¡A por ello! ¡Y a por ellos, democráticamente!
Ambición estratégica sin medios inmediatos
Este fin de semana, mientras en Abu Dabi delegaciones de Estados Unidos, Rusia y actores interpuestos redactan una paz de contables —una paz que nace ya con la geometría fría de una derrota parcial de Ucrania—, en Davos, bajo los focos blancos del foro global y el murmullo calculado de los mercados, se consagró el otro frente de la guerra: el de las cifras, las amenazas veladas y la redistribución del miedo. Allí, entre gráficos ascendentes y sonrisas blindadas, Donald Trump convocó su particular junta de la paz: acuerdos rápidos, territorios ajenos, seguridad europea pagada por adelantado. No es diplomacia; es la aritmética desnuda del poder.
En esta hora severa del aquí y ahora, la política exterior ha dejado de escribirse con promesas y se escribe con capacidad de daño. Disuadir es morder. Y morder es dejar claro, a agresores declarados y a aliados de lealtad volátil, que desafiar a la Unión Europea —y por tanto a España— tendrá un coste tan alto que ningún cálculo racional podrá aceptarlo. La defensa ya no es una opción presupuestaria: es la gramática básica de la soberanía.
Es en este clima, espeso como una víspera de guerra larga, donde en Davos se pronunciaron dos medias verdades con pretensión de dogma.
Donald Trump acusó a España de ser “el único país de la OTAN” que se niega a destinar entre el 4 % y el 5 % de su PIB a defensa. La frase contiene un núcleo de realidad, pero está rodeada de exageración estratégica. España no es una excepción aislada, sino parte de una mayoría europea que aún camina por debajo de ese umbral. Hoy, apenas un puñado de países supera el 3,5 %, y la mayor parte de los aliados se mueve entre el 2 % y el 2,5 %. España, de hecho, solo alcanzó formalmente el 2 % en 2025, tras una década de retrasos, inercias y prioridades cruzadas.
La afirmación de Trump no busca describir el mundo tal como es, sino forzarlo a ser lo que conviene a Washington: una Europa que pague antes, más y sin objeciones, para que Estados Unidos pueda gastar menos fuera y decidir más dentro. No es un error de cálculo; es una táctica de presión. El viejo arte imperial expresado en cifras.
Pero desde Madrid se respondió con otra verdad incompleta. El presidente Sánchez sostuvo que España no elevará su gasto en defensa al 4 % del PIB para no sacrificar el Estado del bienestar, especialmente en sanidad y educación. También aquí hay un fondo cierto: los recursos públicos no son infinitos y cada punto del PIB tiene rostro humano. Sin embargo, presentar el dilema como una elección mecánica entre tanques u hospitales, entre fragatas o escuelas, es una simplificación política de un problema estructural mucho más complejo. No se trata solo de cuánto se gasta, sino de cómo, cuándo y con qué arquitectura fiscal, industrial y presupuestaria se sostiene ese esfuerzo.
Así, mientras unos exageran por interés y otros minimizan por prudencia política, España permanece en el centro de una paradoja incómoda: promete más de lo que puede financiar en el corto plazo y financia menos de lo que su posición estratégica exige.
Los datos disponibles muestran un país que ha construido una planificación industrial y tecnológica ambiciosa, articulada en torno a los Programas Especiales de Modernización y al marco estratégico del PITSD, pero que todavía no dispone del músculo presupuestario necesario para convertir esa arquitectura en capacidad operativa plena y sostenida.
De este desfase nacen tres tensiones simultáneas:
• entre la industria de defensa que se diseña para el futuro y las Fuerzas Armadas que deben operar hoy;
• entre los compromisos formales con la OTAN y las limitaciones reales del Tesoro;
• y entre la aspiración a una mayor autonomía estratégica europea y la dependencia persistente del paraguas estadounidense.
Este trabajo parte de una convicción sobria: ni la dramatización externa ni la aparente tranquilidad interna describen adecuadamente la situación española. España ha avanzado, sí, pero lo ha hecho con una zancada más corta que su discurso y con un calendario más lento que el de sus obligaciones y urgencias.
