miércoles 22 julio, 2026

Donde otros ven la solución, yo creo que está el problema

Análisis de urgencia de las elecciones en Aragón

Aragón ha votado —y ha votado más que en 2023—, pero lo que sale de las urnas no es “una alternancia”, sino un desplazamiento del eje: pierde la centralidad democrática y gana la derecha disruptiva y extrema. El PP vence, sí, pero con victoria menguante y que le va a traer fuertes dolores de cabeza; y quien capitaliza el ciclo es Vox, que dobla escaños y una advertencia para toda España: cuando el sistema se organiza alrededor del anti- (anti-Sánchez, anti-“woke”, anti-migración, anti-autonomías, anti-medios), la fuerza que mejor vive en ese conflicto termina marcando el paso.

Centralidad no es “centro” no se equivoquen algunos: es el lugar donde se construyen mayorías. Conviene aclarar el término, porque aquí está el truco que intoxica el debate en parte de la izquierda, incluso en la socialista. Centralidad no significa “centrismo” ni una equidistancia ideológica. Significa otra cosa: la capacidad de una democracia para producir acuerdos sociales estables, un perímetro de convivencia donde la alternancia no pone en cuestión derechos, instituciones, ciencia, igualdad o Estado de bienestar. Donde se establecen barreras a la reacción. La centralidad es el suelo común; el “centro” es, en todo caso, una posición relativa dentro del eje izquierda-derecha.

Lo que ha ocurrido en Aragón es que ese suelo común se encoge. Y no por una ley de la física: por decisiones políticas, por incentivos mediáticos, por estrategias de campaña y por fallos de saber leer lo que realmente esta pasando.

La derecha que se despega del bloque

Si miramos el movimiento partido a partido, el mapa explica el relato:

  • Vox no solo crece: se emancipa. Ya no es “la muleta” sino el socio que exige la música. Su candidato celebra el resultado como victoria del “sentido común” frente a la “estafa del bipartidismo”. Esta frase es parte de su manual. La ultraderecha necesita convencer a parte del electorado de que PP y PSOE son lo mismo para que el PP sea colonizable y el PSOE sea irrelevante. Son la Nueva Política.
  • PP gana, pero fracasa en su objetivo central: librarse de Vox. Convocó elecciones anticipadas tras el bloqueo presupuestario y termina “dependiendo más”. Es una derrota estratégica, aunque prediquen su gran victoria. 
  • PSOE cae a su suelo histórico aragonés, por lo menos reconoce que “no es un buen resultado”. El golpe es antológico: el partido que debería vertebrar la alternativa progresista esta con el motor gripado. Aunque molesta que se diga.
  • CHA duplica y se coloca como referencia de una izquierda aragonesista con perfil propio. En un clima polarizado, el votante que no compra ni el “todo es Sánchez” ni el “todo es muro antifascista” busca anclajes territoriales creíbles. ¿Esto será una tendencia replicable en otros sitios?
  • Podemos desaparece: su caída no es solo aritmética; es un vacío de representación que en parte se redistribuye (CHA, IU, abstención, incluso votos a VOX cuando se postula no creer en el sistema se vota donde más duele). 

La ultraderecha no va a pedir consejerías; pide marco cultural, lenguaje, compartir enemigos de España y lo español.  Por ello, celebra el fin del “bipartidismo” y reivindica el “sentido común”. Traducción: quiere que el sentido común sea lo que ellos dicen que es. Es una reformulación de los lados buenos de la historia que proclaman Sánchez y Ayuso con harta frecuencia.

 Esa una estrategia reaccionaria transfronteriza. Lo hemos visto en Europa: primero se normaliza el marco (migración como amenaza total, feminismo como “ideología”, medios como “enemigos”), luego se exigen políticas que vuelven irreversible el giro (educación, cultura, seguridad, memoria democrática). 

El PP comete un error de bulto patrocinado por estrategas aviejados: cree poder usar a Vox y a su discurso para acabar con Sánchez y después volver a la “normalidad”. En Aragón el experimento le ha salido mal: cuanto más se nacionaliza el voto, más se desplaza la agenda hacia el campo de la ultraderecha. Quien vive del conflicto, siempre juega en casa.

Además, la derecha clásica se ha aferrado a: “si no pactamos con Vox, gobierna la izquierda”. Pero aquí no hablamos de geometría parlamentaria; hablamos de degradación del ecosistema democrático. La cuestión no es solo con quién se pacta, sino qué se legitima al pactar: qué discursos se vuelven aceptables, qué colectivos pasan a ser diana, qué instituciones se convierten en obstáculo a demoler.

Y cuando el PP pretende presentar esto como “solución” (“estabilidad”, “orden”, “gestión”), el resultado aragonés demuestra lo contrario: más dependencia de Vox es menos estabilidad.

En la otra parte, la izquierda, no puede limitarse a denunciar a Vox y al PP. Si lo hace, seguirá perdiendo la centralidad.

