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lunes 10 agosto, 2026

El largo crepúsculo del capitalismo

 Contempladas desde una perspectiva histórica, las últimas décadas de globalización neoliberal posiblemente serán consideradas algún día como el canto del cisne del capitalismo. Durante ese período, pareció alcanzar una segunda juventud con el hundimiento de la URSS, el triunfo de la revolución conservadora, la transformación de China en la fábrica del mundo y el crecimiento exponencial del comercio. Capitalismo y democracia se fusionaban. Y un imparable crecimiento económico, nos decían, acabaría vertiendo riqueza sobre todas las naciones. Atrás quedaba definitivamente el siglo XX, un tiempo de guerras y revoluciones. Asistíamos al final de la Historia. Pronto se vio, sin embargo, que todo aquello era un espejismo.

Universalizado, el capitalismo no sólo no se sustrajo, sino que acentuó sus dinámicas de acumulación y desarrollo desigual y combinado. Tras infligir al movimiento obrero derrotas que trastocaron la correlación de fuerzas sociales heredada de la posguerra, las desregulaciones brindaron un renovado aliento a los mercados. Las deslocalizaciones y la presión sobre los salarios incrementaron las plusvalías… al tiempo que dejaban tras de sí una legión de perdedores en las viejas metrópolis industriales y desestabilizaban a sus clases medias. Las cargas tributarias sobre los más ricos cayeron en picado, mientras se erosionaba el Estado del Bienestar. Las finanzas conocieron un desarrollo nunca visto. La deuda actuó como instrumento de succión de las rentas nacionales de los países menos desarrollados y de sometimiento de sus gobiernos. A pesar de los encuentros y compromisos de los Estados, la explotación de los recursos naturales y el consumo de combustibles fósiles no cesaron – con un impacto devastador sobre el medio ambiente.

Desde los primeros compases del nuevo siglo, la caída de las Torres Gemelas, las guerras en Oriente o el crac de 2008 anunciaron la inminencia de una era de turbulencias planetarias. Ya estamos inmersos en ella. Un nuevo escenario, convulso y disruptivo, se perfila ante nuestros ojos. Un mundo violento, sin reglas. En las entrañas de la globalización se ha ido gestando una configuración del capitalismo que recupera rasgos de anteriores etapas de su historia secular, pero agrandándolos, tiñéndolos de nihilismo y cargándolos de amenazas para la civilización y la vida.

El imperialismo, es cierto, nunca desapareció. Pero ahora hemos vuelto a algunas de sus formas decimonónicas… ejercidas con los temibles recursos militares y tecnológicos de nuestro tiempo. La emergencia de China disputando la hegemonía de Estados Unidos ha modificado por completo el tablero mundial. Lejos de ser un accidente, la presidencia de Trump encarna la lucha denodada del imperio americano por conservar su menguante preeminencia. Y lo hace recurriendo a la fuerza militar, al chantaje y al saqueo más descarnado. Eso no es nuevo; pero sí la radicalidadla amplitud y el desprecio absoluto hacia la legalidad internacional que caracterizan la política exterior americana. Es el retorno de la diplomacia de las cañoneras. La mismísima Corte Penal Internacional ha sido sentenciada por la Casa Blanca. Sólo cabe la ley del más fuerte. Basta con ver el caso de Venezuela. Tras el secuestro de Maduro, el país se ha convertido en una colonia sin paliativos: el dinero del petróleo se ingresa directamente en el Tesoro americano… y Washington decide qué cantidades vuelven a Caracas.

Con la quiebra del orden de posguerra y el debilitamiento del predominio americana, asistimos al despertar de nuevas potencias regionales. Vuelven las zonas de influencia. Y con ellas las líneas de fricción imperialistas. Trump ambiciona controlar “su” hemisferio, desde Canadá a la Tierra del Fuego – apropiándose de paso Groenlandia -, al tiempo que dirige su preocupación estratégica hacia el Pacífico. Vasta zona en disputa con China. De hecho, el intento de estrangular el suministro de petróleo al gigante asiático estuvo detrás del ataque a Irán – cuyo régimen ha descubierto su poder de desestabilización de la economía mundial a través del bloqueo del estrecho de Ormuz. Del incendio de Oriente Medio y la huida bélica hacia delante de Israel, emergen las ambiciones de Turquía, el potencial de Paquistán… y la búsqueda de nuevos encajes por parte de las monarquías el Golfo, ante la poca fiabilidad de la protección americana. Desde Moscú a Pequín, pasando por Ankara, Teherán y Nueva Delhi, una constelación de regímenes autoritarios reclama su lugar en un orden mundial aún por definir. Es el retorno del nacionalismo en su versión étnica más exacerbada.

Esa fragmentación pone de relieve la incapacidad del capitalismo para homogeneizar y armonizar al mundo. Bajo la globalización neoliberal, la complejidad de las cadenas de valor de las compañías transnacionales y el crecimiento del comercio no subsumieron la desigualdad de los distintos desarrollos regionales. Al contrario: los combinaron de manera explosiva, haciéndolos más interdependientes que nunca y enfrentaron a unos con otros. Las grandes corporaciones permanecieron adosadas a sus matrices nacionales y al amparo de sus Estados.

