jueves 22 enero, 2026

Coalición de suicidas

Visión desde Moscú

Sergey Sysoev

Los numerosos acontecimientos de los últimos días del verano y los primeros del otoño mantuvieron en tensión a toda la comunidad de analistas y politólogos, sin dejar oportunidad para analizar con calma la situación ni evaluar en detalle el nuevo orden mundial que se está formando. En el contexto de los impresionantes sucesos en Pekín, que reflejan el poder cada vez mayor de la nueva coalición euroasiática, pasa ligeramente desapercibido el “alboroto de los ratones” protagonizado una vez más por los que antes fueron grandes actores de la vieja Europa, y que aún no se han dado cuenta de que el período de más de 500 años de su predominio en el mundo está terminando; tendrán que conformarse con el papel de vasallos secundarios si la UE se mantiene en su forma actual o ligeramente modificada, o simplemente convertirse en un conglomerado de países medianos o pequeños del Viejo Continente, sin peso ni influencia, de interés solamente en términos de su patrimonio cultural.

Por otra parte, merece una mención aparte Gran Bretaña, que continúa tejiendo redes de conspiraciones e intrigas sin advertir que sus antiguos modos, basados en ambiciones imperiales, ya no se corresponden con su estado real y sus capacidades. No obstante, las prácticas y experiencias acumuladas a lo largo de los siglos de dominio mundial a veces dan resultados: recuerdan a los líderes actuales que una Inglaterra envejecida aún puede hacer trampas (como lo ha hecho con éxito durante siglos), pero ya no puede crear algo nuevo o grande.

Cuando el presidente francés, Emmanuel Macron, reunió en París, el 4 de septiembre de este año, otra conferencia de países “dispuestos” a apoyar a Ucrania y a buscar una solución pacífica entre Kiev y Moscú, el observador atento no pudo evitar la sensación de déjà vu. A primera vista, el acto tuvo aspecto serio, de alto nivel, ampliamente publicitado y con fines loables; sin embargo, en la práctica esos objetivos poco tenían que ver con la realidad. Además, algo similar se repite con envidiable constancia tras cualquier paso significativo en el arreglo ucraniano que no coincida con la propia visión de esta coalición sobre la solución pacífica en Ucrania.

Lo que se discutió en París no fue la búsqueda de la paz, sino la búsqueda de la prolongación de la guerra con la participación —en la medida de lo posible— del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que aún no está totalmente decidido. ¿De qué paz se puede hablar cuando se plantean pasos obviamente inaceptables para Rusia?

Los pacificadores europeos de la coalición de “dispuestos pero incapaces”, reunidos en el Palacio del Elíseo, hablaron del fortalecimiento significativo de las fuerzas armadas ucranianas, del suministro masivo de armas por parte de países de la OTAN a Ucrania, de la aparición en Ucrania de unidades militares de potencias europeas hostiles a Rusia y del intento de involucrar a Estados Unidos con ciertas garantías, mediante intercambio de inteligencia e incluso la posible participación de la fuerza aérea estadounidense.

En su opinión, antes hay que conseguir la paz con Rusia y luego acometer medidas que, de hecho, amenazan inequívocamente a Moscú.

Sin embargo, los dirigentes rusos han dicho repetidamente que la presencia de tropas de la OTAN en Ucrania es absolutamente inaceptable. ¿Podemos imaginar que Rusia, que lanzó una operación militar especial en gran medida para impedir el ingreso de Ucrania en la Alianza Atlántica, aceptaría un acuerdo de paz que implique la presencia de tropas de la OTAN en territorio ucraniano y cazas estadounidenses surcando el cielo ucraniano?

Los lazarillos ciegos de los ciegos europeos se niegan a comprender que la alternativa a un tratado de paz no es la derrota de Rusia, sino la continuación de una operación militar especial. Y eso, si es necesario, con el uso de la fuerza no solo en territorio ucraniano, sino también en el de sus patrocinadores, que desde hace tiempo se han convertido en participantes reales y activos en el conflicto. Como dijo recientemente en Pekín el presidente Vladimir Putin: “En cuanto a los ‘planes agresivos de Rusia hacia Europa’, quiero subrayar una vez más que eso es una completa tontería que no tiene absolutamente ninguna base”. Sin embargo, la ausencia de planes agresivos no significa que Rusia carezca de determinación para emplear todos los recursos necesarios a fin de proteger su soberanía y su dignidad.

