jueves 22 enero, 2026

Polonia miró a España; España debería mirar a Polonia (I)

1998-2026: Miradas cruzadas hispano polacas

Cuando España era el horizonte polaco

Desde el Consejo Europeo de Copenhague de 1998 hasta la actualidad, el proceso de integración europea de Polonia no ha sido únicamente un objeto de análisis académico, sino también un eje estructurante de mi propia trayectoria investigadora y vital. No se trata de una afirmación retórica: el seguimiento continuado de la evolución polaca dentro de la Unión Europea ha determinado mis líneas de investigación, mis redes académicas y mi comprensión del proyecto europeo como realidad política, económica e institucional en transformación permanente, hasta el punto de hacer inseparables ambos planos.

Ese seguimiento comenzó cuando la ampliación hacia Europa Central y Oriental dejó de ser una hipótesis estratégica para convertirse en un proceso político irreversible. La revista La Musa de la Universidad de Castilla-La Mancha —publicación de pensamiento universitario, en formato digital y papel, multilingüe, de la que fui subdirector— se convirtió en uno de los espacios desde los que se analizó de forma sistemática el proceso de adhesión de Polonia y del conjunto de países del Grupo de Visegrado. Aquella labor editorial no fue paralela ni accesoria, sino consustancial a una investigación académica más amplia sobre la cohesión económica, social y territorial europea.

Mi tesis doctoral, dirigida por Diego López Garrido, catedrático de Derecho Constitucional y posteriormente secretario de Estado para la Unión Europea, se centró precisamente en esa política de cohesión. Ese marco analítico me condujo a estudiar lo que entonces denominé la revolución silenciosa polaca: la incorporación acelerada y profunda del acervo comunitario y las transformaciones económicas, normativas, institucionales y administrativas exigidas por los criterios de Copenhague. Polonia no se limitó a cumplir formalmente los requisitos de adhesión; emprendió una reconfiguración estructural del Estado y de su economía que pocos anticipaban con tal intensidad, coherencia y disciplina.

Este trabajo académico se desarrolló en estrecha conexión con una red de relaciones institucionales y personales que resultaron determinantes. En ese proceso fueron fundamentales el apoyo continuado de la Embajada de Polonia en España y, de manera muy especial, la implicación de las embajadoras Grażyna Bernatowicz y Marzena Adamczyk, así como de la diplomática Joanna Grodzka. En el ámbito universitario, mi vinculación académica, social y vital con Polonia —y de manera muy particular con la Universidad de Varsovia— fue posible gracias a la colaboración sostenida con las profesoras Grażyna Grudzińska, Karolina Kumor, Katarzyna Moszczyńska, Anna Sroka, y con el profesor Stanisław Sulowski.

De ese entramado surgió la Red Hispano-Polaca de Investigación Científica, un auténtico movimiento académico e intelectual cuya actividad se tradujo, durante más de dos décadas, en seminarios, congresos, libros colectivos, conferencias y proyectos de investigación compartidos. En reconocimiento a esa colaboración continuada, la Universidad de Varsovia tuvo la —sin duda discutible— ocurrencia de distinguirme con una medalla institucional, gesto que simboliza no un mérito individual, sino la densidad y estabilidad de una relación académica transnacional sostenida en el tiempo.

Entre los años 2000 y 2004, en los entornos diplomáticos, académicos y políticos polacos existía una convicción ampliamente compartida: España representaba el futuro al que Polonia aspiraba dentro de la Unión Europea. No se trataba únicamente de niveles de renta o de acceso a fondos estructurales, sino de un modelo completo de transformación tras una transición democrática exitosa: crecimiento económico sostenido, modernización social, cohesión territorial e integración europea plena.

Esa percepción era empíricamente observable. En seminarios, investigaciones y debates estratégicos desarrollados en Polonia —muy especialmente en la Universidad de Varsovia— España era utilizada de forma recurrente como caso de estudio positivo. El paralelismo no era forzado: ambos países compartían una incorporación tardía al proyecto europeo y una apuesta decidida por la convergencia.

Ese clima culminó simbólicamente en 2003, cuando el entonces presidente de la República de Polonia, Aleksander Kwaśniewski, aceptó prologar mi libro Polonia y España ante el futuro de la Unión Europea. La fotografía conjunta en El Pardo, durante su visita oficial a España, reflejaba algo más profundo que un gesto protocolario: la convicción compartida de que ambos países recorrerían trayectorias convergentes dentro del proyecto europeo.

