Juan Carlos Rodríguez Ibarra, en su entrega semanal, hace una interesante reflexión sobre los condicionantes en el sistema de primarias para la elección de candidatos, al hilo del proceso elecciones internas que se van a celebrar los socialistas extremeños, tras la dimisión de su líder.
Como saben los lectores, Extremadura es una región con dos provincias, Cáceres y Badajoz. La provincia pacense es la más poblada de las dos y, por una cuestión aritmética, es la que tiene un 63% de los afiliados al PSOE de Badajoz y un 37%, al de Cáceres. No es el número sino la calidad, la actitud y la aptitud las condiciones necesarias, aunque no suficientes, para obtener la confianza de los militantes socialistas extremeños a la hora de liderar al PSOE de Extremadura.
Esas condiciones no solo son atributos de los militantes de una de las dos provincias; también lo son de la otra.
Cada vez que se han convocado elecciones primarias para elegir al secretario general socialista del PSOE extremeño o al candidato a presidir la Junta de Extremadura han surgido candidatos de cada una de las dos circunscripciones. Sin duda, los méritos han acompañado y acompañan también a los que se postulan en esta ocasión para ocupar la secretaría general vacante.
El argumento de algunos a la hora de elegir candidatura coincide con el que utiliza Vox para excluir a los que no son españoles de los derechos fundamentales de los seres humanos. Para la extrema derecha los servicios sociales no se deben prestar en función de quienes los necesiten sino por el lugar de nacimiento del beneficiario. “Primero, los españoles”. No les importa si quien no lo es necesita asistencia sanitaria o educación. “Antes que ellos, los españoles” dicen los portavoces de Vox. Igual es el razonamiento de algunos que supuestamente se reconocen como socialistas y como extremeños: “primero el de Cáceres” o “primero, el de Badajoz”. No se fijan en las condiciones de cada candidato. No importa si el de Cáceres es mejor que el de Badajoz o viceversa. Lo que importa es que “uno es de mi provincia y, por eso, le voto”. Esa manera de abordar ese asunto se asemeja a la manera de la extrema derecha.
Y para adornar más el trámite, la experiencia indica que el ganador, lejos de integrar al perdedor, lo proscribe sine die. Eso sí, si ese ganador resulta perdedor, exigirá que se cuente con él y con parte de sus adeptos. Si en lugar de perder, gana no utilizará el argumento del perdedor. La cosa es así: “si ganó todo para mí y mis adeptos. Si pierdo, que me integren”.
Supuestamente el sistema de elección por primarias es un acto de absoluta libertad. El militante con derecho a voto elige libremente a quien considera mejor candidato para liderar el partido o para ocupar la presidencia de la un gobierno municipal, autonómico o estatal. Y los candidatos deberían acudir a la elección adornados por sus cualidades, por su compromiso y por haber ganado sus avales sin que los avalistas hayan sido coaccionados o condicionados por terceras personas.
Quienes militan en el PSOE saben que no siempre ocurre de esa manera. Existen candidatos que tienen el aval de la militancia, porque esos avales no son gracias a sus virtudes sino a los de otros que han buscado la firma de muchos para entregarlas a quien no hubiera llegado jamás a conseguirlas por méritos propios. Y así el sistema también queda debilitado. Se vota a uno o a otro con criterios localistas y se vota a unos o a otros por influencias de terceros. De esta manera, lo que fue instituido para que el afiliado vote con libertad queda reducido a unos voto condicionado por factores territoriales o por influencias de grupos de presión.
Volviendo al caso extremeño lo ideal sería que las cuatro candidaturas no tuvieran más respaldo que el que reciban de los afiliados cuando llegue la hora de votar. Avales inducidos sirven para presentar la candidatura, pero transmiten la debilidad del candidato. Ojalá, los militantes no se dejen influir por nadie y decidan personalmente lo que piensen que le conviene más al PSOE de Extremadura. Una mala elección abundará en la idea de que, cincuenta años después de un socialismo fuerte, liderado por dos generaciones que transformaron Extremadura, fue condenado a la insignificancia de manos de una generación que no supo unir sus fuerzas por ambiciones personales o por la desidia de sus militantes. La historia siempre juzga a los responsables de los éxitos y de los fracasos.


