domingo 11 enero, 2026

Haití: dos siglos de una independencia inconclusa (Parte I)

Geopolítica de los desheredados

Al amanecer, Puerto Príncipe despierta con el ruido de las motos y los gritos de los vendedores. El sol cae sobre montañas desnudas donde una vez hubo bosques. En los barrios altos, las madres hacen fila para llenar un bidón de agua; los niños caminan entre ruinas que ya no asombran a nadie. Haití sigue en pie, pero a costa de un cansancio que el mundo ya no mira.

Cuatro años después del asesinato del presidente Jovenel Moïse (7 de julio de 2021), el país continúa sumido en una de las crisis más graves de su historia. Sin gobierno estable, con pandillas que dominan amplias zonas y una población atrapada en la emergencia humanitaria, Haití vive un ciclo persistente de violencia, fragilidad institucional y desesperanza.

En 2025, el presidente del Consejo Presidencial de Transición (CPT), Leslie Voltaire, anunció elecciones generales para el 15 de noviembre de 2025, con segunda vuelta en enero y nuevo gobierno previsto para febrero de 2026. La intención es restaurar el orden institucional tras años de vacío de poder. Pero las condiciones mínimas para unos comicios libres y seguros no existen.

Las pandillas controlan carreteras, puertos y barrios enteros, bloqueando la distribución de ayuda y la acción del Estado. La misión internacional dirigida por Kenia y aprobada por la ONU avanza con lentitud, por falta de fondos, logística y coordinación. El resultado es un deterioro progresivo de la confianza ciudadana hacia el CPT y comunidad internacional.

La clase dirigente, atrapada entre intereses cruzados y disputas de poder, no logra definir una hoja de ruta consensuada. Los donantes incumplen compromisos, y el tiempo juega en contra del CPT, cuyo mandato expira en febrero de 2026. A ello se suma un desafío logístico monumental: elaborar un nuevo censo, registrar más de un millón de desplazados internos y garantizar el voto de la diáspora.

En el vacío institucional, las pandillas se han transformado en actores político-económicos con aspiraciones de legitimidad. Algunas buscan participar en el proceso electoral con apoyo de las élites tradicionales, configurando una realidad perversa: si se las incluye, se compromete la credibilidad del proceso; si se las excluye, el Estado seguirá paralizado.

La crisis humanitaria es abrumadora. Una de cada diez personas está desplazada y casi la mitad de la población padece inseguridad alimentaria severa. En estas condiciones, celebrar elecciones sería no solo poco realista, sino peligroso: podría legitimar un proceso viciado y sin garantías. Sin control sobre las pandillas, no habrá elecciones creíbles ni seguras.

A la crisis política y de seguridad se suma una crisis climática estructural que actúa como multiplicador de todas las demás. El huracán Melissa (octubre de 2025) lo demostró con crudeza. Sus lluvias torrenciales e inundaciones devastaron a Haití, República Dominicana y Jamaica. En Haití, donde el 90 % del territorio está deforestado, los daños fueron catastróficos: caminos destruidos, viviendas colapsadas y miles de evacuados en Puerto Príncipe y Gonaïves.

La paradoja haitiana: libertad sin Estado

Durante años, Haití ha sido descrito con palabras que se repiten hasta perder sentido: crisis, violencia, desastre, pobreza, caos. Son términos que deshumanizan. Haití es una nación que abrió el siglo XIX con una revolución de esclavos victoriosa, la primera de América Latina. Es el símbolo de la dignidad negra, de Toussaint Louverture y Jean-Jacques Dessalines. Sin embargo, más de dos siglos después, el país que nació libre vive prisionero de un abandono compartido: el suyo y el del resto del mundo.

“Haití fue la primera tierra libre de América, pero el crimen de su libertad fue imperdonable.” Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina

Contexto histórico

Cristóbal Colón llegó a la isla el 5 de diciembre de 1492 y la llamó La Española. Se estableció el primer asentamiento del Nuevo Mundo. La población taína fue exterminada por el trabajo forzado y las enfermedades. Para mantener la producción de oro y azúcar, los colonizadores recurrieron al tráfico de esclavos africanos, instaurando un sistema brutal de explotación.

Durante los siglos XVI y XVII, el abandono español del occidente de la isla permitió la llegada de colonos franceses, que la transformaron en Saint-Domingue, la colonia más próspera del Caribe. A fines del siglo XVIII, más de medio millón de esclavos africanos producían azúcar, café y algodón para Europa. Era la “perla del Caribe”, pero su esplendor descansaba sobre el sufrimiento extremo.

En 1804, tras una insurrección sin precedentes, los esclavos derrotaron al ejército napoleónico y proclamaron la independencia. Nacía la primera república negra y el primer país libre de América Latina. El sistema de plantaciones quedó destruido, y el país, sin aliados ni recursos, fue condenado al aislamiento.

En 1825, Francia impuso la infame “deuda de independencia” (150 millones de francos oro), que hipotecó su desarrollo durante más de un siglo. A las presiones externas se sumaron divisiones internas: el Reino del Norte de Henri Christophe y la República del Sur de Alexandre Pétion. Una nación fragmentada entre autoritarismo productivista y liberalismo frágil.