Por ello, este análisis no nace para justificar la inercia ni para glorificar la presión ajena, sino para examinar con rigor el terreno que se pisa y proponer un camino posible, gradual y estructuralmente viable para que España pueda alcanzar, sin demagogia ni colapso social, el objetivo del 4 % de su PIB en defensa.
No como gesto de obediencia, ni como sacrificio ritual del bienestar colectivo, sino como una decisión estratégica consciente en un mundo que ya no concede seguridad a crédito, en una Europa que ya no puede permitirse el lujo de la ingenuidad, y en un tiempo histórico que castiga con dureza a quienes confunden la prudencia con la renuncia.
Cuando el presupuesto camina y la amenaza corre
Durante años, el gasto en defensa en España no avanzó: se desplazó con pasos cortos, cautelosos, casi burocráticos, mientras el entorno internacional cambiaba de ritmo, de lenguaje y de reglas. No fue una retirada, pero tampoco una marcha decidida. Fue una forma de aplazamiento estructural.
Los registros oficiales del CESEDEN y de la AIReF dibujan una curva que no es solo contable, sino política y estratégica: el retrato de un Estado que demoró su adaptación mientras el mundo entraba en una fase de fricción permanente.
En 2018, el gasto se situaba en el 0,93 % del PIB, un mínimo histórico que dejaba a España muy lejos de sus compromisos formales. En 2019 descendió aún más, hasta el 0,91 %, contenido por una disciplina fiscal que confundió estabilidad con renuncia.
En 2020 se alcanzó el 1,00 %, en plena pandemia. No fue un giro doctrinal, sino un efecto colateral de la emergencia sanitaria y de los reajustes presupuestarios. La defensa seguía sin ocupar el centro del tablero.
El verdadero punto de inflexión llegó en 2021, con el 1,34 %, cuando la seguridad europea dejó de ser un concepto abstracto y empezó a adquirir contornos concretos: fronteras inestables, presión híbrida, infraestructuras vulnerables, dependencias tecnológicas críticas.
En 2022, el gasto ascendió al 1,41 %, consolidando los primeros compromisos reales con los Programas Especiales de Modernización y con la arquitectura industrial emergente. En 2023 alcanzó el 1,47 %, con ampliaciones destinadas a comunicaciones seguras, ciberdefensa y capacidades blindadas. En 2024 se ajustó al 1,43 %, entre revisiones estadísticas y continuidad inversora.
Y en 2025, por primera vez, España cruzó el umbral político del 2,00 % del PIB, cumpliendo formalmente el objetivo mínimo fijado por la OTAN y acelerando la modernización de capacidades consideradas críticas.
Pero alcanzar el mínimo no equivale a alcanzar la suficiencia.
España llega a este punto no como quien consolida una ventaja, sino como quien logra, con retraso, colocarse en la línea de salida de una carrera que otros comenzaron hace más de una década.
Hoy el país se encuentra ante una transformación real. El Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa (PITSD) y los Programas Especiales de Modernización (PEM) representan el tránsito desde una defensa gestionada con lógica presupuestaria a una defensa diseñada con lógica estratégica.
Este cambio se articula en tres vectores fundamentales.
Primero, una planificación tecnológica avanzada, basada en programas de doble uso —militar y civil— en ciberseguridad, comunicaciones cifradas, observación espacial y sistemas de mando y control, donde la frontera entre defensa y economía digital se ha vuelto difusa.
Segundo, una apuesta explícita por la autonomía estratégica, mediante el fortalecimiento de la base industrial nacional y el papel estructural de empresas como Indra, Airbus y Navantia, concebidas no solo como proveedores, sino como pilares de soberanía operativa y tecnológica.
Tercero, una integración creciente en los sistemas de interoperabilidad aliados, tanto en el marco OTAN como en los proyectos europeos de capacidades avanzadas: sensores distribuidos, plataformas inteligentes y computación cuántica aplicada a la defensa.
Sin embargo, bajo esta arquitectura ambiciosa persiste un desequilibrio fundamental.
Los grandes programas industriales se despliegan en ciclos largos: cinco, diez, quince años. La amenaza, en cambio, ya no respeta calendarios administrativos ni curvas de amortización.
