miércoles 22 julio, 2026

Gilles Tremlett; Franco. El dictador que moldeó un país.

Una biografía estimable

“Nunca me movió la ambición de mando”, declaró Franco en vísperas del referéndum que convocó en 1966 sobre la Ley Orgánica del Estado, un texto farragoso que venía a completar las llamadas Leyes Fundamentales, un conjunto incoherente de disposiciones legislativas, algo así como una constitución de mentirijillas, que comenzó en 1938 con el Fuero del Trabajo, en una España todavía en guerra. La ambición de mando fue motivo fundamental en el comportamiento de aquel militar jovencísimo, que solicitó servir en el ejército de África donde se ascendía por méritos de guerra, no supeditados al cansino escalafón que regulaba los adelantamientos en el ejército peninsular. La ambición, acompañada por el valor personal, le hizo alcanzar el generalato en 1926.

Franco siempre usó la palabra mando, en lugar de poder, incluso cuando llego a la cumbre del Estado. Nunca dejó de ser un militar formado en una cruenta guerra colonial, en la que no se daba cuartel al adversario. Los métodos que aprendió en Marruecos, la base militar y territorial de la sublevación en 1936, fueron los que aplicaría durante la guerra civil. Al enemigo no solamente vencerle, sino quebrar su moral primero y aniquilarle después. Ambición que lo llevó, aliada con la fortuna, a la condición de generalísimo de los ejércitos y caudillo de España durante cuarenta años.

Gilles Tremlett, hispanista ya probado con libros como el que dedicó a las Brigadas Internacionales, ha escrito una excelente biografía de Franco. Estudia paso a paso sus orígenes familiares, su meteórica carrera militar. Se detiene en analizar su carácter, reservado, prudente. Fue un buen jefe de pelotón, un buen jefe de batallón que supo, cuando tocó, dirigir un ejército en una campaña larga, complicada y sangrienta. Su reserva le hizo adherirse a la sublevación en el último momento. “Franco es el hombre que mejor calla”, decía de él José María Pemán. A pesar de su mediocridad aparente, corta estatura, figura bombona, voz atiplada (reñida con la virilidad proclamada), rudimentaria formación intelectual; a pesar de no ser una figura carismática, supo reunir en un haz -ordeno y mando- a las facciones que eran apoyo civil de la insurrección, fundiéndolas en un partido de nombre tan grotesco como FET y de las JONS. Fue capaz de garantizar los apoyos políticos y militares de las potencias fascistas, canalizándolas a través de su persona. Resalta Tremlett su manera de hacer la guerra. En tres meses sus columnas se plantaron ante Madrid, aprovechando la desorganización e inexperiencia del adversario. Aplicando en cada ciudad, en cada pueblo capturado una represión feroz. La ayuda de Rusia, por conveniencias de Stalin, se retrasó durante los primeros tres meses cruciales. En esas semanas, el ejército de África capturó una porción de territorio que sería vital en el curso de la contienda. Luego vino una guerra de desgaste, en que el bando que tenía menos reservas y menos ayuda exterior tenía las de perder. Ante todo, el prestigio personal. No ceder una pulgada. Dejar la iniciativa al enemigo y contraatacar, en Brunete, Belchite, Teruel y el Ebro. Los asesores italianos y alemanes experimentaban entonces con la llamada “guerra célere”, con el “blitzkrieg”. Pero Franco persistió en su estrategia de desgaste. Estaba librando no solamente un conflicto bélico sino una lucha política, en la que se trataba de “redimir”, eufemismo por extirpar y aniquilar mediante una represión sin misericordia a esa mezcolanza, que en su mente adoptaba la forma de una numerosa secta o mezcolanza de marxistas, masones e incluso judíos.

La victoria militar de 1939 significó una terrible pérdida para España no solamente material, sino intelectual. Centenares de sus hombres mejores tuvieron que marchar al exilio, empobreciendo hasta límites insospechados la escuela, la prensa y la universidad. El largo periodo de la autarquía, entre 1939 y 1959, fueron dos décadas perdidas para España. A todos los que tratan de rescatar las supuestas realizaciones del franquismo -la RENFE, los pantanos, el esbozo de Seguridad Social, el desarrollismo de los años sesenta y cosas semejantes- cabe oponerles la magnitud de las pérdidas, la mediocridad, la grisura del franquismo, que en el recuerdo, en el mío al menos, equivale a las canciones de Joselito, los seriales radiofónicos de Pepe Iglesias “El zorro”, y las faenas toreras de El Cordobés. Europa vivía un periodo fasto de crecimiento económico y algo, con Franco o sin Franco, le hubiera tocado.

