OBSERVATORIO DE CONFLICTOS
Cuando la contracultura llega al poder y entra en contradicción consigo misma
El movimiento «Make America Great Again» (MAGA) vivió tras la victoria de Donald Trump en 2024 algo más que un triunfo electoral. Experimentó una expansión cultural sin precedentes en la derecha estadounidense, hasta convertirse en una identidad política con aspiraciones hegemónicas. Sin embargo, como señala un análisis de The Washington Post(2026), ese impulso inicial parece haberse transformado en un desgaste cultural acelerado, especialmente entre los votantes más jóvenes.
Durante ese periodo, dejó de ser percibido únicamente como una fuerza política para convertirse en una identidad cultural alternativa, capaz de atraer a sectores jóvenes, influencers, élites tecnológicas disidentes y nuevas minorías políticas. Su fuerza residía en su carácter transgresor, en su desafío abierto a la cultura dominante y en su capacidad para proyectar una imagen de libertad, irreverencia y ruptura.
Ese fue su gran activo inicial: ser contracultura. En un contexto donde gran parte del espacio cultural estaba dominado por valores progresistas, MAGA ocupó el lugar de lo prohibido, lo incómodo y lo disruptivo. En términos culturales, lo marginal suele tener una capacidad de atracción superior a lo establecido. Durante ese breve periodo, el movimiento logró algo excepcional: convertir el conservadurismo en un fenómeno percibido como “cool”.
Este fenómeno no es solo estético, sino estructural. Diversos estudios de Brookings Institution y The New York Times coinciden en que el trumpismo ha pasado de ser una fuerza contracultural a una estructura de poder con dificultades para mantener coherencia interna, especialmente al trasladar su narrativa al ejercicio de gobierno.
Sin embargo, la llegada al poder en 2025 marcó un punto de inflexión. MAGA dejó de ser una fuerza insurgente para convertirse en estructura de gobierno, y con ello cambió su naturaleza. Gobernar exige resultados, coherencia y gestión. La contracultura, en cambio, se alimenta de provocación, libertad narrativa y ruptura constante. Esta contradicción es el origen de gran parte de su desgaste actual.
Lo que hacía fuerte al movimiento como oposición se convierte en debilidad cuando ejerce el poder.
En este proceso, la elección de JD Vance como vicepresidente no fue un detalle menor, sino una señal estratégica. Vance representa la institucionalización del trumpismo en una nueva generación, un heredero ideológico con un discurso incluso más duro y polarizante. Su trayectoria (desde crítico feroz de Trump a figura central del movimiento) simboliza la capacidad de absorción del trumpismo y su transformación en un proyecto político de largo recorrido. Pero también revela la tensión de consolidar la base más fiel que puede implicar la pérdida de votantes moderados e independientes, estrechando el espacio político.
A lo largo de 2025 y comienzos de 2026 comienzan a acumularse señales de deterioro en el plano cultural y político. La más evidente es la aparición de una brecha creciente entre la narrativa del movimiento y la realidad de su actuación. Promesas ambiciosas, estética de poder y comunicación agresiva no siempre se traducen en resultados tangibles, generando una percepción de artificio. Este desfase es clave, cuando la expectativa supera sistemáticamente a la realidad, el desgaste es inevitable.
Pero la contradicción más visible emerge en política exterior. Informes del Atlantic Council y del CSIS destacan que la implicación de EEUU en la guerra contra Irán ha tensionado uno de los pilares del discurso MAGA: el rechazo a las “guerras interminables” y la defensa de un repliegue estratégico centrado en los intereses nacionales. Esta situación ha abierto una fractura entre aislacionistas y sectores más intervencionistas, ya identificada en estudios de la RAND Corporation.
Esta ruptura ha abierto una fractura interna cada vez más visible. Dentro del ecosistema MAGA emergen críticas que apuntan no solo al conflicto en sí, sino a una cuestión más profunda: la percepción de alineamiento automático con Israel. Para algunos influencers y sectores de base, esto supone una traición al principio fundacional de “America First”.
Así, el movimiento se fragmenta en tres grandes corrientes que ya existían pero que ahora chocan de forma más evidente: los partidarios de la hegemonía (defienden el liderazgo global de EEUU y el uso de la fuerza); los centristas estratégicos (priorizan la competencia con China y el foco en Asia); y los aislacionistas (representan el núcleo más fiel del discurso original de MAGA). La paradoja es que el propio Trump ha oscilado entre estas posiciones, lo que convierte su ambigüedad en una fuente de incoherencia estratégica en el gobierno.
