miércoles 17 junio, 2026

Trump, el regalo inesperado de Putin (II)

¿Desmonta la defensa colectiva por convicción… o por los archivos Kompromat?

Ha llegado la hora de que Europa se ponga en pie. No con estridencias, sino con la calma feroz de los pueblos que han sobrevivido a tormentas mayores. Que nadie se engañe: nuestra libertad no caerá mientras existan europeos dispuestos a defenderla. Pero si dejamos que la apatía sustituya al coraje, otros redactarán nuestro futuro. Y será un futuro escrito en una lengua donde la libertad no se pronuncia porque no se conoce.

Europa suele engañarse creyendo que el Kremlin solo amenaza con tanques. No: la maquinaria rusa lleva un siglo perfeccionando un arma mucho más silenciosa. La URSS la afinó con la paciencia de un relojero; Putin la ha convertido en una industria nacional: hoteles que escuchan, servidores que no olvidan y oligarcas que operan como tentáculos lubricados por capital opaco. Su método es implacable en su sencillez—observar, registrar, archivar, dejar madurar—y actuar únicamente cuando la presa está suficientemente envuelta en su propia biografía.

Y conviene recordarlo sin rodeos: Donald Trump, mucho antes de pisar la Casa Blanca, lleva más de treinta años orbitando en ese radar ruso, cortejado, observado y clasificado por la misma liturgia que Moscú aplica a todo potencial activo útil. No es fantasía: es doctrina operativa del Kremlin. Y que un presidente de Estados Unidos pueda ser pieza en ese tablero no es solo una anomalía. Es un riesgo estratégico que Europa ya no puede permitirse ignorar.

Trump un acelerador para el declive de la UE

Estados Unidos sigue siendo aliado de Europa, y Europa lo es de la democracia liberal estadounidense; ese pacto transatlántico ha sido, durante décadas, el dique que frenó a tiranos y aventureros. Pero Donald Trump —ese comandante en jefe por accidente histórico— no es aliado ni de Washington ni de Bruselas, ni de ninguna de las dos democracias que juró defender. Es, en realidad, la grieta ambulante en el muro común. Y eso, para una superpotencia, deja de ser una anomalía para convertirse en tragedia.

Hay épocas en las que los líderes no tropiezan con la tragedia: la conducen. Desde 2016, el mundo presencia una anomalía que huele a pólvora: la convergencia entre Donald J. Trump y Vladimir Putin, un vínculo que rompe ochenta años de tradición estratégica estadounidense y que ha sembrado desconcierto entre diplomáticos, analistas y servicios de inteligencia. No es simpatía personal, ni afinidad ideológica, ni la estética de un romance geopolítico. Es algo más profundo, más oscuro y, sobre todo, más peligroso: una conexión que altera el equilibrio del poder occidental.

Europa observó aquello con una mezcla de incredulidad y repugnancia histórica: un presidente estadounidense, ya en el ocaso de sus setenta, cuestionando el Artículo 5 de la OTAN como quien duda del valor de un viejo paraguas bajo la lluvia; relativizando compromisos fundacionales; celebrando el desmoronamiento del proyecto europeo; y otorgando más reverencia a tiranos de manual que a los aliados que habían sostenido el mundo libre durante generaciones. Al mismo tiempo, el veterano del Kremlin —otro anciano septuagenario cuyo historial habla por él con más elocuencia que cualquier adversario— no necesitó mover un solo músculo. Le bastó contemplar cómo la muralla occidental, levantada con ochenta años de sudor, sangre y acero, empezaba a desmoronarse por obra de quienes debían custodiarla.

A sus edades, algunos hombres se vuelven sabios; otros, simplemente más peligrosos. Estos dos nunca aspiraron a lo primero, y sus biografías —crestadas de excesos, rencores y un apetito insaciable por la aprobación— los describen con una claridad que no requiere intérpretes.

Durante la Guerra Fría, cualquier gesto de complacencia hacia Moscú era políticamente letal. Sin embargo, Trump lo convirtió en un eje discursivo: minimizó agresiones rusas, cuestionó sanciones, desacreditó a sus propios servicios de inteligencia, elogió la “fuerza” del líder ruso y dejó en duda, sin pestañear, si Estados Unidos defendería a los aliados europeos. Para las agencias de seguridad occidentales, no se trataba de excentricidades retóricas, sino de una alteración estratégica sin precedentes.