El libro fue presentado en la sede de la Comisión Europea en Madrid mientras, en Bruselas, el primer ministro polaco Leszek Miller firmaba el Tratado de Adhesión de Polonia a la Unión Europea, tras el cierre del capítulo agrícola. El simbolismo era difícil de exagerar: Polonia entraba en la Unión mirando a España; España observaba a Polonia como uno de los grandes éxitos de la ampliación.

Dos décadas después, los indicadores económicos, políticos e institucionales obligan a una reflexión incómoda. No tanto sobre el éxito de la adhesión —incuestionable en muchos planos— como sobre la divergencia de trayectorias dentro de la Unión, el replanteamiento del papel de Polonia en Europa y el desplazamiento de aquel horizonte compartido que marcó el inicio del siglo. En ese devenir, el éxito europeo de Polonia y mi propio devenir académico y vital han discurrido, de forma paralela, por el mismo cauce histórico.

Crecimiento económico y convergencia: del espejo al cruce de trayectorias

Tras la caída del comunismo en 1989, pocos habrían anticipado que Polonia se convertiría, en apenas tres décadas, en una de las principales potencias económicas de Europa Central. Sin embargo, los datos de Eurostat, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional confirman un proceso de crecimiento sostenido excepcional en el contexto europeo. Desde comienzos de los años noventa, la economía polaca ha mantenido una tasa media de crecimiento cercana al 4 % anual, resistiendo incluso la Gran Recesión de 2008-2009 sin entrar en recesión, un comportamiento único dentro de la Unión Europea.

En el momento de la adhesión en 2004, Polonia se situaba en torno al 50 % de la media europea en PIB per cápita, mientras que España la superaba con claridad. Dos décadas después, el panorama es radicalmente distinto. Polonia converge rápidamente hacia la media de la UE, mientras que España ha experimentado una ruptura estructural tras la crisis financiera global de la que no ha recuperado plenamente su posición relativa. La convergencia ya no es unilateral: las trayectorias se han cruzado.

En términos de paridad de poder adquisitivo (PPA), Polonia es hoy la quinta economía de la Unión Europea, por delante de países como España, Portugal o Grecia. Su PIB ronda los 980.000 millones de dólares, una magnitud que prácticamente iguala la suma del conjunto de sus vecinos orientales, pese a contar con aproximadamente la mitad de población. El PIB per cápita polaco duplica con creces el promedio de Europa oriental no integrada plenamente en la UE, consolidando una brecha regional que no existía a comienzos de siglo.

El dinamismo polaco se ha mantenido también en el corto plazo. En 2024, el crecimiento del PIB se situó claramente por encima de la media comunitaria y de las principales economías del bloque. Alemania registró estancamiento o contracción, Francia un crecimiento débil, mientras Polonia superó el 3 %. Las previsiones de la Comisión Europea y del FMI para 2025 y 2026 apuntan a tasas cercanas o superiores al 3 % anual, muy por encima del promedio de la eurozona, que se mueve en torno al 1-1,2 %.

Este comportamiento no es coyuntural. Desde 2004, Polonia ha mantenido una senda de crecimiento estable, con escasos retrocesos y una notable aceleración en la última década. A diferencia de otras economías europeas, su modelo se apoya de forma significativa en la demanda interna, lo que le proporciona una mayor resistencia frente a choques externos y a las disrupciones del comercio internacional.

A ello se suma una estructura productiva en transformación. La industria polaca ha comenzado a desacoplarse parcialmente del estancamiento de Alemania, apoyándose en sectores vinculados a la inversión pública, la defensa, la electromovilidad, las tecnologías industriales y los servicios avanzados. Paralelamente, el sector servicios —especialmente los servicios empresariales, tecnológicos y de externalización profesional— se ha convertido en un motor estable de crecimiento y empleo.

Los fondos europeos han desempeñado un papel decisivo en esta dinámica. Aunque la ejecución inicial del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia fue lenta, los datos de la Comisión Europea muestran un volumen creciente de licitaciones y proyectos en marcha que anticipan un fuerte impulso de la inversión pública entre finales de 2025 y 2026. Este ciclo inversor coincide, además, con una esperada reactivación industrial en Alemania, lo que refuerza el posicionamiento polaco como nuevo nodo industrial del centro-este europeo.

