miércoles 22 julio, 2026

Estrategias fallidas

Tras las elecciones de la comunidad aragonesa —que no han hecho sino amplificar lo que ya vimos en las extremeñas— deberían encenderse todas las alarmas en los dos grandes partidos, porque resulta fácil extrapolar lo que, si nadie lo remedia, nos depararán las próximas elecciones autonómicas y generales. El dato más relevante es la subida exponencial de una fuerza antisistema como Vox a costa del encogimiento de las dos fuerzas —PP y PSOE— hasta ahora centrales al mismo. Poco importa cuál de los grandes partidos gane o pierda, porque quien pierde de verdad es nuestro sistema democrático. Lo sucedido demuestra que las estrategias de ambos han sido fallidas, tanto para sus intereses partidistas como para los del propio sistema.

Y es que el PP hace una lectura errónea al minimizar el peligro de un partido como Vox. Vox no es una derecha más con la que se puede llegar a acuerdos de gobernabilidad más o menos razonables. Aunque declare zalameramente que es un partido “hermano”, Vox viene a cargarse el sistema y, si puede, al propio PP. Su discurso no engaña: su enemigo es lo que llama el bipartidismo y exige al PP que deje de pactar con el PSOE en Bruselas y en Madrid y que adopte sus políticas. Es decir, que deje de ser el PP. Y sus políticas son acabar con el proyecto europeo, que Europa vuelva a ser un conjunto de naciones débiles, perseguir a los inmigrantes e instaurar en España un régimen similar al de Orbán en Hungría, donde las libertades estén limitadas, los jueces controlados, los medios enmudecidos, las mujeres sojuzgadas y los homosexuales denostados. Llamémosle régimen iliberal, autoritario o fascista. El nombre da igual, pero, desde luego, no es una democracia como la que conocemos.

No sabemos muy bien cómo parar esta ola reaccionaria —que no afecta tan solo a España y que llega impulsada con mucha fuerza desde los Estados Unidos a partir del triunfo de Trump—, pero sabemos fehacientemente que hay dos cosas que la hacen crecer: copiar su discurso y desprestigiar las instituciones democráticas. Es decir, lo que lleva haciendo Feijóo desde que asumió la presidencia del PP.

Feijóo se ha convertido en una fábrica de ultraderechistas. Su discurso es una copia mala y retardada del de Vox: si este arremete contra la emigración, un poco más tarde también lo hace Feijóo, tal vez limando levemente algunas aristas; si Vox se pronuncia contra el Pacto Verde y niega el cambio climático, unos días más tarde también lo hace él; si Vox niega el machismo, Feijóo silencia temeroso los casos de machismo dentro de su partido; si llama tirano a Sánchez, Feijóo también le dedica adjetivos muy parecidos; y así sucesivamente. El último detalle de este mimetismo retardado ha sido permitir que, en el cierre de campaña de su candidato en Aragón, interviniera el ultra Vito Quiles y un conjunto musical que previamente había cantado en los mítines de Vox con contenidos franquistas.

Copiar a Vox tiene un doble efecto: normalizar su discurso ultra y perder votos a su favor. La reacción del elector podría esquematizarse así: “Si lo que dice Vox es aceptable, entonces mejor votarle a él que a una mala copia suya”. Además, si de lo que se trata es de votar contra el sistema, ninguna opción es mejor que Vox porque el PP sigue teniendo una aureola institucional.

El segundo error de la actual dirección del PP es haber optado por lo que llamamos crispación, que no es más que el abandono de las formas democráticas para criticar al oponente y su sustitución por una estrategia de tierra quemada en la que todo vale para atacar al adversario —insultos, bulos, querellas judiciales a su entorno, uso de instituciones como el Senado y la propia Comisión Europea, etc.—, o más bien al enemigo, al cual se deslegitima y pretende destruir. Resulta ilustrativa de este clima una de las últimas frases de la campaña del candidato aragonés Azcón: “si quieres joder a Sánchez, vota al PP”.

Si las formas se abandonan y las instituciones democráticas se ningunean y manipulan, el elector se ve autorizado a su vez a deslegitimarlas. El razonamiento podría ser: “si estos, que dicen defenderla, no respetan la democracia, ¿por qué voy a a hacerlo yo?”.

El conservadurismo es una opción democrática razonable. Algunas de sus señas de identidad fueron el mantenimiento de las formas, la contención, la moderación y la autoridad moral. El mimetismo del actual PP con el populismo en alza le aleja de ese modelo y deja huérfanos a muchos votantes genuinamente conservadores. También debería considerar que el no proponer alternativas a los graves problemas que acucian al país contribuye a arrojar a muchos desencantados en brazos de fuerzas como Vox. Por ejemplo, la vivienda es uno de esos problemas y las comunidades autónomas donde gobiernan tendrían mucho que aportar para su solución. Un PP moderado pactaría con el Gobierno leyes e iniciativas conjuntas. En vez de eso, lo que vemos es lo contrario: negativas a aplicar las pocas medidas aprobadas para detener la subida de los alquileres en las zonas tensionadas. Tan solo porque las propone Sánchez.

Por su parte, la estrategia del PSOE también es fallida. Debería asumir que, en estos momentos, Sánchez no suma sino que resta. Le lastra la corrupción de sus dos ex-secretarios de organización. También, el haber transigido en exceso en algunos pactos más que discutibles con Junts y ERC. La estrategia de liderar un frente contra las dos derechas y tratar de arrinconar al PP junto a Vox puede dar votos en un cierto momento, pero también le resta centralidad. El PSOE debería aspirar a ser un partido de mayorías por sí mismo, sin la muleta de la constelación de nacionalistas e independentistas que hoy precariamente le apoyan. Debería haber buscado el pacto con el PP en algunos temas transversales. Aunque suene un tanto cristiano, frente a la crispación del PP, debería haberle tendido la mano para separarlo de Vox. Asimismo, fue un error pactar primero con ERC el modelo de financiación autonómica. Tampoco ha explicado las diferencias del modelo entre las distintas comunidades, dejando que cale la impresión de que Cataluña es la más favorecida, cuando los datos no lo atestiguan así.

Tal como están las cosas, cada elección autonómica futura se librará en clave nacional. Independientemente de si son convenientes o no para la respectiva comunidad, Génova las ha forzado fiel a su estrategia de “todo contra Sánchez”. Y los candidatos del PSOE son los ministros nombrados por Sánchez. Ante eso, los argumentos territoriales quedan en un segundo plano.

Y mientras los dos partidos se van hundiendo lentamente en este interminable “duelo a garrotazos” que tan bien pintó Goya, los únicos que recogen los frutos del desapego ciudadano son los que quieren acabar con la democracia.

Veo muy difícil revertir la situación. El PP tendría que desprenderse de Feijóo y de sus jabalíes Tellado y Muñoz y reconvertirse a la moderación, lo cual se me antoja imposible. El PSOE tendría que anunciar que Sánchez no será candidato en las próximas generales y preparar su sucesión, lo cual también se me antoja imposible. Así que seguiremos así, de derrota en derrota hasta la derrota final.

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