Trump, el aliado que desmonta la defensa colectiva

Hay traiciones que no detonan con un disparo, sino con un silencio. Se miden en tratamientos preferenciales, en giros bruscos de tablero, en pactos sellados a media luz. Desde 2016, el mundo ha presenciado una de esas traiciones en cámara lenta: un presidente estadounidense reconfigurando alianzas, arrinconando tratados e imponiendo una nueva escala moral en la que la lealtad se mide en elogios personales y no en compromisos institucionales.

El Comité Selecto de Inteligencia del Senado de Estados Unidos detalló en cinco volúmenes —publicados entre 2019 y 2020— cómo Rusia llevó a cabo una “campaña extensa” de injerencia para favorecer a Trump en las elecciones de 2016. Ese hallazgo habría sido suficiente para sacudir los cimientos del orden atlántico. Pero lo más perturbador no fue el origen de la interferencia, sino su destino: la posibilidad de un giro histórico que rediseñara, desde Washington, el marco estratégico que había contenido la ambición rusa durante tres generaciones.

Las guerras contemporáneas rara vez se ganan en campos de batalla. Se ganan en redes sociales, en cuentas offshore, en instituciones que ceden por fatiga, y en mentalidades que aceptan la resignación como destino. Rusia no buscaba en Trump un aliado, sino una estructura. Algo estable, profundo, irreversible. Un sistema que desprecie los tratados, relativice la solidaridad occidental y normalice la desconfianza hacia las instituciones democráticas. Un sistema en el que puede vencerse sin disparar un solo tiro.

La afinidad entre Trump y Putin no es casual ni psicológica. Es la intersección precisa entre dos fuerzas capaces de desmantelar Occidente:

• el oportunismo depredador del poder ruso,

• y el desprecio impetuoso por el orden liberal estadounidense.

No hay pacto formal. Hay simbiosis. Y el precio lo paga Europa. Porque cuando Estados Unidos se tambalea, Europa tiembla. Cuando Europa se divide, Rusia avanza. Y cuando Rusia avanza con un presidente estadounidense que la admira, el mundo entra en una noche larga.

Las civilizaciones no suelen caer por golpes externos, sino por grietas internas. En este caso, la grieta tiene nombre americano. El agua que la ensancha, nombre ruso. Europa es la presa. La cuestión no es si aguantará: es si decidirá reforzarse antes de que el agua haga su trabajo.

Para el Kremlin, el poder es un animal salvaje: respetable cuando muerde, despreciable cuando duda. Su estrategia siempre ha consistido en detectar fisuras, ampliarlas y llenarlas de caos. En Trump encontró una oportunidad sin precedentes: una grieta que hablaba inglés tenía acceso al botón nuclear y dirigía la primera potencia mundial. Esa grieta era oro líquido para Moscú por cuatro razones centrales:

Caos dentro del propio Estados Unidos. Polarización, deslegitimación del proceso electoral y el asalto al Capitolio: un espectáculo que jamás habría podido fabricar Moscú, pero que celebró con evidente satisfacción. El caos interno estadounidense es, desde hace décadas, el sueño estratégico del Kremlin.

Desarticulación interna de la OTAN. Ni siquiera en los años más tensos de la Guerra Fría, un presidente de EE. UU. insinuó la posibilidad de no acudir en defensa de un aliado. Trump lo hizo con naturalidad. Las cancillerías europeas estremecieron. Desestabilizar la OTAN, es objetivo prioritario del Kremlin, al que Trump contribuyó sugiriendo retirarse y redefiniendo la defensa colectiva como un servicio condicionado al pago.

Debilitamiento moral del continente europeo. Europa ha sobrevivido en gran parte gracias a la convicción de que, cuando llegue el fuego, Estados Unidos estará ahí. Trump quebró esa fe. Y un continente que pierde su fe queda desnudo. Debilitar la Unión Europea, es una ambición histórica rusa que Trump reforzó celebrando el Brexit y descalificando a la UE como “enemigo comercial”.

Legitimación de la autoridad autocrática. Cada elogio de Trump a la “fuerza” y “liderazgo” de Putin equivalía a una victoria geopolítica sin coste. El mensaje calaba: Washington admiraba el modelo del Kremlin más que a sus socios democráticos. Trump impulsa la legitimación de formas de poder personalista, recelosas del Estado profundo y de los límites institucionales.