Mientras se diseñan fragatas futuras y se programan sistemas aún no desplegados, las Fuerzas Armadas operan hoy con limitaciones tangibles: redes tácticas incompletas, ciberdefensa aún fragmentaria, flotas terrestres envejecidas, y capacidades de reacción rápida condicionadas por la disponibilidad material y los tiempos de entrega.
El resultado es una defensa que se moderniza sobre el papel con mayor velocidad que sobre el terreno.
España ha comenzado a caminar con determinación. Pero el entorno estratégico ya no camina: avanza, se desplaza, presiona y, en ocasiones, irrumpe.
En este desfase entre el ritmo del presupuesto y la velocidad de la amenaza se decide algo más que el cumplimiento de un porcentaje. Se decide si el país será capaz de sostener su política exterior, proteger sus infraestructuras críticas y participar en la seguridad europea como actor adulto o como socio dependiente.
El tiempo, en materia de defensa, no es un recurso neutral. Es un multiplicador de riesgos. Y hoy, más que nunca, corre en contra de quienes todavía avanzan paso a paso.
PITSD: Modernizar para no quedar atrás
En 2025, el Gobierno español dejó constancia de una decisión largamente aplazada: dotar a la defensa nacional de una arquitectura acorde con el tiempo que se vive. Así nació el Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa (PITSD), no como trámite administrativo, sino como admisión de que una época había terminado.
Su objetivo fue triple: elevar las capacidades de las Fuerzas Armadas, reconstruir una base industrial y tecnológica que reduzca la dependencia exterior y cumplir, al menos en su umbral mínimo, los compromisos con los aliados, simbolizados en el 2 % del PIB.
Pero el PITSD no es un inventario de armas. Es un intento de transformar la estructura misma del poder militar contemporáneo. Por eso integra tecnologías donde ya no existe frontera entre lo civil y lo militar: comunicaciones seguras, ciberdefensa, plataformas de información, observación espacial y sistemas digitales que determinan la velocidad de decisión antes que el calibre de los cañones.
En esta visión, la defensa deja de ser un compartimento del Estado y pasa a ser una infraestructura silenciosa de la nación.
El PITSD no compra solo capacidad operativa: compra tiempo estratégico.
Pero ninguna arquitectura sobrevive sin cimientos. Y esos cimientos son presupuestarios, industriales y políticos. Sin continuidad financiera, disciplina de ejecución y prioridades claras, el plan corre el riesgo de ser un mapa exacto de lo necesario, pero no un instrumento eficaz de lo posible.
Hoy, modernizar ya no es una cuestión de prestigio, sino de permanencia. En un mundo que castiga la lentitud y premia la preparación, los Estados no caen por falta de palabras, sino por acumulación de retrasos. Y ese retraso, cuando se consolida, ya no se corrige con programas: se paga con dependencia.
La Unión Europea -España: cooperación sin mutualización
En el diseño del Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa (PITSD) hay una frontera que no se cruza: la que separa la cooperación europea de la responsabilidad presupuestaria nacional.
Bruselas observa el plan español como una pieza técnica del engranaje continental, pero no como un proyecto financiado por la Unión. El propio Ministerio de Defensa lo define con precisión: modernización estructural y tecnológica de naturaleza estrictamente nacional. No es una fórmula política. Es una realidad contable.
Cada fragata, cada sistema de mando, cada cadena industrial se paga con recursos españoles. Europa acompaña, coordina y orienta; España paga.
Eso no implica aislamiento. El PITSD permite a la industria nacional participar en proyectos multilaterales financiados por el Fondo Europeo de Defensa (EDF, European Defence Fund) y, previsiblemente, por el futuro Programa Europeo de la Industria de Defensa (EDIP, European Defence Industry Programme). Estos instrumentos alivian parcialmente los costes de investigación, desarrollo y demostración tecnológica, donde el riesgo es máximo y el retorno incierto. Pero no sustituyen el esfuerzo nacional. Lo complementan, cuando más.
En el plano técnico, la convergencia es profunda: ciberdefensa, sistemas avanzados de mando y control, comunicaciones seguras, inteligencia artificial, sensores inteligentes y tecnologías espaciales. No por romanticismo europeo, sino por necesidad operativa: sin interoperabilidad, las alianzas existen solo en los comunicados.
Gracias a ello, la industria española se inserta en las cadenas de valor continentales y evita la irrelevancia tecnológica.
