lunes 15 junio, 2026

España entre el Manual de Resistencia y el Manual del Quijote

Hay países que uno abandona físicamente, pero que continúan habitando en alguna habitación secreta de la memoria. España es uno de ellos.

A veces, al caer la tarde en la otra orilla del Estrecho, vuelven a mí conversaciones mantenidas hace años en cafeterías de Madrid, tabernas andaluzas o paseos sin rumbo por ciudades que terminaron formando parte de mi biografía sentimental. Eran conversaciones largas, apasionadas, a menudo contradictorias, como suele ocurrir entre españoles. De aquellos amigos aprendí mucho más de España que de la Universidad o los libros de historia.

Hace unos días, escuchando las noticias que llegaban desde la península, recordé a uno de ellos. Solía decir que el verdadero problema de España no era la corrupción, porque la corrupción existe en casi todas partes. Lo realmente peligroso —insistía— era cuando cada escándalo terminaba siendo interpretado únicamente según el color político del implicado.

Han pasado los años y aquella observación parece conservar una incómoda vigencia.

Los nombres se suceden como estaciones de un mismo viaje, Gürtel, Kitchen, los ERES, Rodrigo Rato, Ábalos, las controversias que rodean al entorno presidencial, Zapatero investigado, los viejos y nuevos escándalos que periódicamente irrumpen en la actualidad. Cambian los protagonistas, cambian las siglas, cambian los discursos, lo que permanece es la sensación de que cada bando encuentra siempre razones para indignarse por la corrupción ajena y para relativizar la propia.

Quizá por eso la política española se parece cada vez más a una novela en la que todos los personajes se consideran inocentes y todos sospechan del juez que investiga al vecino.

Cuando un caso afecta a la derecha, la izquierda habla de regeneración democrática. Cuando afecta a la izquierda, la derecha descubre repentinamente las virtudes de la ejemplaridad pública, y viceversa. Como si la corrupción tuviera ideología, como si los sumarios distinguieran entre progresistas y conservadores antes de instruir..

Desde la distancia, uno tiene a veces la impresión de que España vive instalada en una extraña cultura de la resistencia. Todo el mundo resiste. Resiste el Gobierno, resiste la oposición, resisten los socios parlamentarios, resisten los partidos nacionalista, resisten los comentaristas de televisión, resisten incluso los ciudadanos, condenados a asistir diariamente a una batalla donde cada trinchera parece convencida de poseer el monopolio de la verdad.

En medio de ese ruido, me llamó la atención una reflexión de Emiliano García-Page cuando contrapuso el célebre «Manual de Resistencia» al «Manual del Quijote». Confieso que la imagen me pareció afortunada. No porque España necesite nuevos manuales, sino porque resume dos formas distintas de entender la política.

La primera consiste en sobrevivir.

La segunda consiste en merecer la pena.

Tal vez por eso algunos de aquellos viejos amigos españoles, hombres de izquierdas unos, conservadores otros, coinciden hoy en algo que hace años habría parecido imposible, la sensación de que la política ha terminado ocupándose demasiado de sí misma y demasiado poco del país.

Sin embargo, y cada vez que regreso a España encuentro una realidad que contradice el pesimismo, encuentro universidades llenas, empresas innovadoras, investigadores brillantes, ciudades dinámicas y una sociedad infinitamente mejor que la imagen que proyectan sus disputas partidistas.

Quizá ahí resida la paradoja española o el milagro Español.

Los españoles parecen confiar cada vez menos en sus políticos y cada vez más en su propia capacidad para salir adelante pese a ellos..

Desde esta orilla africana, donde España aparece algunas tardes dibujada en el horizonte como una promesa de tierra cercana, uno resiste pensando que el país posee recursos morales, culturales y humanos mucho más sólidos que las miserias de su actualidad política.

Las naciones no se definen por sus escándalos, tampoco por sus gobiernos pasajeros, se definen por aquello que permanece cuando el ruido desaparece.

Y cuando el ruido político español se apaga por un instante, todavía es posible escuchar algo mucho más antiguo y más profundo, la voz de una sociedad que ha superado desafíos infinitamente mayores y que seguramente sobrevivirá también a esta época de sospechas, polarización y fatiga democrática.

Quizá porque España, al final, siempre ha sido más grande que sus crisis.

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