La independencia destruyó el modelo económico colonial, pero no logró reemplazarlo por un sistema inclusivo. Durante el siglo XX, Haití osciló entre ocupaciones extranjeras (1915–1934), dictaduras feroces (Duvalier padre e hijo) y fracasos democráticos. Los terremotos de 2010 y 2021 confirmaron la fragilidad estructural de un país sin Estado operativo.

Hoy, Haití sigue siendo formalmente libre, pero su soberanía continúa limitada por misiones internacionales y dependencias financieras. Dos siglos después, el desafío es el mismo: convertir la emancipación en Estado y la resistencia en nación.

Las fracturas del pasado y su eco en el presente

Durante el proceso independentista, no todos los grupos compartían los mismos objetivos. La independencia unió temporalmente a sectores diversos (antiguos esclavos, libertos, mulatos propietarios y oficiales negros formados en el ejército colonial), pero las tensiones sociales, raciales y económicas nunca desaparecieron.

La desigualdad estructural sigue siendo el hilo conductor de la historia haitiana, un muro invisible que impide transformar la libertad conquistada en un proyecto nacional compartido.

Los esclavos del campo, liderados por Dessalines, luchaban por una libertad total y la transformación del orden social, mientras los mulatos urbanos buscaban preservar la propiedad y el control político. Esa diferencia marcó el nacimiento de un país dividido entre una Haití popular, campesina y autónoma, y una Haití urbana, elitista y dependiente del exterior.

Dos siglos después, esas tensiones siguen vivas. Las élites políticas y económicas (concentradas en la capital, con vínculos internacionales y escasa legitimidad social) mantienen el control de los recursos y del poder, mientras la mayoría rural y urbana empobrecida continúa marginada, organizada muchas veces en redes informales o bajo el dominio de pandillas que sustituyen al Estado.

Geopolítica de crisis y entorno internacional

“Cuando los riesgos o amenazas graves ponen en peligro valores esenciales (vida, seguridad, orden público, economía o independencia nacional) y las instituciones no pueden responder eficazmente con sus medios normales, nos encontramos ante una situación de crisis.”
(Creación del Sistema de Conducción de Crisis Español, 1996)

Haití atraviesa una crisis total del Estado. Sus instituciones son incapaces de garantizar la seguridad, el orden o los derechos fundamentales. Los riesgos afectan simultáneamente a la vida de los ciudadanos, al sistema económico y a la soberanía nacional.

No se trata de una crisis pasajera, sino de una crisis estructural y permanente, donde se combinan inestabilidad política, violencia y dependencia externa. Desde hace quince años, el país repite un ciclo de colapso y reconstrucción fallida.

Haití se ha convertido en el epicentro de una crisis geopolítica caribeña, donde factores internos (colapso institucional, violencia, desplazamientos masivos) se entrelazan con la disputa de influencia entre potencias regionales y globales.

La Comunidad del Caribe (CARICOM) ha asumido un papel más activo, mediando entre las élites haitianas y las potencias hemisféricas, con escaso éxito. Las élites locales —familias como Bigio, Mevs, Brandt, Apaid o Vorbe— controlan sectores clave (importaciones, combustibles, banca y medios), mantienen relaciones ambiguas con los gobiernos y actúan como custodios de un sistema que perpetúa privilegios.

En el plano político, la fragmentación es extrema: el PHTK (de Michel Martelly) y Fanmi Lavalas (de Jean-Bertrand Aristide) compiten sin consenso sobre la transición. Líderes de pandillas como Jimmy “Barbecue” Chérizier (G9) operan como intermediarios entre la población y un Estado ausente.

Estados Unidos y Canadá conservan una influencia decisiva a través de la Misión Multinacional de Apoyo a la Seguridad, liderada por Kenia y respaldada por la ONU desde 2023.

La ONU y la OEA apoyan el proceso de transición, pero advierten que ninguna solución será sostenible sin legitimidad política interna. Según la ONU, el 80 % de Puerto Príncipe está bajo control de grupos armados y el país sufre una “erosión total de las estructuras estatales”.

En el plano geoestratégico, Haití se ha convertido en un punto de intersección de rutas migratorias, tráfico de armas y rivalidad hemisférica. Para EE.UU, representa una amenaza directa a su seguridad; para China y Rusia, un escenario donde cuestionar el liderazgo occidental.

Así, la crisis haitiana refleja los límites del orden multilateral: la incapacidad de la comunidad internacional para restaurar la soberanía de un Estado colapsado.

Epílogo

“Victimes”, de Jean Jean Roosevelt

En el corazón roto de Haití, la música sigue siendo refugio, denuncia y esperanza. Jean Jean Roosevelt, una de las voces más poderosas de la nueva generación haitiana, canta en “Victimes” . Su voz mezcla el lamento y la dignidad, recordando que detrás de cada cifra hay vidas, rostros y sueños que siguen en pie.

“Victimes” no es solo una canción: es un grito colectivo contra la indiferencia, una plegaria por quienes han sufrido la violencia, el hambre y el olvido. En ella se funden la historia y el presente de Haití, esa nación que conquistó la libertad, pero aún busca la justicia que le fue negada.

“Nou se viktim, men nou vivan” — somos víctimas, pero seguimos vivos.

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