Ha pasado más de un año desde que Donald Trump se convirtió por segunda vez en presidente de los Estados Unidos. Su desempeño internacional en este segundo mandato ha estado plagado de decisiones caóticas, precedidas casi siempre de amenazas y chantajes y que, en ocasiones, han sido revertidas a los pocos días. Después del nuevo caos desatado por él en Oriente Próximo, al que no se le ve un fin cercano, son pocos los que piensan que detrás de todo ello hay un plan.
Escuchando sus interminables peroratas desde la Casa Blanca o desde la escalerilla de su avión presidencial resulta imposible discernir cuál es el hilo político conductor que subyace a sus decisiones y empieza a tomar cuerpo la idea de que no hay ninguno, de que sus afirmaciones y actos tan solo se pueden explicar desde un punto de vista psicológico.
Cuesta creer que sus asesores no le informaran de que la inmediata consecuencia de iniciar una guerra contra Irán sería el bloqueo del estrecho de Ormuz y la subida meteórica del precio del crudo. Aún así, se metió en ella arrastrado por los cantos de sirena de Netanyahu —el cual sí tiene un plan— y, cuando vio los resultados, reclamó de muy malas formas la ayuda de sus aliados de la OTAN para desbloquear el estrecho.
Tal vez no recuerda cómo ha tratado a dichos aliados durante el último año. A Canadá la amenazó con aranceles del 100% si comerciaba con China y jugó varias semanas con la idea de convertirla en el estado 51 de los Estados Unidos. A la Unión Europea le impuso unos aranceles unilaterales del 35% y la obligó a firmar un compromiso de aumentar su gasto militar hasta el 5% del PIB. También apoyó públicamente a las fuerzas antieuropeistas de extrema derecha como la AfD alemana, la Agrupación Nacional francesa, los Hermanos de Italia o el Vox español. Ahora mismo se está inmiscuyendo descaradamente en las próximas elecciones húngaras pidiendo el voto para el ultra antieuropeo Viktor Orbán.
Su reiterada amenaza de anexionarse Groenlandia obligó a varios países europeos a enviar allí soldados ante la perspectiva de una inminente invasión estadounidense, poniéndoles en la dramática tesitura de tener que matar o ser matados por marines americanos.
Y están también todos los desprecios y ninguneos a la UE en el conflicto de Ucrania, tratando de firmar una paz al margen de ella e incluso del propio Zelenski. Y no es un hecho menor la supresión de toda la ayuda militar a este país, salvo —por el momento— la de inteligencia, dejándole desabastecido de armas frente a la agresión rusa.
El Reino Unido ha sido especialmente maltratado por Trump, poniendo en cuarentena su tradicional alianza con EE.UU. y acabando con el espejismo de que podrían romper sus lazos con la UE gracias a la misma. Ahora mismo el Reino Unido, bajo Starmer, está tratando de recomponer una parte de los acuerdos cancelados con el Brexit. Y es que hirió su orgullo nacional al afirmar que habían estado en segunda fila en la guerra de Irak y que solo aparecieron cuando ya la habían ganado ellos. Todo un desprecio a sus 180 muertos y mas de 3.000 heridos.
La impresión que se desprende de esta forma de actuar es que Trump no mide las consecuencias de sus actos y que tan solo actúa a golpe de impulsos primitivos que, además, pueden ser distintos de unos momentos a otros. Tan pronto ataca e insulta a sus supuestos aliados como exige su ayuda cuando se ve metido en un lío del que no sabe salir. Y, como constante en todo ello, nunca con buenas formas o tratando de persuadir, sino con exigencias y amenazas, buscando imponer su voluntad por las bravas. Tal vez es así como hizo su fortuna de inversor inmobiliario, pero el mundo de la política internacional es obviamente muy distinto.
Y aunque él no recuerde lo que dijo o hizo, los demás sí lo recuerdan y toman precauciones. Aparte de no haber sido consultados o informados de su agresión a Irán, ni contar con respaldo legal, ¿qué incentivos podrían tener los demás países para involucrarse en ese conflicto? Visto el poco aprecio que Trump hace del apoyo que EE.UU. recibió en Irak, un hipotético apoyo de la OTAN en la coyuntura actual sería igualmente ninguneado y despreciado por el actual inquilino de la Casa Blanca al cabo de pocos meses.
Sus motivaciones reales hay que buscarlas en otro lugar, no en el plano político: su extremo narcisismo le lleva a reclamar constantemente la atención; de ahí, sus extensas y caóticas peroratas, casi diarias, rodeado de periodistas y medios, concibiendo la comunicación política como un show televisivo; su psicopatología de matón de barrio le lleva a sus constantes amenazas e insultos cuando no obtiene inmediatamente lo que desea; y, sus marchas atrás tipo TACO —Trump always chickens out—, responden a la reacción del matón cuando se encuentra con un rival de su talla, como sucedió en sus entrevistas con Putin, con su arrugamiento arancelario ante Xi Jinping, o con su marcha atrás en Groenlandia cuando la UE envió allí sus soldados.
A una persona con tantos desequilibrios psicológicos no se le debería permitir gobernar un país. Menos aún al país más poderoso de la Tierra. Cuando Trump desaparezca de la escena, los votantes republicanos tendrán que pedir perdón al mundo durante mucho tiempo por haberse dejado embaucar por un demente y, como consecuencia, por poner en peligro a todo el planeta.
La Enmienda 25 de la Constitución estadounidense permite la inhabilitación de un presidente por incapacidad mental. El procedimiento es complejo y requiere una mayoría cualificada de ambas cámaras. Pero, visto el destrozo que Trump es capaz de provocar con sus locos impulsos y caprichos, tal vez es hora de que los congresistas republicanos más conscientes empiecen a planteárselo.


