARQUÍAS Y REPÚBLICAS

Cuanto más simbólica es una institución más queda afectada por la ensoñación construida desde la infancia. Esto es lo que ha sucedido con el concepto monarquía que, desde justamente el siglo XIX, ha quedado atrapado por la iconografía que nos trasladan los cuentos de Grim y luego las películas de Disney.

La realidad es que si hoy preguntas por las monarquías y sus reyes la gente, incluidos los científicos sociales, en una respuesta casi intuitiva, nos remiten a esas familias que identificamos con los borbones, la casa de real británica o esos príncipes y princesas que deambulan por las regiones del Norte como Dinamarca, Noruega, Holanda, incluso Mónaco, figuras embellecidas por ese sinfín de colores que nos trasmiten las revistas del corazón y los programas de tarde de la televisión. La literatura infantil y las películas de colorines han conformado una imagen de lo que llamamos monarquía, algo que, incluso, ha saltado a su sustancia institucional de tal forma que las mismas monarquías imitan, desde sus trajes, sus gestos y su relato, a los modelos que proporcionan “La Bella durmiente”, “Cenicienta”, “Piel de Asno”, etc. hasta tal punto que su sentido originario, su verdadera naturaleza y su función, se ha visto lobotomizada por el poder evocador de los cuentos de hadas.

Y, sin embargo, la realidad transita por caminos muy diferentes. Las monarquías siguen existiendo más allá de esas viñetas infantiles y, como previó Aristóteles en su Política, retornan, y con una fuerza inusitada, en los momentos de crisis.

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Un constitucionalismo alicorto suele clasificar los sistemas políticos como Repúblicas y como Monarquías, sosteniendo paralelamente que, tanto unas como otras pueden ser plenamente democráticas. Que quede claro, como vamos a ver en este artículo, nada impide, así los reitera la misma Historia, la existencia de monarquías democráticas y modernas (falta definir, claro está, esos conceptos de democracia y modernidad, y a ello iremos también), por eso, la confusión de todos estos conceptos merece un cierto repaso histórico.

Pese a su proclamación como República, la antigua Roma conservó, prácticamente hasta nuestra era, unas figuras cuasi-religiosas a la que, sin recato alguno, denominaban reyes. Algo que nadie veía como incompatible con su propia tradición histórica y su proclama republicana. También Atenas y otras repúblicas mediterráneas recogen esta tradición entre sus leyes no escritas. Y es que la idea de la realeza, en ese pasado lejano, se incardina más en el mundo de lo mistérico, la religión y la magia, que en el de la política.

La realidad es que la historia de la institución monárquica en el tiempo antiguo resulta paralela a los procesos por los que se fue configurando el orden urbano y las nuevas formas de organización comunitaria. Esto se puede apreciar de forma meridiana en el caso de Micenas donde la figura de sus antiguos reyes, los “Anax”, en medio de las profundas crisis que sacudieron su tiempo, se fue alejando de su función política hasta terminar siendo sustituida por la nueva figura del Basileus, un cargo, en un primer momento, subordinado a los viejos Anax pero que, gracias a su mayor eficacia ejecutiva, terminó sustituyéndolos, levantando, ya en la época clásica, las nuevas formas del poder monárquico.  El proceso tiene una cierta similitud al que se vivió, mucho más tarde, en los orígenes del reino franco en su paso de la vieja dinastía merovingia a la nueva de los carolingios. Los antiguos reyes, configurados sobre patrones pre-europeos, resultaron demasiado tributarios de su función mágica, lo que les convirtió en ineficaces para afrontar los nuevos retos que sacudían su tiempo. También aquí fueron sustituidos por esos cargos subalternos, los denominados Mayordomos de Palacio que, al poco, pasarán a denominarse reyes. Los nuevos amos vendrán a justificar el cambio denigrando a los anteriores monarcas calificándoles de “Reyes holgazanes”, despreciando de esta manera no solo su función religiosa, sino sobre todo la estructura mágica que daba contenido a los viejos poderes. Su arcaico papel de ser meros símbolos desprovistos de todo contenido militar y político chocaba con las necesidades de acción directa que reclamaba una época también recorrida por la violencia de la guerra.

