Bolivia celebrará el 19 de octubre la segunda vuelta (balotaje) entre Rodrigo Paz y Jorge “Tuto” Quiroga, los dos candidatos más votados en la primera vuelta de agosto. Las encuestas otorgan ligera ventaja a Quiroga, pero la elevada indecisión y la redistribución de apoyos mantienen el desenlace abierto.
Importancia de las elecciones en Bolivia
La segunda vuelta de las elecciones en Bolivia es mucho más que una cita nacional, debido a las implicaciones políticas, económicas y geoestratégicas que trascienden las fronteras del país.
Además, representa, ante todo, el cierre de un ciclo político histórico.
Bolivia se dispone a poner fin a casi dos décadas de hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS), el partido que gobernó desde 2006 bajo el liderazgo de Evo Morales y luego de Luis Arce, las dos figuras más influyentes de la izquierda boliviana contemporánea.
La ruptura entre ambos dirigentes desembocó en una disputa abierta por el control del partido y de su base social, integrada por pequeños agricultores, sindicatos y organizaciones indígenas. El llamado de Morales al voto nulo y la división interna del MAS dejaron a la formación fuera del balotaje, debilitando por primera vez en casi veinte años el proyecto político que marcó una era en la historia reciente del país.
En la primera vuelta del 17 de agosto, el senador centrista Rodrigo Paz Pereira (PDC, democristiano) obtuvo casi el 32 % de los votos, mientras el expresidente Jorge “Tuto” Quiroga (Libre, centroderecha) rondó el 27 %. El 19 % de votos nulos y blancos reflejó la desafección y el cansancio con la vieja política. Ahora, ambos candidatos encarnan modelos distintos de reconstrucción nacional: uno conciliador y reformista, el otro de orden y disciplina económica.

Ambos candidatos simbolizan dos caminos distintos hacia la modernización. Mientras Paz propone una renovación moderada con sensibilidad social, Quiroga reivindica el retorno al orden económico y la estabilidad fiscal.
Economía y litio: el eje del debate
“En América Latina la paradoja es constante: los pueblos más ricos en recursos son los más desheredados. No por azar, sino porque el pan, como la esperanza, siempre se lo comen los mismos.” (Inspirado en Mario Benedetti)
Bolivia enfrenta una desaceleración severa, déficit fiscal elevado y reservas internacionales en mínimos históricos. Con una inflación cercana al 25 % y escasez de divisas y combustibles, la economía se ha convertido en el eje central del debate electoral.
El nuevo gobierno deberá decidir si mantiene el modelo estatalista y de subsidios heredados del MAS, o si opta por una apertura orientada a atraer inversión extranjera, estabilizar el mercado cambiario y diversificar la matriz energética en torno al litio, el recurso estratégico del futuro boliviano. Lo que implicaría construir un nuevo modelo energético más limpio, autónomo y con valor agregado, donde el litio actuaría como motor de cambio y no solo como recurso de exportación.
Bolivia posee las mayores reservas de litio del mundo, con más de 20 millones de toneladas en el yacimiento del salar de Uyuni. Esta riqueza ha despertado una fuerte competencia geopolítica: China y Rusia buscan consolidar su presencia tecnológica y minera, mientras que EE.UU. y la UE promueven una “transición verde democrática”, entendida (en el contexto de la administración Trump) como una estrategia para reducir la dependencia tecnológica de Pekín y trasladar las cadenas de suministro de energías limpias hacia aliados considerados seguros o políticamente afines.
El control del litio se ha convertido así en uno de los ejes geopolíticos centrales del siglo XXI.
Washington no es neutral frente al desenlace electoral. Observa en la votación una oportunidad para reintegrar a Bolivia en el bloque liberal-occidental, tras casi dos décadas de gobiernos alineados con el MAS.
Un país en el cruce del continente
Bolivia ocupa una posición estratégica en el corredor andino-amazónico, rodeada de cinco países clave (Brasil, Perú, Chile, Argentina y Paraguay). Su ubicación en el corazón de Sudamérica la convierte en un eje natural entre el Atlántico y el Pacífico, vital para los corredores bioceánicos, las rutas energéticas y el comercio regional.
Desde esta encrucijada, el desenlace electoral definirá si Bolivia se integra en el nuevo bloque hemisférico liderado por Washington o si se consolida como actor de equilibrio dentro del Sur Global, impulsado por Brasil.
Una victoria de Jorge “Tuto” Quiroga reforzaría un bloque político alineado con Lima, Quito y Asunción, orientado hacia la agenda hemisférica de Trump y Hegseth, centrada en “orden, seguridad y libre mercado”. En ese escenario, La Paz se convertiría en un aliado confiable de Washington, restaurando los lazos de cooperación antidrogas, abriendo el país a la inversión estadounidense y reduciendo la influencia de China y Rusia en el sector del litio.
