lunes 15 junio, 2026

España, ese viejo amor que discute consigo mismo.

Hay países que uno admira por su fuerza. Y luego está España, a la que muchos marroquíes amamos precisamente por sus contradicciones. Porque España puede pasar de escribir versos a gritar en un plató de televisión en menos de cinco minutos. Puede construir trenes de alta velocidad mientras descarrila a velocidad aún mayor. Y puede enseñar al mundo cómo vivir… mientras sus partidos se acusan mutuamente de destruir el país.

Visto desde Marruecos, lo que ocurre hoy en la política española produce una mezcla extraña de preocupación, incredulidad y un sarcasmo inevitable. Cuando uno observa la escena actual —corrupción, insultos diarios, polarización permanente, bloqueo institucional y una tensión política que parece alimentarse sola— tiene la sensación de estar viendo una serie demasiado larga cuyo guionista perdió el control hace varias temporadas.

sin embargo, España sigue funcionando. Ese es quizá el mayor milagro español.

Mientras la UCO “registra” sedes del PSOE y aparecen nuevos escándalos, el presidente del Gobierno visita al Papa en el Vaticano. La imagen parece escrita por un novelista con exceso de ironía, policías buscando documentos mientras las cámaras enfocan sonrisas diplomáticas bajo frescos renacentistas. 

Casi faltaba que un buen cristiano recordara discretamente el séptimo mandamiento, “No robarás”. O el octavo, “No mentirás”. Aunque quizá en política moderna esos mandamientos se consideran ya recomendaciones opcionales, como las condiciones de uso que nadie lee.

Pero sería injusto reducir todo al PSOE. La corrupción en España no tiene ideología fija; cambia de color político con admirable flexibilidad democrática. Cuando gobierna la izquierda, la derecha denuncia saqueos. Cuando gobierna la derecha, la izquierda descubre de repente el valor de la ética pública. Y el ciudadano español, atrapado entre escándalos cruzados, termina desarrollando una resistencia psicológica extraordinaria, escucha palabras como “comisiones”, “tramas”, “imputados” o “audios filtrados” con la misma tranquilidad con la que escucha el parte meteorológico.

Lo preocupante no es solo la corrupción. Lo verdaderamente inquietante es el ambiente. España parece vivir en campaña electoral permanente. Ya no existen adversarios políticos; existen enemigos absolutos. Cada debate se convierte en una batalla moral definitiva. Cada desacuerdo parece anunciar el fin de la democracia. Y cada partido asegura, con solemnidad casi religiosa, que solo él puede salvar España… normalmente después de haber contribuido bastante a empeorarla.

Desde fuera, algunos comparan este clima con los años anteriores a la Guerra Civil. Conviene ser prudentes con esas comparaciones. La España actual no es la de 1936. Hay instituciones sólidas, una sociedad mucho más madura y una integración europea que actúa como red de seguridad histórica. Pero sería ingenuo ignorar ciertas señales, la crispación constante, la desconfianza hacia las instituciones, el deterioro del debate público y la sensación creciente de que el sistema político ya no representa realmente a nadie.

En España de hoy se habla mucho, se grita más y se escucha muy poco.

Y sin embargo, quienes amamos España desde la otra orilla del Estrecho seguimos viendo algo profundamente admirable. Porque más allá del ruido político existe otra España, la de la gente normal, la del camarero que trabaja doce horas y aun así sonríe, la del profesor cansado que sigue creyendo en sus alumnos, la del pequeño empresario que paga impuestos mientras contempla cómo algunos poderosos parecen jugar con reglas distintas. La de millones de ciudadanos honestos que sienten vergüenza cuando algunos de sus dirigentes convierten la política en un espectáculo permanente.

A veces, desde Marruecos, observamos España como quien mira a un hermano brillante pero agotado emocionalmente. Un país con talento inmenso, cultura extraordinaria y capacidad económica real, pero atrapado en una pelea interna interminable. 

España no se hunde, las naciones fuertes no se hunden tan fácilmente. Pero sí puede desgastarse lentamente si convierte la confrontación en modelo de convivencia.

La gran paradoja española es que mientras algunos políticos anuncian cada semana el apocalipsis nacional, el país sigue lleno de vida, creatividad y energía social. Madrid sigue vibrando, Barcelona sigue fascinando al mundo, Andalucía sigue irradiando alegría incluso cuando protesta,Valencia sigue trabajando, Galicia sigue resistiendo en silencio. Y millones de españoles siguen levantándose cada mañana sin tiempo para guerras culturales de tertulia.

Quizá el problema de España no sea la falta de futuro, sino el exceso de narrativa y teatro..

Porque hay algo profundamente español en dramatizar cada crisis como si fuera el final definitivo del país, España lleva siglos sobreviviendo a invasiones, guerras, dictaduras, crisis económicas y políticos convencidos de ser imprescindibles, y siempre continúa.

Pero eso no significa que deba normalizarse todo, la corrupción destruye lentamente la confianza pública, la mentira constante intoxica la democracia, y el sectarismo convierte al ciudadano en rehén emocional de partidos que muchas veces parecen más preocupados por sobrevivir ellos que por servir al país.

Tal vez España necesite menos salvadores y más servidores públicos.

Menos propaganda moral.

Menos fanatismo partidista, de extrema derecha e izquierda..

Y quizá también un poco más de humildad.

Ningún gobierno es eterno, ningún partido es puro y ninguna democracia sobrevive mucho tiempo cuando la verdad se convierte en una herramienta opcional.

Quienes amamos España no disfrutamos viendo su deterioro político, al contrario. Precisamente porque admiramos ese país, duele verlo atrapado en esta atmósfera de sospecha permanente, duele ver cómo una democracia tan importante para el Mediterráneo occidental parece a veces gobernada por estrategas electorales incapaces de hablar como adultos.

Ojalá España recuerde pronto que su verdadera fuerza nunca estuvo en sus partidos, sino en su sociedad.

Y ojalá algún día, mientras los políticos se lanzan acusaciones en televisión, alguien vuelva a leer Lorca y/o abrir los viejos mandamientos y lea despacio, sin asesores de comunicación alrededor:

“No robarás.”

“No mentirás.”

No parece una revolución.

Pero visto el panorama actual, ya sería un comienzo bastante moderno.

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