En el plano estratégico, el PITSD se inscribe en una ambición mayor: que Europa reduzca dependencias críticas y deje de ser un simple mercado de seguridad para convertirse en productor de seguridad.
Pero la soberanía permanece. España conserva su calendario, sus prioridades y su factura. Coopera, pero no delega. Se integra, pero no abdica.
El balance es el mismo en toda la Unión: cofinanciación directa reducida, cooperación técnica significativa, alineación estratégica elevada. Bruselas fija el rumbo. Cada Estado paga el combustible.
Los fondos europeos financian tecnología, no ejércitos; prototipos, no munición; laboratorios, no guerras largas.
Este es el modelo común: proyecto compartido sin caja compartida.
Durante demasiado tiempo, España confundió coordinación con protección. Ese error fue cómodo. Hoy es peligroso. El deterioro del entorno estratégico obliga a abandonar la ambigüedad. No basta con prometer modernización: hay que aceptar su coste. No basta con invocar a Europa: hay que sostener el peso propio.
La madurez de un Estado no se mide solo por lo que gasta, sino por su disposición a decir la verdad cuando el mundo deja de ser indulgente. Y ese momento, para España, ha llegado.
PITSD y OTAN: compromiso sin subsidio
Con Europa se coopera. Con la OTAN se responde. Pero, como en Bruselas, tampoco allí se paga.
La Alianza exige un mínimo del 2 % del PIB y capacidades reales; no financia ejércitos ajenos, no compra sistemas nacionales, no moderniza fuerzas por delegación. Cada Estado firma el compromiso y emite el cheque.
En ese marco, el Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa (PITSD) es el puente entre la promesa y el hecho. No es un programa de la OTAN, pero es la prueba de pertenencia: no por tratado, sino por capacidad.
El plan alinea a España con las prioridades aliadas —movilidad, protección, información, ciberdefensa, defensa aérea, logística y mando interoperable— no por estética técnica, sino por credibilidad militar. Quien no puede integrarse, no es socio: es carga.
La OTAN no dicta contratos, pero define el campo de batalla futuro. No pone dinero, pero fija el estándar. El balance es simple: financiación nula, exigencia máxima, interoperabilidad obligatoria.
Así, el PITSD queda anclado a dos mundos: cooperación industrial europea sin caja común, y disciplina estratégica atlántica sin subsidio.
España decide. España paga. Pero ya no decide sola para qué guerra se prepara. Ese mundo lo fijan alianzas que no financian errores. Y escenarios donde la falta de preparación no se discute: se paga con dependencia.
El PITSD y la urgencia que no espera
El Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa (PITSD) es, sin discusión, un avance real: moderniza capacidades, fortalece la base industrial y construye soberanía tecnológica. Pero lo hace al ritmo de la industria y de la administración: lento, acumulativo, irreversible… y ajeno a la urgencia.
La seguridad contemporánea no concede plazos. Crisis híbridas, ciberataques y conflictos de alta intensidad exigen recursos inmediatos. Y el PITSD, por su propia naturaleza, no puede entregar hoy lo que fue diseñado para mañana.
Su función es clara: transformar el futuro, no apagar el incendio presente.
Es cimiento, no escudo. Se mide en años, no en semanas. Prepara para no improvisar mañana, pero no sustituye las respuestas rápidas de hoy: compras urgentes, reservas, cooperación aliada y adaptación operativa.
Confundir planificación con preparación es un error clásico de los Estados satisfechos. Y suele descubrirse cuando el tiempo ya no concede prórroga.
El PITSD camina hacia el futuro. La amenaza corre en el presente. España debe aprender a sostener ambas marchas sin caer en ninguna.
79 PEM: transformar sin acelerar el reloj
La modernización tangible se articula en 79 Programas Especiales de Modernización (PEM), que abarcan tierra, mar, aire, espacio, ciberdefensa y sistemas C4ISR (mando, control, comunicaciones, inteligencia, vigilancia y reconocimiento).
No son gestos propagandísticos: son engranajes de una maquinaria diseñada para que España no dependa cuando la tecnología decida el resultado antes que los cañones.
Pero incluso estos programas necesitan tiempo.