El presidente argentino Javier Milei, principal aliado sudamericano del trumpismo, sería un socio clave de Quiroga. Ambos compartirían una visión ultraliberal y anticomunista, con un discurso de “rescate del mundo libre” frente a la expansión del eje Caracas–Managua–La Habana.
Ese bloque político-económico acentuaría la fractura ideológica del continente, mientras Chile y Brasil buscarían posiciones más autónomas y mediadoras.
Para Brasil, un triunfo de Quiroga supondría un reto estratégico. El gobierno de Lula da Silva, figura central del Sur Global prioriza la integración regional, la cooperación amazónica y la soberanía energética. Un gobierno boliviano pro estadounidense podría tensar las relaciones bilaterales, frenar proyectos de interconexión (como el corredor ferroviario Atlántico–Pacífico o la cooperación amazónica) y reducir el margen diplomático de Brasilia en el Cono Sur.
Bolivia pasaría así a alinearse con el eje Trump–Milei, consolidando un cinturón liberal que iría desde Buenos Aires hasta Quito, con Washington como árbitro principal.
En cambio, una victoria de Rodrigo Paz Pereira situaría a Bolivia como actor de equilibrio y mediación entre ambos polos. Paz promovería una diplomacia de centro pragmático, enfocada en estabilidad macroeconómica, ética pública y sostenibilidad ambiental, sin romper con Occidente, pero fortaleciendo los vínculos con Brasil, Colombia y Chile.
Este escenario consolidaría el eje Sur Global liderado por Brasil, con una agenda multipolar, climática y de soberanía energética. Bolivia reforzaría la cooperación amazónica, impulsaría la industrialización del litio con valor agregado local y mantendría una postura independiente frente a las grandes potencias.
Argentina, bajo el liderazgo liberal de Milei, seguiría siendo un socio económico inevitable, especialmente en el suministro de gas y transporte bioceánico, pero Paz buscaría un diálogo constructivo con Buenos Aires sin asumir su retórica ideológica.
El resultado sería un triángulo diplomático de moderación y equilibrio, con Lula al este, Milei al sur y Paz en el centro, capaz de preservar la estabilidad del Cono Sur y ofrecer una alternativa latinoamericana autónoma.
En este tablero, Bogotá también desempeñaría un papel decisivo.
La Colombia de Gustavo Petro, aun en el poder y camino a elecciones en 2026, representa una bisagra entre el progresismo amazónico y el bloque atlántico. Petro combina una agenda ambiental y social con tensiones crecientes con Washington, especialmente en materia de drogas y defensa.
Si la línea progresista se mantiene, Colombia reforzará su cooperación con Brasil y una eventual Bolivia de Paz Pereira, creando un eje amazónico verde (Bogotá–La Paz–Brasilia) centrado en biodiversidad y transición energética, pero si en 2026 la derecha retorna al poder, Bogotá podría alinearse con la estrategia hemisférica de Trump, reconfigurando un bloque norte andino (Bogotá–Quito–La Paz) bajo la lógica de “orden y control”.
Sea cual sea el desenlace, Bolivia, más que nunca, está en el centro de la partida geopolítica del siglo. Seguirá siendo el corazón geográfico y energético de Sudamérica, un país bisagra entre los Andes y la Amazonia, y un punto de paso inevitable entre el Atlántico y el Pacífico.
En suma, el desenlace electoral no solo definirá la política económica de Bolivia, sino también su posición en el nuevo mapa geopolítico latinoamericano, donde el litio, la seguridad y la alineación estratégica con las potencias marcarán el rumbo del país en la próxima década.
La Unión Europea y España: intereses en juego
La elección tiene una relevancia directa para la UE y, especialmente, para España. Ambos mantienen intereses energéticos, empresariales y migratorios en Bolivia. Varias empresas españolas operan en sectores estratégicos como energía, transporte y telecomunicaciones, mientras que la estabilidad boliviana influye en la migración sudamericana hacia España y en la cooperación dentro de la Comunidad Andina.
Asimismo, el resultado electoral afectará los planes europeos de inversión verde en América Latina, donde Bolivia puede consolidarse como un socio energético de primer orden.

Bolivia se encuentra en un punto de inflexión. El país necesita una política capaz de reconciliar seguridad, justicia y medio ambiente, con respeto a las comunidades rurales, y convertir su riqueza natural en bienestar compartido. El país no puede seguir atrapado entre la represión y la corrupción: requiere una alianza entre Estado, productores y naturaleza.
En el corazón del altiplano, donde la abundancia convive con el desencanto, Bolivia nos recuerda —como Benedetti en sus versos y Serrat en su canto— que “el Sur también existe”.