El resultado es un mercado laboral extraordinariamente tensionado. Polonia presenta una de las tasas de desempleo más bajas de la Unión Europea, en torno al 3 %, frente a cifras persistentemente elevadas en economías del sur como España. El crecimiento de los salarios reales y la estabilidad del empleo refuerzan el círculo virtuoso de la demanda interna y la cohesión social.

En términos comparados, mientras Alemania y Francia luchan por reactivar sus economías, un nuevo centro de gravedad industrial y económico se consolida al este del Oder. Polonia ya no es el alumno aplicado de la ampliación, sino uno de los motores del crecimiento europeo. Este giro obliga a revisar los marcos analíticos heredados de los años de adhesión y plantea una pregunta incómoda para la Unión: cómo gestionar una convergencia que ya no responde al esquema centro-periferia tradicional, sino a un auténtico cruce de trayectorias dentro del proyecto europeo.

Competitividad y productividad: Polonia frente a España

En el terreno de la competitividad, Polonia ha consolidado en la última década una posición claramente ascendente dentro de la Unión Europea, mientras que España muestra avances más irregulares y una pérdida relativa de impulso en términos comparados. Aunque Polonia aún se sitúa por detrás de países como la República Checa en productividad laboral medida por hora trabajada, ha logrado superar a la mayoría de las economías de Europa Central y Oriental en tamaño de mercado, capacidad de atracción de inversión y dinamismo económico, factores que inciden directamente en su competitividad estructural.

La comparación con España resulta especialmente ilustrativa. Ambos países presentan economías diversificadas y una base industrial y de servicios relevante, pero han seguido trayectorias distintas. Polonia ha reforzado progresivamente su competitividad apoyándose en una combinación de industria manufacturera avanzada, servicios empresariales, logística, tecnologías de la información y un mercado interno en expansión. España, en cambio, continúa mostrando una dependencia significativa de sectores de menor productividad relativa, como el turismo y determinados servicios intensivos en mano de obra, lo que limita las ganancias agregadas de productividad.

En términos de productividad laboral, España mantiene niveles superiores a los de Polonia, pero la brecha se ha reducido de forma constante desde la adhesión polaca a la UE. Mientras Polonia converge de manera sostenida hacia la media europea, España permanece estancada desde la crisis financiera de 2008, sin recuperar plenamente el diferencial previo. La consecuencia es un acercamiento progresivo de Polonia a España en productividad, acompañado de una mayor velocidad de crecimiento económico.

Uno de los elementos diferenciales es el tamaño y la resiliencia del mercado interno. Con cerca de 38 millones de habitantes, Polonia dispone de un mercado nacional suficientemente amplio como para sostener el crecimiento incluso en contextos de debilidad externa. Esta característica, que España también comparte en términos demográficos, ha sido mejor aprovechada por la economía polaca en los últimos años, gracias a una evolución más favorable del empleo y de los salarios reales.

El comportamiento del consumo confirma esta tendencia. Los datos recientes muestran un crecimiento robusto de las ventas minoristas en Polonia, con avances interanuales significativamente superiores a la media de la UE, impulsados especialmente por el comercio no alimentario y por el fortalecimiento de la demanda de bienes duraderos. En España, aunque el consumo ha mostrado cierta recuperación, esta ha sido más dependiente de factores coyunturales —como el turismo o la inflación contenida— y menos de un aumento estructural de la productividad y de los salarios reales.

En materia de inversión, Polonia ha ganado una ventaja competitiva clara. La combinación de costes laborales aún moderados, capital humano cualificado, estabilidad macroeconómica y acceso a fondos europeos ha convertido al país en un polo de atracción para la inversión industrial y tecnológica. España, pese a contar con mejores infraestructuras y mayor experiencia empresarial, ha mostrado mayores dificultades para canalizar la inversión hacia sectores de alto valor añadido de forma sostenida.

Asimismo, la diversificación sectorial polaca reduce su vulnerabilidad frente a choques específicos. A diferencia de economías más pequeñas de Europa Central, excesivamente dependientes de un único sector o de una sola cadena de valor, Polonia ha construido una estructura productiva más equilibrada. En este punto, su modelo comienza a parecerse más al de las grandes economías medias europeas que al de los países de la ampliación de 2004.

