OBSERVATORIO DE CONFLICTOS
Sudán del Sur se desliza nuevamente hacia una guerra civil, como consecuencia directa de la decisión del presidente Salva Kiir de abandonar el acuerdo de paz de 2018, desmantelar el gobierno de unidad y optar por una estrategia militar contra sus rivales. Este giro marca la ruptura definitiva del frágil equilibrio político construido tras años de conflicto.
La detención en marzo de 2025 del vicepresidente Riek Machar, posteriormente acusado de traición, actuó como detonante inmediato de una nueva insurgencia. Este episodio reactivó tensiones étnicas profundas entre las comunidades dinka y nuer, nunca plenamente resueltas desde la guerra civil anterior, y devolvió al país a una lógica de confrontación identitaria.
La crisis actual responde también a una reconfiguración interna del poder, vinculada a la salud de Kiir y a las luchas por su sucesión dentro del régimen. El presidente ha abandonado el modelo de equilibrio entre élites para avanzar hacia una concentración de poder en su entorno familiar y étnico, lo que ha provocado purgas internas, desconfianza creciente y la desarticulación del sistema político que sostenía una estabilidad precaria.

El colapso económico ha acelerado esta deriva, especialmente tras la interrupción en 2024 del oleoducto Petrodar en Sudán, que redujo los ingresos estatales en aproximadamente un 70%. Este golpe debilitó gravemente al Estado, incapaz de sostener su red clientelar, provocando deserciones militares, pérdida de cohesión en las fuerzas armadas y la consolidación de una economía de guerra basada en el saqueo y el control territorial de recursos.
La violencia, iniciada en diciembre de 2025 en Jonglei, ha evolucionado hacia un conflicto más estructurado, con fuerzas leales a Machar y milicias como el Ejército Blanco capturando posiciones clave, mientras el gobierno ha respondido con ofensivas apoyadas en el ejército regular y milicias aliadas. El contexto está marcado por una retórica étnica extrema y ataques indiscriminados contra civiles, elevando significativamente el riesgo de escalada.
Ambos bandos, sin embargo, presentan debilidades estructurales, lo que apunta a un escenario de conflicto prolongado. El gobierno carece de recursos y cohesión interna suficiente para imponerse, mientras que la oposición depende de milicias locales fragmentadas volátiles y guiadas más por intereses comunitarios que por una estrategia política coherente.
El riesgo más preocupante es la regionalización del conflicto, ya que Sudán del Sur podría entrelazarse progresivamente con la guerra en el vecino Sudán. Las conexiones entre Juba y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), junto con posibles apoyos indirectos del ejército sudanés a facciones opositoras, convierten regiones como el Alto Nilo en potenciales zonas de convergencia de ambos conflictos, ampliando el teatro de operaciones en África oriental.
La crisis humanitaria alcanza niveles críticos, con más de 10 millones de personas necesitando asistencia en 2026, más de 2,6 millones de desplazados internos y 2,4 millones de refugiados. Los nuevos combates han provocado cientos de miles de desplazamientos adicionales, en un contexto donde los países vecinos están saturados o son inestables, lo que incrementa el riesgo de flujos migratorios hacia el norte de África y Europa.
La Unión Europea mantiene un papel relevante como actor humanitario, pero su influencia política es limitada. Su ayuda sostiene a la población, aunque también evidencia la incapacidad del Estado sur sudanés para cumplir sus funciones básicas. Ante esta situación, la UE debería reorientar su estrategia hacia la contención del conflicto, la protección de civiles, el apoyo a mediaciones africanas y la promoción de procesos de reconciliación local, evitando legitimar procesos políticos inviables como unas elecciones sin garantías.
En conjunto, Sudán del Sur se perfila como una guerra olvidada pero estratégicamente relevante, donde el colapso estatal, las tensiones étnicas y la interacción con conflictos regionales pueden generar un foco de inestabilidad duradero en África Oriental, con implicaciones directas para Europa en términos de seguridad y migraciones.
Contexto histórico y fragilidad estructural

Sudán del Sur es el país más joven del mundo y, al mismo tiempo, uno de los más frágiles, situado en el corazón del África subsahariana. Se define como una entidad multiétnica, multicultural y multirreligiosa, donde conviven decenas de grupos étnicos y lenguas, además del inglés como idioma oficial. Esta diversidad, lejos de ser un factor de cohesión, ha sido históricamente instrumentalizada en clave política y militar.
Hasta 2011, Sudán del Sur formaba parte de Sudán, dentro del antiguo condominio anglo-egipcio. Las diferencias estructurales entre el norte (árabe y musulmán) y el sur (africano, cristiano y animista) generaron tensiones persistentes que desembocaron en dos largas guerras civiles tras la independencia de Sudán en 1956.
El acuerdo de paz de 2005 abrió la puerta al referéndum de autodeterminación, que culminó en 2011 con la independencia de Sudán del Sur, respaldada por casi el 99% de la población. Sin embargo, la construcción del nuevo Estado quedó rápidamente atrapada en rivalidades internas.
Desde 2013, el país ha vivido ciclos recurrentes de violencia, tras el enfrentamiento entre Salva Kiir y Riek Machar, que derivó en una guerra civil marcada por masacres, desplazamientos masivos y fractura institucional. El acuerdo de paz de 2018 logró contener temporalmente el conflicto, pero no resolvió sus causas profundas.
La dimensión humanitaria ha sido devastadora y estructural, especialmente para la población infantil. Ya en 2017, organismos internacionales alertaban de que más de un millón de niños habían huido del país. La combinación de guerra, pobreza extrema y fenómenos climáticos adversos (sequías e inundaciones) ha consolidado un escenario de inseguridad alimentaria crónica.
Hoy, Sudán del Sur sigue atrapado en una paradoja estructural: un país rico en recursos, especialmente petróleo, pero incapaz de construir instituciones estables. La fragilidad del Estado, la dependencia de redes clientelares y la instrumentalización de la identidad étnica continúan alimentando un ciclo de conflicto que, en 2026, vuelve a intensificarse con riesgos regionales crecientes.
Sudán del Sur se mueve entre la guerra prolongada y el riesgo de escalada regional, con un Estado debilitado, una economía colapsada y tensiones étnicas activas. La evolución del conflicto dependerá de tres factores clave: capacidad de cohesión del régimen, nivelde coordinación de las milicias opositoras y del grado de implicación regional, especialmente desde Sudán.