En tierra, sustituyen plataformas envejecidas por sistemas digitales e interoperables, como el 8×8 Dragón.
En el mar, las fragatas F-110 y los submarinos S-80 sostienen capacidad operativa e industria nacional.
En el aire, Eurofighter, A400M, helicópteros y radares modernizados preservan alcance y movilidad.
En el espacio y el ciberespacio, satélites y ciberdefensa buscan lo esencial: ver antes, resistir antes, decidir antes.
Y en el centro de todo, los sistemas C4ISR convierten información en poder real.
El calendario es implacable:
- Corto plazo (1–3 años): mejoras parciales, alivio limitado.
- Medio plazo (4–8 años): plataformas mayores y redes operativas.
- Largo plazo (9–15 años): madurez plena e interoperabilidad total.
La ecuación es simple: El PITSD asegura la transformación. Los PEM mitigan la urgencia. Pero ninguno vence al tiempo.
España invierte menos que varios de sus aliados mayores. Eso ralentiza entregas, reduce margen y mantiene abierta la brecha entre ambición y capacidad inmediata.
El país avanza, sí. Se moderniza. Se integra. Se vuelve más autónomo.
Pero la distancia entre el calendario industrial y la velocidad de la amenaza sigue ahí.
El PITSD y los PEM avanzan. El mundo no espera. Y la urgencia no suele perdonar a quienes confunden el movimiento con la llegada.
Capacidades críticas y el tiempo que no espera
Las Fuerzas Armadas españolas afrontan un doble desafío: proteger hoy a su personal y plataformas, y preparar una defensa capaz de sostenerse mañana. CESEDEN y AIReF (2025) identifican prioridades que no son listas de compras, sino instrumentos para operar, sobrevivir y disuadir frente a amenazas híbridas, ciberataques y despliegues de alta intensidad.
Corto plazo: urgencia absoluta
- Comunicaciones tácticas modernas: coordinación en tiempo real e interoperabilidad con aliados.
- Ciberdefensa y protección de infraestructuras críticas.
- Vehículos y blindados modernizados para sobrevivir en combate.
- Capacidades duales para emergencias y despliegues rápidos.
Estos elementos se aceleran con los Programas Especiales de Modernización (PEM), pero incluso ellos tienen límites: procesos administrativos, industria y presupuesto imponen plazos.
Medio y largo plazo: estrategia sostenida
- Fragatas F-110 y submarinos S-80: poder naval sostenido.
- Nuevos sistemas terrestres, digitalizados y protegidos.
- Sistemas C4ISR integrales: mando, vigilancia y decisión en tiempo real.
- Tecnologías espaciales y observación remota: autonomía informativa.
- Proyectos europeos de alta tecnología: inteligencia artificial, sensores avanzados y computación cuántica.
Estos programas aseguran disuasión y autonomía, pero requieren años para alcanzar plena operatividad. La amenaza, en cambio, no espera.
España opera así en dos velocidades simultáneas: una inmediata, para proteger hoy; otra estratégica, para garantizar soberanía mañana.
El tiempo es juez imparcial: la capacidad no se mide solo por lo que se proyecta, sino por lo que se puede entregar hoy mientras el mundo sigue su curso.
Industria y autonomía: el poder que no depende de otros
El PITSD y los PEM no solo modernizan las Fuerzas Armadas: construyen un país capaz de sostener su propia defensa. La industria nacional es el corazón de la estrategia. Empresas como Indra, Airbus y Navantia son tractores que arrastran toda la cadena de proveedores y centros de innovación hacia la modernidad.
El efecto es múltiple:
- Suministro seguro y constante de capacidades modernas, sin depender del exterior.
- Fortalecimiento del tejido industrial, investigación y desarrollo de tecnologías críticas.
- Reducción de la dependencia tecnológica extranjera, piedra angular de la soberanía estratégica.
La modernización militar deja de ser gasto: se convierte en poder estructural. Cada fragata, cada blindado, cada sistema de comunicaciones seguro protege al soldado y consolida la autonomía de España, su competitividad y su capacidad de decidir por sí misma los tiempos y medios de su seguridad.
En el mundo contemporáneo, no hay seguridad sin industria propia, ni autonomía sin control de las herramientas de poder. Defender a la nación exige primero ser capaz de producir la defensa que se promete.