Aunque las polis greco-romanas, sobre la que se construyeron los nuevos modos de organización política, pronto derivaron hacia formas republicanas, sin embargo, en esas mismas repúblicas que se extenderán de la mano del sistema urbano se mantuvo, como hemos anotado, ese recuerdo mítico, conservando de alguna manera la figura de los antiguos reyes como meros símbolos marginales y melancólicos.

El grado de prosperidad y seguridad que alcanzaron estos nuevos espacios, las polis o ciudades, fue posibilitando un paulatino enriquecimiento que facilitó el nacimiento de toda una nueva estructura social, una incipiente ciudadanía, muy segmentada en ordenes sociales, que pronto provocó el surgimiento de nuevos focos de poder. La sociedad se fragmentó en grupos familiares con fuertes tendencias oligárquicas lo que, inevitablemente, degeneró en una continua confrontación civil. Una conflictividad a la que pronto se incorporarán las masas populares surgidas de ese mismo desarrollo de la riqueza y que, de la mano de sus nuevos líderes, también reclamarán su propia parcela de poder político. Es a ese estado de conflicto permanente a lo que los griegos denominan la stasis, es decir, la guerra civil. Sobre ella germinará, en su día, la idea de democracia. La democracia, parafraseando al profesor Losurdo, no es otra cosa que esa lucha perpetua de los desheredados a la búsqueda de su reconocimiento social.

Es ahí donde Aristóteles, como hemos dicho, aprecia la nueva función de la monarquía, un instrumento especialmente diseñado para recuperar la unidad perdida. Las sociedades antiguas, cada vez más abiertas y ricas, en ese continuo progreso al que hoy llamamos el milagro griego y que se vio favorecido por el mundo urbano, resultaban a la vez profundamente fraccionadas y divididas, lo que amenazaba continuamente su existencia. Ese continuo fracaso de las democracias, esa era su tesis, encontraría en el régimen monárquico el antídoto frente a su destrucción.

Un fracaso natural, pero, sobre todo, inducido. En el fondo es esto lo que sucedió en el último período de la Republica romana cuando las guerras civiles generaron un fenómeno novedoso: la presencia de unos nuevos sujetos, hombres enriquecidos en los negocios, la guerra o directamente la rapiña y que, con sus inmensas fortunas, terminaron apoderándose de todo el espacio público. Pienso en esos grandes magnates como los Escipión o los Gracos, como más tarde lo serán Mario y Sila, y que, tras la continua depuración que supone la guerra, abocará, primero, a los triunviratos y, al final, a la sola presencia de uno: Augusto. G. Simmel comenta, irónico, que Roma produjo, en medio de aquel caos, más hombres capaces de salvarla de los que realmente necesitaba.

Es curioso cómo ninguno de sus propios coetáneos, como sucede en la fábula de la rana, se percató del proceso paulatino de achicamiento del orden republicano. A sus ojos la Republica aun mantenía sus formas: había elecciones y persistía la institucionalidad de sus magistraturas, pero, sin embargo, el ciclo republicano ya se había cerrado definitivamente. El nuevo poder, y así lo entendió la historiografía posterior, era ya definitivamente monárquico dado que el poder decisorio, sin ninguna duda, había dejado de estar en la base comunitaria. Pese a que se votara, a que los cargos electos ostentaran todos sus títulos y las instituciones mantuvieran su brillo, el poder había sido desplazado y ya no estaba en esas instituciones, sino en la voluntad de uno solo, el monarca. Ahora bien, y así también lo leyeron los antiguos, ese gobierno ponía fin, sin embargo, a ese largo siglo de sangrientas guerras civiles lo que le dotaba de una legitimidad que habían ido perdiendo las formas anteriores. Como hemos dicho, ya Aristóteles había ensoñado esa vía en la desgarrada Atenas, y también vio en esa figura monárquica la respuesta a una crisis perpetua que amenazaba con desintegrarla. Esparta ya había entrado en esa vía y encontró ahí, en medio de una crisis semejante, los mejores hombres de su historia.