Existe un problema evidente: la política nacional se ha convertido en una máquina de supervivencia, con un foco enorme en la contienda diaria y, sí, con una apuesta por la proyección internacional del liderazgo personal como relato compensatorio. Hay éxitos de impactos mediáticos, fotos que cotizan, pero si el ciudadano percibe que su vida cotidiana (vivienda, salarios reales, listas sanitarias, transporte, precios, precariedad juvenil, despoblación) no mejora sustancialmente al mismo ritmo, esa proyección exterior puede convertirse en pantalla: un lugar donde “parece” que se gobierna mientras aquí la conversación pública se pudre.

Hoy la izquierda partidaria está plagada de idólatras que llegan a decir que: Hoy el Presidente del Gobierno español es el líder político de las izquierdas europeas y de América Latina. Así lo reconocen los medios de comunicación más importantes, lo mismo que políticos y sindicalistas de distintos países y los partidos socialistas y socialdemócratas que le han elegido presidente de la Internacional Socialista”. Este liderazgo exterior, de ser cierto, tan sólo vale de sustituto emocional de la política nacional, es sólo consuelo para los muy cafeteros, aunque lo que tomen ya saben que es achicoria. Donde otros ven la solución está el problema. La extrema derecha se alimenta precisamente de esa brecha entre una épica impostada y una nevera cada día más vacía. Tampoco para la derecha clásica queriendo convertir cada elección autonómica en un plebiscito contra Sánchez.

Los estrategas de los grandes partidos han perdido la perspectiva. En buena parte de Europa, la extrema derecha crece y, cuando no gobierna, marca agenda: desde Italia a Europa central, desde el empuje en Alemania hasta el endurecimiento discursivo general. Los análisis sobre las causas —desigualdad percibida, crisis de representación, inseguridad cultural, aceleración digital y desinformación— convergen en lo esencial: cuando los partidos tradicionales compiten por parecer “más duros, más esencialistas”, suelen acabar legitimando el terreno del adversario. 

No vale con establecer una retórica del antifascismo, ni con hacer grandes anuncios de super “gestión” o subvencionando o subsidiando todo lo que se va quebrando, cuando luego la realidad hace que se caiga el cartel luminoso. Hace falta reconstruir centralidad democrática con política públicas y un relato de país convincente, no es sencillo pero imprescindible: Vivienda y coste de vida como prioridad nacional, medible y territorializada; Servicios públicos como orgullo y como eficacia (sanidad, educación, dependencia), evitando el lenguaje de trinchera: con ello no se “defiende” lo público ni se mejoran resultados; Trabajo y productividad: salarios, formación, industria, transición energética con empleo local. Democracia que protege: lucha contra la desinformación, la corrupción, regeneración institucional, reglas limpias, y una pedagogía constante sobre derechos y deberes; Territorio no hablando, sólo, de despoblación y oportunidades con sentimentalismo, sino como inversión y logística de país…y un largo etcétera.

Y, sobre todo, una idea: la ultraderecha no se derrota imitándola ni gritándole. Se derrota ocupando el espacio de seguridad vital (material y simbólica) sin sacrificar derechos ni pluralismo.

Aragón ha sido un aviso muy definitivo. El PP ha ganado, pero ha perdido el control del tablero. Y el PSOE, si no entiende que la centralidad democrática se construye en la vida diaria —no en la épica exterior ni en la bronca perpetua echando la culpa al empedrado—, seguirá viendo cómo el “sentido común” lo redacta otro.

Los datos definitivos de la votación: lo que realmente dicen los números

Con el 100 % del escrutinio completado, estos son los resultados definitivos de las Cortes de Aragón en 2026:

•        Partido Popular (PP): 224.797 votos (34,27 %), 26 escaños

→ Pierde 13.020 votos y 2 escaños respecto a 2023 (237.817 votos y 28 escaños).

•        PSOE: 159.366 votos (24,29 %), 18 escaños

→ Pierde 38.553 votos y 5 escaños respecto a 2023 (197.919 votos y 23 escaños).

•        Vox: 117.347 votos (17,89 %), 14 escaños

→ Gana 41.998 votos y 7 escaños respecto a 2023 (75.349 votos y 7 escaños).

•        CHA: 63.875 votos (9,74 %), 6 escaños

→ Gana 29.712 votos y 3 escaños respecto a 2023 (34.163 votos y 3 escaños).

•        Teruel Existe/Existe: 23.320 votos (3,56 %), 2 escaños

→ Pierde 9.870 votos y 1 escaño respecto a 2023 (33.190 votos y 3 escaños).

•        IU–Movimiento Sumar: 19.290 votos (2,94 %), 1 escaño

→ Pierde 1.669 votos, mantiene su escaño respecto a 2023 (20.959 votos y 1 escaño).

•        Podemos / PAR y otros se quedan fuera del Parlamento.

•        Participación: 662.131 votos válidos, con una participación definitiva de ~67,5 % del censo de 991.892 personas convocadas.

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