El abad pasa, la abadía queda: España y el 4 % PIB Defensa
El abad pasa, la abadía queda. Trump, Putin, sus sucesores… todos se irán, y otros vendrán. Lo que no cambia es lo que España y la Unión Europea pueden controlar.
La verdad es incómoda: España ha sabido tomar decisiones duras y efectivas cuando la amenaza se hace tangible. Tras la crisis financiera se salvaron bancos; tras la pandemia se movilizó la economía; el sistema de pensiones se mantiene; los ciudadanos han sido protegidos.
Y, sin embargo, el 4 % del PIB en defensa sigue siendo un horizonte esquivo. ¿Por qué? Porque pesa un complejo histórico:
- Dependencia de aliados: “para qué gastar si otros nos protegen”.
- Miedo político a decisiones impopulares sobre un área invisible.
- Confusión entre bienestar inmediato e inversión estratégica a largo plazo.
La falacia oficial es clara: “sacrificamos defensa para salvar sanidad y educación”. Mentira. Se sacrificó porque no se quiso asumir que la soberanía también se defiende, que la autonomía se construye y que quien no invierte en seguridad no merece autonomía real.
España puede decidir. Puede pagar. Puede defenderse. Solo necesita voluntad para trazar su propia abadía, mientras los abades van y vienen.
Paso firme y gradual hacia del 4 % PIB en Defensa
España debe avanzar con disciplina, audacia y paciencia estratégica, evitando saltos abruptos que comprometan la estabilidad económica y la eficacia de los programas. La transición hacia un 4 % del PIB se articula en tres fases temporales, combinando respuesta inmediata, consolidación tecnológica y autonomía futura:
2026–2028 (2–2,5 % del PIB): cubrir carencias críticas
Blindados y vehículos de combate. Comunicaciones tácticas modernas. Refuerzo de ciberdefensa. Capacidades duales para emergencias civiles y defensa nacional.
Los PEM y PITSD consolidan modernización estructural y tecnológica, asegurando que la respuesta rápida no comprometa la transformación futura.
2029–2032 (~3 % del PIB): consolidación de proyectos de mediano plazo
Fragatas F-110 y submarinos S-80. Sistemas integrados C4ISR. Capacidades espaciales y ciberespaciales avanzadas.
Cooperación europea, transferencia tecnológica y fortalecimiento de la industria nacional aseguran interoperabilidad y soberanía tecnológica.
2033–2035 (4 % del PIB): consolidación de autonomía estratégica
Plataformas propias y sistemas críticos nacionales. Inteligencia artificial aplicada a defensa, computación cuántica y observación avanzada.
España se posiciona como socio fiable y soberano, capaz de decidir relaciones de cooperación leal con Estados Unidos y otros aliados, desde la fuerza y la independencia.
Financiación: diversificación y sostenibilidad
La estrategia financiera es robusta y equilibrada:
Presupuesto nacional (~50 %): asignaciones crecientes y sostenibles.
Fondos europeos (15–20 %): EDF y programas duales, fomentando cooperación.
Colaboraciones público-privadas (10–15 %): aceleran producción crítica.
Optimización de PEM (~10 %): priorización de alto impacto y eliminación de duplicidades.
Instrumentos financieros complementarios (5–10 %): deuda específica o fondos estratégicos.
Beneficios múltiples: defensa, soberanía y prosperidad
Cada mil millones de euros invertidos genera 8 000–12 000 empleos directos, más impactos indirectos.
Transferencia tecnológica hacia sectores civiles: telecomunicaciones, robótica, seguridad digital y vigilancia avanzada.
Formación de talento altamente especializado, integrable en proyectos europeos e internacionales.
Autonomía tecnológica y operativa, reduciendo dependencia externa y asegurando capacidad real de respuesta frente a amenazas híbridas y de alta intensidad.
España se consolida como aliado fiable y estratégico, pero soberano, capaz de sostenerse por sí misma y decidir con criterio propio.
Conclusión: ¡A por ello! ¡Y si no quieren, a por ellos! Democráticamente
El abad pasa, la abadía queda. Los presidentes desfilan. Los ministros rotan. Los asesores reciclan informes. Los tertulianos cambian de chaqueta según la temporada. Las consignas se reimprimen con tipografía nueva. Pero la realidad estratégica permanece, inmóvil y hostil, como una frontera en invierno.
