Hablamos de poesías,
de un sentir poético,
de la libertad del pensamiento,
de cantos y oraciones,
versos de Castilla y Salamanca,
de monumentos a las palabras,
catedrales de las estrofas,
y paseos y jardines,
plazas y glorietas,
de salmos y de nanas,
la vida espera agazapada
a que se la recuerde
por encima de la muerte,
que no falten las fuerzas,
que Dios no se esconda,
sonetos del recuerdo,
el paisaje en las manos,
no resignarse ante la derrota,
el Cristo de Velázquez preside
sus creencias.
Mas entiende que la vida es sueño,
que amanece, a veces,
con golpes y con sangre,
con nubes negras y amenazas,
con espadas y puñales.
Soledad y fuego,
desnudez y tormenta,
el calvario del hombre
si solo se somete a la obediencia.
El cuerpo lacerado y llagado,
el sufrimiento de la humanidad entera.
Y también está ella,
Teresa, (quizás Concha),
con las rimas salobres
de la sed, el amor,
las lágrimas,
la necesidad de compañía,
y los días que pasan.
Dejarse cautivar por el Amor
y entender cuánto la quería,
llevarla de la mano,
reír y llorar junto a ella,
España, Dulcinea,
Quijote de este otro Miguel
que habla de verdades sin trampa,
la historia que se escapa a su destino
y el mar del destierro
que le habla.
Vendrá la noche, vino la noche
a Hendaya
y siempre la esperanza
de una muerte sin plañideras,
justicia y libertad,
y Dios en el último sueño.
Alberto Morate



