Tras su agresión a Venezuela, la cúpula del gobierno de los Estados Unidos —con Trump a la cabeza— ha caído en una borrachera de poder y hecho explícitas cuáles podrían ser las nuevas víctimas de su furia imperial: Cuba, Colombia, México, Panamá, Canadá y Groenlandia. Ha proferido amenazas contra todas ellas y, en el caso de Groenlandia, ha advertido que la obtendrá por las buenas o por las malas: “el uso de la fuerza no está descartado”, declaró públicamente el asesor de seguridad, Stephen Miller.
Se da el caso de que Groenlandia pertenece a Dinamarca desde hace 600 años y que Dinamarca es un aliado de Estados Unidos en la OTAN desde su fundación en 1949. Si atentar contra la soberanía de cualquier país es ya un delito internacional, ¿cómo se debe interpretar, amenazar con invadir a un aliado militar con el que se ha firmado un compromiso de defensa mutua durante los últimos 76 años? En 2026, ¿los aliados se invaden unos a otros?
En mi opinión, estas amenazas no deben quedar sin una respuesta contundente. La actitud de la Unión Europea ante las desmesuras de Trump y su equipo ha sido hasta ahora la de tratar “apaciguar” al monstruo, en la esperanza de que sus declaraciones fueran bravatas sin consecuencias reales. Por un lado, porque la UE cree en la diplomacia para resolver los conflictos y no en las demostraciones de fuerza. Por otro, porque la UE es tremendamente dependiente de los Estados Unidos, tanto en el aspecto militar como en el de suministro de tecnología. Pero el ataque a Venezuela demuestra que Trump es capaz de cumplir algunas de sus amenazas y que está continuamente evaluando la respuesta de sus adversarios. Si estos se muestran fuertes, como fue el caso de China en el tema de los aranceles, entonces da marcha atrás. Pero, si por el contrario, se muestran débiles, entonces redobla sus ataques. De ese modo consiguió obligar a la UE a aceptar aranceles unilaterales del 15% a sus productos y que esta se comprometiera a invertir —con la excepción de España— un 5% de su PIB en defensa.
No debería ser necesario esperar a que se materialice la invasión de Groenlandia para tomar medidas. Ignoro cuál es la fórmula legal adecuada, pero la parte europea y canadiense de la OTAN debería “congelar” su participación en la misma y advertir a su hasta ahora socio que suspende todas las actividades previstas con él, en tanto no retire sus amenazas sobre Groenlandia. Estados Unidos tiene desplegados 300.000 soldados en la UE y disfruta de bases militares y de reabastecimiento de sus barcos y aviones en instalaciones europeas. Todo ello debería quedar en suspenso y, además, añadirse la amenaza de romper la OTAN en el caso de que Estados Unidos se atreviera a atacar Groenlandia.
Las bazas de la UE no son despreciables. La principal es la comercial: compramos a EE.UU. bienes por valor de 385.000 M€ (millones de euros) y le vendemos por valor de 532.000 M€. El intercambio total de bienes y servicios asciende a 1,7 billones, lo que representa un 30% del comercio mundial. Formamos un inmenso mercado de 450 millones de consumidores. Podríamos entonces amenazar con represalias comerciales. Sería un desastre para nuestras economías, pero también para la de Estados Unidos. La cuestión clave es valorar que, si una agresión de un aliado a nuestro territorio no tiene una respuesta contundente, quedaremos en una relación de vasallaje para siempre.
La inversión en defensa de la parte europea de la OTAN (incluyendo a Reino Unido, Turquía, etc), más Canadá, es de 559.000 M€, dos terceras partes de lo que invierte EE.UU. Es decir, tendría un sentido militar suficientemente disuasorio una OTAN sin EE.UU. para hacer frente a la amenaza rusa. Rusia solo está empleando en defensa del orden de 120.000 M€., lo que le supone un 6% de su PIB. En cambio, la UE solo está destinando un 1,9% del suyo.
La relación transatlántica se ha roto —sin perjuicio de que, en un futuro, con otro presidente, pudiera recomponerse— y son ya muy abundantes los indicios: aranceles del 15%, imposición del 5% en defensa, ninguneo en las propuestas de paz en Ucrania y Gaza, apoyo de EE.UU. a las ultraderechas europeas, amenaza de invadir Groenlandia, etc. Podemos seguir disimulando como si no pasara nada o empezar a tomar medidas de autoprotección y de defensa del orden internacional.
Se me ocurre que una de muy fácil implementación sería crear un red social europea —pública, privada o mixta— equivalente a X y animar a todos los europeos a apuntarse a ella y a desengancharse del basurero tóxico que es X, empezando por los políticos que tan intensamente la usan. Otras, no tan fáciles de conseguir, son aumentar nuestras capacidades en tecnología —inteligencia artificial, semiconductores, computación cuántica, satélites, etc.— por medio de inversiones mil millonarias como las recomendadas en los informes de Mario Draghi y Enrico Letta. Y, por supuesto, mejorar nuestras capacidades militares, no tanto con más inversión, sino aumentando la coordinación y la interoperabilidad de los equipos y poniendo en pie un ejército europeo unificado con capacidad para enfrentarse al bien entrenado ejército ruso.
Si repasamos la cantidad de productos de empresas estadounidenses que utilizamos a diario, nos daremos cuenta de nuestra dejadez como europeos en la creación de tecnología. Si, en bienes tradicionales como automóviles y maquinaria, los europeos somos más eficientes, en tecnologías de computación nos hemos adaptado dócilmente a usar sus productos. Veamos los ejemplos: X, WhatsApp, Facebook, Instagram, Google Chrome, Google maps, Gmail, Android, Amazon, Netflix y los numerosos equipos de Apple y Microsoft.
Pero esos magnates que apoyan a Trump tienen un punto débil: somos nosotros quienes alimentamos sus ganancias utilizando sus redes sociales y consumiendo sus productos. Si se empeñan en atacarnos, nada más fácil que darnos masivamente de baja de nuestras cuentas y apuntarnos a redes y productos alternativos, siempre que previamente los hayamos puesto en pie. Algo de eso ha sucedido ya sin una planificación explícita: las bajas de X y los descensos de ventas de Tesla fueron muy relevantes cuando Elon Musk formaba parte del gobierno de Trump y se dedicaba a recortar fondos públicos. Lo único que no tiene futuro es seguir apaciguando al monstruo. Países como España, Brasil, Chile, México, Colombia, Uruguay, y hasta la extrema derecha francesa, han criticado la intervención estadounidense en Venezuela y no ha pasado nada. La Unión Europea debe salir de su bloqueo mental y jugar en esta crisis un papel que esté a la altura de los valores que defiende
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