Las formas en que se desarrolla la política española en estos tiempos (desgraciadamente no solo la española) y su lenguaje en especial, es realmente difícil de calificar. Se me antojan muchos adjetivos y no sé cuál definiría mejor la situación; seguro que me quedo corto y, a lo peor, corro el riesgo de pecar en lo mismo que critico. Dejo al mejor criterio y sabiduría del lector que escoja, aunque difícil lo tiene, lo que mejor calificaría esta forma de desarrollar el noble oficio y necesidad de la acción política en democracia.
Que se haya cambiado el concepto de adversario por el de enemigo es una primera, no sé si causa o consecuencia, de ello. Pero lo cierto y verdad es que el áspero verbo, insultante, con menosprecio al de enfrente que se usa en las formas y modos parlamentarios, en las ruedas de prensa, mítines, y en las diversas formas con que nuestros representantes se dirigen entre ellos, e incluso hacia nosotros, no hacen sino hacer crecer el foso y trinchera que cada vez los separa más.
Y lo que es peor, hace estragos en las relaciones que se tienen, (si algo queda) en lo personal, más allá de lo que se dice en público. Esta condimentación genera un ambiente que imposibilita y bloquea que haya eso que se pide a quienes nos representan: que hablen y pacten para solucionar los problemas de quienes somos sus mandantes para que nuestra vida sea más fácil en nuestro diario ser ciudadanos.
Muchas veces he sugerido que por higiene democrática y para evitar una contaminación nociva de los ánimos de los ciudadanos, se dejen de retransmitir por medios audiovisuales las sesiones parlamentarias, en especial las de martes de control en el Senado y miércoles en el Congreso. Ni qué decir ya de las sesiones de las surrealistas que se intitulan comisiones de investigación que, justamente, eso sí que no son.
Es imposible que quienes se insultan y descalifican en público en la forma en que vemos que lo están haciendo, puedan en la media hora siguiente, al abrigo de la discreción de cualquier pasillo o despacho en sedes parlamentarias o gubernamentales hablar, pactar, transar, acordar lo que bien puede ayudarnos a mejorar nuestras condiciones de receptores de servicios públicos. El esperpento ha llegado a cotas insospechadas para Don Ramón María del Valle Inclán. Ni imaginarlo podría. Sugiero consultar la definición que del vocablo da el Diccionario de la RAE y hurguen en sus sinónimos.
Eso es lo que explica, sobre todo, que los pretendidamente llamados Partidos de Gobierno, de Estado o como quiéranse intitular, (aunque por sus hechos cada vez parecieran empeñarse más y más en no serlo) puedan acordar cosas tan complejas como las también otrora eran llamadas políticas de estado. Cosas tan del diario afectarnos como la seguridad, el empleo, la defensa, la política exterior, la educación, la sanidad, etc. Pero también en esos temas, lo que es importante, fundamental, trascendental hoy, es el habitual y ya cansino, “…y tú más”.
Lejos quedan ya unos tiempos de un Senado en que viví, y en el que no había empacho en compartir mesa en el comedor con adversarios (sólo adversarios) de partidos rivales (sólo rivales). Y cuántas cosas salían bien paradas entre plato y plato o en sobremesas. Después era más fácil subir a la tribuna de comisión o pleno para confrontar, proponer y después votar, pero respetando y sin insultar. Impensable hoy.
Hemos tenido que asistir el pasado viernes, por acudir a lo más reciente, a la escena en que una persona miembro del servicio de protocolo haga de casco azul entre una Ministra del Reino y una significada, por muchas causas, Presidenta de Comunidad en un saludo previo a una reunión a la que se va como holligan, tifosi o barra brava; se va, en suma, no como representación institucional, sino como hincha de una bandería. Lo malo es que no hablamos de deporte, sino de política. Y si aquello no cabe en el deporte, imaginemos en política. Ya vimos otra similar situación entre esa misma Presidenta y otro Ministro del Reino por ocupar un lugar en un acto público al que yo no te he invitado y tú quieres colarte.
