Ese era el lenguaje que empleaban los dos centenares de personas que, tras acudir al desfile del 12 de octubre en la Castellana de Madrid, se desplazaron a la Puerta del Sol para increpar y agredir a los acampados allí en protesta por la carestía de la vivienda. Otras frases proferidas del mismo tenor fueron: “rojo muerto, abono para mi huerto”, “puta prensa de mierda, manipuladores, hijos de puta”, “arriba España” y “ser español no es un delito”. Todo ello acompañado de vivas a Franco, banderas españolas anticonstitucionales, símbolos falangistas y cánticos del Cara al Sol aderezados por el saludo fascista del brazo en alto.
Lo que más me ha llamado la atención ha sido la notoria juventud de muchos de los congregados, entre los que abundaban menores de edad. Las imágenes de estos adolescentes increpando con extrema agresividad a los acampados en Sol, junto con sus vivas a un dictador que obviamente no conocieron, me han dejado el corazón helado. ¿De dónde sale todo ese odio y ese lenguaje guerracivilista? ¿quién o quiénes han moldeado el cerebro de estos jóvenes para que se manifiesten de ese modo?
Fascistas y nostálgicos del franquismo los ha habido siempre en España desde la Transición. Se congregaban los 20 de noviembre —fecha en que murió el dictador— en los alrededores del palacio de El Pardo y exhibían sus banderas y símbolos. Pero, generalmente, eran personas de avanzada edad y no pasaban de algunos centenares. Uno entiende que, entre cerca de cincuenta millones de españoles, algunos tiene que haber que añoren la dictadura, tal vez porque les fue bien en ella. Pero, el grueso de los ciudadanos —más exactamente, el 87,8 % de los votantes— decidieron poner fin a ese periodo ignominioso de nuestra historia votando afirmativamente la Constitución de 1978 y participando en las posteriores elecciones.
Efectivamente, ser español no es un delito. El problema proviene de que, quienes así se manifiestan, se consideran a sí mismos los únicos auténticos españoles y niegan la españolidad a todos los que no piensen como ellos. Según su visión, no son españoles los que ellos llaman “rojos”, ni los inmigrantes nacionalizados, ni los musulmanes, ni los gays, ni los independentistas catalanes o vascos, ni los feministas o ecologistas, ni muchos otros colectivos. Su admirado Franco también concebía una sola forma de ser español y, acabada la guerra, se dedicó a exterminar mediante el fusilamiento, la cárcel y el exilio a lo que también él llamaba la España roja. Ahí incluía, no solo a los comunistas, socialistas y anarquistas, sino también a los partidos republicanos, a los sindicalistas y a los militares fieles a la República. Realizó una completa purga ideológica que dejó al país amedrentado durante cuarenta años. Pero, como no es posible extirpar las ideas, los hijos y nietos de ambos bandos se negaron a seguir bajo ese yugo y se rebelaron contra la dictadura. Iniciaron, a partir de 1956, revueltas, manifestaciones y huelgas crecientes en los ámbitos universitario y laboral que terminaron por forzar la transición democrática tras la muerte del dictador.
La democracia que nos dimos perseguía precisamente lo que estos alevines de fascistas ahora nos niegan: la convivencia pacífica entre diferentes. Las personas tienen derecho a pensar y a manifestarse como ellas deseen, siempre que respeten los derechos de los demás. La democracia proporciona un conjunto de reglas para que los conflictos de todo tipo se diriman de forma pacífica. Expresiones como “rojos de mierda”, “periodistas de mierda, “moros de mierda” o “maricones de mierda” están expresamente excluidas de la democracia porque niegan a otros su derecho a ser como ellos deseen. Por lo tanto, lo que estos intolerantes pretenden, sin más, es retrotraernos a una dictadura que imponga un solo modo de ser: blanco, cristiano, heterosexual, machista y amante de la caza o los toros.
¿Cómo hemos llegado a que una parte de nuestra juventud abrace un fascismo que, por fortuna para ella, nunca conoció? A mi modo de ver, la responsabilidad principal está en los partidos que han normalizado un tipo de lenguaje contra sus adversarios políticos que es inadmisible en democracia. Los señores y señoras Abascal, Feijóo, Ayuso, Tellado y Muñoz, entre otros, llevan practicando ese lenguaje desde al menos 2023. El señor Abascal, por ejemplo, se refiere al Presidente del Gobierno como “mierda” y “traidor”, de forma habitual y llama “ratas” a los ministros del Gobierno. Desde el Partido Popular se llama al Presidente traidor, dictador y okupa también de forma habitual y la señora Ayuso nos regaló aquel “hijo de puta” desde las gradas del Congreso que luego han celebrado ella y su partido en numerosas ocasiones con la metáfora de la fruta.
Con respecto a los acampados en Sol en defensa del derecho a una vivienda asequible, también el Partido Popular emplea un lenguaje deshumanizador. No dice simplemente que discrepa de su protesta, sino que afirma que es ilegal por ocupar un espacio público, les criminaliza como propensos a la violencia —el famoso cuchillo de grandes dimensiones que mencionó el señor Almeida— y les asimila a terroristas —Ayuso dixit—. Tal vez no se acuerdan de las numerosas ocupaciones del espacio público que protagonizaron sus protestas contra la ley de amnistía, ni de la ocupación permanente de la calle Ferraz por los increpadores de Pedro Sánchez.
Esta deshumanización del adversario por medio de un lenguaje insultante y la difusión de bulos sobre su comportamiento es la que abre la puerta a los violentos. Aquellos que tienen poder deben saber que sus palabras no son inocuas. Que sus insultos e insinuaciones los recogen después los descerebrados y fanáticos, que se sienten legitimados para emplear la violencia, tal como vimos hacer el día 12 a esos adolescentes agresivos.
La democracia tiene suficientes mecanismos —principalmente, el del voto— para desalojar del poder a quien no nos gusta. No hace falta cargarse la democracia ni alentar la violencia para ello.