La realidad es que esos modos monárquicos, eso sí, más o menos camuflados bajo un cierto ropaje republicano, perdida ya toda veleidad democrática, fueron enormemente exitosos. Podemos, con Rostovtzeff y los marxistas, denunciar sus rasgos oligárquicos, los procesos de una aberrante concentración económica y la degradación de las libertades, pero también hay que reconocer sus éxitos. Nuestra mirada está, en todo caso, demasiado sesgada por los autores que nos informan, desde Salustio a Tácito, pasando por Suetonio y Dion Casio, todos ellos voces interesadas, procedentes de una aristocracia que se lamenta de la pérdida de sus privilegios. El pueblo, la gente común, por el contrario, lo debió vivir como una verdadera liberación frente a siglos violentos y oscuros. Las primeras novelas, tanto alejandrinas como romanas, nos hablan de una vida corriente, de gente normal empeñada en sus asuntos, de sus amores a sus negocios ¿No es, en el fondo, más democrático el mundo que nos narra un Petronio, en medio del siglo de Neron, que el pétreamente clasista de siglos anteriores? Trimalción, uno de los protagonistas de su novela El Satiricón, disfruta pacíficamente de su fortuna rodeado de todo ese catálogo de personajes que, pese a sus miserias, conviven en medio de la vorágine de la Roma del siglo I. De esta manera, frente a las exigencias de una ciudadanía activa y heroica se va extendiendo ese sobrevivir más o menos confortable donde un esclavo -un liberto, como es el caso de la novela- puede alcanzar la riqueza y tener entre sus clientes a intelectuales, artistas e, incluso, antiguos nobles y patricios arruinados en las anteriores guerras civiles. Desde un punto de vista socio-económico, en aquella Roma de Nerón estamos ante una democracia más pura que la que proclamaba Pericles en su Discurso Fúnebre.

A lo que voy. Lo que diferencia las monarquías de las repúblicas, no es tanto su sistema de sucesión del poder, hereditario en las primeras y electivo en las segundas, sino la estructura social sobre la que se asienta un régimen u otro. Por otro lado, ha habido tanto monarquías electivas como republicas hereditarias. Lo eran gran parte de las monarquías de los llamados pueblos bárbaros, como, luego, ya en la Edad Moderna, lo serán las monarquías de ciertos reinos de Centroeuropa, como, por el contrario, hereditaria ha sido la práctica de no pocas repúblicas. Los Kennedy, los Bush, los Kirchner, por poner algunos ejemplos, favorecieron una cierta continuidad familiar difícil de no identificar con las mecánicas dinásticas. En realidad, lo que verdaderamente define una monarquía es ese doble requisito que ya hemos mencionado: primero, la existencia de una sociedad agotada por conflictos eternos y guerras civiles y que busca el descanso de la mano de un poder fuerte que imponga la paz donde desarrollar la vida. Y, dos, la presencia de lideres, no necesariamente carismáticos pero sí suficientemente poderosos, capaces de desalojar de la carrera hacia el poder al resto de competidores que aspiran también a esa posición de reyes. Como hemos dicho, eso se dio en esos momentos de la Antigüedad a los que hemos hecho referencia y que abocarán a los reinos helenísticos y al imperio romano. La leyenda del “Rey del Bosque”, que nos narra Frazer en su “La rama dorada” nos da cuenta del atractivo mítico que rezuma de estas historias.

