“Marruecos, Ceuta y la incapacidad de una parte de la izquierda española para comprender el nuevo escenario geopolítico del Mediterráneo.”
Las dramáticas escenas vividas a finales de julio en Ceuta, con decenas de jóvenes lanzándose al mar, varias vidas perdidas y otras todavía envueltas en la incertidumbre, constituyen una herida que interpela, antes que a nadie, a Marruecos. Aquella tragedia puso de manifiesto que persisten profundas fracturas sociales, déficits en las políticas públicas y una incapacidad preocupante para ofrecer horizontes a una parte de su juventud. Sería un grave error negar esa realidad o minimizar el sufrimiento de las familias que siguen esperando respuestas.
Sin embargo, mientras ese drama exigía una reflexión serena sobre las responsabilidades compartidas y sobre los desafíos que aún afronta el Marruecos, una parte de la izquierda española optó por regresar a sus viejos reflejos ideológicos. En lugar de leer aquellos acontecimientos en toda su complejidad, volvió a convertir a Marruecos en el escenario donde proyectar prejuicios, consignas y relatos heredados de otro tiempo. Como si nada hubiera cambiado al otro lado del Estrecho.
La iniciativa parlamentaria presentada por Sumar y Podemos para excluir a Marruecos de la organización del Mundial de 2030 no es solo una iniciativa política. Es, sobre todo, un síntoma. El síntoma de una izquierda que ha dejado de escuchar el rumor del mundo para seguir conversando consigo misma, encerrada en una habitación donde las paredes repiten el mismo eco desde hace décadas.
Resulta llamativo que quienes reivindican la diversidad sean incapaces de reconocer la diversidad del vecino. Que quienes denuncian los prejuicios continúen prisioneros de uno de los más persistentes, el que reduce Marruecos a una caricatura política, incapaz de evolucionar, condenado a representar eternamente el papel que otros escribieron para él.
No deja de ser una forma refinada de colonialismo intelectual.
Marruecos de hoy no es el de hace cuarenta años. Tampoco es el país inmóvil que algunos necesitan para sostener sus certezas. Es una sociedad compleja, llena de contradicciones y desafíos, pero también de una extraordinaria capacidad de transformación. Ha construido una de las economías más dinámicas del continente africano, se ha convertido en un actor estratégico para Europa, África y Estados Unidos y ha situado al Mediterráneo occidental en el centro de nuevas rutas económicas, energéticas y diplomáticas.
Todo ello puede ser objeto de análisis y de crítica. Como ocurre con cualquier país. Lo que resulta intelectualmente insostenible es convertir a Marruecos en una excepción moral mientras se normalizan silencios mucho más cómodos respecto a otros Estados.
La coherencia nunca ha consistido en señalar siempre al mismo.
Pero quizá donde esa ceguera resulta más dolorosa es en la incapacidad para reconocer la historia profunda del propio pueblo marroquí.
Porque en ambos casos desaparece el Marruecos real, el de una sociedad que aprendió a abrir espacios de libertad a fuerza de perseverancia; el de miles de hombres y mujeres que durante los años de plomo pagaron con la cárcel, el exilio, la tortura o incluso la vida el simple hecho de reclamar dignidad; el de generaciones enteras que enfrentaron la arbitrariedad cuando hacerlo significaba renunciar al futuro; el de periodistas, sindicalistas, estudiantes, intelectuales y militantes anónimos que sostuvieron durante décadas una lucha silenciosa por ampliar los márgenes de la libertad. Desaparece también el Marruecos de sus jóvenes, de sus mujeres, de sus emprendedores, de sus investigadores, de su transformación económica y de su creciente protagonismo internacional. Como si la historia de ese país hubiera sido escrita únicamente por sus gobernantes y nunca por un pueblo que también ha sabido conquistar, paso a paso y con un coste enorme, buena parte de los cambios que hoy algunos se niegan siquiera a reconocer.
Hay una injusticia particular en borrar esa memoria. Porque equivale a negar el sacrificio de quienes hicieron posible que Marruecos no sea hoy el mismo país que fue ayer.
Algo parecido sucede con el Sáhara.
Algunos sectores de la izquierda española continúan repitiendo un relato construido durante la Guerra Fría como si el calendario hubiera dejado de avanzar. Mientras buena parte de la comunidad internacional adapta sus posiciones a un contexto completamente distinto, ellos permanecen inmóviles, aferrados a una geografía sentimental donde nada puede cambiar porque admitir el cambio obligaría también a revisar viejas certezas.
No es una cuestión de compartir todas las decisiones de Rabat. Es una cuestión de aceptar que la política internacional no puede seguir escribiéndose desde la nostalgia ideológica.
Paradójicamente, cuanto más insiste la izquierda española en presentarse como la voz del futuro, más habla desde el pasado.
Y es ahí donde la ironía adquiere un tono casi trágico.
Porque cuando el asunto es Marruecos, las diferencias entre cierta extrema derecha y una parte de la izquierda radical empiezan a desdibujarse. Cambian las palabras, cambian los argumentos y cambian los pretextos.
Pero permanece la misma sospecha hacia el vecino del sur.
Unos ven una amenaza.
Otros un culpable permanente.
Ninguno parece dispuesto a contemplar un pueblo de carne y hueso.
Quizá porque reconocer el Marruecos real exigiría desmontar demasiadas certezas acumuladas durante décadas.
El Mediterráneo siempre ha sido un espejo incómodo. Quien se asoma a él termina descubriendo que la otra orilla también devuelve la mirada.
Y eso es precisamente lo que algunos todavía no aceptan que el sur ya no es un escenario donde Europa proyecta sus fantasmas, sino un interlocutor que ha adquirido voz propia.
El Mundial de 2030 simboliza mejor que cualquier discurso esa nueva realidad. No es únicamente un campeonato de fútbol. Es la imagen de un Estrecho que deja de ser frontera para convertirse en puente; de un espacio compartido donde tres países deciden escribir una historia común sin pedir permiso a quienes siguen viviendo en mapas que ya no existen.
La historia nunca espera a quienes confunden la memoria con la inmovilidad..
Finalmente conviene añadir una última precisión: quien firma estas líneas pertenece a esa tradición de la izquierda que entendía que la solidaridad empezaba por mirar la realidad de frente, incluso cuando esa realidad desmentía las propias certezas.


