«Paren el mundo, que me quiero bajar» (Mafalda)
A medida que 2025 llegaba a su fin, parecía oportuno mirar hacia atrás, tomar distancia y tratar de identificar las lecciones que podían extraerse del primer año del segundo mandato de Donald Trump. Asumíamos, con razones fundadas, que Estados Unidos iniciaría un rumbo claramente aislacionista. Sin embargo, una de las mayores sorpresas de la política exterior de 2025 ha sido precisamente la contraria: lejos de replegarse, Trump inauguró una nueva forma de internacionalismo estadounidense, marcadamente coercitiva, transaccional y unilateral, profundamente distinta del multilateralismo liberal tradicional.
Todo lo observado durante el año ha tenido un punto de inflexión el 3 de enero de 2026, un acontecimiento que trascendió el hecho concreto y se proyectó sobre el conjunto del Sistema Internacional: la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela y la captura del presidente Nicolás Maduro y de su esposa. Este episodio no inauguró una dinámica completamente nueva, pero sí hizo explícitas, visibles y operativas las tendencias que ya se habían ido consolidando a lo largo de 2025, como el debilitamiento progresivo del multilateralismo, el predominio del interés estratégico sobre la legalidad internacional, la centralidad de los recursos (energía, tierras raras y minerales) como vectores fundamentales de poder, y la normalización del uso directo de la fuerza como herramienta política legítima en la práctica internacional.
Este proceso implica una erosión profunda del Orden Internacional construido tras 1945, en particular del principio de prohibición del uso de la fuerza consagrado en el Artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas.
Venezuela se convirtió así no solo en un episodio regional, sino en un precedente operativo, reforzando la idea de que la gestión del Orden Internacional puede realizarse mediante acciones unilaterales cuando, supuestamente, están en juego intereses considerados vitales.
La historia reciente demuestra que este tipo de intervenciones rara vez agota sus efectos en el corto plazo. Por el contrario, tienden a generar inestabilidad persistente, reconfiguraciones forzadas de poder y fracturas regionales de larga duración. Casos como Irak (2003), Libia (2011), Afganistán, Crimea o las reiteradas operaciones militares de Israel fuera de un marco multilateral efectivo muestran cómo el uso unilateral de la fuerza no resuelve los conflictos de fondo, sino que desestructura Estados, debilita normas internacionales y siembra escenarios de violencia prolongada cuyos costes humanos y estratégicos se extienden durante décadas.
Trump no se ha limitado a Venezuela. Al contrario, ha redoblado su apuesta coercitiva tanto en el plano discursivo como estratégico. Subrayó que Estados Unidos “necesita” Groenlandia por razones de seguridad nacional, vinculadas al Ártico y a la competencia entre grandes potencias. En América Latina, lanzó advertencias inquietantes: insinuó la posibilidad de una intervención en Colombia, afirmó que Cuba “está a punto de caer” y reiteró que “hay que hacer algo” con México si no controla el narcotráfico. Estas declaraciones no constituyen simples excesos retóricos, sino que se integran en una lógica expansiva del poder, donde la disuasión se confunde con la amenaza y la presión sustituye progresivamente a la diplomacia.
En este contexto, 2026 no comienza como un año nuevo, sino como la continuidad acelerada de un orden internacional ya profundamente tensionado, en el que el recurso a la fuerza vuelve a ocupar un lugar central y las fronteras entre disuasión, intervención y demostración de poder se difuminan peligrosamente.
A ello se suma la decisión de Trump de retirar a Estados Unidos de 66 organizaciones internacionales, incluidas 31 vinculadas a la ONU. No se trata de un gesto impulsivo, sino de la formalización de una doctrina: la sustitución del orden multilateral por una lógica bilateral, asimétrica y transaccional. El argumento oficial apela a la soberanía y la eficiencia; el efecto real es vaciar de poder a las instituciones comunes y dejar el terreno abierto a quienes estén dispuestos a ocuparlo.
El multilateralismo no desaparece, pero cambia de dueño: donde antes había normas, ahora hay contratos; donde había consensos, correlaciones de fuerza.
Europa, mientras tanto, queda atrapada entre la retórica normativa y la realidad del poder. Defender el Sistema Internacional sin el actor que lo creó implica asumir costes políticos, financieros y estratégicos crecientes. La retirada estadounidense no inaugura el caos, pero normaliza un mundo más duro, menos previsible y cooperativo.
2025: el año en que se confirmaron las tendencias
El año 2025 confirmó con claridad las tendencias estructurales que definen la transición hacia una multipolaridad fragmentada, inestable y crecientemente competitiva. Tras años de crisis superpuestas (militares, económicas, climáticas y sociales), el Sistema Internacional entró en una fase de consolidación de rivalidades estratégicas, persistencia de conflictos armados y debilitamiento de los mecanismos de gobernanza global.