En perspectiva comparada, el resultado es claro: Polonia ha pasado de ser una economía en convergencia pasiva a un competidor directo de economías del sur de Europa, incluida España. La competitividad ya no se mide únicamente por niveles absolutos de productividad, sino por la capacidad de mejorarla de forma sostenida, atraer inversión, generar empleo estable y sostener el consumo interno. En ese terreno, Polonia avanza hoy con mayor consistencia que España, consolidando un cambio de posiciones que hace apenas dos décadas parecía impensable.

Mercado de trabajo: la inversión silenciosa que cambió todo

Uno de los contrastes más llamativos —y más difíciles de asimilar para quienes recuerdan la Polonia de comienzos de los años 2000— es la transformación de su mercado de trabajo. En aquella etapa, cuando la cooperación académica con universidades polacas era ya intensa, el desempleo masivo constituía uno de los principales temores sociales y políticos. La transición al mercado y la reestructuración industrial habían dejado profundas cicatrices laborales.

Dos décadas después, el panorama es radicalmente distinto. Polonia registra una de las tasas de desempleo más bajas de la Unión Europea, situándose de forma recurrente entre los tres o cuatro Estados miembros con menor paro, según datos de Eurostat y la OCDE. Este resultado no puede explicarse como un efecto coyuntural del ciclo económico. Responde a una combinación de reformas graduales, elevada participación laboral, inversión sostenida en capital humano y una integración progresiva en cadenas de valor industriales y de servicios de mayor complejidad.

La mejora del empleo ha ido acompañada de una evolución favorable de los salarios reales. Aunque los costes laborales en Polonia continúan siendo inferiores a los de España, la brecha se ha reducido de forma constante en la última década. El crecimiento de los salarios reales, especialmente en sectores industriales y tecnológicos, ha reforzado el consumo interno y ha contribuido a una mayor cohesión social. Este proceso ha permitido compatibilizar competitividad externa con mejoras tangibles en el bienestar material de amplias capas de la población.

España ofrece un contraste claro. Pese a contar con un mercado laboral más maduro y con mayores niveles absolutos de renta, mantiene un desempleo estructural persistentemente elevado, incluso en fases de expansión económica. La dualidad contractual, la elevada temporalidad y la segmentación sectorial continúan lastrando la productividad y limitando el impacto del crecimiento sobre el empleo estable y los salarios reales.

Esta divergencia tiene implicaciones que van más allá de los indicadores macroeconómicos. En Polonia, la mejora sostenida del mercado de trabajo ha reforzado la percepción de movilidad social ascendente y de expectativas de futuro, particularmente entre los jóvenes. En España, por el contrario, el desempleo juvenil crónicamente elevado y la precariedad laboral afectan de manera directa a la confianza intergeneracional y a la cohesión social, un fenómeno ampliamente documentado en los estudios comparados de bienestar de la OCDE.

Desde una perspectiva comparada, resulta significativo que Polonia haya logrado reducir el desempleo sin recurrir a una compresión salarial generalizada. El aumento de los salarios reales ha sido compatible con una mejora de la competitividad, apoyada en ganancias de productividad, inversión extranjera directa y una estructura productiva más diversificada. España, en cambio, ha dependido en mayor medida de ajustes laborales defensivos y de sectores intensivos en mano de obra, lo que limita el efecto redistributivo del crecimiento.

En este sentido, el mercado de trabajo polaco puede interpretarse como el resultado de una inversión silenciosa pero constante en estabilidad macroeconómica, capital humano e integración productiva europea. El español, pese a reformas sucesivas, sigue atrapado en un equilibrio de alto desempleo y menor cohesión social. Esta divergencia explica en buena medida por qué Polonia no solo converge en renta, sino que comienza a competir con España en términos de atractivo económico y expectativas de bienestar.

Industria, Estado y estrategia: dos modelos de integración europea

Desde una perspectiva académica comparada, uno de los factores decisivos para explicar la divergencia reciente entre Polonia y España reside en la distinta articulación entre Estado, mercado e integración europea. Ambos países han sido beneficiarios netos de los fondos comunitarios, pero han hecho un uso estratégicamente diferente de ese instrumento.

Polonia concibió desde su adhesión a la Unión Europea los fondos europeos como una palanca de transformación productiva, no solo como un mecanismo de convergencia social. La política de cohesión fue orientada de manera prioritaria hacia la modernización industrial, el desarrollo logístico, las infraestructuras económicas, la atracción de inversión productiva y el refuerzo de su capacidad exportadora. Este enfoque permitió construir una base industrial diversificada, integrada en cadenas de valor europeas y progresivamente menos dependiente de un único socio o sector.

