jueves 2 julio, 2026

Cuando la seguridad aprende a hablar con los niños

Las Ventas volvio a acoger la XIV Exhibición de Unidades Policiales ante miles de escolares madrileños. Más allá del espectáculo, el acto recuerda una tarea esencial: enseñar que la seguridad no es miedo, sino confianza; no es imposición, sino convivencia.

Más de 18.000 alumnos de 150 centros educativos de la Comunidad de Madrid asistieron el pasado martes a la XIV Exhibición de Unidades Policiales celebrada en la plaza de toros de Las Ventas, organizada en el marco del Plan Director para la Convivencia y Mejora de la Seguridad en los Centros Educativos y sus Entornos. Participaron distintas unidades de la Policía Nacional —Guías Caninos, Caballería, TEDAX-NRBQ, GEO, UPR o Grupos de Atención al Ciudadano— en una jornada que, más allá del espectáculo, recordó algo esencial: la seguridad democrática no solo se ejerce; también se enseña, se explica y se gana.

Hay mañanas en las que una ciudad debería detener su ruido habitual para contemplarse a sí misma con otros ojos. Madrid, tantas veces acelerada y crispada entre la bronca política y la desconfianza cotidiana, pudo verse reflejada esta vez en los ojos más receptivos de todos: los de miles de niños ocupando los tendidos de Las Ventas no para asistir a una ficción, sino para acercarse a quienes demasiadas veces solo aparecen en escena cuando algo ha salido mal.

No era un detalle menor. Tampoco lo fue la presencia institucional del delegado del Gobierno en Madrid, Francisco Martín, ni la del jefe superior de Policía. En tiempos donde lo público vive permanentemente cuestionado, había algo profundamente valioso en contemplar a tantos escolares observando con asombro a profesionales cuya tarea consiste, precisamente, en proteger el espacio común.

Porque estos actos no son únicamente exhibiciones de medios, uniformes, perros adiestrados o simulaciones de rescate. Son, o deberían ser, una pedagogía de la confianza.

Una democracia no se sostiene solo sobre leyes y reglamentos. También necesita una arquitectura moral compartida: la convicción de que las instituciones existen para servir a los ciudadanos; de que la autoridad democrática no es una amenaza, sino una garantía sometida a la ley, al control y a la proporcionalidad.

Para muchos niños, la policía aparece antes como una imagen que como una institución: un uniforme que impresiona, una sirena que sobresalta, una escena televisiva o incluso una advertencia doméstica mal formulada: «como te portes mal llamamos a la policia». Por eso tiene tanta importancia que la Policía Nacional se presente ante ellos no como una sombra asociada al castigo, sino como una presencia cercana, profesional y humana.

Educar en seguridad no significa militarizar la infancia. Significa enseñar algo mucho más sencillo y profundo: que la convivencia necesita protección; que la libertad requiere cuidados; que denunciar un abuso o pedir ayuda también es un acto de ciudadanía.

Ese es precisamente el sentido del Plan Director, impulsado por la Delegación del Gobierno y desarrollado por Policía Nacional y Guardia Civil en colaboración con la comunidad educativa. El programa busca prevenir situaciones de riesgo, mejorar el conocimiento de los menores sobre los recursos policiales y fomentar valores como el respeto, la convivencia y la responsabilidad.

La sociedad del riesgo ha llegado también a los más jóvenes: acoso, violencia digital, bandas juveniles, amenazas en redes sociales, consumo de contenidos extremos o nuevas formas de intimidación forman parte ya del paisaje cotidiano de muchos adolescentes. Precisamente por eso resulta tan importante que las instituciones no aparezcan únicamente cuando el problema ya ha estallado, sino antes, desde la prevención y la cercanía.

Ahí reside el verdadero valor de este tipo de encuentros. La reputación institucional no se improvisa durante una crisis. No se decreta desde una campaña publicitaria ni se recupera con solemnidades tardías. Se construye poco a poco: en la presencia cotidiana, en la explicación paciente, en la profesionalidad visible y en la capacidad de abrir una institución a la ciudadanía sin miedo.

La Policía, como cualquier servicio público esencial, necesita ser reconocida no solo por su eficacia, sino también por su legitimidad. La eficacia resuelve problemas; la legitimidad permite que los ciudadanos comprendan y respalden la función pública incluso cuando resulta incómoda. Y esa legitimidad empieza a construirse desde la infancia.

Vivimos, además, en una época donde los adultos hemos perdido parte de la capacidad de prestigiar las instituciones comunes. Nos cuesta hablar bien de lo público sin parecer ingenuos. Nos cuesta defender la autoridad democrática sin sonar autoritarios. Y, sin embargo, pocas cosas son más necesarias hoy que reconstruir ese vocabulario cívico.

La democracia se deteriora cuando la relación con las instituciones queda reducida a la queja, la sospecha o el escándalo. Ocurre con la policía, pero también con jueces, profesores, sanitarios, bomberos, trabajadores sociales o tantos servidores públicos invisibles hasta que fallan.

Todas esas profesiones necesitan algo más que propaganda: necesitan reputación. Es decir, capacidad de explicar qué hacen, bajo qué normas trabajan, qué dificultades afrontan y qué valor aportan a la vida colectiva.

Los bomberos han sabido construir una imagen pública asociada a la ayuda y la entrega. La medicina entendió hace tiempo la importancia de la prevención y la educación sanitaria. La escuela intenta acercar cada vez más su trabajo a las familias. La política, en cambio, ha abandonado casi por completo la pedagogía de su propia necesidad. Y la policía, situada tantas veces en la frontera áspera entre el conflicto y la norma, necesita más que ninguna otra institución ser conocida para poder ser comprendida.

No porque deba quedar al margen de la crítica. Precisamente porque debe ser controlable y exigible, necesita ser visible y cercana. Una institución opaca genera miedo; una institución explicada puede generar confianza.

Los datos muestran además que la policía conserva en España un nivel de confianza superior al de otras instituciones políticas. Según la OCDE, la confianza ciudadana en la policía supera ampliamente la otorgada al Gobierno, al Parlamento o a los partidos políticos. Pero ningún prestigio institucional es eterno. También puede erosionarse si la ciudadanía solo contempla a sus cuerpos de seguridad en contextos de tensión o convertidos en munición partidista.

Miles de niños pudieron comprobar en Las Ventas que la seguridad no es una palabra abstracta, sino un conjunto de oficios concretos: quien patrulla, quien rescata, quien escucha, quien desactiva un explosivo o quien acude cuando todos los demás se apartan.

Quizá muchos recuerden durante años el caballo entrando en el ruedo, el perro obedeciendo una orden o el estruendo medido de un simulacro. Pero lo importante sería que recordaran algo todavía más profundo: que lo público también puede proteger; que las instituciones no son solo burocracia o discursos; y que existen personas cuyo trabajo consiste, sencillamente, en cuidar de los demás.

Gracias Policias, todas y cada unas como institución , Policia Nacional, Guardia Civil, Policias Locales, Mozos de Escuadra, Ertzaintza y cada uno de las mujeres y hombres que las componen.

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