lunes 2 noviembre, 2026

Entre el duelo y las urnas, la esperanza

El dolor de estos días acompaña nuestro camino hacia las urnas. Entre la incertidumbre y el ruido, queda la libertad de elegir y el deseo de recuperar la confianza: no para olvidar lo que nos duele, sino para construir juntos un futuro en el que podamos volver a respirar.

Creo que las elecciones generales del próximo 29 de noviembre serán unas de las más importantes de los últimos veinticinco años de nuestra democracia. Al pensar en ellas, vuelvo a la Transición: no para buscar una época sin errores, sino para recordar el esfuerzo de construir acuerdos entre posiciones enfrentadas. Aquella tarea nunca quedó terminada. Cada generación debe continuarla. Esta convocatoria nos pregunta no solo quién debe gobernar, sino qué estamos dispuestos a cuidar de lo construido.

Confieso que estas líneas tienen algo de nostalgia. Uno abre el cajón de los recuerdos buscando explicaciones y encuentra una fotografía en la que tenía más pelo, menos arrugas y una confianza en el futuro que hoy parece una imprudencia. Me emociona lo que fuimos capaces de esperar juntos, incluso cuando sobraban motivos para el miedo. Añoro aquella disposición a imaginar una vida compartida. Y también, cómo negarlo, a quienes entonces estaban a nuestro lado.

Ahí aparece, puntual como un cuñado en la sobremesa, la frase: «Cualquier tiempo pasado fue mejor». Siempre me ha parecido sospechosa. La memoria retoca el pasado mejor que un fotógrafo de bodas: devuelve los veranos luminosos y disimula las preocupaciones. A veces no añoramos un país mejor, sino a quienes estaban con nosotros y a la persona que éramos. Recordar con cariño no debería obligarnos a declarar que el presente carece de valor.

Tampoco quisiera pronunciar ese discurso de abuelo que empieza con «en mis tiempos» y termina cuando los nietos descubren una urgencia en el móvil. Asegurar que todo empeoró desde que me salieron canas concedería a mi juventud una importancia que no tuvo. Deseo recuperar esperanza, no un pasado intacto. Mirar a quienes vienen detrás sin ofrecerles solo quejas. Que podamos pensar distinto y seguir sentándonos a la misma mesa. Incluso con el cuñado.

El 29 de noviembre tiene también la importancia de cualquier fecha en que un país se acerca a las urnas. Escoger una papeleta y esperar nuestro turno parece sencillo, pero ahí caben preocupaciones, desacuerdos y deseos de cambio. Cabe la confianza en que nuestra voz cuenta. Llegamos con dudas, razones y, si olvidamos las gafas, alguna dificultad para encontrar la papeleta. Con el mismo derecho que los demás y una responsabilidad que continúa después de votar.

Lo que me inquieta de este ambiente irrespirable, casi tóxico, es el atrincheramiento en posturas que parecen irreconciliables. Como si escuchar fuera rendirse y reconocer una razón al otro, traicionar a los nuestros. Dejamos de discutir propuestas para defender pertenencias: importa menos qué se dice que desde qué bando se dice. Cada cual levanta su parapeto y cualquier matiz se recibe como una amenaza. Así corremos el riesgo de votar con más ganas de ver perder al adversario que de mejorar el país compartido. Me preocupa que acabemos llamando firmeza a la incapacidad de escuchar, y coherencia a repetir lo mismo, aunque la realidad nos invite a reconsiderarlo.

Por eso miro constantemente hacia atrás. No porque crea que todo fuera mejor, sino porque me llega aquel aroma de negociación, de entendimiento, de satisfacción por encontrar un punto de encuentro cuando parecía imposible. Recuerdo el valor de sentarse con quien pensaba distinto y levantarse sin haber conseguido todo, pero habiendo construido algo juntos. No añoro la ausencia de conflictos: añoro la voluntad de resolverlos sin exigir que el otro desaparezca. La alegría del acuerdo no estaba en humillar, sino en descubrir que ambos podían ceder sin dejar de ser quienes eran. Acercarse no era necesariamente claudicar. Pactar podía ser una manera de avanzar, no una confesión de debilidad.