Y en esa reunión, ¿de verdad alguien pensaba que, de buena fé, se querrían arreglar temas tan, digo yo, a lo mejor importantes y transversales como financiación de comunidades, vivienda, emigración, el apagón, los ferrocarriles, proyectos de ley en trámite, sanidad, educación, etc., etc.? Temas que unos y otros llevaron al orden del día, aunque no sé si para analizar, hablar y arreglar o para lanzarlos al enemigo, que no adversario, insisto, en zaheridora manera.
No es posible. No lo veo posible. Tal como se calienta en la banda, cualquier partido entre estos equipos va a ser difícil jugarlo. Y como estrambote, esto se hace como preámbulo de la manifestación que uno le monta al otro por su calificada como ilegítima ocupación de las instituciones. Da gusto el clima. Y no me refiero al de los grados Celsius.
La política ha dejado de ser profunda. Y lo fue. Al menos, más que ahora. Créanme. Permítanme decirlo. Lo fue.
Creo, que hoy se está más en la fabricación de titulares, que no en la elaboración de estudios y programas. Hoy, no estamos en elaborar contenidos, sino en el lanzamiento de dardos.
Dardos sugeridos desde los diarios argumentarios de cualesquiera partidos y demás organizaciones; ideas elaboradas, en el mejor de los casos por conspicuos comunicadores y no por unos gabinetes que dominen, o al menos conozcan, los temas; y esos mensajes son seguidos cual mandato bíblico a pie juntillas, sin rechistar, por esos destinatarios que los trasladan a la opinión pública y fans propios, no para ayuda en la generación de opinión sobre esos temas, sino en cómo utilizar el dardo contra el enemigo, que no adversario. Es el “…y tú más”. La política se hace a diario, como mucho, en lo que puede contener los 280 caracteres de un tuit o como se llame ahora. Y así nos va.
Y en ese clima, uno de los mayores agitadores verborreicos de la política actual, que ya mostró maneras con su sonado debut en el fallido debate de investidura del Sr. Feijóo, el Ministro del Reino, Óscar Puente, se despacha llamando “resentido” a Eduardo Madina porque éste emite una opinión sobre aspectos de la vida política española y de la actualidad del PSOE desde su libertad de expresión, y al Sr. Puente no le gusta lo que escuchó. Madina, al que la defensa de esa misma libertad que ahora usa, le supuso ni más ni menos que sufrir un atentado de ETA que no le segó la vida porque no le tocaba. A una opinión política, …¡¡¡ de un compañero de Partido !!!, se responde con un insulto en lo personal, y nunca mejor dicho, donde más puede doler. Si esto es así con el compañero, ya sabemos lo que esperar puede la oposición.
Pero claro, esto, además, se hace desde una pretendida posición de estar en poder de la llave de las purezas y esencias que no admiten la más mínima discrepancia en público o en privado.
Frente a eso, no me queda más que mostrar mi solidaridad con Eduardo Madina y animarlo a seguir diciendo lo que piensa sobre la actualidad política española y sobre lo que ocurre en el Partido en el que somos conmilitones, con la educación y respeto que con él no han tenido. Muchos estamos en la misma situación y en ella seguiremos, a pesar de que nos encuadren en ese grupo de “resentidos”, en el que estaré encantado de compartir escaño con quienes en el mismo saco hemos sido incluidos, simplemente por no pensar igual. Tan increíble como cierto, aquí y ahora.
Y oigan, no se preocupen, que lo mismo ocurre al otro lado de la trinchera, en la popular y en la de los demás actores del reparto político que padece nuestra escena.
No es admisible. Debieran todos, pero sobre todo quienes ostentan responsabilidades a estos niveles, saber que el respeto no se regala, que se fragua día a día con el proceder de cada uno. Y ésa es una de las premisas básicas de la política que en la ahora denostada Transición intentamos traer a nuestra vida pública y, en gran medida, creo que lo conseguimos. Por eso desde este adanismo rampante que nos invade, se ataca a la Transición y a su mejor conquista: la Constitución, ésa que a jirones y con nocturnidad pactista, intentan unos por acción, otros por omisión consentida, desvirtuar.
¡Qué actual está usted, Don Ramón María!
Alfonso Garrido Ávila


