Poema de Alberto Morate
A partir de la novela de David Uclés
Una península herida,
rota más bien,
donde no solo quedaron casas vacías,
sino vacíos humanos,
fosas comunes llenas,
tapias agujereadas por las balas,
iglesias destruidas,
huertas desoladas,
caminos entrampados,
ciudades bombardeadas,
nubes sin consuelo,
ríos rojos de sangre,
amistades traicioneras,
familias enfrentadas.
¡Qué poco sabemos de tanto que pasó!
Fue un periodo de odios
y de miedos,
de equivocado orgullo patrio,
de pérdidas
que podrían haberse evitado.
Ni el realismo mágico
nos salva.
Una guerra que duró
más de 40 años,
que aún sigue manando inquinas
y desprecios,
que trocó una península
en una isla,
un sueño en una pesadilla,
una lágrima en una tormenta,
una vida en un millón de cadáveres.
Hay que hablar de la guerra,
sí,
para que no repita,
para comprender la sinrazón de un silencio
transformado en venganza,
para entender que las palabras
sí pueden ayudarnos.
Hay muertos
que aún no descansan,
no hubo paz,
hubo triunfo,
los héroes fueron los supervivientes,
ruinas de una sociedad resquebrajada.
Las arengas eran ladridos,
solo ganaba el más despiadado,
dos colores que tornaron
en un gris ceniza,
en un negro de luto,
en un marrón de miedo
y descomposición nauseabunda,
dolorosa, infecta, infame,
sin esperanza.
Por eso hay que recordar,
hay que saber, hay que escuchar,
para no encontrarnos
más casas vacías,
más sangre derramada,
más corazones rotos,
más familias cercenadas.
Que se terminen
todas las guerras,
las civiles, las mal llamadas santas,
las mundiales,
las cibernéticas,
las químicas y nucleares,
las de guerrillas,
las asimétricas e híbridas,
las de desgaste,
las invasoras…
son todas sucias,
todas perjudiciales y desalmadas…
Dejadnos morir
en paz.
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