Juan Carlos Rodríguez Ibarra
Magnifica serie la proyectada en Movistar+ que, con el título de Anatomía de un instante, adapta la novela homónima del excelente escritor, Javier Cercas. Quienes estuvimos esa fatídica tarde, noche y mañana del 23 y 24 de febrero de 1981 en el Congreso de los Diputados podemos adivinar la parte de ficción de la serie y la verdad de lo que allí vivimos.
El hemiciclo se fue llenando de guardias civiles que, al grito de “¡al suelo, al suelo!”, comenzaron a disparar con las metralletas y las pistolas. En ese momento, con un ruido atronador, los diputados y el gobierno nos tumbamos como pudimos debajo de nuestros escaños. Los segundos o minutos que estuvimos en esa situación se hicieron eternos. Se oía el traquetear de las armas y yo tenía la sensación de que la suerte estaba de mi lado. Pensé que estaban matando a diputados y que a mí no me habían dado. Tras un largo silencio, los diputados y el gobierno nos fuimos levantando y, de pie y con las manos en alto, fuimos recuperando nuestros asientos. Se prohibió leer, escribir y hablar.
Javier Cercas, en su libro Anatomía de un instante, destaca la valentía de Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo al no obedecer la orden de tirarse al suelo. Alabo ese arrojo y defiendo lo que hicimos el resto de quienes estábamos en el hemiciclo. Si nos hubiéramos negado a obedecer y hubiéramos permanecido sentados en nuestros escaños, es seguro que los guardias y Tejero habrían tirado a matar. Y si hubieran matado a uno o a muchos, el golpe de Estado hubiera triunfado. La sangre vertida habría impedido la vuelta atrás de quien estaba ciego de odio, rencor y deseos de venganza.
Ya se sabía, cuando se editó la novela de Cercas, que la voluntad del autor era resaltar las ilustres figuras de Adolfo Suárez, presidente del gobierno, de Santiago Carrillo, entonces secretario general del Partico Comunista de España, y la del teniente general Gutiérrez Mellado. La serie mencionada no solo resalta esos importantes papeles, sino que oculta el de otros dirigentes que en la serie apenas figuran. Algunos hijos de mis amigos, sabedores de que yo estuve allí, sin duda porque lo oyeron a sus padres, me llamaron para extrañarse de que aquel secuestro hubiera durado tanto (tal vez creían que los guardias entraron y se marcharon al poco rato) y de que nadie más hubiera tenido el más mínimo papel en esa tarde y noche.
La serie de Movistar+ va acabando cuando Tejero le ordena a un cabo de la Guardia Civil que saque de su escaño a Adolfo Suárez. A renglón seguido, un grupo de esos guardias se llevaron a Carrillo, a Felipe González, secretario general del PSOE a Rodríguez Sahagún, ministro de Defensa, y a Alfonso Guerra vicesecretario general socialista; eso ya no figura en la serie de Movistar+.
En el último capítulo, solo al final, se puede adivinar que hay alguien sentado frente a un rincón. Los que sabemos lo que pasó, podemos intuir que la figura era la de Felipe González. En los otros tres rincones del llamado sala de relojes se ubicaban Santiago Carrillo, Alfonso Guerra y Rodríguez Sahagún. Allí permanecieron toda la noche, sin que en el hemiciclo se tuviera la menor idea de si estaban vivos o muertos. Suárez fue llevado al despacho del presidente del Congreso.
Ninguno de ellos desobedeció la orden de quienes les apuntaban con sus armas de fuego reglamentarias. Hicieron lo que hicimos el resto de diputados: obedecer frente a la fuerza del odio y las pistolas. Ninguno de los que abandonaron el hemiciclo rodeados de guardias con armas de fuego apuntándoles se resistieron o exigieron la salida de todos los diputados que allí quedamos absolutamente descabezados en cuanto al liderato se refiere. Hicieron lo correcto. Haberse negado habría podido haberles costado la vida. Y si les hubieran matado, el golpe hubiera triunfado.
Todos, al final, hicimos lo que teníamos que hacer. El resultado no fue el que esperaba Tejero. Ganó la democracia y ganamos quienes supimos aceptar su fuerza para que terminara siendo su flaqueza.
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