La crisis financiera enseñó que España sí puede decidir y actuar con brutal determinación cuando quiere. Se rescataron bancos, se vaciaron huchas, se socializaron pérdidas y se disciplinó a toda una generación con rapidez quirúrgica. La pandemia demostró que también podemos movilizar recursos colosales, suspender reglas sagradas, endeudarnos sin rubor y reorganizar el Estado entero en semanas cuando el miedo entra por la puerta.
Y, sin embargo, cuando se habla de defensa, aparece el teatro: que no hay dinero, que no es prioritario, que “Europa ya verá”, que “la OTAN nos cubre”, que “mejor hospitales que tanques”, como si los hospitales funcionaran en un país ocupado, extorsionado o estratégicamente irrelevante.
La defensa sigue siendo la asignatura pendiente por tres cobardías bien conocidas: dependencia histórica, miedo político y fraude moral. La cómoda infantilización geopolítica del “ya vendrán otros a protegernos”, el miedo a decisiones impopulares que no se explican, y enfrentar deliberadamente gasto social con inversión estratégica como si fueran enemigos y no pilares complementarios de un Estado serio.
Mientras tanto, nuestros militares cumplen. Cumplen con material a veces obsoleto, con salarios discretos y exigencias absolutas. Cumplen en misiones exteriores que casi nadie sabe ubicar en el mapa. Cumplen cuando se les exige neutralidad política, silencio institucional y sacrificio personal. Cumplen cuando regresan en ataúdes cubiertos por banderas que algunos utilizan solo como atrezo electoral.
España presume de ejército siempre que no cueste. Presume de soberanía siempre que la financien otros. Presume de alianzas siempre que no exijan esfuerzo real.
Yo, atlantista hasta que España y Europa sean plenamente autónomas en defensa, sostengo sin rodeos que solo quien puede sostenerse por sí mismo es igual entre iguales. El resto son clientes, satélites o invitados temporales a mesas donde otros deciden el menú. Solo desde la fuerza propia se coopera libremente. Solo desde la autonomía se elige aliado y no tutor. Solo desde la capacidad real se negocia sin bajar la mirada.
España puede lograrlo. Tiene industria, técnicos, soldados, posición geográfica, historia. Lo único que a veces no tiene es coraje político sostenido. Invertir en defensa no es militarismo, no es belicismo, no es nostalgia imperial. Es aritmética del poder, seguro de vida nacional, respeto internacional convertido en números, acero, silicio y entrenamiento. Es el derecho de nuestros hijos y nietos a vivir en un país que decide y no que obedece.
Porque la seguridad, como la historia, no espera. Porque el mundo no tiene compasión por los débiles organizados. Porque los aliados respetan únicamente a quienes pueden mantenerse en pie sin muletas.
Así que sí:
¡A por ello!
Y si algunos no quieren, si prefieren la irresponsabilidad cómoda, la dependencia maquillada y la soberanía de cartón piedra…
¡A por ellos!
Pero con urnas, con leyes, con presupuesto, con democracia. Frío, legal y decisivo. Como corresponde a un país adulto.
Referencias
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Council of the European Union. (2025). EU defence in numbers.
El País. (2026, 22 enero). Trump vuelve a criticar a España por no gastar el 5% del PIB en defensa en Davos.
EFE. (2025, 22 junio). La OTAN logra acuerdo para gastar el 5 % del PIB en defensa.
Europa Press. (2025, 20 junio). Defensa recuerda a la OTAN que España cumple el 2% del PIB fijado para 2029.
Europa Press. (2025, 22 junio). Sánchez anuncia un acuerdo con la OTAN para no subir al 5 % el gasto en defensa de España.
HuffPost España. (2025, abril). Defensa corrige a la OTAN y eleva el dato de inversión en dos décimas: un 1,4 % en 2024.
La Moncloa. (2025, 22 abril). Government of Spain presents the Industrial and Technological Plan for Security and Defence.
Ministerio de Defensa de España. (2025, 1 julio). El Gobierno da impulso al Plan Industrial de Seguridad y Defensa.
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