El papel del Estado polaco ha sido central en esta estrategia. Lejos de limitarse a una función redistributiva, el Estado actuó como coordinador estratégico, alineando políticas industriales, educativas, territoriales y de infraestructuras con los objetivos de convergencia real. La utilización disciplinada de los fondos estructurales y, más recientemente, del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia, ha reforzado esa coherencia, incluso en contextos de elevada tensión política interna.

España ofrece un contraste significativo. Como uno de los países pioneros en el uso de los fondos estructurales, logró avances indiscutibles en infraestructuras, cohesión territorial y ampliación del Estado del bienestar. Sin embargo, ese esfuerzo no se tradujo en una reorientación sostenida del modelo productivo, especialmente tras el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008. La dependencia de sectores intensivos en mano de obra y de bajo valor añadido persistió, limitando las ganancias de productividad y la capacidad exportadora a largo plazo.

Esta diferencia ha sido señalada de forma reiterada por la Comisión Europea en los informes del Semestre Europeo, que han subrayado la necesidad de reforzar en España la inversión en industria, innovación y capital humano, así como de mejorar la eficiencia en la asignación de recursos europeos. En el caso polaco, esos mismos informes destacan la coherencia entre inversión pública, estrategia industrial y crecimiento potencial, pese a las tensiones existentes en otros ámbitos de la gobernanza.

En términos de integración europea, el resultado es la emergencia de dos modelos distintos. Polonia ha utilizado la pertenencia a la Unión como un instrumento de fortalecimiento del Estado y de la capacidad productiva nacional, sin renunciar a una fuerte intervención estratégica. España, en cambio, ha priorizado la cohesión social y territorial, con resultados positivos, pero ha mostrado mayores dificultades para traducir la integración europea en un salto estructural de su base productiva.

Esta divergencia no implica un juicio normativo simple, pero sí una constatación analítica: la integración europea no produce efectos homogéneos por sí misma. Depende de cómo los Estados articulan sus políticas internas con los instrumentos comunitarios. En ese terreno, Polonia ha demostrado una capacidad de planificación estratégica que explica buena parte de su ascenso económico reciente, mientras que España sigue enfrentándose al reto de redefinir su modelo productivo dentro de la Unión.

Disciplina fiscal y resiliencia: dos márgenes de maniobra en Europa

La comparación fiscal refuerza la divergencia estructural entre Polonia y España. Mientras Polonia ha mantenido históricamente una deuda pública moderada en relación con su tamaño económico, incluso en contextos adversos, España arrastra un endeudamiento elevado y persistente desde la crisis financiera de 2008. Esta diferencia no es meramente contable: condiciona de forma directa la capacidad de ambos Estados para afrontar los desafíos futuros de la integración europea con un mayor grado de autonomía estratégica.

Según los datos de Eurostat y del Fondo Monetario Internacional, la deuda pública polaca se sitúa claramente por debajo de la media de la UE, mientras que la española permanece en niveles que limitan el margen de maniobra fiscal, especialmente en un contexto de normalización monetaria y mayores costes de financiación. Esta asimetría explica por qué Polonia ha podido combinar crecimiento, inversión pública y gasto social sin tensiones inmediatas en los mercados, mientras que España sigue operando bajo una vigilancia fiscal más estricta.

Ello no significa que Polonia esté exenta de riesgos. En los últimos años, el incremento del gasto social, el aumento sostenido del presupuesto de defensa y el impacto inflacionario posterior a la pandemia han generado tensiones fiscales crecientes. Las previsiones oficiales apuntan a déficits elevados en el corto plazo, con niveles que superan claramente los umbrales tradicionales del Pacto de Estabilidad. No obstante, las instituciones europeas y las agencias internacionales han mostrado, hasta ahora, una tolerancia significativa, apoyada en el robusto crecimiento económico del país y en su favorable trayectoria de deuda a medio plazo.

Un elemento clave en esta evaluación es el Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia de Polonia (PNRR). A pesar de las controversias políticas y jurídicas que afectaron temporalmente a la relación entre Varsovia y Bruselas, existe un amplio consenso institucional en torno a la aplicación de las reformas e inversiones comprometidas. El PNRR incluye reformas estructurales orientadas a mejorar la productividad, reforzar la sostenibilidad fiscal y modernizar la administración pública, con especial énfasis en la digitalización tributaria, la eficiencia recaudatoria y la inversión en capital humano.