El regreso de Trump actuó como acelerador de estas dinámicas, incentivando reajustes en alianzas históricas y empujando a numerosos actores a buscar autonomías defensivas, energéticas y políticas. Europa ha avanzado hacia una Agenda Común de Seguridad y Defensa, presionada por Ucrania, los ataques híbridos y el desafío migratorio, pero las fracturas internas han seguido limitando la coherencia y ambición del proyecto.
En este contexto, Europa ha dejado de ser un aliado automático para convertirse en un competidor estratégico a batir. La Unión Europea fue tratada crecientemente como un espacio a disciplinar en términos regulatorios, comerciales y geopolíticos, especialmente en ámbitos como la transición verde, la soberanía digital y la autonomía estratégica. Esta evolución puso de manifiesto la vulnerabilidad europea: fortaleza económica sin plena capacidad de disuasión política y militar.
A esta fragilidad estructural se suma la incertidumbre estratégica procedente de EE.UU., reflejada tanto en su Estrategia de Seguridad Nacional como en los acontecimientos recientes, que refuerzan una lógica de bloques y condicionan de manera directa la autonomía europea. En este marco deben interpretarse las advertencias lanzadas por Trump tras los acontecimientos en Venezuela: no como simple retórica disuasoria, sino como señales estratégicas dirigidas al conjunto del Sistema Internacional.
El Ártico ha emergido como uno de los escenarios más reveladores del nuevo orden: el deshielo dejó de ser una advertencia climática para convertirse en una oportunidad geopolítica tangible, con competencia abierta entre Moscú, Pekín y Washington por rutas, recursos e infraestructuras críticas.
África ha vivido un año de contrastes marcados. A la explosión demográfica y a algunos polos de crecimiento se superpusieron conflictos crónicos, Estados frágiles y una creciente competencia entre potencias externas. Desde el Sahel hasta el Cuerno de África, los equilibrios de seguridad se deterioraron, con guerras abiertas en Sudán, Mali, Burkina Faso, Níger, Somalia, RDC o Etiopía, y crisis latentes en Libia, el Sáhara Occidental, Nigeria o Mozambique. El continente se consolidó como el principal escenario de disputa geopolítica indirecta del sistema internacional.
Oriente Medio continuó como epicentro de tensiones estructurales. El genocidio en Palestina, el pulso entre Israel e Irán y las crisis humanitarias persistentes mostraron el fracaso de los esfuerzos diplomáticos y el predominio de la lógica de confrontación, con impactos directos sobre la seguridad energética global.
Asia concentró la mayor densidad de tensiones estratégicas: Taiwán, el Mar de China Meridional, Corea, Myanmar. La presencia de potencias nucleares y la acelerada militarización convirtieron a la región en el principal laboratorio de la competencia entre grandes potencias.
América Latina atravesó un ciclo electoral intenso, marcado por polarización, fragilidad económica y expansión del crimen organizado. Más que guerras abiertas, la región experimentó una erosión sostenida de la gobernabilidad, con efectos que trascienden lo regional y afectan directamente a la seguridad global.
Todo ello se vio acelerado por un factor transversal y silencioso: el cambio climático. Los desastres naturales, cada vez más frecuentes e intensos, dejaron de ser episodios aislados para convertirse en auténticos multiplicadores de inestabilidad, agravando crisis humanitarias, desplazamientos forzados, disputas por recursos y fragilidades estatales. En un mundo ya sometido a rivalidades estratégicas y a una creciente fatiga social, la naturaleza pasó de ser telón de fondo a actor central, confirmando que el desorden global no fue únicamente político o militar, sino también climático y estructural.
2026: la consolidación del desgaste
El año 2026 no estará definido por grandes rupturas, sino por la persistencia y cronificación de crisis existentes. No asistimos a un colapso del sistema internacional, sino a una fase prolongada de gestión del desgaste.
El rasgo central del periodo es la normalización del conflicto. Las tensiones no se resuelven, pero tampoco escalan de forma generalizada: se enquistan. Esto genera cansancio político y social. El trumpismo funciona más como síntoma estructural que como causa. Los contrapoderes no desaparecen, pero pierden capacidad de transformar.
Gobernar deja de ser cambiar el mundo; pasa a ser administrar equilibrios frágiles. La estabilidad ya no se mide por la ausencia de crisis, sino por la capacidad de convivir con ellas sin colapsar.

Epílogo · El tiempo que queda
Dejamos atrás 2025,
el año de los desafíos globales y las esperanzas contenidas,
como se dejan los años que enseñan.
No con alivio.
No con nostalgia.
Sino con una mirada que ya no es la misma.
Hay músicas tan bellas —Yolanda, esta vez en la voz de A Quatro Vozes—
que no cierran heridas,
pero ayudan a mirarlas sin miedo.
No explican el mundo,
pero lo vuelven habitable por unos minutos.
2026 no llega con promesas.
Llega con incertidumbre, con temor, con preguntas.
Y quizá eso sea suficiente.
Seguimos caminando.
No más seguros,
pero sí más conscientes
del tiempo que nos queda.