A esta tensión se suma el fenómeno de la “falsificación de preferencias”, donde parte de la base percibe estas contradicciones pero evita expresarlas. El movimiento pasa así de ser espontáneo y expansivo a más disciplinado, pero también más rígido y vulnerable.
En paralelo, la figura de Trump sigue siendo el principal activo del movimiento, pero también su límite: el trumpismo es difícilmente replicable sin Trump. Los intentos de imitación generan una percepción de artificialidad que acelera el desgaste. Uno de los indicadores más significativos de este proceso es la evolución del apoyo entre los jóvenes. La caída en este segmento es especialmente relevante porque el “nuevo MAGA” aspiraba precisamente a consolidarse como una alternativa generacional. La pérdida de atractivo entre menores de 30 años sugiere que el movimiento podría estar perdiendo su capacidad de renovación, lo que tiene implicaciones directas a medio plazo.
En el plano internacional, estas dinámicas tienen consecuencias claras. La política exterior del movimiento, marcada por aislacionismo selectivo, mercantilismo económico y diplomacia transaccional, ha reducido la presencia estadounidense en regiones como África, generando oportunidades para Rusia y China. Además, el enfoque pragmático en materia de derechos humanos y gobernanza, subordinado a intereses estratégicos inmediatos, introduce un cambio relevante: EEUU pasa de ser un actor normativo a un actor transaccional, lo que altera su papel histórico en el sistema internacional.
Enfrentamiento dentro de las filas conservadoras
Las tensiones internas ya no son solo teóricas: se están materializando en conflictos políticos concretos dentro del propio movimiento. Episodios recientes, como el enfrentamiento entre Trump y sectores del ala dura republicana, reflejan una creciente descoordinación entre liderazgo, base y aparato político.

Otro elemento relevante es la relación ambigua entre MAGA y Silicon Valley. Como recoge el Financial Times, parte del ecosistema tecnológico ha convergido tácticamente con el trumpismo en cuestiones como la libertad de expresión, la crítica a la regulación y el rechazo a la cultura “woke”. Figuras como Elon Musk o Peter Thiel ilustran esta aproximación. Sin embargo, esta relación está marcada por una contradicción estructural: mientras MAGA impulsa un nacionalismo económico y político, Silicon Valley opera sobre una lógica globalista basada en redes, talento internacional y mercados abiertos. Esta tensión convierte a ambos en aliados circunstanciales más que en socios estratégicos, y anticipa fricciones crecientes a medida que la tecnología adquiere un papel central en la competencia geopolítica global.
En paralelo, el análisis del Manhattan Institute sobre el electorado conservador muestra una creciente fragmentación interna dentro del Partido Republicano, reflejada en disputas políticas, tensiones en el Congreso y divergencias en temas clave de política exterior, economía o transparencia institucional. A pesar del control republicano, la agenda presidencial encuentra resistencias, y algunas votaciones han evidenciado que el trumpismo no controla completamente el aparato institucional. Paralelamente, los resultados electorales recientes, con avances demócratas en elecciones estatales y locales, sugieren un desgaste que podría tener impacto en las elecciones de medio mandato de 2026.
El futuro del trumpismo
De cara al futuro, la gran incógnita no es solo electoral, sino estructural. Incluso en caso de retrocesos en próximas citas como las elecciones de medio mandato (“U.S. midterm elections”) el trumpismo difícilmente desaparecerá. Su fuerza no reside únicamente en una figura o en un ciclo político concreto, sino en su capacidad para canalizar corrientes profundas del populismo estadounidense, latentes desde hace décadas.
En este sentido, el trumpismo ha dejado de ser una anomalía para convertirse en una expresión estructural de transformación de la derecha estadounidense. Como subraya The Economist, esta evolución refleja el paso de un conservadurismo institucional clásico a un movimiento populista consolidado, con implicaciones tanto internas (en términos de cohesión política y cultural) como externas, al afectar directamente al posicionamiento global de EEUU.
Así, el verdadero interrogante no es si el trumpismo sobrevivirá, sino qué forma adoptará en el futuro: si logrará institucionalizarse como una nueva derecha dominante, si se fragmentará en corrientes enfrentadas o si evolucionará hacia una síntesis que resuelva sus contradicciones actuales.
El resultado es claro: el antiguo establishment republicano ha perdido su centralidad, y el trumpismo se ha consolidado como la nueva estructura dominante de la derecha estadounidense.
En definitiva, el debate sobre si MAGA es “cool” o “vergonzoso” es solo la superficie de una transformación más profunda. Lo que está en juego no es una cuestión estética, sino estratégica: la capacidad de un movimiento político para mantener coherencia entre su narrativa fundacional, su liderazgo y su acción de gobierno en un contexto de alta presión interna y externa.