Desde la perspectiva europea, estas reformas constituyen un factor clave de credibilidad fiscal. La Comisión Europea ha subrayado que la combinación de crecimiento económico, reformas estructurales y utilización eficaz de los fondos europeos permite a Polonia absorber déficits elevados en el corto plazo sin comprometer su estabilidad macroeconómica. España, en cambio, afronta mayores dificultades para articular un relato fiscal igualmente creíble, dado su menor crecimiento potencial y la rigidez de su estructura de gasto.

No obstante, el escenario polaco tampoco está exento de desafíos estructurales. El crecimiento económico se ha desacelerado de forma progresiva en las últimas dos décadas: de tasas cercanas a los dos dígitos en la fase inicial de convergencia, a ritmos del 5 % y, más recientemente, en torno al 3 %. Este patrón refleja un fenómeno común en las economías en convergencia avanzada y plantea el riesgo de caer en la denominada trampa de los ingresos medios si no se mantienen tasas de crecimiento suficientemente elevadas a medio plazo.

En este punto, la comparación con España vuelve a ser relevante. Ambos países necesitan sostener reformas que impulsen la productividad, la innovación y el capital humano para evitar un estancamiento prolongado. La diferencia es que Polonia afronta este reto desde una posición fiscal más sólida y con mayor margen de maniobra, mientras que España lo hace condicionada por una deuda elevada y una menor flexibilidad presupuestaria.

En síntesis, la disciplina fiscal relativa de Polonia ha reforzado su resiliencia económica y su credibilidad europea, permitiéndole gestionar déficits temporales sin perder autonomía estratégica. España, por el contrario, continúa atrapada en un equilibrio fiscal más restrictivo, que limita su capacidad para responder de forma ambiciosa a los retos económicos y geopolíticos del futuro europeo.

Europeísmo vivido y no retórico: integración, expectativas y poder transformador

Desde una perspectiva tanto académica como empírica, el caso polaco pone de relieve una paradoja relevante para el análisis europeo contemporáneo. A pesar de las tensiones políticas internas y de los conflictos recurrentes con las instituciones comunitarias en materia de Estado de derecho, el europeísmo social y aspiracional en Polonia sigue siendo sólido. La pertenencia a la Unión Europea se asocia mayoritariamente con progreso material, movilidad social y oportunidades de futuro.

En España, por el contrario, donde Europa fue durante décadas el principal vector de modernización económica, institucional y social, comienza a percibirse un desencanto creciente, especialmente entre las generaciones más jóvenes. No se trata de un juicio político ni ideológico, sino de una constatación respaldada por encuestas europeas y estudios comparados de bienestar subjetivo: mientras en Polonia la UE sigue representando un horizonte de ascenso, en España se asocia cada vez más a estancamiento relativo y pérdida de expectativas.

Este europeísmo vivido —no retórico— está estrechamente vinculado al impacto tangible de las políticas europeas. Polonia es uno de los mayores beneficiarios netos de los fondos de cohesión y de los instrumentos extraordinarios de recuperación. Aún tiene pendientes de recepción en torno a 18.000 millones de euros en subvenciones del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia, que reforzarán la inversión pública en los próximos años y contribuirán a sostener el crecimiento económico.

El Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia de Polonia moviliza cerca de 59.800 millones de euros, combinando préstamos y subvenciones, y se orienta a inversiones en infraestructuras, energía, digitalización, transición ecológica y modernización administrativa. A ello se suma el uso continuado y eficaz de los fondos estructurales tradicionales, cuyos resultados son visibles en ámbitos como la red de transporte, la modernización del sector agrícola y la mejora de la competitividad territorial.

La comparación con España resulta nuevamente ilustrativa. Aunque España también es beneficiaria destacada de los fondos Next Generation, su impacto social y simbólico ha sido menos perceptible para amplias capas de la población, en parte debido a una ejecución más fragmentada y a una menor traducción inmediata en empleo estable y productividad. En Polonia, en cambio, la relación entre fondos europeos, inversión pública y mejoras visibles en la vida cotidiana ha reforzado la legitimidad social del proyecto europeo.

A este impulso público se suma una dinámica creciente de inversión privada internacional. En los últimos años, varias empresas globales han anunciado proyectos de gran envergadura en Polonia, especialmente en sectores estratégicos como tecnología avanzada, inteligencia artificial, semiconductores, logística y energías renovables. Estas inversiones responden a una combinación de factores: ubicación geográfica, tamaño del mercado, capital humano cualificado y una estrategia estatal orientada a posicionar al país en sectores clave para la autonomía estratégica europea.