A pesar de esa rudimentaria mentalidad, la de un reaccionario católico y militarista, Tremlett no cree que Franco sea un caudillo de guardarropía. No era, desde luego, el nuevo Cid, el Cruzado invencible, el Centinela de Occidente que pintaban sus apologistas; tampoco se puede “reducir la figura de Francisco Franco a la de un villano de película y condenarlo a la mediocridad histórica”. Demostró en su larga trayectoria una sabiduría zorruna, adaptándose a las circunstancias cambiantes, pasando de los modales fascistas, de un fascismo impostado, a la adopción de maneras paternales, como si los españoles fueran niños a los que hay que gobernar con mano de hierro, aunque ante la prensa extranjera suavizara el alcance de sus poderes, como en la entrevista que concedió en 1958 a Le Figaro.

¿Se considera usted, Excelencia, como un dictador?

Para todos los españoles y para mí mismo, calificarme de dictador es una puerilidad. Mis prerrogativas, mis atribuciones propias, son mucho menos importantes que las conferidas por la Constitución de los Estados Unidos a su Presidente.

Hay una manera de interpretar el franquismo como un régimen basado en la represión y el terror. En parte, pero solamente en parte, la afirmación es cierta. Los años que siguieron a la victoria de 1939 fueron años tremendos para todos aquellos que ocuparon cargos públicos durante la república, simpatizaron o apoyaron el gobierno legítimo. Su destino fue el fusilamiento o la cárcel. La ferocidad inicial se fue suavizando con los años, conforme la oposición fue menguando. Pero el franquismo nunca perdió ese carácter represivo. De vez en cuando recordaba que el garrote seguía firme y alzado, como en la ejecución de Julián Grimau, en 1964, los procesos de Burgos en 1970 o el proceso 1001 a sindicalistas en 1973 o los postreros fusilamientos de 1975. Pero el franquismo no se sostuvo exclusivamente en la represión. El recuerdo de la guerra civil, que el régimen no paró de explotar, tuvo el efecto de anestesiar políticamente a los españoles. Benjamin Welles, corresponsal en España del New York Times durante seis años, juzgaba que Franco gozaba de “la aquiescencia de la mayoría de los españoles mayores de cuarenta años que recuerdan la guerra civil y lo que desean es que se les deje en pas […] También goza del respaldo tácito o pasivo de una mayoría de la población joven, que ha crecido en un régimen cerrado herméticamente” (The gentle anarchy, citado por Tremlett. P. 421). Incluso entre las clases medias liberales se produjo una elección forzosa: o el caos de la guerra civil o la ley y el orden de Franco. Una alternativa parecida a la que recuerda Francesc Cambó en sus diarios: entre los asesinos (la FAI tenía predilección por pasear a sus correligionarios) o los imbéciles, se vio obligado a escoger. Ese apoyo se hacía visible durante los numerosos viajes de Franco por España. Por mucho que las autoridades se sirvieran de la coacción, el entusiasmo de las multitudes que salieron a la calle a recibir al presidente Eisenhower en 1959 era genuino. Quizás vieron en el americano una posible suavización de los rigores del franquismo. ¿Quién sabe? La película o reportaje de Sáenz de Hereda, Franco ese hombre, que hoy nos parece de un servilismo indescriptible, abyecto, tuvo un considerable éxito de taquilla. Max Aub, en 1969, de visita a España, en La gallina ciega, una de sus mejores obras, observó un país inconsecuente, olvidadizo, inconsciente, lejano de cualquier rebeldía. La misma impresión que solían llevarse los exiliados que volvían a España como José Bergamín, el católico apocalíptico. Casi nadie hacía memoria de la República a la que seguían fieles. Las repetidas concentraciones frente al Palacio Real, desde el momento de la retirada de embajadores, en 1946, hasta su muerte, demostraban, según Tremlett, que “Franco había construido un núcleo de seguidores cuyo número, aunque imposible de cuantificar, sí era significativo”. La represión sola no puede explicar la extraordinaria duración de un régimen político. Adhesión incondicional o interesada, miedo, actitud acomodaticia, indiferencia, despolitización, todo ello mezclado, sostuvieron el franquismo durante tantos años. El historiador francés Henri Amouroux escribió un libro de título provocativo: Quarante millions de pétainistes, en el que trataba de disipar el mito de una Francia exclusivamente resistente frente al invasor alemán. Treinta millones de franquistas podría servir de paralelo. Aquí, decía el bilbaíno Luciano Rincón, más que resistencia ha habido aguantancia. Una nación en que la oposición, aparte monárquicos inofensivos y algún anarquista suelto, estuvo representada por el heroísmo de varios cientos de comunistas semi aislados de una apática población. Mérito es de Tremlett haberse distanciado de unos debates hispánicos que desentierran al coco de Franco, para expiar quizás su inacción durante su dictadura. Antifranquismo retrospectivo que corrobora la buena conciencia de sus sostenedores. Un Franco que atado y bien atado a la tumba estaba y que algunos se empeñan torpemente en resucitar.

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