Trump Putin: Binomio demoledor de las instituciones democráticas

En el binomio Trump Putin, aunque sus sistemas políticos sean incompatibles, sus objetivos estratégicos han mostrado una inquietante sintonía: Erosionar la credibilidad democrática, donde Rusia despliega campañas de desinformación y Trump amplifica dudas sobre la integridad del proceso electoral. No es ideología compartida. Es oportunidad compartida. No hay amistad entre ambos líderes. Hay utilidad. Un líder ruso que quiere quebrar la arquitectura atlántica. Y un presidente estadounidense dispuesto a minarla sin complejos.

Trump ve en Putin lo que desearía ser sin los límites de la ley. Putin ve en Trump lo que siempre quiso tener en Washington: un acelerador del declive occidental. Ese es el tablero. Ese es el riesgo. Y este es el momento en que Europa debe decidir si quiere seguir siendo parte de la Historia o su nota al pie.

Kompromat: ¿Trump prisionero y beneficiario de Moscú?

Hay temas que los gobiernos preferirían enterrar bajo montañas de memorandos diplomáticos, porque su sola formulación amenaza con dinamitar la comodidad en la que tantos dirigentes han construido sus carreras. Pero la historia —implacable como un invierno ruso y siempre dispuesta a humillar a los complacientes— nos obliga a mirar allí donde más duele. Y hoy, en este mundo convulso que avanza a tumbos hacia un desorden más frío que la Guerra Fría, la pregunta que susurra en los despachos de Occidente es tan sencilla como tóxica: ¿qué podría tener Rusia sobre Donald J. Trump?

Porque en cada gran crisis internacional hay un instante en que los analistas dejan de calcular distancias de misiles y empiezan a medir distancias morales. En política, las debilidades humanas cuentan más que los tanques; un líder vulnerable puede desestabilizar más que una brigada acorazada. Y pocas figuras del siglo XXI exhiben una combinación tan explosiva de ambición, vanidad, caos financiero y hambre insaciable de admiración como el 45º presidente de los Estados Unidos.

Los servicios de inteligencia, esos monjes laicos del siglo moderno no empiezan nunca por los discursos, que son espuma. Empiezan por los flancos íntimos: biografía, finanzas, hábitos, psicología, adicciones, carencias. Porque todo ser humano que necesite ser admirado puede ser manipulado; y todo líder que busque aplausos está medio derrotado antes de entrar en la sala. Moscú, maestro ancestral en el arte de oler debilidades, lo sabe mejor que nadie.

El llamado kompromat no es una teoría conspirativa ni un producto hollywoodense. Es un método de Estado. La URSS lo perfeccionó como quien pule un arma heredada; la Rusia de Putin lo ha industrializado con sistemas digitales, hoteles monitorizados y oligarcas que actúan como tentáculos financieros del Kremlin. Los principios, como los de cualquier doctrina depurada tras décadas de práctica, son simples: observar, registrar, clasificar, almacenar y esperar. Usar solo cuando convenga, y nunca antes.

En este marco, la pregunta no es si Rusia podría haber generado material comprometedor. La pregunta, siempre más inquietante, es a quién y cuándo. Y pocos objetivos resultan tan tentadores —tan vulnerables— como Donald Trump: un hombre adicto al halago, obsesionado con su propia imagen, rodeado de socios dudosos, habituado a operar en la penumbra financiera y emocionalmente moldeable por quienes saben pulsar el botón correcto.

Tres décadas bajo la mirada rusa. Los analistas describen el “expediente Trump” como un archivo que no nació en 2016, sino treinta años antes, cuando la Unión Soviética todavía respiraba. Treinta años dan para muchos perfiles, muchas grabaciones y muchas oportunidades. Son tres capítulos bien definidos.

Fase I: La seducción (1987–1995). Trump viajó a Moscú invitado por el Estado soviético. En aquella época, ningún extranjero de alto perfil daba un paso sin que una docena de ojos lo siguieran. Cada habitación estaba equipada, cada conversación monitorizada, cada encuentro informal registrado. Pero lo más valioso no fueron las grabaciones. Fue algo más sutil y duradero: los soviéticos detectaron a un hombre impresionable, vulnerable al trato cortesano, fascinado por la pompa estatal. En lenguaje de inteligencia, eso se llama perfilado emocional. Trump, a su regreso, declaró que lo habían tratado “como a un rey”. Lo cual, en términos estratégicos, significa que lo habían identificado como a un niño.