Los rusófobos europeos rehúsan pensar en las opciones fatídicas con las que juegan. Se niegan a pensarlo porque para unas élites europeas que, lamentablemente, todavía no han perdido la complaciente sensación de permisividad y libertinaje, resulta totalmente inaceptable admitir que una coalición de “dispuestos” puede convertirse con suma facilidad en una coalición suicida.

Las recientes declaraciones del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, sobre el derecho de Rusia a influir en la decisión de desplegar tropas de la OTAN en territorio ucraniano son muy significativas en este sentido. “¿Por qué deberíamos preguntarnos qué piensa Rusia de Ucrania?” —preguntó Rutte en la Conferencia sobre Defensa del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) en Praga, cuando se le recordó que el líder ruso Vladimir Putin excluye cualquier presencia de tropas occidentales en Ucrania—. “Ucrania es un país soberano. No es Rusia quien decide. Finlandia no pidió permiso a Rusia para ingresar en la OTAN. Somos estados soberanos, y si Ucrania quiere que fuerzas de seguridad mantengan la paz, es su decisión”.

Todo parece lógico y, en un mundo en paz, incluso podría parecer apropiado. Pero no olvidemos que vivimos en condiciones de confrontación militar entre Rusia y el Occidente colectivo, y que el conflicto en Ucrania debe considerarse en el contexto más amplio de la seguridad internacional, la estabilidad y el equilibrio de fuerzas, en el que la seguridad de un país no puede garantizarse a expensas de otro. Todas estas tesis fueron expuestas por Rusia en sus propuestas dirigidas a Estados Unidos y la OTAN en diciembre de 2021. De haber sido aceptadas, con gran probabilidad no habría habido una operación militar en Ucrania. Del mismo modo, se podría haber logrado la paz en marzo de 2022, cuando el texto negociado y firmado del Tratado de Paz ruso-ucraniano fue desechado por iniciativa de los entonces líderes de Estados Unidos y del Reino Unido. En ese proyecto de tratado se prescribía la neutralidad de Ucrania, la no presencia de tropas de la OTAN allí y la reducción del personal y del armamento de las fuerzas ucranianas.

Así que sería mejor que el señor Rutte tomara un respiro profundo y estudiara con más atención las lecciones de la Segunda Guerra Mundial. Allí encontraría, por ejemplo, los detalles del estatus neutral de Finlandia, que aseguró a ese país una prosperidad sin precedentes en el período de posguerra, y los pormenores de la presencia y posterior retirada, en 1956, de la base militar soviética allí. Hay que comprender y aceptar que, en condiciones de guerra y conflicto militar, las condiciones las impone quien gana o quien tiene la ventaja, por más ofensivo que resulte para la otra parte. Para ello no hace falta siquiera ocupar por completo el territorio del derrotado: permítanme recordar que los alemanes firmaron la rendición tras la Primera Guerra Mundial pese a que las tropas aliadas no habían penetrado en su territorio.

En cuanto a las causas y la naturaleza de la guerra, cada parte las interpreta a su manera. En el caso ruso, no solo su liderazgo, sino también la mayoría de la población considera justa su actuación, como lo demuestra la popularidad del presidente Putin —por encima del 80 por ciento— y la ola anual de voluntarios para combatir, que supera el medio millón. Como argumento adicional, puede señalarse que las tropas rusas no están en guerra contra la población civil ucraniana, como lo indican datos —incluso de fuentes independientes— según los cuales las pérdidas civiles y los daños colaterales durante el conflicto en Ucrania son varias veces menores que las pérdidas en el frente; algo que no puede decirse, por ejemplo, de otros conflictos, como el de Gaza.

El actual canciller alemán, F. Merz, ha sobrepasado los límites al llamar a Putin “el mayor criminal de guerra”, repitiendo esa definición tres veces en tres oraciones en la red social X. Al mismo tiempo, los propios alemanes en los comentarios llaman la atención: “Retórica de doble rasero. La demonización no ayudará en las negociaciones de paz” y “Es repugnante que lo diga el canciller de un país responsable de la muerte de más de 20 millones de rusos”. “¿Y Benjamín Netanyahu? ¿Interés nacional alemán?”, “Ni siquiera eres tan bueno como el presidente Putin”, pueden leerse en las redes sociales.