En ese marco, la pulsión extractiva se ha tornado febril. Economías y regímenes enteros, como el de Putin, se basan en la alianza corrupta del Estado con las oligarquías que explotan los recursos naturales. El desarrollo de las tecnologías digitales ha acelerado la disputa por las materias primas necesarias para la fabricación de chips, componentes electrónicos o baterías. Y así asistimos, en África y en América Latina, a través de gobiernos enfeudados a grandes empresas mineras, a lo que podríamos llamar acumulación por desposesión. Un pillaje descarnado e incluso una explotación de la mano obra infantil que reproducen los hábitos de las Compañías que trazaron las rutas de los imperios marítimos a lo largo de varios siglos. A pesar de la evidencia del cambio climático y del papel determinante de las emisiones de carbono, nunca ha sido tan intensa la búsqueda de nuevos yacimientos petrolíferos. No se trata sólo de que la armazón productiva de la mayoría de países se asiente todavía en las energías fósiles: es que el capitalismo americano está imbricado estructuralmente en su utilización. Estados Unidos financia su déficit merced al peso del dólar en las transacciones comerciales. Controlar los flujos de petróleo – que principalmente se monetizan a través de la divisa americana -, acaparar sus reservas y mantener la producción mundial en una relación de dependencia respecto al crudo, se ha convertido en una cuestión existencial.

Pero es sin duda en el vector más pujante del capitalismo contemporáneo donde se manifiestan con mayor fuerza su parasitismo y su carácter involutivo. Los todopoderosos tecno-oligarcas de Silicon Valley encarnan como nadie la ineluctable tendencia crepuscular del sistema. Los autodenominados “anarco-capitalistas” han levantado su poderío, no tanto en base a la innovación como a través de la privatización de tecnologías previamente desarrolladas con fondos públicos – en primer lugar, en el ámbito militar, como Internet – y en la apropiación masiva y la explotación de datos de ciudadanos e instituciones. Algo muy similar a lo que fue en su día el cercado de las tierras comunales que acunó al primigenio capitalismo agrario. Pero, por supuesto, a una escala incomparable. La alianza de las corporaciones tecnológicas con unas finanzas hipertrofiadas marca el rumbo de colisión del capitalismo. La carrera desbocada por la primacía en IA tiene más que ver con la búsqueda de una dominación posnuclear que con el impulso de la productividad. La rentabilidad de las inversiones astronómicas que conlleva esta tecnología resulta aún dudosa. Pero las plataformas diseñadas por las grandes corporaciones están integradas en el complejo militar-industrial, se alimentan de los presupuestos de defensa, monitorizan las nuevas guerras así como la vigilancia masiva de la ciudadanía. La riqueza y el poder acumulados por esa fracción de las clases poseedoras la llevan, no sólo a combatir una democracia que se le antoja insoportablemente constrictiva, sino a abrazar el delirio de trascender la humanidad. Esa fantasía distópica refleja, más que cualquier otro discurso, el agotamiento histórico de un modo de producción cuya dinámica terminal amenaza con sumir al mundo en la barbarie. Naturalmente, no nos referimos al horizonte o las pretensiones del tupido entramado de empresas que cubre todo el planeta, sino a los vectores que representan la culminación evolutiva del capitalismo y pesan decisivamente sobre el curso de la economía-mundo y el destino de las naciones. Hablamos de una última mutación que combina la tecnología más sofisticada con el oscurantismo y la negación de la ciencia. La mercantilización de los seres humanos a través de la trata de mujeres y niñas, de la esclavitud o el comercio de órganos – negocios que se sitúan entre los más lucrativos del mundo – nos hablan de un hundimiento civilizatorio.

Un sistema que se torna un obstáculo al crecimiento de las fuerzas productivas y la cultura de la humanidad, que transforma sus conocimientos en un factor de opresión y de destrucción de la vida, ha concluido su papel en la Historia… por mucho que, con toda probabilidad, lejos de desplomarse como resultado de sus propias contradicciones, prolongue todavía su declive durante un largo período, acaso de décadas, antes de que aflore una alternativa. Al precio de inmensos sufrimientos, de guerras, crisis y agudos conflictos sociales.

Bajo esa perspectiva, el socialismo democrático necesita operar un cambio de chip. No se trata de que las banderas de la socialdemocracia – la defensa de las conquistas sociales y las libertades, las políticas igualitarias y redistributivas, la defensa del medio ambiente – pierdan sentido. Al contrario: en lo inmediato, y ante el inquietante ascenso de la extrema derecha, esa defensa será crucial para recomponer las fuerzas de las clases populares. Pero ya es imprescindible situar esa pelea en una perspectiva, en una dinámica de transformación. No habrá margen para una coexistencia templada de los logros sociales y democráticos con un capitalismo más o menos fiscalizado. Las élites han desconectado de la sociedad. Cada vez más, la idea de una “prosperidad compartida” o de una colaboración “público-privada” sólo tendrán sentido en el marco de un capitalismo fuertemente embridado en sus vectores dominantes… y camino de ser sustituido por formas socializadas de producción y distribución. Una sociedad con mercado, pero no de mercado, dotada de los instrumentos necesarios para que la deliberación democrática y una cierta planificación rijan la economía.

En otras palabras: urge definir un programa de acción socialista para un mundo en transición. Un programa que permita reagrupar mayorías sociales, pasando del descontento, la atomización y la desazón actuales a la movilización ciudadana. En definitiva, un programa que, desde gobiernos representativos de esa mayoría trabajadora, dibuje los contornos de un nuevo modelo igualitario y ecológico, comprometido con la cooperación internacional. No hay tarea más apremiante en estos momentos, cuando el mundo parece adentrarse en una época oscura. Lo improbable sucederá. Tarde o temprano, aquí o allá, la resistencia y la reacción social se producirán. La lucha de clases no tolera interrupción. De lo que se trata es de preparar paso a paso ese sobresalto, de organizar los instrumentos – partidos, sindicatos, sociedad civil… – para encauzarlo y asegurar su éxito. ¿Nos ponemos a ello?

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