Las autoridades polacas han señalado que el volumen total de inversiones previstas para 2025 podría superar los 150.000 millones de euros, con el objetivo explícito de situar a Polonia como uno de los polos tecnológicos e industriales emergentes de la Unión. Este ambicioso planteamiento refuerza la percepción de pertenencia europea como oportunidad, no como límite.

No obstante, este escenario no está exento de riesgos. La guerra en Ucrania sitúa a Polonia en una posición de elevada exposición geopolítica, tanto por su proximidad territorial como por su papel central en el flanco oriental de la OTAN y de la UE. Cualquier deterioro significativo del entorno de seguridad tendría un impacto directo sobre las expectativas de inversión, el crecimiento económico y la estabilidad regional.

En síntesis, el europeísmo polaco se construye hoy sobre resultados tangibles: empleo, inversión, infraestructuras y movilidad social. En España, donde esos efectos se perciben de forma más difusa, la relación emocional con Europa se ha debilitado. Esta divergencia no solo explica actitudes sociales distintas hacia la UE, sino que anticipa un cambio más profundo en el equilibrio interno del proyecto europeo: entre quienes ven Europa como motor de futuro y quienes empiezan a vivirla como un marco agotado.

Defensa y autonomía estratégica: dos posiciones en la Europa de la seguridad

La comparación en materia de defensa entre Polonia y España revela una divergencia profunda que va más allá de las cifras presupuestarias y remite a concepciones distintas de la seguridad, la integración europea y el papel del Estado. En el contexto actual de reconfiguración geopolítica, la defensa se ha convertido en un eje central de la estrategia nacional y europea, y Polonia ha asumido este giro con una intensidad sin precedentes.

En los últimos años, Polonia ha incrementado de forma muy significativa su gasto en defensa hasta situarse como el primer país de la OTAN en términos de porcentaje del PIB, con niveles en torno al 4,5 %. Este esfuerzo no responde únicamente a compromisos formales con la Alianza Atlántica, sino a una percepción estratégica directa de amenaza, derivada de la guerra en Ucrania y de su posición en el flanco oriental europeo. La defensa se concibe así como una política estructural, no coyuntural.

España presenta un perfil muy distinto. Aunque ha aumentado su gasto militar en los últimos años y ha reforzado su implicación en misiones internacionales, sigue situándose por debajo de los objetivos de referencia de la OTAN y mantiene una aproximación más gradual y menos prioritaria a la defensa. Esta diferencia refleja tanto una menor percepción de amenaza inmediata como una tradición estratégica centrada en otros ámbitos de la acción pública.

La divergencia se amplía si se atiende al vínculo entre defensa e industria. En Polonia, el aumento del gasto militar ha ido acompañado de una clara apuesta por el desarrollo de una base industrial de defensa, con empresas públicas y mixtas integradas en cadenas de suministro nacionales y europeas. La industria de defensa se ha convertido en un sector en expansión, impulsado tanto por la demanda interna como por los programas conjuntos de la OTAN y de la Unión Europea, reforzando la capacidad exportadora y el empleo cualificado.

Este impulso industrial se inserta, además, en una estructura productiva diversificada. Polonia combina un sector manufacturero competitivo —incluida una fuerte presencia en bienes de consumo duradero y en la industria alimentaria orientada a la exportación— con un crecimiento acelerado del sector de defensa. Esta combinación refuerza su perfil como economía industrial avanzada dentro de la UE y le permite vincular seguridad, crecimiento y autonomía estratégica.

España, aunque cuenta con capacidades relevantes en determinados nichos de la industria de defensa y participa en programas europeos, no ha integrado de forma tan clara la política de defensa en una estrategia industrial de país. La desconexión relativa entre gasto militar, industria y modelo productivo limita el efecto multiplicador de la inversión en defensa sobre la competitividad y la innovación.

Desde una perspectiva europea, Polonia se posiciona así como un actor central de la nueva arquitectura de seguridad del continente, no solo como receptor de protección, sino como proveedor de capacidades. España, en cambio, mantiene un papel más complementario, alineado con el sur de Europa y con una visión de la defensa menos vinculada a la urgencia estratégica.