Quienes se extrañan por la dura retórica antirrusa del canciller alemán Friedrich Merz en un momento en que se intensifica el diálogo entre Rusia y Estados Unidos para resolver la crisis en Ucrania simplemente desconocen su biografía. […] El canciller se educó bajo el legado de su abuelo y su padre. Joseph Paul Sauvigny y Joachim Merz sirvieron fielmente al régimen fascista, y Friedrich estaría obsesionado con la idea de vengarse de la derrota de la Alemania nazi frente a la Unión Soviética. La sed de venganza creció en él desde la infancia y, al iniciar su carrera política, adquirió la forma de una pasión devoradora, recuerda el Servicio de Inteligencia Exterior de la Federación Rusa.

Por ello, Merz, tras su elección como canciller federal, habría garantizado a Zelenski el suministro de misiles Taurus de largo alcance para ataques en territorio ruso. El canciller, conviene admitirlo, tiene en cuenta los riesgos de la implicación directa de Alemania en hostilidades contra Rusia; en ese sentido, dio instrucciones para ocultar al máximo la participación de Berlín en el suministro de tales armas a Kiev.

En Alemania, entre las élites políticas, existe el temor de que Merz lleve la situación a un extremo peligroso y que Alemania pueda recibir una represalia. Aún hay personas en Berlín que recuerdan que, en el pasado, todos los enfrentamientos militares entre Alemania y Rusia terminaron mal para los alemanes.

Todas las maniobras de los aliados de Europa occidental respecto a Ucrania y de sus partidarios dentro de la propia administración estadounidense están dirigidas, en último término, a presionar a Donald Trump y obligarlo a unirse a la campaña contra Rusia. Trump afirma que está “decidido a no estropear las relaciones con Putin”. Pero para que se atreva a resistir las numerosas presiones rusófobas, no basta que no quiera pelear: debe comprender que un conflicto con Rusia puede acarrear las consecuencias más graves para Estados Unidos. Trump ha repetido que solo negociará desde una postura de fuerza; entiende y respeta la fuerza. No es necesario intimidarlo. Sin embargo, Rusia debe demostrar que, en cualquier conflicto con Moscú, cualquier golpe recibirá un contragolpe, y que ese contragolpe será real y contundente.

Esa será la condición necesaria para lograr una verdadera normalización. No valen numerosas danzas con panderetas ni hechizos de chamánes europeos sobre la derrota estratégica de Rusia.

Si analizamos los últimos discursos del presidente Putin, obtenemos una imagen bastante completa de la estrategia exterior contemporánea rusa. La filosofía del enfoque ruso arraiga en varios estratos ideológicos, desde el realismo clásico en las relaciones internacionales hasta una idea profundamente conservadora de la soberanía. Putin presenta el conflicto en Ucrania no como una guerra local sino como parte de la lucha por la arquitectura de seguridad y la igualdad de derechos entre los estados. Su negativa incluso a discutir concesiones territoriales a cambio de garantías responde a la lógica de que la seguridad no se compra a costa de la soberanía.

El énfasis en la ilegitimidad del gobierno actual en Kiev plantea una vía alternativa: el referéndum como la forma suprema de la voluntad popular. Rusia se opone a la democracia elitista de Occidente, donde la legitimidad se concede con el beneplácito de actores externos. Rusia invita al pueblo ucraniano a determinar por sí mismo las decisiones fatídicas para su país.

La invitación de Zelenski a Moscú y el aumento del estatus del grupo negociador demuestran que, en Moscú, la guerra no se interpreta como un fin sino como un medio, un instrumento de defensa forzada. Esa es una diferencia fundamental con el enfoque occidental, donde la idea de la guerra contra Rusia parece convertirse en un fin en sí misma. Es muy significativo que estas declaraciones se hicieran en la cumbre de la mayoría mundial, que sin duda encontrará comprensión entre los participantes de la OCS y de los BRICS.