Eso es lo que echo de menos: que entenderse vuelva a producir satisfacción y no sospecha. Que una propuesta pueda examinarse sin preguntar primero quién la firma. El atrincheramiento se cuela también en nuestras relaciones: cuesta decir qué votaremos sin presentar un certificado de buena persona. Uno acaba hablando del tiempo, aunque hasta una borrasca pueda adquirir filiación política. Nadie está obligado a revelar su voto, pero elegir discreción no es callar para conservar un afecto. Me duele que una papeleta pese más que una amistad. No pido abandonar convicciones, sino dejar de convertirlas en murallas. Después seguiremos compartiendo calles y mesas: conservemos alguna puerta abierta.

A esa tensión se añade un mundo que me cuesta reconocer. No recuerdo otras elecciones con esta sensación de que han cambiado tantas certezas. No digo que antes faltaran amenazas: sería otra trampa de la nostalgia. Pero, mientras discutimos el rumbo de España, parece haber cambiado el mapa. Ese desconcierto influye en el voto. Pedimos protección frente a todo, incluso frente a lo que ningún Gobierno controla solo. El miedo exige respuestas sencillas a preguntas difíciles. Acabamos buscando un refugio en el programa electoral, con calefacción y garantías contra los sustos. Quisiera distinguir promesas tranquilizadoras de razones para confiar: que vote mi esperanza, no únicamente mi miedo.

Y aparece ese nuevo «dios tecnológico» al que abrimos las puertas de nuestra vida. No es aquel Dios bondadoso y benefactor al que tantos confiaban sus desvelos. Me inquieta cuánto revelan nuestras búsquedas, preferencias y aquello que miramos. Antes nos preocupaba que Dios lo viera todo; ahora aceptamos condiciones sin leerlas. La broma tendría más gracia si no estuviera en juego nuestro juicio. No rechazo una herramienta extraordinaria como la inteligencia artificial: me preocupa el poder de quienes la utilizan. No quisiera que la comodidad de recibir respuestas nos quitara la costumbre de preguntar, contrastar y decidir por nosotros mismos.

Si se empleara para fabricar falsedades, explotar temores o dirigir a cada persona el mensaje capaz de alterar su decisión, ¿cómo advertiríamos la intromisión? ¿Quién respondería? ¿Qué consentimiento existe cuando ignoramos lo que ocurre? No afirmo que toda influencia sea manipulación ni que cada resultado esconda una mano invisible. Pido pruebas para acusar y garantías para elegir. La inquietud tampoco debe convertirse en sospecha universal: necesitamos distinguir lo demostrado de lo imaginado. Si desconfiáramos de todo por igual, también perderíamos las referencias necesarias para defendernos del engaño. La libertad necesita información fiable, pero también tiempo y disposición para examinarla.

Llamarla herramienta «nuclear» es una metáfora del poder que temo que pueda concentrar. ¿Qué supondría utilizarlo para intervenir en elecciones sin conocimiento ciudadano? Proteger las urnas no bastaría si se manipulara mediante engaños el camino hasta ellas. El voto debe ser secreto; los intereses que buscan influir en él no deberían ocultarse. Quisiera aprovechar la inteligencia artificial sin entregarle mi criterio. Pedir ayuda para comprender el mundo no autoriza a nadie a decidir qué mundo debemos ver. Tampoco debería obligarnos a aceptar que nuestros temores se conviertan en materia prima de una persuasión que no podemos reconocer ni discutir.

Este camino, además, ha comenzado con la tristeza de la tragedia vivida estos días. Cuesta imaginar el futuro cuando el dolor ocupa el presente. Elegir debería despertar ilusión y ganas de llegar al día 29. Pero esa ilusión debe caminar junto al duelo, sin atropellarlo. Nadie puede exigir alegría a quienes sufren. Quisiera que supiéramos acompañarlos y exigir responsabilidades sin convertir su dolor en munición. La esperanza no merece su nombre si necesita pasar de largo ante ellos. Hablar de un país mejor empieza también por esa atención: no apartar la mirada cuando otras personas necesitan compañía y respeto.

Quisiera creer que, para unos y otros, permanece el deseo de mejorar las cosas, aunque nuestros caminos difieran. Llevaré a la urna esa voluntad: cuidar lo compartido y dejar un país más habitable. Respirar un aire limpio y duradero, hablar sin miedo, discrepar sin herirnos. Ninguna papeleta promete todo; no espero una felicidad decretada ni una España sin problemas. Espero recuperar la confianza y mirar a quienes vienen detrás con algo más que preocupación. Que sepamos salir de nuestras trincheras sin renunciar a nuestras ideas. Y que, después de este comienzo tan triste, podamos seguir viviendo juntos sin que nos falte el aire.

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