Por otro lado, como también hemos anotado, los modelos monárquicos no tienen por qué ser incompatibles con ciertos ideales democráticos. Todo lo contrario. El reino de Neron, pese a esa mala prensa que le dedican Suetonio o Tácito, en realidad solo resultaba peligroso para esa nobleza cortesana que se veía desheredada de sus privilegios y poderes y, con ello, de su soberanía. El pueblo llano, como les sucede a esos ricos que, como Trimalción, alcanzan una estabilidad que no conocieron en los momentos turbulentos, descubren, sin embargo, un mundo de posibilidades para la riqueza y el disfrute incompatible con las exigencias del viejo patriotismo ciudadano. Las nuevas filosofías, ya sean hedonistas o místicas, y el cristianismo fue una de ellas, y que vendrán a eclosionar en estos momentos históricos, resultaban más cercanas a esa humanidad de la gente corriente que los héroes que reclaman los modos estoicos de patricios y hoplitas.

Otro tanto sucedió con las monarquías modernas de la época Barroca. Las tesis de autores como Bertran de Jouvenel lo contemplan como la alianza estratégica entre las estructuras monárquicas y las masas populares frente a las viejas libertades configuradas alrededor de una ciudadanía heroica y aristocrática. Es cierto que son tesis que rezuman un elitismo imposible de no vincular con las modas políticas que asolaron Europa a principios del siglo XX, pero no deja de haber algo de cierto en esa alianza entre la monarquía y el demos, es decir, el pueblo, confrontando con el particularismo elitista de los antiguos nobles, una nobleza que se veía cogida en la tenaza de un poder real y la violencia de las masas populares.

Es cierto que la tesis flaquea en muchos puntos. El modelo que configura la corte barroca refleja más bien lo contrario: la alianza entre el novedoso poder del estado, configurado en la idea de la Corona y sus reyes, y esa casta decadente de nobles y aristócratas que saturarán el tejido de la Corte, Versalles constituye en esto el modelo perfecto, pero el sustrato conceptual que incorpora la pinza monarquía-demos frente a las viejas familias gentilicias, es también una realidad. La construcción del Estado requería la previa disolución de las viejas casas nobiliarias, algo que se realizará a lo largo de eso que llamamos el Renacimiento y el Barroco. Un aplastamiento que buscará reducir toda la estructura social de los reinos a la única categoría de pueblo llano. Las guerras civiles que recorren la Modernidad reflejan este conflicto. Los Comuneros de Castilla, la Revolución Inglesa, la Fronda en Francia, no son más que la reacción histérica de una clase nobiliaria que se levanta frente a un estado que busca reducirla a polvo. Episodios como “La Noche de San Bartolomé” solo son comprensibles en ese encuentro de intereses entre el lumpenproletariado de la época y el nuevo poder monárquico. Una alianza que, lejos de ser “contranatura”, buscará proporcionar legitimidad y poder tanto a unos como a otros. Algo que se aprecia en esa alocada carrera que, hacia fin de siglo, emprenden numerosos reyes y que, en un continuo cambio de alianzas, buscará aliviar la gigantesca presión que desató la llegada de los tiempos modernos. Una carrera que recorre todo el siglo XVIII y que eclosionará, al final, con el estallido de la Revolución francesa. Cruces dialécticos, desde nuestro punto de vista, no pocas veces contradictorios.

De entrada, tenemos esa alianza monarquía-Iglesia que, apoyada en una de las fuerzas más oscuras del siglo, la Compañía de Jesús, provocará la reacción violenta del movimiento Ilustrado. El fracaso de esta alianza terminará en esa catástrofe para la Iglesia que fue la expulsión de los jesuitas de medio Europa. Los jesuitas, en su doble rol de confesores reales y directores espirituales del bajo pueblo, recrearon el papel de los reyes, abriéndoles, paradójicamente, a la Modernidad social, enfrentándoles, por otro lado, tanto con otras fuerzas religiosas más conservadoras como, sobre todo, con los movimientos competitivos que pujaban hacia la modernidad política.

