Un líder político puede llevar a su país a un lugar superior colectivamente hablando. El problema surge cuando el liderazgo se convierte en hiperliderazgo.
Un hiper líder no llevará a su país a un lugar superior desde el punto de vista de la optimalidad social, sino al lugar que el hiper líder considera mejor para sus propios intereses y los del grupo o grupos que lo sustentan en el poder. Tenemos infinidad de ejemplos en nuestra historia en los que siempre el hiperliderazgo ha llevado a un incremento del grado de autoritarismo en las democracias y, más frecuentemente, al establecimiento de regímenes dictatoriales.
Las democracias articulan equilibrios mediante la separación de poderes, que tan sabiamente formularon John Locke y Montesquieu en sus escritos políticos, pero no siempre logran poner freno a los excesos de alguno de los tres poderes y, entonces, el sistema democrático se resiente, o bien, se convierte en una autocracia o transita hacia una dictadura, con o sin violencia de por medio. Pero no se puede evitar que las acciones arbitrarias menoscaben las instituciones y los procesos democráticos.
El actual presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Donald J. Trump, constituye una clara expresión de un hiperliderazgo, que desde el poder ejecutivo controla el legislativo con mayorías afines en las dos cámaras legislativas del país y al Tribunal Supremo, con mayoría de jueces conservadores que van secundando sus medidas con sus decisiones.
Un presidente que también piensa que su supuesto carisma personal es la solución a todos los problemas nacionales y mundiales. De este modo, está arrastrando a su país a tomar decisiones basadas en sus ideas e intereses personales en muchos temas clave. En este caso, el hiper líder pretende hacer los Estados Unidos de América grandes de nuevo (Make America great again) defendiendo sus postulados, carentes de un suficiente grado de análisis y reflexión.
La última ocurrencia ha sido establecer unos aranceles del 50% en contra de Brasil, que no encuentran justificación económica posible, sino que son la forma que tiene Trump de defender a su amigo el expresidente de Brasil, Jair Bolsonaro, que está siendo procesado en su país por un intento de golpe de Estado. Trump ha manifestado un alto grado de empatía con el problema de su amigo y ha dicho que a él le pasó lo mismo multiplicado por 10. Recordemos que en enero de 2021 hubo un asalto al Capitolio de los Estados Unidos de Norteamérica durante la sesión del Congreso que debía certificar la victoria del demócrata Joe Biden, que Trump no aceptaba, como Bolsonaro, y sin que el entonces todavía presidente Trump moviera un solo dedo para enviar fuerzas civiles o militares a detener a la turba que asaltó el edificio y provocó 4 muertos y 14 heridos. Un intento de golpe de Estado en toda regla.
El pasado domingo día 13 de julio, el director del National Economic Council, Kevin Hassett, que debe su puesto al actual presidente, ha declarado que Trump está tratando de poner a América primero (“trying to put America first”). Sin embargo, cuando ha sido preguntado por un periodista de la cadena de televisión ABC, Jonathan Karl, ha tenido que confesar que el establecimiento de aranceles del 50% contra Brasil no es por el déficit comercial con Brasil, sino que su objetivo es lanzar el mensaje del descontento de Trump por el trato que está recibiendo el expresidente Bolsonaro.
La realidad es que, una vez más, el presidente Trump antepone su agenda personal y su hiperliderazgo a los intereses generales de los ciudadanos de su país provocando con el incremento de los aranceles una disminución del comercio con Brasil, con consecuencias adversas para los Estados Unidos de Norteamérica, por la previsible y anunciada reacción por el presidente Luis Ignacio Lula da Silva, y también para la economía brasileña. Se estima que Brasil perderá unos 13.000 millones de dólares en 2026, como consecuencia de la subida de los aranceles. Además, el hipotético encarecimiento de los productos brasileños hará que suban los precios para los consumidores norteamericanos, que son los mayores consumidores del mundo per cápita de café y también grandes comedores de hamburguesas. Para ambos productos las importaciones desde Brasil son importantes y se encarecen por la subida de los aranceles, tal y como informan en estos días los medios de comunicación norteamericanos.
El presidente brasileño Lula da Silva ha manifestado que no va a tolerar la agresión sin respuesta y ha llegado a decir que Brasil no necesita un emperador, en clara referencia al giro autoritario y arbitrario de Trump. Esta respuesta de Brasil hará que Estados Unidos pierda gran parte de su superávit comercial, que asciende a unos 650 millones de dólares.
El hiper líder Trump piensa que hacer América (sería más correcto decir los Estados Unidos de América) grande de nuevo es defender a Bolsonaro amenazando a Brasil y perjudicando a todos los brasileños y a sus propios ciudadanos. Pero no es razonable pensar que el pueblo norteamericano vaya a estar de acuerdo mayoritariamente y siempre con el presidente Trump. Y más cuando vean que medidas como esta incrementan los precios internos, disminuyen los ingresos para las empresas norteamericanas y puede provocar una pérdida de empleos por la disminución del comercio internacional con Brasil.
Estaremos pendientes de la actualidad norteamericana y lo que vaya pasando en 2025 y hasta las elecciones de medio mandato de noviembre de 2026. que renovarán en su totalidad la Casa de representantes, lo que sería el equivalente a nuestro Congreso en España.
Por el momento, parece que el presidente Trump, en lugar de seguir las palabras con las que comienza la Constitución de 1789 “Nosotros, el pueblo de Estados Unidos…”, parece que estuviera escribiendo otro texto que comenzará con un “Yo, el hiper líder de Estados Unidos…”
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