Fase II: La vulnerabilidad financiera (1995–2010). Después llegó la tormenta: casinos en bancarrota, bancos norteamericanos cerrando puertas, deudas millonarias, reputación hundida. Y en ese mar de desesperación aparecieron varios oligarcas rusos con capital fresco, compras de propiedades, pagos en efectivo y estructuras opacas que se cruzaban con empresas asociadas a la marca Trump. Mucho de esto fue documentado por el Comité de Inteligencia del Senado en 2020. Para los servicios rusos, este periodo es oro puro: los hombres desesperados aceptan socios que jamás deberían conocer.

Fase III: La exposición pública (2013–2016). La cumbre llegó con Miss Universo en Moscú. Trump rodeado de oligarcas, funcionarios del Kremlin, empresarios investigados, intermediarios de medio mundo. Y alojado, como manda el manual ruso, en suites donde hasta los espejos tienen oídos. Como observó el exdirector de la CIA John Brennan, sería “extraordinariamente improbable” que un millonario extranjero de ese perfil no fuera objeto de vigilancia técnica. Michael Hayden, exdirector de la NSA, lo resumió con frialdad quirúrgica: “Los rusos graban por sistema. A veces ni saben si lo usarán. Pero siempre lo guardan.”

El tipo de material que aterra a un narcisista. El kompromat no necesita ser escandaloso. Basta con que resulte humillante. Y la humillación, ay, es un veneno personalísimo. En Trump, los especialistas destacan tres vulnerabilidades:

  • sexual-emocional (encuentros ambiguos, compañías peligrosas, situaciones privadas susceptibles de destruir su imagen),
  • financiera (patrimonio real, préstamos oscuros, intermediarios turbios, favores recibidos cuando todo se derrumbaba),
  • y psicológica, la más poderosa de todas: su dependencia patológica de la admiración.

Para Putin, que entiende el alma humana como un cazador estudia a su presa, no hay arma más precisa.

El chantaje que no necesita usarse. Los servicios rusos dominan un arte que Occidente nunca ha manejado con soltura: el chantaje sin pronunciarlo. A veces basta un silencio calculado, un rumor sembrado, un comentario al pasar, una mirada que dice “sabemos más de lo que crees”. El mejor chantaje es aquel que no necesita mostrarse; el que produce autocensura espontánea. Un hombre que teme que exista un secreto actuará como si existiera, incluso aunque no haya nada grabado.

La evidencia, lo plausible y lo que falta por descubrir. Aquí entra el trabajo frío de los informes oficiales. Lo que se sabe, sin sombra de duda, es que Rusia intervino en las elecciones de 2016 para favorecer a Trump: ciberataques, filtraciones, desinformación, contactos con agentes rusos. Lo confirmaron el Mueller Report, el Senado estadounidense y el ODNI.

También se sabe que hubo interacciones continuas entre figuras cercanas a Trump y agentes o intermediarios ligados a los servicios rusos. Y también se sabe que oligarcas vinculados al Kremlin aportaron dinero —comprando propiedades o entrando en negocios ligados a Trump— cuando este naufragaba financieramente.

Nada de esto demuestra que exista un kompromat. Pero todo ello dibuja un terreno fértil, una vulnerabilidad crónica. Luego está lo plausible, según los patrones operativos del FSB: Trump se alojó repetidas veces en hoteles controlados; estuvo rodeado de oligarcas que no viajan sin permiso político; mantuvo contactos gestionados por intermediarios que son extensiones informales del Estado ruso. Que exista material es plausible. Que no exista —como dicen varios expertos— sería estadísticamente inverosímil.

Y por último está lo alegado, pero no corroborado: el dossier Steele, explosivo y sin verificar. Ni confirmado ni descartado. Justo donde más le gusta vivir al Kremlin: en el reino de la duda.

Lo más inquietante: lo que no se pudo investigar. Los servicios occidentales lo repiten: lo preocupante no es lo que se sabe, sino lo que no se pudo saber. Reuniones ocultas, mentiras, destrucción de registros, obstrucción. Donde hay humo, suele haber fuego; y cuando el humo es tan espeso, alguien lo está soplando con deliberación.