Esta diferencia tiene implicaciones de largo alcance. En la Europa que emerge tras la invasión rusa de Ucrania, la defensa se ha convertido en un criterio clave de influencia política y peso estratégico dentro de la UE y de la OTAN. Polonia ha entendido esta lógica y ha invertido en consecuencia. España, aunque comprometida con el proyecto europeo y atlántico, sigue sin situar la defensa en el centro de su modelo de integración.

En síntesis, mientras Polonia ha convertido la defensa en un pilar de su autonomía estratégica y de su proyección europea, España continúa tratándola como una política sectorial más. Esta diferencia no solo redefine el equilibrio de poder dentro de la UE, sino que anticipa un desplazamiento del centro de gravedad estratégico europeo hacia el este, con Polonia como uno de sus principales ejes.

España haría bien en mirar a Polonia

Este artículo no nace del distanciamiento académico ni de una observación externa, sino de una experiencia europea vivida, compartida durante más de dos décadas con colegas polacos, instituciones universitarias y actores diplomáticos, y atravesada por momentos simbólicos que condensan una época. La fotografía en El Pardo en 2003 o la presentación de Polonia y España ante el futuro de la Unión Europea en la sede de la Comisión Europea el mismo día en que Polonia firmaba su Tratado de Adhesión no fueron gestos circunstanciales, sino expresiones de una convicción ampliamente compartida entonces: la de una convergencia real y sostenida dentro del proyecto europeo.

Durante los años de la adhesión, Polonia miraba a España como referencia de éxito europeo: un país que había sabido convertir la integración en crecimiento, cohesión y modernización tras una transición democrática compleja. Dos décadas después, los datos económicos, sociales, fiscales, industriales y estratégicos invitan a invertir la mirada. No con nostalgia ni con ánimo comparativo estéril, sino con espíritu europeo crítico y analítico.

La experiencia polaca demuestra que la integración europea no garantiza el éxito, pero lo hace posible. La pertenencia a la Unión no sustituye a las decisiones nacionales: las amplifica o las neutraliza. Polonia ha utilizado de forma estratégica los instrumentos europeos —fondos de cohesión, mercado interior, política industrial, defensa y recuperación— para transformar su estructura productiva, reforzar su autonomía estratégica y mejorar las expectativas sociales de amplias capas de la población. España, pese a sus logros indiscutibles, ha encontrado mayores dificultades para traducir la integración en un nuevo salto estructural tras la crisis de 2008.

Esta divergencia no es ideológica ni cultural; es política y estratégica. Remite a la forma en que los Estados articulan el papel del Estado, el mercado y Europa en sus modelos de desarrollo. Polonia ha concebido la Unión como una palanca de poder económico y estratégico. España, en cambio, ha tendido a verla más como un marco de estabilidad y redistribución, con menor capacidad transformadora en el largo plazo.

Desde una perspectiva personal y académica, el devenir europeo de Polonia y mi propio recorrido investigador y vital han discurrido en paralelo. No como una identificación acrítica, sino como un aprendizaje compartido sobre las posibilidades y límites del proyecto europeo. Esa trayectoria permite afirmar, sin retórica, que el caso polaco constituye hoy una referencia ineludible para repensar la convergencia, la cohesión y la autonomía estratégica de la Unión.

Europa no es un destino predeterminado, sino una construcción política en permanente disputa. Hace veinte años, Polonia miraba a España como horizonte. Hoy, España haría bien en mirar a Polonia, no para imitarla mecánicamente, sino para recuperar una pregunta esencial: qué hacer con Europa cuando Europa aún ofrece margen para decidir.

Fuentes

Banco Mundial. (s.f.). World Development Indicators. Recuperado de

Comisión Europea. (s.f.). European Semester Country Reports.

Eurostat. (2004–2024). PIB per cápita, empleo, deuda, estructura productiva.

Ministerio de Defensa de Polonia. (s.f.). Informes anuales sobre capacidades y programas militares.

Parlamento Europeo. (s.f.). Informes y resoluciones sobre seguridad y defensa.

SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute). (s.f.). Military Expenditure Database.

Tribunal de Cuentas Europeo. (s.f.). Informes sobre política de cohesión y gasto en defensa.

Think tanks y centros de análisis estratégicos europeos. (s.f.). Estudios sobre Mediterráneo, Sahel y OTAN. Ejemplos: European Council on Foreign Relations, International Institute for Strategic Studies.

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