Otra alianza la constituyó el eje monarquía-Ilustración que jugó en el objetivo de articular el monopolio de la fuerza a la que, desde sus orígenes, aspira siempre el Estado-Leviatán. En este caso, la monarquía apostó por la Modernidad contra las fuerzas de una reacción constituidas tanto por la Iglesia como por la nobleza. Frente a una aristocracia localista y conservadora, la monarquía comprendió que su única chance estaba en esa apuesta por el Progreso y la ciencia como fundamento de su poder. Ahí radica esa amistad, tan chocante, entre personajes como Voltaire y los monarcas absolutos. La Ilustración, con lo que supuso de ruptura con los prejuicios acumulados durante siglos, abría las puertas a una ciencia que se convertirá en el pilar fundamental de la fuerza del Estado. No era solo una cuestión de conocimientos técnicos, básicos para el ejercicio de la guerra, era, sobre todo, su razón de ser: la construcción de un sistema capaz de fusionar a la totalidad de la comunidad política en un proyecto sólido y poderoso. Sin embargo, esta apuesta modernizadora también fracasará abriendo las puertas a la crisis definitiva que destruirá a la monarquía barroca. Una alianza construida sobre el lema de “Todo para el pueblo” que se incorporó como divisa absolutista, y que vino a recrear el sistema de poder como un aparato de servicio, pero que, a la postre, terminó empoderando al pueblo bajo los principios de libertad e igualdad, lo que empujará a las masas al campo de la Revolución.

En definitiva, la monarquía, para evitar el precipicio al que empujaban las fuerzas desatadas por la Modernidad, no tuvo más remedio que ensayar toda esa serie de alianzas defensivas con la que, inevitablemente, también fue configurando el eje de sus enemigos. Un proceso sobre el que, ya en los siglos XIX y XX, se levantará también el moderno imaginario de la confrontación entre la derecha y la izquierda sobre el que gravitará la vida política actual.

Toda una serie de conflictos cruzados levantado sobre la oposición básica entre la Ilustración y la Iglesia, y que vino a poner en crisis la hegemonía ideológica del cristianismo y, con ello, de todo el tiempo antiguo. Iglesia versus Ilustración, Corona versus Iglesia con la expulsión de los jesuitas, Nobleza versus Corona, con las mil Frondas que desagarran el tejido social del siglo XVIII, hasta el definitivo juego de posiciones que posibilitó el estallido de la Revolución. Con ésta, al final, se impusieron las nuevas formas republicanas que configuran la contemporaneidad política, con su parlamentarismo, su sistema de división de poderes, el mito del Estado de derecho y, en definitiva, esa cierta democratización sobre la que se levantará la Edad Contemporánea. Sobre este nuevo escenario se dibujarán las nuevas formas de las monarquías, un imaginario que alcanza, incluso, hasta los inicios del siglo XXI.

De la monarquía II

MONARQUÍA Y MODERNIDAD

Como hemos visto en el capítulo anterior, los siglos XIX y XX resultan, desde una lectura política, específicamente republicanos. Un proceso que va desvinculando las figuras regias de los auténticos resortes por los que se ejerce el poder ejecutivo hasta expulsarlas a posiciones meramente simbólicas, con ello las monarquías se vuelven, nuevamente, cercanas a esas figuras de carácter ceremonial que ya hemos visto en la Antigüedad grecolatina, o a esos “reyes holgazanes” de la dinastía merovingia. Reyes de opereta, como se decía a comienzos del siglo XX, figuras de cartón piedra repletos de colorines, y cuyos amores y bailes constituyen la materia prima de las revistas de papel cuché.  Periodo republicano, digo, donde se aprecian las dos características que los definen, de entrada, ese renacer de una nueva aristocracia ciudadana, configurada alrededor de los partidos políticos y la alta administración, lo que Pierre Bourdieu denomina “noblesse d´etat” y que constituye el sustrato de poder de los regímenes contemporáneos, con ello se rompe con el principio soberano que propugnaba el absolutismo del estado, pero republicano también por esa propagación de un cierto culto democrático que expande la ilusión de un igualitarismo social configurado por el triunfo de las clases medias.