Un líder vulnerable: el arma perfecta. En la realpolitik contemporánea, un presidente vulnerable no es solo un riesgo para su país: es una herramienta para sus adversarios. Y Trump, con su mezcla de ego descomunal, opacidad financiera, necesidad infantil de halagos y dependencia de la aprobación pública, es una mina abierta para cualquier servicio hostil.

Putin, que no desperdicia oportunidades, no necesita un video explosivo. A veces basta con un cumplido, un acceso privilegiado, una llamada condescendiente. Las democracias creen que el poder se mide en votos; los autócratas saben que también se mide en emociones.

Y en esa intersección peligrosa, Europa se convierte en moneda de cambio. Porque si algo enseña la historia —y Churchill lo sabía mejor que nadie— es que los líderes vulnerables no solo ponen en riesgo su nación: ponen en riesgo el orden entero. Y las sombras, cuando vienen de Moscú, nunca viajan solas.

Los ladridos de Trump son un aria para el Kremlin

Para Moscú, el estruendo político de Trump no es una molestia: es música de cámara. Una alianza atlántica que discute consigo misma vale más para el Kremlin que una debilitada; una confundida, más que una derrotada. Rusia obtuvo lo que ni en sus fantasías imperiales más vaporosas habría osado proyectar: un presidente estadounidense que cuestionaba el Artículo 5, desairaba a Alemania, celebraba el Brexit, cortejaba a autócratas europeos y sembraba la duda sobre la palabra militar de su propio país.

No hizo falta avanzar un solo tanque: bastó con minar la confianza. El 6 de enero de 2021 ofreció al Kremlin un regalo involuntario —la imagen del gigante vacilando, herido por su propia mano—. Cada elogio de Trump a Putin, cada gesto de simpatía, cada reunión en penumbra alimentó la narrativa rusa de un Occidente cansado, dividido y demasiado dispuesto a ceder terreno sin que nadie se lo quitara.

El arte del control sin cadenas. No siempre se necesita un dosier para condicionar a un líder; a veces basta con su psicología. Sus deseos, sus rencores, su sed de aplauso y su fascinación por los hombres fuertes forman un cóctel más eficaz que cualquier carpeta comprometedora. El Kremlin entiende mejor que nadie que el chantaje perfecto es aquel que no se formula: cuando el propio dirigente actúa impulsado por sus inclinaciones, el resultado supera cualquier presión externa. La voluntad mal orientada es un arma más silenciosa —y más destructiva— que cualquier kompromat.

Europa ante el riesgo sistémico. Durante ochenta años, la defensa del continente fue un axioma americano, tan sólido como el acero naval que cruzaba el Atlántico. Pero llegó un presidente dispuesto a patear ese axioma, y Europa descubrió cuán delgado era el cristal sobre el que reposaba. Esto no es una riña diplomática: es una fractura histórica. La potencia garante del orden occidental coqueteó, de pronto, con desmantelarlo.

Atrapada entre un aliado voluble y un vecino imperial, Europa se colocó en el peor lugar en el que una civilización puede situarse: el de creer que dispone de tiempo.

Mientras la Unión debatía reformas energéticas, el Kremlin apagaba interruptores. Mientras discutíamos cuotas militares, Rusia amasaba drones, campañas de desinformación y chantajes económicos. Mientras el continente confiaba en la inercia, sus adversarios confiaban en la duda.

Dependencias estructurales, descoordinación, miedos internos, prudencias excesivas y diplomacias equilibristas abrieron las puertas a una década de vulnerabilidad moral que Moscú explotó con la frialdad de un Estado mayor.

Europa no solo perdió influencia: perdió convicción. Y en política internacional, la falta de convicción no huele a prudencia: huele a rendición anticipada. Y la rendición anticipada es siempre el prólogo de la dominación.

Tres rutas hacia la tormenta: la elección que marcará un siglo

Los estrategas europeos contemplan tres horizontes donde la niebla es ya amenaza:

  1. Una proximidad abierta entre Washington y Moscú. Aún improbable, pero ya no impensable. Sería el acta de defunción de la OTAN.
  2. Una alianza atlántica que respira en los documentos, pero agoniza en la realidad. La pesadilla más verosímil: una OTAN sin pulso.
  3. Una Europa dislocada, refugiada en nacionalismos temerosos ante un mundo hostil. El sueño húmedo del Kremlin.