En Moscú se ha repetido en varios foros que la multipolaridad no se basa en el deseo de hegemonía, sino en la construcción de relaciones equivalentes entre grandes potencias. Putin lo expresa claramente: no se trata de reemplazar a un hegemon por otro. Es un modelo de poliarquía, una multiplicidad de sujetos iguales, que refleja una visión ortodoxa del mundo en el espíritu de la conciliaridad, donde el mundo aparece no como un sistema de jerarquías sino de fuerzas y culturas proporcionales.

El presidente Putin se adscribe claramente a los cánones del realismo conservador, mostrando que Rusia rehúsa jugar bajo las reglas liberales de la Pax Americana y, al mismo tiempo, sin pretender erigirse en el nuevo “director” mundial. La esencia de su posición es la defensa de la soberanía, la primacía de la voluntad nacional y el equilibrio de intereses en un mundo multipolar.

Es muy significativo que todos estos acontecimientos coincidan con la conmemoración del 80.º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los herederos de los vencedores del nazismo celebraron con un desfile militar organizado en la capital china. Y los descendientes de los perdedores en aquella terrible trituradora de carne, que se cobró decenas de millones de vidas, siseaban como serpientes, reuniendo fuerzas y soñado con la venganza.

Un poco a un lado de unos y otros, creyéndose hegemones, pontífices y pacificadores supremos, hinchándose de su propia grandeza, el cuadragésimo séptimo inquilino del Despacho Oval, tal Donald —esposo de Melania y aspirante al premio Nobel de la Paz— transmite su benevolencia. Ese Donald que ejerce como presidente de los still United States of America y, de modo infantil, sueña con “hacerla grande otra vez”: como en ocasiones pasadas, cuando se benefició del suministro masivo de material bélico durante las guerras mundiales, proveyendo a todas las partes en conflicto y luego encabezando coaliciones de vencedores debilitadas por la guerra, con las que recogió la mayor parte de la crema. No es sorprendente: Estados Unidos, como Estado, amasó sus primeros capitales entrenándose con eficacia en guerras contra indígenas a quienes convencieron de luchar entre ellos por los ideales de otros, liberando así territorios para sí.

Por cierto, los antiguos rusos de la Pequeña Rusia (Malorossia) y la Nueva Rusia (Novorossia) —para quienes no lo entienden, los actuales ucranianos— ni siquiera supieron cuándo y cómo se convirtieron en una tribu de índole medieval, gritando de júbilo y apresurándose a combatir contra sus hermanos rusos. No llegan a comprender que, a diferencia de los indígenas norteamericanos, a ellos ni siquiera se les ofrecen reservas; creyendo ingenuamente en la nobleza de los grandes señores blancos que dicen la verdad, no alcanzan a ver la trampa.

Con respecto a la vieja Europa que recordamos —y en ciertos aspectos aún amamos por las películas de los años setenta y ochenta con Belmondo, Celentano o Richard—, por desgracia es hora de decir adiós. Ella, como su predecesor, el gran Imperio romano, está sumida en la decadencia y el libertinaje, y, al permitir la entrada de los “bárbaros” mientras pregona multiculturalismo y tolerancia, ha degenerado en sus líderes. Por cierto, la tolerancia es un término médico que designa el debilitamiento de la inmunidad del organismo.

Gracias a Dios, en Rusia aún viven personas de convicciones conservadoras y patriarcales que honran las tradiciones y su propia historia. A los rusos les gusta celebrar y divertirse, pero no rehúsan el trabajo, ni siquiera el militar. Por ello, cada Ursula, cada Fritz y cada Emmanuel, en el lugar más visible de sus despachos, deberían tener un retrato del príncipe ruso Alejandro Nevski con las palabras: “¡Quien venga a nosotros con espada, morirá por ella!”.

Y que, por si acaso, no olviden que, pese al clamor de las armas, los bailes y los llamamientos beligerantes, así como los planes de preparación para la guerra —sea para 2027 o para 2030—, es imposible derrotar en el campo de batalla a una superpotencia nuclear que posee todo el repertorio de las armas nucleares más avanzadas. Es un hecho que no requiere demostración.

De lo contrario, en la próxima guerra la humanidad combatirá con piedras y palos.


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