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Sin embargo, el principio monárquico siguió en pie y lo hizo sobre la doble dinámica con la que ha funcionado a lo largo de toda la Historia. De entrada, en esa capacidad de concitar la pulsión de unidad frente a las crisis que anida siempre en las estructuras republicanas, esa stasis que atenazaba a los estados griegos y que de nuevo amenaza también a la sociedad contemporánea. Ya el propio Hobbes era consciente de que el estado, el estado-leviatán, era, frente a la polis antigua, necesariamente monárquico. El otro factor es puramente psicológico, esa hambre de poder que impulsa a ciertos individuos a la búsqueda del poder absoluto en una lucha hasta la muerte.

Ya el siglo XIX conoció algunos sobresaltos que reafirmaron, en medio de esa dinámica republicana, la permanencia del sistema monárquico. Desde Napoleon I hasta sus epígonos de menor tamaño como su sobrino el llamado Napoleón III, así como esa lista de coroneles sudamericanos que intentaron crear sus propias dinastías, los “Tirano Banderas” de la novela de Valle. Ahí podemos incorporar a generales como Boulanger, en Francia, o Espartero en España, al que, específicamente, le ofrecieron la corona. La sociedad decimonónica vio nacer no pocas de las nuevas casas reales sobre este tipo de figuras que, desde el generalato, alcanzan la magistratura real. Los Bernadotte en Suecia o los mismos príncipes de Monaco tienen este origen castrense. Sin embargo, será el siglo XX el más genuinamente monárquico, y pienso en figuras como Mussolini en Italia, Hitler en Alemania y Franco en España, verdaderos reyes del tiempo contemporáneo como demostraron tanto en sus obras como en sus gestos. Ellos alcanzarán a “pacificar” la conflictividad de su siglo, aplastando toda disidencia, e impusieron a su vez el principio de soberanía personal en su calidad de verdaderos reyes. En definitiva, ellos fueron en sus países, como proclaman los autores medievales, la verdadera fuente del derecho.

Reyes, además, en todo el resto de su aparato simbólico. La pasión por los uniformes, la exaltación de la belleza en sus poses en los retratos institucionales, con gestos no carentes de referencias divinas y heroicas, les dota de esa aura que les convierte en la expresión moderna del estado. No sabemos cómo hubieran evolucionado los regímenes de Italia y Alemania en el caso de su victoria en la Guerra, seguramente habrían tendido a una solución hereditaria para facilitar la sucesión ordenada de la soberanía, construyendo, así, verdaderas casas reales. En todo lo demás, su modernidad, su gusto por las guerras, su alianza con las capas más bajas del pueblo y la creación de su propio círculo de cortesanos les identifica perfectamente con ese actuar que predica Maquiavelo a su Príncipe. En el caso de Mussolini, resulta interesante anotar esa compatibilidad con la figura de uno de esos reyes antiguos. Al igual que Carlos Martel, no tuvo inconveniente en mantener a su lado la figura “holgazana” de un Víctor Manuel III.

El caso de Franco es aún más significativo, él sí pudo y supo construir su propia dinastía. Es cierto que frente a la estética modernista por la que optaron Hitler y Mussolini que no dudaron en resaltar el componente industrial de su realiza, el general Franco optó, sin embargo, por una iconografía de corte mucho más clásico. Sus retratos le presentan más cercano a la imagen de los reyes barrocos que a ese industrialismo del acero del que presumieron las monarquías del Eje, incluso hay un mural en el Archivo Historio Militar que lo retrata bajo la figura de un monarca medieval, envestido de coraza al estilo de ese “Carlos V venciendo al Furor” que inmortalizó Leone Leoni y que hoy se conserva en El Prado. Además, su comportamiento reitera el proceso constitutivo de una Casa Real, otorgando, en su condición de soberano, títulos nobiliarios, incluso resolviendo la elección de su sucesor, al que otorgó, desde su competencia regia, el título de Príncipe de España, título, por lo demás, de creación propia.