Ninguno de estos destinos está grabado en piedra. Pero todos se vuelven posibles si Europa continúa en la duermevela de los pueblos que creen que la historia tiene frenos automáticos.

Europa enfrenta hoy una amenaza inédita: un adversario exterior decidido a moldear el continente desde las sombras y un presidente estadounidense capaz, a sus 79 años, de lanzar un ladrido imprudente que sacuda ochenta años de estabilidad. Pasará —como pasan las epidemias que paralizan, pero no destruyen civilizaciones—, y su nombre será apenas un pie de página en los manuales. Pero el daño que deja la imprevisión no se cura con resignación.

La incertidumbre ya no es una debilidad: es un arma, afilada en Moscú con precisión quirúrgica. Y otros, por ignorancia o capricho, la empuñan sin comprender su filo. Europa no puede permitirse ni la ingenuidad ni el temblor.

La respuesta no puede ser tibia. Ni lenta. Ni formulada en salones donde la diplomacia se ha vuelto ceremonia sin alma. La respuesta exige un despertar estratégico, una doctrina sin ambigüedades, una voluntad capaz de resistir tempestades y de recordar que las grandes alianzas no se sostienen por comodidad, sino por convicción.

El mapa del siglo XXI no se dibuja con columnas acorazadas, sino con algoritmos, gasoductos, tratados rotos y silencios calculados. Europa debe decidir si levanta la voz o si acepta el destino humillante de convertirse en figurante en un tablero ajeno.

Porque la historia no espera. Las sombras avanzan. Y esta guerra que algunos imaginan silenciosa se libra primero en la mente, mucho antes que en el campo de batalla.

Y, sin embargo —como siempre en los momentos decisivos— hay una salida. La alianza euroatlántica, pese a los gruñidos de ancianos intempestivos, renacerá como el ave Fénix si Europa decide defenderla, rehacerla y elevarla. Ningún ladrido preside el destino de las democracias; lo preside su coraje.

Europa debe levantarse ahora, con la serenidad de los pueblos que han visto amaneceres peores y con la determinación de quienes no piensan entregar su libertad. De lo contrario, otros escribirán nuestra historia. Y la escribirán en un idioma donde la palabra libertad no existe.

Fuentes

Análisis académico sobre redes de “kompromat”, desde la era soviética hasta la Rusia contemporánea. Estudios académicos recientes sobre las redes de kompromat ruso, depositados en repositorios científicos como arXiv, y elaborados por investigadores en seguridad e inteligencia.

Atlantic Council, informes sobre operaciones rusas e injerencia estratégica.

Bellingcat, investigaciones sobre GRU, FSB y operaciones de influencia.

BfV – Bundesamt für Verfassungsschutz (Alemania), informes sobre operaciones e injerencia rusa.

Brookings Institution, análisis sobre Rusia, desinformación y seguridad transatlántica.

Centre for European Policy Analysis (CEPA), investigaciones sobre influencia rusa en Europa.

DGSE (Francia), notas públicas sobre operaciones de inteligencia e injerencia rusa.

Estonian Internal Security Service (KAPO), Annual Reviews sobre actividad FSB/GRU.

German Marshall Fund, informes sobre desinformación y seguridad euroatlántica.

Investigación del Departamento de Justicia (DOJ) / Inspector General, caso Crossfire Hurricane y uso de fuentes de dudosa credibilidad en procedimientos de vigilancia.

Office of the Director of National Intelligence (ODNI), Assessments on Foreign Election Interference (2017–2021).

Reporte del Senado de Estados Unidos, Report of the Select Committee on Intelligence on Russian Active Measures Campaigns and Interference in the 2016 U.S. Election, Vols. I–V (2020).

Special Counsel Robert S. Mueller, Report on the Investigation into Russian Interference in the 2016 Presidential Election (2019).

The New York Times, reportajes de Michael Schmidt, Adam Goldman y David Sanger.

The Washington Post, investigaciones de Rosalind Helderman, Greg Miller y Shane Harris.

U.S. Department of Justice, documentos públicos, sentencias y materiales sobre Manafort, Flynn y Papadopoulos.

U.S. Senate Select Committee on Intelligence, Russian Active Measures Campaigns and Interference in the 2016 U.S. Election (2020).

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