La líder extremeña del PP, María Guardiola, ha hecho oficial su candidatura a presidir la Junta de Extremadura. La investidura ha de producirse entre el 3 de marzo y el 3 de mayo, o bien con mayoría absoluta, o bien simple. La primera la puede conseguir con el apoyo de Vox, pero parece que este partido le negará sus votos, a no ser que el PP se convierta en una fotocopia suya, es decir, que asuma la mayoría de sus postulados ultraderechistas. Porque la aspiración de la ultraderecha no es tanto gobernar como romper los consensos básicos de la democracia y destruir a los grandes partidos de derechas, como ya han hecho en Italia y Francia. El PSOE ha criticado duramente los pactos del PP con Vox en toda España y que el primero asuma parte del discurso del segundo. Pero tendría en su mano incidir sobre esa realidad. Veámoslo.
Mi propuesta parte de una cierta lectura de la realidad. Si no se está de acuerdo con ella, el lector puede ahorrarse el resto de la argumentación. Esta es entender que el mayor peligro que se cierne sobre España y la Unión Europea es el avance de las fuerzas de extrema derecha y que todo lo que se ha hecho hasta ahora solo ha servido para hacerlas crecer. Una parte de la culpa la tienen muchos partidos conservadores —y alguno socialdemócrata, como el danés— al asumir, buscando no perder votos, una parte del discurso ultra, muy en particular, en el tema de la inmigración.
Como he escrito recientemente (ver aquí), copiar el discurso ultra no da más votos al que copia, sino que se los transfiere a los ultras, entre otras cosas porque normaliza sus brutalidades antidemocráticas. Si el PP extremeño transigiera con lo que quiere Vox, veríamos discursos de Guardiola contra los inmigrantes, contra el Pacto Verde de la UE, contra el acuerdo de Mercosur y contra las vacunas. Se eliminarían las ayudas a las mujeres maltratadas, se suprimirían los carriles bici y se adoptarían medidas contra el aborto y los colectivos gay. Porque lo que quiere Vox es imponer su desquiciada agenda cultural contra todo lo que ellos consideran progresismo.
La lectura que hace el PSOE de que, cuanto más ultra se vuelva el PP mejor para la izquierda porque eso movilizará su voto, la considero errónea. En esa dinámica —el PP imitando a Vox y el PSOE empujándole a hacerlo— no gana la izquierda sino que perdemos todos. A la izquierda no le conviene que la mitad de los votantes se salgan de los consensos democráticos. Más bien le interesa que la parte conservadora de la sociedad siga siendo democrática y no esté a merced de los populismos de derechas como pasa ahora en la Italia de Meloni y en la Francia de Le Pen.
Lo coherente con esta lectura de que la democracia está en grave peligro y de que eso es más importante que la lucha partidista, es ayudar al PP a separarse de Vox. Y, para ello, mi propuesta es que el PSOE facilite la investidura de María Guardiola en Extremadura, y tal vez de la de Jorge Azcón en Aragón, sujeto a que estén dispuestos a llegar al pacto que expongo a continuación.
Dicho pacto consistiría exclusivamente en tres puntos: primero, que el PP —al menos en esas dos regiones, pero con la vocación de extenderlo a toda España— acabe con los bulos y con los insultos al PSOE y mantenga en todo momento las formas democráticas, es decir, que abandone la crispación; segundo, que no pacte leyes con Vox de su agenda ultra, es decir, que los gobiernos investidos dejen en paz a los inmigrantes, mujeres y gays, que no recorten las subvenciones habituales a esos colectivos, ni tampoco las que tienen que ver con la lucha contra el cambio climático; y, tercero, que no se recorte el estado del bienestar, es decir, que no descienda la inversión en la educación y sanidad públicas. En el resto de cuestiones, los gobiernos del PP podrían implementar las políticas habituales de un partido conservador. Por ejemplo, podrían bajar los impuestos a los ricos, que es lo que suelen hacer.
Este pacto sería como un bálsamo para los ciudadanos: 1) rebajaría la crispación y polarización actuales, que es una de las causas de la creciente desafección; 2) haría ver a esos ciudadanos que la democracia es útil para resolver problemas y no solo consiste en disputas estériles; y 3) desarmaría la estrategia de Vox de extender su discurso tóxico a los partidos y votantes conservadores.
El PSOE no perdería con ello porque, tarde o temprano, el PP iba a gobernar de todos modos. Pero no es lo mismo que lo haga agachándose ante las imposiciones de Vox y perdiendo su carácter democrático que hacerlo defendiendo los consensos democráticos.
Hasta aquí mi modesta propuesta pero, como el lector habrá tal vez adivinado, se trata de algo irrealizable. Resulta tan imposible de llevar a cabo como le resultó al capitán del Titanic esquivar el iceberg que se interponía su camino: cuando se ha invertido mucha energía en lanzar el barco en una dirección, resulta muy difícil cambiar su rumbo de repente. El PP ha invertido todos sus esfuerzos en desprestigiar y descalificar al PSOE de Pedro Sánchez. Su campaña en Extremadura y Aragón se basó casi exclusivamente en pedir al elector que “diera su merecido a Sánchez” votando contra sus candidatos los cuales, en ambos casos, eran muy cercanos a él. Nada, pues, más lejos de sus intenciones que firmar un pacto con ellos. Sobre todo, sería inconsistente con el pequeño y único programa conocido de Feijóo: echar a Pedro Sánchez por cualquier medio.
Por su parte, al PSOE le sucede algo parecido. Ha invertido mucho esfuerzo en situar al PP en su discurso como indistinguible de Vox. También ha sufrido en sus carnes durante varios años la estrategia de acoso y derribo de Feijóo en forma de insultos y descalificaciones. Haría falta una inmensa pedagogía para explicar a sus seguidores que va a facilitar la investidura de los gobiernos del PP.
Y, sin embargo, desinflamar el estado actual de cosas es casi lo único que las fuerzas democráticas pueden hacer para frenar a la ultraderecha. Sabemos que la mayoría de los votantes de Vox no son peligrosos extremistas de ideología fascista. Son simples ciudadanos que se han desentendido de la democracia porque esta, por un lado, se ha convertido en una jaula de grillos en la que los partidos se han perdido el respeto y, por otro, no atiende a sus problemas, resumidos estos en que sus condiciones de vida y sus expectativas futuras han empeorado notablemente.
Ricardo Peña
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