Charles Mauras lo comprendió perfectamente. Europa, Francia en concreto, nos dirá, solo podría salvarse de la mano de las nuevas monarquías que afloraban en medio de la crisis. La construcción del fascismo francés estuvo profundamente influida por esa ideología monárquica como se aprecia en los discursos de Action Française o las marchas de la Croix de Feu, que sueñan con encontrar al soberano del nuevo orden.

El siglo XX se cerró con la presencia de nuevos conatos de monarquías. Así lo aprecia la literatura política francesa en su lectura de la V República a la que no duda en denominar “monarquía republicana”. Un monarquismo incuestionable en figuras como De Gaulle, Pompidou, o el mismo Mitterrand, pero también presente en otros escenarios, con esos conatos de dinastías que se han sucedido en numerosas otras repúblicas, de los Kennedy a los Kirchner. Los Assad configuraron el modelo en el espacio de Oriente Medio, como lo es ya la dinastía Kim, con su fundador, Kim-Il-Sung en el caso de Corea del Norte.

***

Los sistemas europeos que mantuvieron las figuras constitucionalizadas de los reyes cambiaron nuevamente su vieja función ejecutiva readaptándola al aparato republicano del siglo. Se realzan, así, aspectos específicamente simbólicos, como ese “sancionar” las leyes, de inequívocas referencias sacramentales, aunque, en algunos casos, no dudan en compaginarlas con otras funciones más consistentes. Personalmente entiendo que, fuera ya de esas posiciones que nos recuerdan a las desplazadas monarquías merovingias y sus reyes holgazanes, las figuras monárquico-tradicionales se mantienen por sus nuevas funciones de corte sociológico. Menciono dos: una, la de ser balizas de alarma ante crisis sociales insostenibles. Al contrario que la propuesta aristotélica, el rey no tendría la función de disolver las crisis bajo su manto de autoridad y fuerza, sino la de avisar de su gravedad a los verdaderos poderes sociales, es decir, a esos grandes conglomerados económicos sobre los que gravita el poder auténtico. La caída de esas figuras de colorines anunciaría crisis de alto voltaje y, con ello, la definición del momento de abandonar el país buscando nuevo refugio a sus negocios y capitales. Verdaderos “pájaros del grisú” que, como esos que usaban los mineros para conocer la presencia del gas venenoso, avisan de cuando hay que abandonar a toda prisa la mina ante un peligro inminente.

La segunda función sociológica tendría un carácter educativo. La presencia de estas figuras -no solo los reyes, también sus familiares y sus incipientes cortes-, que alcanzan las más altas dignidades al margen de cualquier otra consideración y mérito (cultura, estudios, esfuerzo, la misma suerte, etc.), fomenta un mensaje inequívoco: la democracia tiene siempre un techo, un límite. Hay niveles, puestos, privilegios, que resultan necesariamente inalcanzables para el pueblo llano. Es una forma de educarles en el reconocimiento de una superioridad a la que deben someterse, ese “doblar el espinazo” ante los superiores, sujetos que quedan fuera de toda mecánica democrática.  La misma denominación de “besamanos” para la ceremonia de saludo al rey tiene ese tinte de sumisión que convierte al ciudadano en súbdito, un paso imprescindible en la sociedad jerarquizada que reclama la postmodernidad que viene.

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Hay, sin embargo, también una última función constitucional a la que contribuyeron los grandes juristas europeos del primer cuarto del siglo pasado. Pienso en Carl Schmitt y Hans Kelsen, me refiero al debate sobre “el guardián de la constitución”.

