España, un rumbo extraviado
Juan de Justo
España ha perdido su rumbo. Más que una frase hecha, se trata de una realidad tangible, el reflejo de una gestión política que, por la falta de altura de miras de sus actores, ha erosionado el lugar de la nación en el tablero europeo. Los vaivenes y devaneos de gobierno y oposición han configurado un lastre de difícil recomposición, una situación crítica que amenaza con convertirse en un punto de no retorno. Esta encrucijada, lejos de ser un fenómeno reciente, es la culminación de un proceso de degradación que se remonta a la ruptura del espíritu de consenso que definió la Transición, una época que, a pesar de las dificultades inherentes a un cambio de régimen, supo colocar a España en una posición de respeto y liderazgo a nivel mundial.
La Transición, un periodo a menudo denostado por la crítica contemporánea, fue en realidad la piedra angular del éxito de la España moderna. Durante aquellos primeros gobiernos democráticos, nuestra nación no solo recuperó su dignidad y su voz en el concierto internacional, sino que se convirtió en un faro de democracia y estabilidad para innumerables países. Fuimos un ejemplo de superación, de diálogo y de capacidad para construir puentes sobre las ruinas de un pasado conflictivo. Éramos una nación respetada, una opinión valorada y una presencia ineludible en los foros internacionales. Este estatus, que se labró con esfuerzo y compromiso, no era un regalo, sino el fruto directo de la sana costumbre del consenso, un valor que hoy parece sepultado bajo el peso de la polarización y el frentismo.
El panorama comenzó a cambiar con el advenimiento de una nueva hornada de políticos, menos comprometidos con el servicio público y más con la ambición personal. Con las primeras crisis económicas, los dos grandes partidos, que históricamente representaban la inmensa mayoría del pueblo español, comenzaron a abandonar la vía del acuerdo, inaugurando una era de política tabernaria. Este estilo, caracterizado por la confrontación y el desprecio hacia el adversario, encontró su punto álgido tras la crisis económica de 2008. De la mano de aquella recesión y del descontento social, surgieron nuevos actores políticos: Podemos por la izquierda y Ciudadanos por la derecha. La irrupción de estas formaciones, que algunos denominan «hijos bastardos» del bipartidismo, no hizo, sino acentuar la polarización. Las Cortes se transformaron en una auténtica Torre de Babel, donde el diálogo se convirtió en un lujo y el griterío en la norma.
Lo más preocupante de esta situación es que los dos grandes partidos, en lugar de reconocer el problema y corregir su rumbo, decidieron unirse a este juego. En vez de educar a sus «hijos» en la cultura del consenso, optaron por imitarlos, contagiándose de su virulencia y de su incapacidad para el acuerdo. Las consecuencias de este desatino se han prolongado hasta nuestros días, dejando a los partidos tradicionales a merced de los grupos minoritarios. Estos nuevos actores han parasitado a sus «padres», dictando la agenda política y condicionando cualquier decisión, sin necesidad de arriesgar su propio capital político. Mientras tanto, los líderes de las formaciones mayoritarias, enfrascados en una contienda de la más baja calaña, han olvidado su verdadera misión: gobernar y servir a la ciudadanía que los eligió.
Esta autodestrucción política, impulsada por una preocupante falta de inteligencia estratégica en ambas partes, se alimenta de la sed de poder. Los grandes partidos aceptan cualquier exigencia de las pequeñas formaciones con el único objetivo de mantenerse en el gobierno o de erosionar la posición de la oposición. Son conscientes del daño que se infligen a sí mismos y a la sociedad en general, pero el ciego afán por el poder los empuja a sacrificar los ideales que, en teoría, representan. Estos ideales no son otros que los valores de la propia Constitución de 1978, un texto que surgió del consenso y que hoy es constantemente pisoteado en nombre de intereses partidistas.
El frentismo no solo es una vía muerta para la mejora de la vida de los ciudadanos, sino que es un camino directo hacia la división y la fragmentación. Cada cesión a las minorías, cada privilegio otorgado a costa del bienestar general, se traduce en una erosión de los cimientos de la convivencia y en una agudización de los problemas sociales y económicos. Los líderes de los partidos mayoritarios deben entender que el trabajo por el consenso es lo que realmente beneficia a la sociedad. La confrontación de intereses particulares, que se satisface a costa del patrimonio común, solo beneficia a unos pocos, que se sienten privilegiados y que, en el momento en que vean colmadas sus pretensiones, abandonarán al barco, dejando a la mayoría de los ciudadanos en la estacada y con problemas aún más graves de los que tienen en la actualidad.
Sin embargo, no basta con la crítica; es necesario ofrecer alternativas razonables y razonadas. Mi análisis, basado en la observación y en el contraste con opiniones de analistas e intelectuales de confianza, me lleva a una conclusión rotunda: el camino para la reconstrucción política de España pasa ineludiblemente por un cambio de liderazgo en los dos grandes partidos. Es imperativo que los actuales dirigentes, incapaces de superar la confrontación y el ego, sean sustituidos por figuras que entiendan la necesidad de sentarse frente a frente, de dialogar y de buscar puntos de encuentro.
Necesitamos líderes que sean capaces de poner sobre la mesa los problemas reales de los españoles –la precariedad laboral, la falta de vivienda, el envejecimiento de la población, el desafío climático– y que busquen vías de consenso para abordarlos. No existe otra solución. El frentismo no ofrece ninguna posibilidad de mejorar la vida de los ciudadanos; al contrario, solo sirve para ahondar las diferencias y para alimentar la desconfianza y la división. El futuro de España depende de nuestra capacidad para recuperar el espíritu de la Transición, aquel que nos llevó a la prosperidad y al respeto internacional, aquel que nos enseñó que la única vía para construir un futuro mejor es el diálogo y el acuerdo.
El estado actual de la política española es una invitación a la reflexión y a la acción. Los ciudadanos, víctimas de una contienda absurda entre líderes que han olvidado su propósito, merecen una política más digna, más eficaz y más comprometida con el bien común. La recuperación del consenso no es una utopía, sino una necesidad imperiosa. Es un llamado a la responsabilidad de los líderes y una exigencia de los ciudadanos, una oportunidad para enderezar el rumbo de un país que, a pesar de su potencial, parece navegar sin dirección, a la deriva, en un mar de confrontación y de rencillas estériles. Ha llegado el momento de exigir un cambio, de reclamar la inteligencia y la madurez política que España necesita para recuperar su lugar y para construir un futuro de prosperidad para todos.

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