La realidad es que, en esta polémica, pese a mi distancia ideológica, creo que acierta más el genio de Schmitt. Un guardián de la constitución no puede ser, por definición, un órgano surgido de la misma constitución. Frente al modelo de un Tribunal que, en la órbita del Tribunal Supremo norteamericano, alcance a controlar la constitucionalidad de las leyes, Schmitt piensa más en una figura al margen del aparato constitucional. Un sujeto que, por su posición, pero también por su poder, sea capaz de imponerse como árbitro. Schmitt recrea ahí la figura del Kaiser, una instancia monárquica, eso sí, flanqueada por el verdadero poder del ejército y, desde él, el de esa gran industria que lo mantiene. En el fondo, su sistema es muy simple: paralelo al sistema democrático debe articularse una línea de acción que, aunque más o menos inactiva, mantenga siempre esa vigilancia sobre el desarrollo de la vida política, evitando esos “excesos de democracia” que puedan poner en peligro los intereses superiores del estado. En el día de hoy, este papel solo es asumible por el Ejército. Así lo acomete el sistema turco, donde la garantía del mantenimiento de la república, frente a posibles derivas islamistas, queda garantizada por un ejército siempre dispuesto, vía golpe de estado, para el volantazo que permita “recuperar” la correcta dirección del buque. También cabría esta lectura en el caso español, donde la estratégica posición de los artículos 8 y 62, articula un verdadero exoesqueleto constitucional que, colocando al rey como jefe supremo de las fuerzas armadas, hace del ejército un instrumento de acción (art.8) al margen del control democrático. Y, no lo olvidemos, ser jefe de las fuerzas armadas no tiene nada de simbólico.  

Sin embargo, no parece ser esta la línea que marcan los acontecimientos más actuales, y ya estamos en el siglo XXI. Hoy nos enfrentamos a una situación verdaderamente novedosa y, nuevamente, muy convulsa. Sucesivas crisis amenazan con tumbar los espacios de paz sobre los que se levantó la riqueza del siglo pasado y, como venimos diciendo, la presencia de este tipo de crisis abre la puerta a nuevas opciones monárquicas.

La narrativa que aportan sujetos como Putin en Rusia, Xi en China y, sobre todo, Trump en Estados Unidos nos habla ya de un nuevo sistema monárquico. Los sistemas republicanos, sustentados sobre la doble dimensión de una “nobleza de estado” celosa de la independencia ciudadana y la potencia de las instituciones, capaz de canalizar el ejercicio del poder, dan paso a la nueva realidad de poderes unipersonales sustentados en la personalidad de sus titulares en medio de estructuras cortesanas dispuestas a aplaudir todos sus excesos. El caso norteamericano es especialmente interesante. Junto a la figura monárquica de Trump se ha ido construyendo todo un sistema de tecno-oligarcas que, aunque de momento sometidos a la dinámica que impone el nuevo imperio, alcanzan, cada vez más, la competencia, económica y de poder, para dar el salto a la magistratura real. Quizá estemos en vísperas de nuevos sistemas triunvirales que, previo inevitables guerras civiles, desemboquen en verdaderas monarquías de corte imperial.

Queda por ver si estamos ante un tecno-feudalismo, como propone Varoufakis o ante estructuras tecno-dinásticas como personalmente entiendo. En el primer caso, siguiendo la lectura que Umberto Eco hizo ya en los años “90”, estaríamos ante una Nueva Edad Media que nos abriría a la disolución del estado, en el segundo entraríamos más en el modelo de crisis que enterró a la vieja República romana a la espera de un verdadero y definitivo Emperador.

*Fernando Oliván es

Director del Observatorio Euromediterráneo de Espacio Público y Democracia

Euromediterraneo.org

Entre sus últimos libros está “El psico-estado. Materiales para un psicoanálisis del poder” (2024)

 y “La izquierda en su laberinto. Pueblo contra pueblo” (2025)

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